47. Paloma
Paloma
PRESENTE
Bennett y yo nos hemos pasado tres años evitándonos. Menos la semana antes de que empiecen las clases, con las altísimas temperaturas y el bochornoso calor del mes de agosto.
—De pequeña, no celebraba mi cumple —le confesé una vez, tumbada en una bañera que él mismo me había preparado y un pelín achispada por el vino.
Él no hizo comentario alguno, pero detuvo el movimiento de sus manos a medio desenredarme el pelo.
Cuando me preguntó qué día era, no dudé en responder. Estaba demasiado perdida como para fijarme en cómo fruncía el ceño, resuelto.
Me ha llevado cada año a Speyside a pasar ni que sea una noche.
Cocina para mí, me hace un pastel de coco (que, tras varios intentos, he descubierto que es mi favorito) y me canta «Cumpleaños feliz» en voz grave y rasgada.
Yo me paso casi todo el día nadando y luego me siento a su lado, delante de la hoguera, mientras Bennett me lee poemas; algunos son nuevos y, otros, los favoritos de siempre.
Para mí, es el mejor día del año y, en ocasiones, el único bueno.
El cumpleaños de Bennett ya es otro tema. Porque, a diferencia de mí, él tiene amigos que lo quieren y familia que desea pasar todos los 28 de junio con él, queriéndolo y haciéndolo feliz. Para mí, era un día agridulce, porque me pasaba las noches viendo sus historias; también las de Rhys y Freddy.
Solo reuní la valentía necesaria para personarme allí una vez, cuando los chicos le montaron un buen fiestón en su casa, recientemente bautizada como la «Hockey-morada».
Me pasé casi toda la noche entre las sombras, viendo cómo los demás brindaban por Bennett y se divertían jugando y bebiendo.
Me distraje al ver la fuerte columna de su cuello tensándose bajo el embudo que le sujetaba Freddy, que tuvo que subirse a una mesa para poder colocarle el aparato en cuestión en la boca y en el ángulo correcto a su enorme portero.
Me quedé toda la noche y bebí un poco, casi nada. Holden estuvo un rato intentando convencerme para que jugara, tonteando conmigo y sugiriendo que nos fuéramos juntos a casa. Aun así, me quedé, esperando poder dormir con Bennett, en su cama.
Sin embargo, solo estuvimos juntos un segundo, en una oscura esquina fuera del baño. Bennett chocó conmigo y pestañeó despacio mientras una alegre sorpresa le inundaba el rostro.
—Has venido —dijo acariciándome la mejilla con el dedo.
Me sonrojé y asentí.
—Feliz cumpleaños, Bennett.
Aproveché ese momento de quietud absoluta para darle un beso en la mejilla y vi cómo cerraba los ojos y exhalaba.
—Ha sido el mejor de mi vida —suspiró antes de que Freddy pegara esquinazo y lo llamara para que fuera a beber con ellos mientras juegan al King’s Cup.
Me marché justo después. Sin embargo, el sabor salado de su piel y su sonrisa, tan auténtica, hubieran bastado para sustentarme durante mucho tiempo.
Ahora hace un frío glacial y unas nubes oscuras encapotan el cielo, pero este lugar sigue con su belleza de siempre.
Speyside siempre ha sido así, igual que el pequeño pueblo que lo rodea y las casas individuales que hay a su alrededor y que tanto tiempo llevan siendo el hogar de otras personas.
Este sitio siempre ha sido como un hogar para mí; uno que guardo bajo llave en mi corazón, como si de un secreto se tratase.
—¿Tienes hambre? —me pregunta Bennett al entrar. Enciende todas las luces y pone la calefacción—. Si quieres, enciendo la chimenea y comemos algo.
Asiento y lo miro mientras él se pone la gorra de Waterfell del revés; los rizos de la nuca le sobresalen por debajo de la visera.
Con el cuello bien calentito, me quito la bufanda y la cuelgo en el gancho que hay al lado de la puerta junto con mi gruesa chaqueta antes de seguir a Bennett hacia la cocina, iluminada bajo esa tenue luz.
Apoyo los brazos en la encimera y me lo quedo mirando mientras cocina al son de la tranquila música que suena por sus altavoces y el chisporroteo de la sartén.
Sigo sus instrucciones y preparo la ensalada en un bonito bol de porcelana con unos dibujos pintados mientras él cocina. Bennett me sirve una copa de zumo de uva espumoso y, cuando sugiere que brindemos, sonrío. Todo tiene un aire muy hogareño.
Otra parte de mi alma se aferra a él.
—Quiero que le eches una ojeada a algo —anuncia dejando que los filetes que acaba de preparar tan bien reposen mientras coge su mochila.
Se detiene un segundo al lado de la mía azul y repara en la oreja de conejo que cuelga de un lado de la cremallera.
Me sonrojo y abro la boca, dispuesta a defender el aterrador e infantil impulso que he sentido de traer el peluche, pero me detengo en cuanto Bennett lo acaricia con el dedo y me mira.
—«Ser real no es cómo estás hecho. Es algo que te sucede».
Conozco la cita porque, de pequeña, leí el libro hasta la saciedad escondida entre las estanterías que había al final de la biblioteca del cole de primaria, que es donde se quedaban los niños para las actividades extraescolares.
A veces, mi madre ni siquiera se presentaba y alguien tenía que acompañarme a casa o llamar a mis vecinos.
Pero yo siempre tenía a mi conejo de peluche.
Solía esconderlo, pues me aterraba pensar que su verdadero dueño fuese a volver.
Ahora ya casi ni parece un conejo. De tanto mimarlo, ha perdido su color original.
—¿Lo has leído?
Bennett asiente.
—Lo leí la primera noche que lo mencionaste.
Se me hace un nudo en la garganta. A los dieciocho años, el amor de Bennett me abrumó. Todavía lo hace, pero no de la misma forma. Ahora ya no estoy asustada. Lo que estoy es maravillada con este chico y con la pureza de su corazón.
No dice nada más al respecto. Coge un montón de papeles grapados y me los pasa mientras regresa a la cocina para emplatar los filetes, las setas y las patatas.
—Es una lista de prácticas para tu itinerario deportivo —me cuenta.
Carraspea y me evita la mirada antes de que yo desvíe la mía hacia la lista que ha impreso.
Hay programas con grupos de todas las edades (sobre todo, de hockey), y casi todos quedan cerca de nuestra zona.
También ha impreso toda la información relacionada con dichos programas: cuándo empiezan, los requisitos que piden, listas de pros y contras. ..
—Por si quieres... quedarte por aquí. O cerca.
«Quiero que te quedes aquí. Quiero tenerte cerca». He aquí su forma de decirme algo que no está preparado para verbalizar. Aunque, de todos modos, lo oigo alto y claro.
—¿Eso quiere decir que tú te quedarás aquí?
—En Waterfell —aclara.
Me quedo petrificada sobre la encimera. Bennett me coge la mano y me guía para que me siente en los cojines del suelo, los que hay al lado de la chimenea. Se acomoda frente a mí; es tan grande que el muslo le queda prácticamente pegado a la base de ladrillos del hogar.
Se quita la gorra y la tira al sofá. Se pasa una mano por el pelo, despeinándose los rizos, y anuncia:
—Es oficial. Me he pasado a Literatura y me especializaré en Poesía. La semana pasada hablé con el doctor Britton, que me ha echado una mano.
Se me dibuja tal sonrisa en el rostro que me duelen las mejillas y se me llenan los ojos de lágrimas.
—¿En serio? —pregunto.
Él asiente.
—Dios, Bennett, estoy superorgullosa de ti.
Comemos y hablamos tranquilamente; de la uni, de hockey y de lo que surja. Y, al igual que ocurre siempre entre las paredes de Speyside, no tengo la sensación de que nos hayamos pasado tres años dando tumbos y lejos del otro. Es como si siempre hubiésemos estado así.
Cuando vuelve para rellenarme la copa, cojo el regalo que tengo para él.
—Yo también te he traído una cosa —susurro, y le paso el papel doblado que he metido dentro de un amarillento sobre viejo que sé que reconoce.
Alarga los brazos y lo coge con dedos titubeantes. Pero entonces lo abre despacio y lo lee en silencio, envuelto por el brillo y el calor del fuego que sigue crepitando a nuestras espaldas.
No sé escribir poemas
Pero puedo escribir así, ordenando las palabras.
Solo para que...
Para que lo leas como si fuese tu poema favorito.
Para que pasees tus ojos por las páginas, con calma y sensualidad
Para que muerdas las palabras con tus dientes
(vuelve a morderme el hombro y deja que te lo enseñe)
¿Puedo meterte en mi mente? Me sería más fácil enseñártelo, decírtelo
En mi cerebro habitan unos recovecos de polvo y miedo, y nunca quise que los vieras. Que descubrieras esa versión de mí. Lo único que he querido siempre ha sido que me vieras.
p. amor. ( Tu Amor )
Tal y como soy. La chica a la que le gusta nadar y que deja que le hundas los dedos en el pelo, hasta convertirnos en unúnico hilo entretejido para siempre
Con esto quiero decir que...
Te quiero. Te quiero.
—Es... —De repente, empiezo a tartamudear y el corazón me late cada vez más fuerte, mientras Bennett se lo toma con calma y pasea su errante mirada por mis palabras—. Lo he escrito yo. Para ti. ¿Es muy raro?
Frunce el ceño y levanta la vista hacia mí, a regañadientes, como si le molestara tener que apartarla de mi corazón, que he estampado sobre ese papel.
—Todos los poemas que he escrito hablan de ti —dice, casi exasperado. Exhala de nuevo—. ¿Me...? ¿Me has escrito un poema?
—Es que... Necesitaba que lo supieras. Que entendieras que...
Se abalanza sobre mí, empujándome contra ese suave montón de mantas. Me sujeta por la nuca con una mano y me tumba enseguida. Me olvido de respirar.
Bennett me quita la ropa, algo bruscamente teniendo en cuenta cómo suele comportarse.
Tiene los ojos de un negro azabache y el pecho le sube y le baja a toda prisa, sobre mí.
Tiro de su camisa de franela con botones hasta que él casi se la arranca y se baja los pantalones y los calzoncillos mientras abre un preservativo del tirón, con los dientes.
Nunca le había visto una intensidad tan feroz.
Es como si estuviese desarmándose ante mis ojos.
Como si sintiera una desesperación casi salvaje. Por mí.
—¿Escribes poemas sobre mí? —le pregunto.
La lujuria y el deseo me nublan la mente, pero consigo pronunciar esas palabras.
Bennett me penetra y mi cuerpo entero reacciona a su fuerza. Arqueo la espalda y él me coge por la cintura, dejándome suspendida en el aire.
—Eres lo único en lo que pienso —susurra con una mirada feroz en los ojos, como si me estudiara el cuerpo, con todas mis curvas, pendientes y sombras—.
Tengo que escribir sobre ti. —Me besa en los labios, casi con demasiada brusquedad y deseo—.
No había escrito poesía en la vida hasta que te conocí.
Jamás pensé que pudiera hacerlo. Pero entonces llegaste tú.
Me clava los dedos en la piel, sujetándome con fuerza mientras vuelve a embestirme con rudeza. Se me escapa un fuerte gemido.
—Tocar tu pelo es como acariciar la seda —dice—. Deja que me hunda en ti. En tu boca, tu cuerpo —mueve las caderas hacia delante antes de besarme en la sien y tocarme el pelo—, tu mente, tu corazón.
Está haciendo poesía con mi cuerpo, como si el suyo fuese una pluma, y el mío, el papel.
Noto que mis paredes se contraen a su alrededor y me agarro con firmeza a la masa de sus bíceps, clavándole las uñas en un intento por sujetarme como buenamente puedo mientras me dejo llevar por la fuerza del placer.
—Vuelve a morderme el hombro y deja que te lo enseñe —gruñe con la boca pegada a mi cuello, follándome con más rudeza.
Le clavo los dientes en la piel mientras me corro al oír mis palabras en su boca.
Me da la vuelta sin soltarme y me coloca de rodillas sobre ese montón de cojines para hacérmelo por detrás, cubriéndome entera con todo su cuerpo. Me aparta el pelo y me besa la nuca.
Balancea las caderas, deprisa y despacio, y luego me da un último empellón mientras se corre y gruñe con la boca pegada a mi hombro. Noto la suavidad de sus labios... antes de notar una pizca de dolor que me lleva a contraerme de nuevo a su alrededor.
—Te quiero —musita varias veces contra mi pelo, como si fuera un mantra, mientras me acaricia los mechones con los dedos—. «Tu voz, tu boca, tu pelo».
—Bennett... —gimo derritiéndome en sus manos.
—Méteme en tu mente —me dice sujetándome por las costillas, sosteniéndome como si mi cuerpo fuese una ofrenda a la vez que sus caderas rebotan con mi culo y él agacha la cabeza para besarme en el centro de la espalda con reverencia. Es como si me estuviera venerando—. Déjame ser tuyo para siempre.
Y eso quiero.