46. Bennet
Bennet
PRESENTE
—He dicho que no quiero hablar del tema —le digo.
Es la tercera sesión que tenemos así de tensa y la cosa no ha hecho sino ir a peor. Hoy, sin embargo, he llegado a mi límite.
Como de costumbre, la doctora Anya a duras penas muestra reacción alguna ante mis palabras o la dureza de mi tono, por más raro que sea en mí. Pero es que me siento frustrado; tanto que empieza a dolerme la rodilla, pues no paro de moverla.
—Paloma está bien. Vuelve a formar parte de mi vida. Va todo genial.
Asiente.
—La última vez que Paloma y tú..., supongo que podríamos decir que «rompisteis», lo pasaste muy mal. Tanto que creo que tenemos que hablar del tema, pensar en cómo puede ir todo para que puedas gestionar mejor la situación y tu vida en general en el caso de que pase...
—No pasará nada.
—Digamos que Paloma se marcha. ¿Qué sucedería? —insiste.
Su pregunta me sienta como una patada en el estómago.
—No se irá.
—No puedes controlarlo todo —responde ella, volviendo a cerrar el boli con un clic y colocándoselo en el regazo tras descruzar las piernas—. No puedes controlar a Paloma ni a nadie.
El corazón me late desbocado y oigo el rugir de la sangre en los oídos, como las constantes olas en la orilla.
«Va todo bien».
—Paloma vuelve a ser mi novia. Las cosas con mi madre van bien —le digo—. Mi padre y yo vamos... mejorando. He recuperado a Rhys. He recuperado a Paloma. Está todo en orden.
«No necesito todo esto».
—Bennett —insiste. Lo hace con un tono de voz más delicado, pero sigo sintiéndome como si me estuviesen desgarrando por dentro—. Lo superaste una vez. Lo superarías de nuevo.
Me pongo de pie sin darme cuenta siquiera y voy cerrando y abriendo los puños mientras me marcho decidido de su despacho y doy un portazo tras de mí.
Oigo el sonido de la puerta de mi habitación cerrándose hace tres años. El sonido de la puerta de mi cuarto de cuando era pequeño y mi padre se fue.
«Va todo bien. No necesito todo esto».
Pillo el móvil y llamo a Paloma. Al ver que responde al primer tono, suspiro.
—Hey —me saluda.
Su voz me envuelve y calma mi rabia, aunque poco puede hacer por mitigar el estrés.
—¿Estás liada? ¿Hoy y mañana?
Me cuesta un mundo evitar que se me noten la tensión y la frustración en la voz, pero lo consigo.
—No. Ya he terminado las clases. Mañana solo tengo patinaje en pareja. —Ríe: un sonido que es como volver a casa—. ¿Por qué?
—¿Puedes saltártelo?
—Sí. —Vuelve a reír—. ¿Por? —insiste.
Carraspeo y pienso en una playa bajo la niebla. En una chica rubia con un tono de pelo un poco más oscuro y una hoguera. Días que duran años. Para mí, cada uno es un precioso y codiciado recuerdo.
—Quiero ir a Speyside.