45. Bennet
Bennet
PASADO: PRIMERO DE CARRERA
NOVIEMbrE
La terraza está iluminada y yo me estoy acercando a ella. Pero, desde la distancia, detecto su angustia.
En parte, cuando he oído que salía por la puerta corrediza, he querido correr tras ella; en lugar de eso, me he centrado en la plétora de tentempiés que le estaba preparando.
Con todo lo que más le gusta. He traído compota de manzana y galletas saladas Goldfish porque Paloma creció sin los snacks que tanto le gustan a la mayoría de los niños.
Se merece un rato a solas y en calma al lado del mar antes de que me acerque a intentar reconfortarla.
Y sé que estar cerca del agua la relaja. Por eso quería traerla aquí.
Está completamente quieta y en silencio; es casi como si no se hubiese percatado de mi presencia, lo cual resulta un poco molesto ya de por sí.
No me gusta verla tan desconectada y sola aquí fuera.
La preocupación que ha ido acumulándose en mi interior aumenta hasta alcanzar niveles prácticamente inconcebibles.
—Hola, P. —susurro, sentándome cerca de ella mientras el fuego chisporrotea a nuestras espaldas—. ¿Te encuentras bien?
Tiene el pelo suelto y revuelto por el viento, que parece haber amainado un poco, como si respondiera a sus emociones, que también parecen haberse calmado. Finjo que se ha tranquilizado gracias a mí. A mis manos.
Todavía noto la sedosidad de su piel bajo mis manos, el calor de su cuerpo contra el mío. Cierro los puños para evitar tocarla de nuevo.
— Bennett, por favor ...
— Estar dentro de ti es increíble. Eres perfecta .
Con solo acordarme de eso, las tripas se me revuelven. Mi mundo ha cambiado radicalmente. Me siento mal por no estar abrazándola ahora mismo, por no estar haciendo que vuelva a correrse una y otra vez hasta que se relaje y se quede dormida en mis brazos.
Pero aquí estamos. Envueltos por el frío y con el sonido de las olas como única fuente de confort para Paloma, aunque me gustaría ser yo.
Porque me pasaré años obsesionado con esto hasta que pueda remediarlo.
Hasta que pueda hacer que la vida de Paloma mejore en todos los sentidos. Hasta que logre que no sufra nunca más.
« A los diez años ».
Ahora que lo sé, se me remueven las tripas. Me cuesta imaginármelo; me cuesta imaginármela a ella, de pequeña, desprotegida y asustada.
«Cuéntame el resto», le suplico mentalmente. «Venga, P., confía en mí para que pueda cargar con este peso por ti. Para que nunca estés sola con este dolor. Estate conmigo. Confía lo suficiente como para enamorarte de mí como yo me estoy enamorando de ti».
—Lo siento muchísimo —dice, y traga saliva con fuerza—. Creo que tengo miedo.
Tras su confesión, se separa un poco de mí, lo justo para que me dé un vuelco el corazón.
«Di algo».
Lo intento. Abro y cierro la boca, pero no me salen las palabras. A pesar de que hace un frío glacial, me sudan las manos. Jugueteo con la manga y, de repente, es como si me estuviese cortando la palma.
—¿De mí?
No es lo que quería preguntar. Ni siquiera tiene sentido, pero la sutil ansiedad que se está abriendo paso en mi interior resulta extraña.
—No. Nunca —responde. La voz le suena un poco vacía. Tiene los ojos bien abiertos, con unas lágrimas asomando por ellos; me observa antes de apartarme la mirada y desviarla de nuevo hacia el océano—. Es solo que... Quería que disfrutaras de este fin de semana y creo que me lo he cargado.
—P., no, por Dios... No. Tú nunca podrías cargártelo. Pero la cosa no va solo de... —Dejo la frase a medias y sacudo la cabeza—. Eres perfecta. Te adoro. ¿Por qué te cuesta tanto entenderlo?
Se me amontonan las palabras, pisándose descuidadamente las unas a las otras en una conversación tan importante como esta.
Paloma me aprieta el muslo con fuerza.
—Quiero confiar en ti. Quiero contártelo. Y... —empieza a temblarle la voz y baja la vista hacia el punto que me está tocando con la mano, como si acabase de reparar en ello—. Y lo siento, ¿vale?
En lugar de consolarla o suplicarle que me lo cuente, me quedo sentado, callado, y dejo que sea ella quien hable.
Paloma abre la boca, pero no dice nada. Se limita a llorar en silencio. El fuego chisporrotea a nuestras espaldas; a lo lejos, las olas acarician la arena.
En sus ojos atisbo una mirada implorante y estoy casi convencido de que no es consciente de ello. Es como si algo en su interior me estuviese suplicando que encontrara la respuesta para que no tenga que hacerlo ella, para que sea yo quien hable en su lugar. «Vamos, Bennett. Piensa».
—Alguien te hizo daño —digo—. Eso ya me lo has dicho. Y creo que lo sabía desde hace tiempo. Pero confías en mí y quiero ayudarte. Déjame que cargue con esto por ti.
—No puedo.
Está respirando con pesadez. Se le va apagando la voz, pero noto lo que quiere decir; es como si hubiese un tercero a nuestro alrededor, arrojando sus sombras a la habitual centelleante luz que desprende Paloma. Ella, que se está refugiando en sí misma, encorvando los hombros y haciéndose pequeña.
Se muerde el labio, con el ceño fruncido. Como si no supiera cuál es la respuesta a mi implícita pregunta. O como si no quisiera dármela.
—¿Paloma?
Al final asiente y la rabia que estalla en mi interior se mezcla con el dolor y amenaza con tragárseme entero. Es abrumador y se me nubla un poco la visión.
Aprieto los puños para contener la necesidad que siento de abrazarla contra mi pecho, aterrado de tocarla y de no tocarla en igual medida.
—Paloma...
—Lo... lo siento —repite, indefensa y pequeña. No sé cómo, pero se encoge aún más—. Debería habértelo dicho cuando me lo has preguntado, pero me daba vergüenza y...
—¿Te daba vergüenza? —suelto, enfadado. La voz me suena pesada y con un tono extraño que queda a medio camino entre un grito y un sollozo. Siento que he perdido el control—. ¿Por qué? P., por Dios... Tú no lo elegiste.
Desvía la vista hacia mí cual ciervo petrificado y acorralado en busca del peligro.
—Me... Es complicado.
—¿Tú querías?
Otra vez atisbo algo en su rostro, como si dudase y estuviese mirándome para que sea yo quien encuentre la respuesta.
—No lo... No. No quería —confirma, aunque parece que se lo esté diciendo más a sí misma que a mí.
Se me parte un poco más el corazón. La abrazo y bajo la cara para besarle la frente. Noto cómo se estremece. Una puñalada me habría dolido menos.
—No es complicado, Paloma.
—¿Estás...? ¿Te doy asco? —pregunta, y percibo tanta vulnerabilidad en su voz.
—Nunca —respondo con vehemencia.
—¿Te arrepientes?
Se le escapa un medio sollozo ahogado.
Me llevo una mano al pecho, como si así pudiese mitigar el dolor.
—Nunca. Paloma, lo que siento por ti es tan grande... Resulta abrumador —intento explicarle—. Estoy triste por ti. Estoy enfadado y dolido por ti. Me gustaría que hubiese habido forma de saberlo en su día y... protegerte. Cuidarte.
Me aguanta la mirada. No suelo tolerar bien un contacto visual tan largo.
Con la voz cargada de emoción, dice:
—Yo solo... Quería que pudiésemos disfrutar de esto juntos.
—P., escúchame. Esta ha sido tanto tu primera vez como la mía, ¿sí?
Las lágrimas amenazan con brotarle de esos ojos marrones de cervatillo mientras levanta la vista hacia mí y responde:
—Sí.
—¿Te ha gustado? —pregunto en un susurro, antes de abrazarla con más fuerza contra mi pecho, a la vez que ella se sienta a horcajadas encima de mí—. ¿Te he...? ¿Te he hecho disfrutar, P.?
Asiente con la cara pegada a mi cuello. Se separa y me mira con una sonrisa algo triste.
—Ha sido la única vez que he... disfrutado del sexo. Gracias.
Niego con la cabeza y vuelvo a apoyarle la cara en mi cuello y a abrazarla con fuerza. Sobre todo, para evitar que vea las lágrimas que anegan mis ojos.
—No me des las gracias, P. Tú solo deja que te enseñe cómo tiene que ser.
Dejamos que el frío nos abrace demasiado tiempo. Paloma está cansada, pero insiste en que no puede dormir. Le doy las galletas saladas y la compota de manzana, como si intentara sofocar la fijación que voy a tener por darle de comer.
A pesar de que es tarde, vuelvo a prepararle otra ducha bien caliente y cumplo con mi promesa, haciéndoselo contra la cálida pared del baño, venerando su cuerpo con las manos; un cuerpo que, ahora, me recibe con más soltura.
Se queja un poco, diciendo que le duele; me disculpo, dispuesto a sacársela para que descanse.
Pero Paloma me clava las uñas en la espalda para que no me separe de ella.
—Quiero sentirlo —dice con un hilo de voz—. Quiero acordarme de ti cuando me mueva.
Sus palabras me vuelven voraz y la embisto más fuerte y más deprisa que antes, desesperado por arrancarle más gemidos hasta que nos corremos a la vez.
Le pregunto con qué poema se compararía cuando lo hacemos. La pregunta no tiene demasiado sentido, pero sé que Paloma me entiende.
Sacude la cabeza y, en un susurro, responde:
—No lo sé. Deja que lo piense...
—«Me gusta mi cuerpo al estar con el tuyo» —contesto en voz baja, para que lo sepa. Para que, tal vez, lo entienda.
Ahora, cuando me dice que no puede dormir, lo hace ya con los ojos cerrados y el cuerpo pegado al mío bajo las sábanas.
Me la quedo mirando largo y tendido.
Por la mañana, se coloca encima de mí y empieza a frotarse conmigo para despertarme.
Hacemos el amor, despacio y soñolientos.
Hago que se corra otra vez bajo el chorro de la ducha y miro cómo se derrite bajo el calor del agua y la insistencia de mis dedos.
Me lo tomo con calma, desesperado por descubrir todas y cada una de sus terminaciones nerviosas.
Por perfeccionar el arte de satisfacerla. De amarla.
A primera hora de la noche, le recito versos al oído mientras me deja hacérselo por detrás, agarrándole el pelo a la altura de la nuca, dominante pero siempre con ternura. Consumiéndola como tan desesperadamente quiero hacerlo. Tragándome todos sus gritos de placer con la boca.
A la mañana siguiente, el trayecto de vuelta a casa es agradable. Serpenteamos por carreteras secundarias con cuidado mientras yo conduzco poco a poco, con cuidado. En la radio suena Adrienne Lanker.
Bajo las ventanillas para que la sutil brisa acaricie la piel de Paloma. De vez en cuando, me va poniendo los pies debajo del muslo o apoyándome la cabeza en el bíceps; al final, se queda dormida en mi brazo. Entonces, conduzco con más cautela todavía, a propósito, para no despertarla.
Me paso el trayecto mirándola y notando, en todo momento y de una forma u otra, su piel contra mi cuerpo. Es como si, ahora, una parte de Paloma viviese en mi interior.
Creo que no podré soltarla nunca.