Unbound (The Undone 3) 44. Paloma #2
54%

44. Paloma #2

Sus rizos marrones me hacen cosquillas en la barriga. Se detiene, pero continúa justo encima de mi ombligo.

Noto la calidez de su boca en mi piel y me sonrojo porque nunca nadie me había hecho esto.

Besa, lame y mordisquea la parte más sensible de mi cuerpo.

Puede que Bennett Reiner sea virgen, pero ha convertido el descubrir mi cuerpo en un arte; se ha tomado el tiempo para aprender dónde tocarme y llevarme al límite.

Me corro con fuerza, rápido, sintiéndome extremadamente sensible y separando la espalda de la cama al arquearme.

Él alarga el brazo y me coloca la mano en el estómago para recostarme de nuevo. Para estabilizarme.

Bennett siempre me estabiliza.

Y luego vuelvo a hundirme entre las sábanas y veo la meticulosidad con la que se pone un preservativo, se yergue para acercar su cuerpo al mío y se acomoda entre mis piernas.

—¿Confías en mí? —me pregunta.

Asiento mirándolo fijamente a los ojos. Siempre.

—Sujétate a mí —me pide.

Al oírle repetir esas palabras, se me relajan mente y músculos por igual. Bennett se cuela en mi interior con una fuerte embestida.

Arqueo la espalda al notar su enorme tamaño. Lo noto en todas partes; es como si estuviese en lo más profundo de mi cuerpo permanentemente. En cada rincón.

Se me escapa un grito y lo agarro por sus carnosos hombros con fuerza, clavándole las uñas. Él para de inmediato. Frunce el ceño, sudado y mojado por sus húmedos rizos; el agua le resbala por los delicados pómulos y gotea de sus hinchados labios.

Me estudia con atención.

—¿Es... demasiado?

Me río y el cuerpo entero se me relaja a su alrededor para que pueda hundirse en mí un poco más. Solo Bennett preguntaría algo así, tan tranquilamente y sin ser para nada consciente del matiz sexual de su pregunta. Porque es auténtico.

—Solo necesito un segundo —respondo.

Él asiente antes de inclinarse para acercárseme más, colocándome una mano debajo del cuello para levantarme un poco hacia él, cual ofrenda, e ir besándome el cuello tiernamente.

Su atención es como una caricia mágica, y yo me relajo alrededor de su sexo.

No soy virgen, pero hace más de un año que no me acostaba con nadie.

Además, no he hecho nada yo sola porque me daba demasiado miedo probar algo.

Así que, aparte de las manos y la boca de Bennett (y, ahora, la gigantesca polla que tiene entre las piernas), hace muchísimo que no notaba nada ahí.

Y, en cierto modo, por más que pensara que me aterraría y me sentiría abrumada, no es el caso. Aquí, con él, envuelta en sus brazos, con Bennett en mi interior, me siento más a salvo de lo que me he sentido jamás.

—Vale. Ya estoy preparada. Porfa.

Bennett se mueve y una especie de descarga eléctrica me recorre por completo. Lo noto en todo el cuerpo; no hay parte de mí a la que no llegue. Ya sea tocándome con los dedos, con el alma o con las palabras.

Lo hace despacio, con cuidado. A pesar de lo grande e intensamente intimidante que es, conmigo siempre ha sido así.

Cuidadoso. Amable. Tengo todo su cuerpo encima, tan cerca que le rozo el vello del pecho con los pezones.

Bennett se agarra a la curva de mi cintura con ambas manos.

Todo en él parece más grande. Incluso su alma.

Nadie diría que solo tiene dieciocho años.

Y yo quiero estar aquí, envuelta en él, para siempre.

Me hace el amor a un ritmo que parece que esté hundiéndose en mi médula. Para no poder escapar nunca. Para quedarse ahí para siempre. Nunca me habían tocado así; jamás me habían cuidado así; nunca me habían amado así, si es que esto es amor. A lo mejor, podría serlo.

—Bennett —suspiro.

Se me van cerrando los párpados a medida que el orgasmo empieza a adueñarse de mí. No con suma intensidad, pero sí reluciente y de forma prolongada.

—Ah, Diosss, Paloma... —farfulla—. Noto cómo me aprietas. Jo-der...

Al oír sus palabras, me contraigo aún más a su alrededor y mi orgasmo no tarda en duplicarse, porque Bennett comienza a jadear y a embestirme perdiendo su cuidadoso control.

Casi nunca suelta tacos. Oírlo es como si acabasen de inyectarme adrenalina directamente.

Porque sé que soy yo quien hace que se sienta así.

Creo que podría correrme solo con sus reacciones.

—Bennett, por favor...

—Estar dentro de ti es increíble. Eres perfecta —exhala.

—¿Vas a correrte? —le pregunto medio farfullando medio gimiendo.

—Sí —contesta jadeante—. ¿Puedo? ¿Puedo correrme dentro de ti? —Se le escapa un gruñido con la boca pegada a mi oído—. Necesito correrme dentro de ti, amor.

Sé que lleva el preservativo puesto, pero sus palabras me resultan muy intensas y embriagadoras.

Asiento, me agarro con fuerza a sus musculados hombros y noto la suavidad de su barriga contra la mía mientras él mueve las caderas con fuerza antes de que se le tensen los abdominales y su boca se separe de mi cuello.

—Eres la única persona que me ha importado jamás —susurro. Esta débil confesión se me escapa sin querer. Pestañeo para deshacerme de las lágrimas y Bennett ralentiza el ritmo—. En toda mi vida.

Me muerde el hombro.

Vuelvo a correrme y le hundo los dedos por detrás de la cabeza, como si así pudiese mantenerlo aquí. Como si así pudiese hacer que su marca se quedara grabada en mi piel para siempre.

Nos quedamos tumbados sobre las arrugadas sábanas bajo la luz de la luna.

Estoy encima de él. Su playlist suena bajito a través del altavoz que tiene en el alféizar; la canción de Iron me apoya el meñique con firmeza en la parte inferior de mi barbilla y me acaricia el labio inferior con el pulgar, despacio—. Paloma...

—No quieres saberlo.

Intento negar con la cabeza, obligarme a salir por patas. Pero no puedo. No quiero. Mi cuerpo se niega a hacer nada bajo sus fuertes y sólidas manos.

—Nada de lo que puedas decir me alejaría, P. —me dice, seguro de sí—. Cuéntamelo.

Una lágrima me resbala mejilla abajo y acaba de caer suavemente por la punta de sus dedos.

—Me besaron por primera vez a los diez años —le explico con un nudo enorme en la garganta.

Oigo a esa versión pequeña de mí misma gritando «¡Para, para, para!» mientras se tapa las orejas con las manos. Es como si supiera que no debería estar contándole esto. Que, si lo hago, Bennett se alejará.

«Mejor. Esto es lo último que le conviene».

—Era uno de los... amigos de mi madre.

Veo cómo mis palabras y lo que esconden lo hieren.

Resopla por la nariz. Asiente.

—¿Qué más?

Frunzo el ceño.

—Te... Es que no...

—Alguien te hizo daño —señala con el ceño fruncido. No es ninguna pregunta, sino una afirmación, como si pudiera ver todo lo que yo tan desesperadamente quiero esconder—. Cuéntamelo, Paloma. Déjame apoyarte. Confía en mí, por favor.

Sus palabras son una súplica. El sollozo que he intentado acallar se me escapa solo, doloroso y desvalido.

—¿Qué más? —vuelve a preguntar Bennett.

—Da igual.

—Paloma...

—¡Para! —exclamo, más alto de lo que pretendía. Vuelvo a separarme de él—. Por favor, Bennett. No quiero... No puedo hablar de esto aún. Es... Por favor.

—Vale —contesta, y levanta las manos en un gesto apaciguador que debería ser igual de relajado que su tono.

Permanecemos sentados y en silencio en este desastroso momento que yo solita me he encargado de crear. «Acabas de cagarla tú. Igual que la cagaste con él. Igual que la cagas con todo».

Bennett se levanta, despacio, desnudo, sin sentir la necesidad de cubrirse con algo de ropa. Yo, en cambio, me he tapado con la sábana.

—No has comido —dice con la vista clavada en el suelo—. Sé que tienes hambre. Voy a prepararte algo, ¿de acuerdo?

Asiento, demasiado asustada para hacerle las preguntas que me abrasan la garganta. «¿Estás enfadado?», «¿Me odias?», «¿Te arrepientes de todo lo que ha pasado?».

Alargo el brazo para cogerle la mano, pero el corazón me da un vuelco y me contengo. No me parece justo tocarlo después de haberle gritado.

—¿Puedo ir...? ¿Puedo ir a sentarme cerca del mar otra vez?

—Claro que puedes —dice con cierta exasperación. Se inclina hacia mí, me hunde las manos en el pelo y me coge la cabeza con sus gigantescas palmas—. Puedes hacer lo que tú quieras, P.

Sus palabras son tan intensas que las siento como una manta que te acoge y te da calor.

Culpa y ansiedad libran una batalla en mi interior.

Nunca me he sentido tan a salvo como cuando estoy con él.

Y, aun así, me basta con pensar en la aterradora idea de perder todo esto para que las ansias de querer seguir teniéndolo me vuelvan prácticamente loca.

—Pero abrígate, ¿vale? —me pide antes de darme un largo y firme beso en la frente, como si pudiese tatuarme el roce de sus labios en la piel.

Aun así, eso no consigue disipar el dolor que me invade al perder su contacto y la seguridad que siento cuando estoy en sus brazos.