44. Paloma
Paloma
PASADO: PRIMERO DE CARRERA
NOVIEMbrE
Bennett me lleva en brazos hasta casa, sube las escaleras y me sienta en la encimera del lavamanos de mármol oscuro que hay en el baño principal. Abre el agua caliente de la ducha y deja que el vapor lo inunde todo.
Cuando pasa por mi lado para sacar unas cuantas toallas, lo cojo por la camiseta y tiro de él para besarlo con fuerza. Sonríe con la boca pegada a la mía y se separa.
—Huelo a fuego —dice acariciándome la mejilla con la mano y hundiéndome las puntas de los dedos en el pelo.
—Mmm. —Lo envuelvo con las piernas para acercarlo a mí y le beso el cuello—. Me da igual. Te necesito.
Se ríe. Su risa hace que me sienta más ligera por dentro.
—Estoy aquí —responde—. Siempre.
Lo suelto para que pueda prepararlo todo hasta dejarlo como a él más le guste.
—Métete —me dice antes de girarse hacia la pared para que pueda desnudarme.
Bennett me sigue. Los dos nos hemos quedado sin ropa, pero no nos miramos. Clavo la vista en la pared de azulejos y dejo que la calidez del gran cuerpo de Bennett me cubra la espalda completamente en cuanto él también se mete en la ducha humeante.
—Quiero hacértelo aquí, bajo el agua —confiesa con la voz rasposa y la boca pegada a mi oreja, pasándome las manos por el pelo, despacio, para lavármelo—. Donde te sientas a salvo y no haga frío.
Cierro los ojos y se me encoge el corazón. Me relajo complacientemente entre sus fuertes brazos bajo el caliente espray de la ducha.
—Pero no puedo hacértelo lento. Y, siendo egoísta, quiero que nuestra primera vez sea en una cama. —Me mordisquea la oreja y un escalofrío me recorre entera—. Pero... ¿La siguiente?
Giro la cara para mirarlo por encima del hombro y veo que tiene una apabullante sonrisa pueril en los labios; una que nunca le había visto.
Está tan guapo que hasta me duele. Me gira hacia él y le rozo el pecho con el mío.
Me coge la barbilla con los dedos, con cuidado, y me levanta la cara para poder aclararme la espuma del pelo.
No puedo dejar de mirarlo. Se me escapan las palabras de la boca como si nada.
—Necesito que sepas que eres la primera persona con quien he elegido hacerlo de verdad. Que es la primera vez que... lo he deseado —admito.
Puede que no sea verdad. A veces, me cuesta acordarme de qué pasó; no es sencillo recordar que no fue culpa mía, que, a pesar de que no me opusiera directamente, yo no quería hacerlo.
«Él te hizo daño», intento decirme a mí misma, a pesar de que la voz que oigo tiene un tono más oscuro, más siniestro, y me grita: «¡Se lo pediste tú!».
Se me revuelven las tripas de nuevo y el calor de la ducha hace que me sienta ligeramente mareada.
Pero me agarro a Bennett. Tiene la mandíbula bien apretada y atisbo un fuego abrasador en sus ojos, tan azules; aun así, no me interrumpe.
Su cuerpo entero parece aún más firme. Eso hace que me sienta más tranquila, más a salvo.
Su mera presencia, aquí, conmigo, consigue acallar mi mente y relajarme.
—Nunca he deseado nada tanto como esto —digo poniéndome de puntillas para besarlo apasionadamente y distraerlo todo lo que puedo de la profunda confesión que acabo de soltarle bajo la seguridad del agua y de sus brazos.
El agua sigue cayendo caliente cuando Bennett cierra el grifo, coge una toalla y me cubre los hombros sin bajar la vista en ningún momento.
Aunque a mí me gustaría que lo hiciera. Se envuelve otra por la cintura, levanta la vista de nuevo hacia mí y me ayuda a escurrirme el pelo antes de acercarme a él y abrazarme con la toalla todavía puesta para que entre en calor.
—Te dejo para que te cambies —dice antes de salir del baño, adentrándose en la oscura habitación y cerrando la puerta tras de sí.
Me visto en cuestión de segundos. El corazón me late desbocado: me muero de ganas de estar con él.
Bennett está ahí, secándose meticulosamente los rizos con otra toalla; sin embargo, al oír que abro la puerta, se detiene. Gira la cara por encima de uno de sus gigantescos hombros y me mira con esos oscuros e intensos ojos.
Nos quedamos mirándonos durante un minuto bien largo. Se me acelera el pulso y oigo cómo me late en los oídos; es como las olas del océano que hay justo fuera.
Camina hacia mí, vacilante. La luz de la luna le tiñe el cuerpo al colarse a través de los ventanales que cubren la pared.
Bennett es más grande que la mayoría de los chicos, pero camina casi siempre encogido.
Ahora, a excepción de la sutil curvatura de sus hombros, está completamente erguido.
Entre sus anchos hombros y su amplia espalda, ocupa muchísimo espacio.
Tras la ducha, le centellea la piel; está musculado, aunque no cincelado.
Es más grande y está menos definido que el resto de chicos.
Se sujeta la toalla azul que lleva envuelta alrededor de la cintura con una única mano, imitando la misma postura que he adoptado yo frente a él.
Soy la primera en soltarla, dejándole todo mi cuerpo al descubierto. En la ducha, Bennett ha procurado quedarse detrás de mí. Y yo nunca he estado de pie frente a él, desnuda, sin nada y vulnerable.
Me estudia el cuerpo lentamente, con una mirada intencionada y cuidadosa en sus ojos azules como el océano que hay fuera. La forma en que me mira no es para nada obscena. Aunque sí es intensa. Pasional. Es como si notar sus ojos en mi cuerpo me confiriese poder en lugar de arrebatármelo.
Recompensa mi valentía haciendo lo propio: quitándose la toalla de la cintura y acercándoseme.
Desvío la vista hacia sus caderas y el vello fuerte que baja hacia su miembro, empalado y duro contra su abdomen. Ya sabía que la tenía grande (Bennett es demasiado grande en sí como para que no fuera el caso), pero, al vérsela, se me entrecorta la respiración.
Ambos damos un paso al frente y nos encontramos en un punto medio.
Me siento al final de la cama y retrocedo un poco al ver que él también se sube, instándome a que yo siga retrocediendo cada vez más sin abrumarme ni insistir.
Apoyo la cabeza contra la almohada de seda, con los rizos enmarañados y húmedos.
Tengo la piel de gallina, pero noto la calidez de su cuerpo contra el mío.
—¿Lento?
—Lento —responde, acercándome la mano a la cadera—. Si quieres parar, dímelo.
—No quiero.
—P. —dice con un tono suave y con todo su cuerpo cuidadosamente inclinado sobre mí. Los rizos marrones color miel caen por su frente—. Prométeme que, si quieres parar, me lo dirás.
—Te lo prometo —le digo, y asiento—. Y si a ti no te gusta algo, también tendrás que decírmelo.
—Lo haré —responde asintiendo—. Eres preciosa.
—Por favor... —digo medio gimiendo, aunque no me avergüenzo en absoluto—. Tócame.
Con los ojos como platos, veo que me acaricia las caderas y va subiéndome la mano hacia los pechos.
Juguetea con mi cuerpo con los dedos, con un tacto seguro y firme, como si ya hubiese decidido qué hacer con antelación.
Como si lo hubiese planeado y meditado largo y tendido, más que yo.
Y ahí me doy cuenta de que me he quedado medio petrificada.
Que, por primera vez en mi vida, estoy dándole vueltas al tema.
—¿P.?
«Ya lo he hecho antes. Es solo sexo».
Me pasa el dorso de su enorme mano por la clavícula con un roce suave como una pluma, me acaricia el cuello y me coloca el pelo detrás de la oreja.
—¿Paloma? —dice de nuevo, y se aleja de mí.
Al perder su calor corporal, me siento como si acabasen de arrojarme un cubo de agua helada encima. Lo miro casi con lágrimas en los ojos, temblando.
—Perdona. No sé qué hacer...
Se le relaja la expresión y me da un delicado beso en la frente.
—Bésame.
Esa orden hace que se me relaje algo en el pecho. Me yergo y alargo los brazos para acercarlo a mí y besarlo con fuerza, casi con desesperación.
Se acomoda entre mis muslos y me los separa aún más con su ancho cuerpo.
Me masajea con la mano izquierda para relajar el tirón, acariciándome el interior del muslo derecho, mientras apoya la otra mano en el colchón, al lado de mi cabeza; eso es lo único que le impide dejar caer todo su peso contra mí.
Bennett separa los labios de los míos y me besa el cuello y el pecho. Me besa un endurecido pezón antes de cambiar al otro mientras dibuja círculos con los dedos en mi húmeda piel.
—Enséñame cómo te gusta —me pide, soltándome el pezón que ha estado asaltándome con sus suaves y delicadas caricias—. Quiero que disfrutes. Necesito que me digas cómo.
—Las tengo bastante sensibles. No me las aprietes demasiado; solo un poco.
Muevo los dedos sobre mi piel y me estremezco ante las olas de placer que me azotan el cuerpo.
—Vale.
Me da un rápido beso en los labios y baja la cabeza para apartarme las manos de ahí.
Todo se vuelve perfecto enseguida. Tan perfecto que levanto las caderas involuntariamente.
—¿Te gusta?
—Sí.
Muevo las caderas bajo su cuerpo.
—¿Quieres que siga?
—Quiero que... que me folles.
Decirlo me resulta extraño. Es como si fuese lo correcto y, a la vez, algo que no debería haber dicho. La inseguridad me lleva a achicarme bajo su cuerpo mientras, desesperada, intento acercar a Bennett a mí en un débil intento por tranquilizarme.
—Todavía no —responde con la boca pegada a mi cuello, dejando que tire de él hasta que me cubre con todo su cuerpo.
Le beso el cuello para deshacerme del miedo y de la ansiedad; estoy tan preocupada que casi me tiemblan los labios—.
Quiero hacerlo todo contigo. Llevo toda la vida esperando este momento y, contigo, quiero tomármelo con calma.
Vuelve a separarse de mí y siento que me da un vuelco el corazón, pero lo suelto. Bennett sonríe, sobre mí, tan enorme como es, y me acaricia el pómulo con el pulgar en unos cuidadosos y relajantes roces.
—Deja que te mime, ¿vale?
Asiento antes de morderme el labio y alargar los brazos para abrazarlo.
Se ríe, y ese sonido se me cuela en las venas, como si de una droga se tratase. Se tumba encima de mí, solo que un poco más abajo.