Unbound (The Undone 3) 43. Bennet
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43. Bennet

Bennet

PASADO: PRIMERO DE CARRERA

NOVIEMbrE

—¿Y qué tal todo con Paloma?

Me yergo un poco más en el cómodo sofá de tela que queda delante de la doctora Anya.

Hemos tenido que cambiar el día de visita porque tuve un partido entre semana, lo cual no suele pasar.

Normalmente, cuando tenemos que mover las sesiones de día, me pongo más nervioso y me muestro menos dispuesto a hablar, así que me resultan casi contraproducentes.

Sin embargo, hoy estoy un poco más ilusionado porque sé lo que me espera al salir.

—Bien. Este finde nos vamos por ahí.

—¿Los dos días? —pregunta, dejando entrever su estupefacción al arquear las cejas.

Estoy saliendo de mi rutina, yéndome a un sitio que no me resulta tan familiar y haciendo algo nuevo con otra persona.

—Sí. Nos vamos esta noche y volvemos el domingo. Como esta semana hemos jugado el jueves, tengo el fin de semana libre.

—Fantástico. Entonces, ¿os va bien?

—Sí.

—El último día me dijiste que le habías contado lo del TOC, ¿verdad? —Vuelvo a asentir y me repiqueteo los dedos con fuerza contra la rótula—. ¿Le has contado algo más sobre ti?

Casi todo el mundo sabe que tengo TOC o, como mínimo, se percatan de mis impulsos, pero no preguntan.

Hay quienes incluso bromean un poco (sobre cómo limpio la equipación o acerca de cómo caliento) sin tener ni idea de lo serio que es para mí.

No saben que es como si el cerebro me atacara con preocupaciones que, al verbalizarlas, parecen absurdas.

No obstante, como soy incapaz de deshacerme de la sensación de que puede pasar algo sí o sí, tengo que hacer las cosas a mi manera.

No siempre es una cuestión de querer y punto.

A veces, directamente, no quiero.

Sin embargo, tampoco voy presentándome por ahí en plan: «Bennett Reiner, autista y con TOC». Así pues, es algo que la mayoría de la gente desconoce. Solo soy Bennett Reiner: el portero de hockey a quien no le gusta la gente.

Y eso no es cierto, pero, bueno, no importa.

Aun así, quiero que Paloma lo sepa. Quiero que me conozca de esa forma que tan desesperadamente parece que quiere conocerme.

—Sí. Hablamos del tema del contacto físico —digo, y me muevo, inquieto, en el sofá—. Y se lo conté. Le hablé de mí, no solo del TOC.

La doctora Anya asiente. Da un golpecito con el boli, dos, y luego deja la libreta.

—Esta chica te importa.

—Mucho —respondo sin titubear.

—Háblame más de ella.

—Me gusta tocarle el pelo —respondo de manera impulsiva, y me sonrojo en el acto—. ¿Está...? ¿Está mal?

Frunce un poco el ceño.

—¿Tienes que tocárselo sí o sí? —me pregunta—. ¿Te entra ansiedad si no lo haces?

Niego con la cabeza.

—No. Solo me gusta... Me gusta notar el tacto. Me gusta tocárselo y lavárselo y...

—Entonces, no pasa nada —contesta ella con una sonrisa—. En todo caso, es algo bonito, Bennett.

Vuelvo a moverme incómodo.

—¿Y cómo va todo a nivel íntimo?

Ya he hablado de esto antes con la doctora Anya. En varias ocasiones. Me abrí con ella hace años, cuando pensaba que me pasaba algo raro porque no tenía ningún interés en mantener relaciones sexuales. Y luego volví a sacar el tema para comentar las cosas que sí quería hacer.

Este fin de semana es importante para Paloma, para mí, y quiero asegurarme de hacerlo bien a la primera.

—Va... bien —respondo con cautela, y levanto la mano para rascarme la nuca.

Ojalá mi padre me hubiese dejado cortarme el pelo. Me está creciendo demasiado y...

—¿Te importaría entrar en detalles?

—Hemos hecho... cosas. A veces me resulta un poco abrumador, pero me gusta. Me siento bien.

Vuelve a asentir.

—Bien. ¿Has hablado con ella sobre lo que te gusta? En las relaciones íntimas, quiero decir.

Ni de broma. Tener que gestionar mis primeras tomas de contacto con el sexo y el placer es una cosa, pero sacar a colación mis tendencias y la necesidad de control que siento es algo muy distinto. Y, con Paloma, dicha necesidad es aún mayor.

Me encojo de hombros y noto que me suben los colores.

—Solo quiero asegurarme de que lo estoy haciendo bien.

Tras una larga pausa que estoy seguro que a mí se me antoja más larga de lo que realmente es, la doctora Anya dice:

—El sexo es algo complicado. Para todo el mundo.

No tiene nada que ver con tu diagnóstico, Bennett.

Seguramente, a Paloma le genera tanto miedo y excitación como a ti.

Creo que deberías recordarlo. Porque, al mantener este tipo de relación con ella, puede que se den momentos incómodos o estresantes.

Pero no pasa nada. —Se recuesta y me estudia un segundo con una tranquilizadora sonrisa en los labios antes de sentenciar—: Esto es como todo en la vida. Se mejora con la práctica.

—¿Sí?

La doctora Anya asiente y se levanta, lo cual me indica que la sesión ha llegado a su fin. Lo sé porque tengo prohibido venir a las visitas con reloj o estresarme por el tiempo.

—Sí. Creo que deberías centrarte en la comunicación. Con eso basta. Pregúntale cosas, muchas. No temas comunicarte y menos cuando algo te abruma. Confía en ella y confía en ti.

—Vinieron a limpiarlo la semana pasada, así que debería estar todo en orden. Y pedí que llenaran la nevera con lo que me dijiste —me informa mi padre, cuya voz suena a través del altavoz mientras me meto en el aparcamiento de la resi de Paloma—. Y si necesitas...

—Sí —lo interrumpo—. Todo controlado, en serio.

Mi padre suspira con pesadez al otro lado del teléfono.

—Vale, vale. Estoy entrometiéndome. Ya lo pillo. Tú solo avísame cuando lleguéis y vuelve a escribirme cuando os vayáis, por favor. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —accedo—. Te quiero.

—Y yo a ti.

Colgamos justo antes de que alguien dé unos golpecitos en mi ventana.

Paloma, con su mono, una sudadera de colores colgándole del hombro y el pelo recogido en un moño suelto.

Me sonríe ilusionada. No lleva ni una gota de maquillaje, pero le centellean los ojos con un tono casi caramelo bajo la luz del sol.

Desbloqueo la puerta de la camioneta antes de que ella tire impaciente de la manilla, riendo, y se suba a trompicones a la cabina.

—Hola, Bennett —me saluda inclinándose por encima de la consola para darme un beso en los labios antes incluso de que pueda prepararme.

Se me acelera el corazón, como si quisiera salírseme de sitio y llegar hasta ella.

Me froto el pecho, sacudo la cabeza y le aparto la mirada.

—Hola, Paloma.

—¿Y Siete?

—Este finde se lo ha quedado mi padre.

Me estudia un poco más intensamente y pregunta:

—¿Seguro? Podemos llevárnoslo.

—Estaré bien.

Sin embargo, que se preocupe por mí y por mi perro hace que tenga otro motivo más para seguir obsesionándome con ella.

Deja la mochila a sus pies, pero yo la cojo y la coloco en los asientos traseros con cuidado, antes de subir el volumen y pasarle mi móvil a Paloma.

—He hecho una playlist para el trayecto —le digo separándome despacio de la acera—. Hay algunos de tus... poemas.

Guarda silencio y observa la lista de reproducción un buen rato mientras suena Bon Iver a través de los altavoces del coche. Cuando por fin me devuelve el teléfono, veo que ha cambiado el nombre de la playlist , que ha pasado de ser un número a llamarse «B + P».

El corazón me late con fuerza; noto en el pecho esa presión que tan bien conozco. Ahora, cuando desvío la vista hacia ella, veo que sonríe con más ternura, de forma más abierta y vulnerable. Como si no estuviera del todo convencida.

Le cojo la mano.

Y Paloma no me la suelta en todo el trayecto.

La casa no es tan aterradoramente gigantesca como algunas de las otras propiedades de los Reiner, pero es mi favorita. Es la única que reclamó mi padre, aunque solo viniéramos una semana o dos en verano.

Ahora estamos en invierno y hace demasiado frío para ir a la playa, pero esta pequeña y tranquila ciudad queda cerca de Chatham y de otros concurridos destinos en Cape Cod. Por lo general, la casa ofrece un espacio agradable, privado y perfecto para esto. Perfecto para ella.

Le digo que me espere para poder pillar su mochila y abrirle la puerta. No rechista cuando le cojo la sudadera y se la paso con cuidado por la cabeza; se la coloco bien y le arreglo el pelo despacio y con cuidado. Se pasa casi todo el rato mirando hacia el edificio que queda a mis espaldas.

Es una casa familiar que, en su día, construyeron para el más pequeño de los hermanos de mi padre.

El elegante símbolo que hay sobre la entrada y otro que está tallado en la madera indican el año en que se construyó y el nombre que le pusieron: Speyside.

Se lo puso mi abuelo en honor al lugar favorito de Escocia de su hijo menor.

Creo que a mi padre le entristece que la casa lleve el nombre del lugar donde su hermano descubrió su whisky favorito, porque lo que casi lo mató tan joven fue, precisamente, su adicción al alcohol.

Porque el desencadenante de la relación de casi odio que hubo entre padre e hijos antes de que mi tío lo dejase todo atrás fue el alcohol.

Sin embargo, mi padre nunca ha quitado esos símbolos.

Es una casa de estilo clásico de Nueva Inglaterra, con arquitectura de tejas y un aire antiguo que contrasta con unos preciosos interiores modernos y bien aislados.

La cocina en sí es incluso muchísimo mejor que la que tiene mi padre en casa; es como si, al renovarla, hubiese pensado en mí.

La casa cuenta con tres habitaciones, todas bonitas, sencillas y más agradables que las que hay en la casa de mi padre en Boston o en la extravagante mansión de mi madre.

Mientras le cuento tranquilamente a Paloma dónde queda todo, ella estudia las amplias y prístinas habitaciones con los ojos como platos.

—¿Paloma?

—¿Mmm?

Está mirando al otro lado de los ventanales, que dan a una playa oscurecida. No queda lejos, pero nos encontramos en lo alto de una colina. Enciendo el interruptor que hay cerca de la puerta y el camino que baja hasta el agua se ilumina.

—Voy a preparar algo para cenar —susurro colocándome abruptamente detrás de ella, soltándole el moño con los dedos y acariciándole el pelo hasta que le cae con suavidad por la espalda—. ¿Por qué no te sientas cerca del mar?

—¿Puedo? ¿En serio?

—Claro. —Cojo una de las mantas más gruesas que tenemos en una de las cestas de mimbre que hay al lado del sofá y se la paso—. Fuera hace frío. Llévate una manta.

—Vale —responde medio en trance, sin apartar los ojos del amplio y oscuro océano.

Le explico cómo encender la hoguera mientras el sol se pone a lo lejos.

No tardo demasiado en calentar el ramen que ya he cocinado por la mañana, con una suave panceta también caliente y unos noodles gruesos que he comprado en mi supermercado asiático de confianza.

Lo pongo todo en unos termos que encuentro en un armario alto y vuelvo a colocarme la camisa de franela antes de salir fuera, donde me recibe un aire fresco que se va volviendo más y más cortante a medida que oscurece.

—Hola, amor —le digo a Paloma, que está cerca del vaivén de las olas—. ¿Tienes frío?

Niega con la cabeza.

—Estoy bien —responde.

Le paso un termo y le toco la palma con los dedos para asegurarme de que no esté helada pero no me lo quiera decir.

Avivo un poco más el fuego y me siento a su lado, en el banco que ella misma ha escogido.

La observo en silencio. La delicada pendiente de su barbilla y su esbelta y respingona nariz. La perfecta simetría de su cara y esas mejillas sonrosadas, cortesía de estar tan cerca del fuego. Remueve la sopa con la cuchara y muerde unos cuantos noodles antes de mirarme con timidez.

—No tengo hambre.

Río nervioso.

—Yo tampoco —contesto.

La verdad es que sí que estoy hambriento, pero no de comida, sino de ella. De toda ella. Quiero saborear hasta el último centímetro de su piel y disfrutar de Paloma hasta reventar. Hasta que mis obsesivos pensamientos empiecen a desaparecer.

Le acaricio el muslo con los dedos.

—¿Puedo prepararte una ducha caliente? Hace frío.

Paloma sonríe.

—Solo si te duchas conmigo.

Asiento y me levanto un poco bruscamente antes de cogerla y llevarla en brazos. Paloma se ríe, un sonido que se cuela en mi interior como un chute de adrenalina.

—Sujétate a mí.