Unbound (The Undone 3) 42. Paloma
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42. Paloma

Paloma

PRESENTE

Aquí, encima de mí, con todo su poder y masculinidad, Bennett es embriagador. Exhalo con fuerza mientras él acerca la mano al punto en el que tanto lo necesito. Siento que me palpita el cuerpo entero, como si fuese todo un corazón en sus manos.

Y, ahora, me está volviendo loca. Me sujeta un muslo abierto contra la cama para mantenerse firme mientras, hambriento, me pasea la boca por los pechos.

—¿Te han dicho ya lo buena que eres? —pregunta irguiéndose de nuevo mientras me sube por el cuerpo y sigue acariciando mis endurecidos pezones con los dedos—. ¿Que te mereces que te adoren y te mimen así?

Me encaja la erección entre los pechos (que continúo apretándome) y se introduce entre ellos mientras lo miro fascinada. Recuesta su enorme cuerpo sobre mí sin llegar a tocarme. Es tan grande y amenazante que parece un antiguo dios al que venerar.

Aunque quien se siente venerada soy yo, por él.

—Dios, P. —gruñe—. Llevo pensando en esto... Tres putos años. —Resopla al exhalar para apartarse unos cuantos rizos de delante de los ojos—. Pienso siempre en ti. Siempre.

Sus palabras vuelven a estar cargadas de ardor y vulnerabilidad, una mezcla que me hace gemir y buscar impaciente una caricia en el aire. Bennett se mueve, apoya un brazo en un lateral para sujetarse y no dejar caer todo su cuerpo en mí, y baja el otro para tocarme entre las piernas.

Al estar en esta posición, queda un poco echado hacia atrás, de modo que tengo unas vistas perfectas de su mullido pecho, cubierto por unos cuantos rizos de un castaño oscuro. Todo en Bennett es embriagadoramente poderoso.

El gemido que se me escapa es ensordecedor, lascivo y posiblemente cero sensual, pero Bennett cierra los ojos como si de una sinfonía se tratase.

—Eso es, P.

Roza la unión de mis labios con los dedos, abriéndome con destreza. Se ha pasado años estudiándome el cuerpo, analizando cada una de mis respiraciones para interpretarme con semejante facilidad.

Como si fuese un maldito poema.

—No quiero más, amor. Solo quiero hacer que disfrutes. Fóllame los dedos.

Lo hago mientras lo miro igual que él me mira a mí. Todo se vuelve sumamente intenso de inmediato, como siempre que estoy bajo sus cuidadosas y callosas manos.

Bennett pronuncia palabras como si me las estuviese grabando con tinta en el cuerpo. «Qué buena eres conmigo, amor» o «Uy... No, P., todavía no. Aguanta». Y lo dice con tanta firmeza que no puedo sino obedecer.

—Por favor, Bennett, por favor... Deja que me...

—Jo-der —gruñe él.

Echa la cabeza hacia atrás y deja su grueso y tenso cuello a la vista mientras empieza a mover las caderas con brío y se corre de golpe entre mis pechos. El simple hecho de verlo así de suelto me hace estallar más deprisa. Abro la boca y grito con la voz grave y cargada de aire.

Bennett cambia de posición y se coloca a mi lado mientras sigue masturbándome y aproximándome cada vez más al clímax.

Me acerca la boca al oído para susurrarme con ternura y hablarme sin cesar mientras yo me corro con vehemencia; con más fuerza que en el hotel, con más vulnerabilidad y sin las emociones que sentí en aquel momento.

No. Ahora es todo calidez, ligereza y plenitud. Es como si nunca me hubiese ocurrido nada malo. Solo estamos Bennett y yo, como si llevásemos juntos toda la vida, con esta cercanía y sin margen para el dolor.

—¿Bien? —me pregunta, dejándome un beso en las mejillas antes de besarme la comisura del labio. Sonrío, sonrojada, mientras él me estudia de forma casi obsesiva—. Palabras, Paloma.

—Bien.

Me lleva al baño y abre el grifo de la ducha con una mano mientras, con la otra, me deja de pie con cuidado. Pero continúa sujetándome cerca de él, apoyándome la otra palma de la mano con firmeza en la nuca para que siga pegada a su pecho.

Nos duchamos. Bennett me lava el pelo con la misma ternura de siempre.

—Echaba de menos esto —confieso, vulnerable y echa un flan en sus brazos.

Le paseo los dedos por el pecho mientras él me mueve la cabeza y me ordena delicadamente:

—Recuéstate, P.

Luego, con una risa casi sensual, añade:

—Ya sabes cómo me gusta tu pelo. —La voz le suena densa y rasposa, y a mí se me enciende el cuerpo.

Ya vuelvo a desearlo—. Me paso las horas pensando en eso; me lo imagino en mis manos, en mi piel.

—Me apoya una mano en la frente para intentar que no me caiga agua a los ojos mientras me aclara el acondicionador que con tanto cuidado me he aplicado—.

También te lo cepillaré —anuncia con la boca pegada a mi cuello.

Asiento, aunque no fuese ninguna pregunta.

Después de que Bennett me seque el cuerpo con una suave toalla, se la envuelve por la cintura y me pasa su camiseta por la cabeza antes de cepillarme el pelo, sentados en mi cama, completamente deshecha. Trato de tumbarme a su lado, pero él niega un poco con la cabeza.

—Ven aquí —me dice, tirando de mí para que me apoye en su pecho y quedando él recostado contra el cabezal.

Me siento ligera y soñolienta, pero Bennett todavía parece tenso. Ansioso, casi.

—¿Ha estado... bien? —me pregunta.

—Sí —respondo cogiéndole la mano y acercándomela a los labios para besarle los dedos—. ¿Estás bien?

—Sí, ¿por?

Lo pregunta tan deprisa que arrugo la frente.

—Si te molesta algo, podemos hablar del tema.

Me viene un pensamiento oscuro y me planteo, por un buen minuto, si verbalizarlo o ignorarlo. La chica que he sido durante años lo ignoraría. Pero, con Bennett, quiero tener algo real.

—Si te molesta algo... —intento insistir—, el sexo no hará que desaparezca.

—¿Te arrepientes? —me pregunta con un nudo en la garganta.

Me giro en sus brazos y lo miro con los ojos llenos de súplica mientras lo cojo por la barbilla para que me mire.

—Dios, Bennett, no. Pero no quiero que... No quiero que recurras al sexo solo por...

Abre los ojos como platos y se yergue, apartándome los brazos de los costados. Hunde la cara en las manos e implora:

—No... Por Dios, P., no. Lo siento muchísimo. Yo nunca... No te estoy utilizando. Te juro que no era esto. Me... me...

—Bennett —le digo, alto y claro. Cambio de posición, me arrodillo entre sus piernas y me siento sobre los talones mientras le cojo la cara con ambas manos y le doy un delicado beso en los labios—.

Nunca pensaría que me estás utilizando. Jamás.

Solo quiero asegurarme de que sepas que, si algo te molesta, puedes hablar conmigo.

—¿Igual que hiciste tú conmigo?

Me estremezco y retrocedo un poco. Él niega con la cabeza, pero deja que lo siga abrazando.

—Perdona. No debería...

—No. Me lo merecía. —Exhalo, pero continúo—: Lo siento. Nunca quise hacerte daño. Es solo que... no estaba bien.

—¿Y ahora ya sí?

En su voz noto una esperanza a la que me aferro como si no hubiera un mañana.

—Sí. Eso intento, al menos. —Me recuesto contra el cabezal, a su lado, y le paso las piernas por encima de la cintura mientras él me acaricia con los dedos y me agarra el tobillo—. De hecho, he estado yendo a terapia.

Me avergüenza reconocerlo, lo cual resulta absurdo. Ahora, todo Cristo va a terapia; es lo normal. Saludable, incluso.

A Bennett se le dibuja una sonrisa muy sutil en el rostro.

—¿Ah, sí? Qué... Qué bien, P.

Asiento y me muerdo el labio.

—¿Desde, eh..., desde cuándo vas? Si quieres contármelo.

—Empecé a principios del semestre. Estoy... estoy intentándolo. Estoy intentando cambiar.

—¿Fuiste de pequeña?

Niego con la cabeza. Una vez, cuando los del Servicio de Protección a Menores investigaron a mi madre, un juez ordenó que me llevaran a terapia. Pero dudo que cuente.

—No, pero creo que me está ayudando. O que... —Me encojo y sonrío de medio lado—. Bueno. A lo mejor algún día no seré tan desastre.

Estoy bromeando, pero Bennett no se ríe.

—No eres ningún desastre, P. —susurra dándome un apretón en el muslo y tirando de mí para colocarme completamente encima de su regazo. Me coge la mano y me masajea la palma y los dedos al hablar—. En absoluto. Pero creo que está genial que vayas a terapia. A mí siempre me ha ido bien.

Asiento, ahora con una sonrisa más tierna. Porque sé que Bennett lo dice en serio; que me ve como a una persona sólida y maravillosa, y no como el desastre que soy en realidad. Y resulta esperanzador.

Me siento igual que cuando me lanzo al agua y noto ese frescor primero.

—Deberíamos salir a cenar mañana.

Bennett abre los ojos como platos y se le tensa el cuerpo bajo el mío.

—¿En plan... cita?

Me muerdo el labio, titubeante, y lo estudio mientras él baja un poco la barbilla para mirarme a los ojos.

De repente, a Bennett se le dibuja una sonrisa pícara que no suelo verle. Me acomoda un mechón de pelo rubio detrás de la oreja y dice:

—Si fuese una cita, tampoco me importaría...

Sus palabras resultan electrizantes y me traen un montón de recuerdos.

Son una muestra perfecta de la intensidad con la que ha cambiado todo entre nosotros.

Me proporciona cierta esperanza pensar que.

.., que, a lo mejor, algún día, sí que encontraremos la forma.

Juntos. Y tal vez este sea el primer paso.

—En plan cita, pues —respondo, acordándome de lo que me respondió él con la misma claridad con la que Bennett se ha acordado de cómo yo lo provoqué.

Me coge la mano y noto su roce en el alma, como si, poco a poco, estuviese llevándose toda la oscuridad. Para siempre.