Unbound (The Undone 3) 41. Bennet
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41. Bennet

Bennet

PRESENTE

—¿Estás ocupado?

—No —respondo casi demasiado deprisa, deteniéndome en el garaje y girándome hacia Rhys, que está en el rellano inferior de las escaleras—. ¿Por?

—He pensado que podríamos ir juntos al entreno —sugiere, dándome un apretón en el hombro al pasar por mi lado para coger su bolsa—. Últimamente no pasamos demasiado tiempo juntos.

—Has estado ocupado —respondo.

Rhys hace una mueca y noto esa sensación en el estómago. «Si es que siempre tienes que pifiarla, ¿eh?».

—Ya... —responde. Guarda silencio un minuto mientras ambos subimos a mi coche y, luego, continúa—: Pero sabes que esto no significa que no tenga tiempo para ti, ¿verdad? Eres mi mejor amigo. Nada va a cambiar eso.

Parece todo tan absurdo... Quiero estallar y decirle que no soy un crío y que no estamos en el instituto. Que no hace falta que se disculpe conmigo por haberse enamorado y tener menos tiempo para ser mi punto de apoyo, que es justamente lo que ha sido siempre en muchos aspectos.

Y ese miedo de siempre regresa, emergiendo cual tsunami en mi mente para llevarse todos mis recuerdos por delante y quedar aterrado al pensar que Rhys me ve como un amigo impuesto, dependiente, patético y apegado al que nunca ha conseguido quitarse de encima.

Trago saliva para deshacerme de todo eso, aunque es como si estuviese tragándome piedras.

Aun así, respondo:

—Ya lo sé.

—A lo mejor podríamos ir a cenar o algo, tú y yo solos.

Lo único que consigo hacer es volver a asentir mientras conduzco por las heladas carreteras que nos llevan hasta el complejo deportivo.

—Molaría, supongo.

Nos pasamos el resto del trayecto casi en silencio, dejando que tanto mi ansiedad como la suya colisionen y busquen su espacio dentro del vehículo. Le digo que me quedaré un minuto más en el coche. Rhys parece preocupado, pero lo deja estar.

Jugueteo con el móvil. La necesidad que siento de llamar a mi padre le echa un pulso a la que siento por evitar hablar con él a toda costa.

No puedo hablar con Rhys. No puedo hablar con mi padre.

No puedo hablar con absolutamente nadie porque todas las personas a quienes intento mantener cerca parecen alejarse cada vez más.

«Entra y punto. Sigue con tu rutina habitual e irá todo...».

De repente, me encuentro con la mano en el cambio de marchas. Retrocedo y salgo del aparcamiento sin ningún plan. Y marco ese número de teléfono que me sé de memoria.

—¿Bennett?

—P. —suspiro, y odio que mi voz suene igual de débil que como me siento—. Oye, ¿estás..., estás ocupada?

—Acabo de llegar a casa de la uni —me cuenta—. ¿Te encuentras bien?

—Sí. Es solo que... ¿Puedo pasar a verte?

Lo que quería preguntar era «¿Puedo venir?», como una persona normal. Contengo la apremiante necesidad que siento de pegar un cabezazo contra el volante y me detengo un segundo en el stop antes de girar y ralentizar por la esquina.

—Claro —responde Paloma. Oigo una puerta que se cierra y, acto seguido—: Bennett... ¿Seguro que estás bien?

—Sí. Pero no sé dónde vives. —Me río y sacudo la cabeza.

—Ahora te mando la ubi. Ve..., ve con cuidado, ¿vale?

Cuelga y me comparte la ubicación, lo cual me aporta cierta calidez. Antes lo hacía constantemente para que pudiese ir a recogerla donde fuera. Para que siempre pudiese encontrarla.

Voy directo hacia la puerta de entrada de esa bonita casa adosada, con las piernas y los brazos temblorosos, como si me hubiesen metido adrenalina en las venas.

Llamo un par de veces a la puerta antes de que Paloma aparezca. Al verme, abre sus bonitos ojos marrones como platos.

—Bennett —me saluda.

—Perdona. —Exhalo pero se me escapa una sonrisa—. No quería molestarte. Pero es que necesitaba verte.

—Está bien. —Me sonríe—. Más que bien. Pasa.

En su casa hace calor. Y, al ver que ahora hay un sitio al que puedo llamar «su casa», siento un escalofrío.

Paloma tiene un hogar ; uno donde resguardarse del frío y donde está a salvo; un sitio en el que parece que quiere estar.

La entrada es de un verde oscuro y tiene la mitad recubierta con paneles de madera marrón.

Una bonita alfombra tejida ocupa casi todo el salón, donde hay un sofá gris bien cuidado y varios cojines de distintos colores; algunos los reconozco de haberlos visto en su cuarto cuando íbamos a primero.

Tiene el televisor encendido y la música puesta bajito.

Y ella está aquí en medio, con toda su belleza y calidez. Y, por lo que veo de inmediato: feliz.

—¿Va todo bien?

Asiento.

—Es que... —Dejo que se me apague la voz y me balanceo un poco sobre los talones con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones de chándal—.

No quiero ser solo tu amigo, Paloma —confieso en voz baja y con delicadeza, aprovechando este cálido espacio.

Ella lo asimila despacio y separa los labios para exhalar—.

Nunca he querido ser solo tu amigo. Te quiero .

—Se me escapa una sutil risa mientras me encojo de un hombro—.

Y sé que, para mí, esto jamás va a cambiar. Siempre voy a querer estar contigo.

—Bennett...

Levanto la mano para frenarla.

—Ya lo sé —le digo apartando la mirada y clavando los ojos en el suelo—.

No estoy intentando hacerte cambiar de opinión ni obligándote a estar conmigo; ya sabes que nunca haría algo así.

Pero quiero dejar las cosas claras. Si tú necesitas que sea tu amigo, lo seré.

Pero yo nunca querré menos de ti; siempre voy a esperar que haya algo más.

—Bajo más la voz y sentencio—: Que vuelvas a dejarme estar contigo. A cuidarte.

—Bennett —exhala, y por fin la miro. Tiene los ojos húmedos y se me revuelve algo en el estómago con solo pensar que a lo mejor la he molestado. Sin embargo, antes de que pueda intentar remediarlo, Paloma continúa—: Sí que quiero que empecemos de cero. Pero quiero... Quiero estar contigo. Siempre.

—Como algo más que amigos.

Ríe, y su risa, por ahogada que suene, es genuina.

—Sí —responde.

Asiento.

—Vale —contesto.

—¿Vale?

—Solo... Solo he venido a decir esto.

Paloma frunce el ceño mientras me estudia con detenimiento, a la espera de algo. Por una vez, hago lo que quiero sin pensarlo demasiado. Doy un paso al frente y la beso. Con ganas y pasión, como siempre quiero hacer.

Se le entrecorta la respiración, sorprendida, y ese sonido se derrite hasta convertirse en un gemido en cuanto me agarra por los hombros. La cojo en brazos con el corazón acelerado.

—Perdona —susurro—. Llevo pensando en esto desde el otro día en el bar.

«Desde hace bastante más, para ser sinceros».

—Yo también —confiesa ella con un hilo de voz—. Me alegro de que hayas venido. Te... te echaba de menos.

Sus palabras pesan. Te echaba de menos . ¿Cuánto tiempo he estado esperando oírle decir eso? Me moría de ganas de oírla pronunciar estas palabras. Es como si alguien estuviese arrojando agua a mi sedienta alma. Quiero estar con Paloma desesperadamente.

—¿Me enseñas tu habitación? —le pregunto con una sonrisa.

Ella ríe con la boca pegada a mi cuello y asiente, echándose atrás con los ojos centelleantes. «Solo quiero esto. Para siempre. No necesito nada más».

Me guía escaleras arriba hasta su cuarto. Es tan cálido y acogedor como esperaba. Es muy «ella» en todos los aspectos. Quiero tumbarla sobre la cama y empaparme de su aroma.

Sin embargo, en lugar de eso, la dejo en esa cama de matrimonio un poco deshecha. Su brillante melena dorada resplandece bajo la luz de la lamparita. Le aparto unos cuantos mechones de la cara antes de besarla en los labios; ahora, con más dulzura.

—Si no quieres que lo haga, dímelo —le pido medio arrodillado encima de ella.

Está sonrojada y preciosa. Y yo estoy tan enamorado que incluso me duele.

Alzo el brazo para frotarme el pecho.

—Contigo quiero. Siempre.

Sacudo la cabeza y cierro los ojos. Me cuesta encontrar las palabras, unas que estoy desesperado por pronunciar y aterrado por admitir; todo a partes iguales.

—Lo que quiero hacerte, P... —Mi voz suena áspera; casi desesperada—. Tienes... tienes que prometerme que, si no te gusta, me lo dirás.

—Conoces mi cuerpo mejor que yo, Bennett —susurra casi con timidez.

—No quiero hacerte daño.

—Jamás podrías. —Levanta los brazos para cogerme la cara—. Pero tienes que confiar en mí: si quiero que pares, te lo diré.

—Ahí está el problema, P. —susurro, y coloco una mano encima de la suya, que sigue en mi ardiente mejilla—. Que confío plenamente en ti. —Me inclino y la beso en la frente—. Pero tus límites ya son otro tema.

Se sienta de forma casi abrupta.

—Ah... Ya. Vale. —Se mueve un poco para arrodillarse y me tira ligeramente de la muñeca para que me siente a su lado—. Entonces, ¿por qué no los definimos juntos? Puedes... —Baja un poco la voz y me aparta la mirada—. Puedes decidir qué necesito y cuándo.

Tal vez debería avergonzarme por cómo se me empalma al oírla; por esa desesperación por tener el control. Por lo mucho que confía en mí, en que voy a cuidarla.

—Vale —accedo—. Dime qué no quieres, P.

—No seas cruel —susurra, y las palabras se me clavan con fuerza en el corazón—. No quiero que me insultes ni me digas cosas feas.

—Nunca —contesto con un hilo de voz, pero reprimo todo lo que quiero decir; el cabreo que siento hacia los fantasmas de su pasado que hacen que se me remuevan las tripas—. ¿Qué más, amor?

—Creo que no... Creo que no me gusta el dolor. En plan, el dolor de verdad. No quiero que me pegues.

—Nunca te haría daño.

Asiente y se le relaja la mirada al oír unas palabras que ya le he dicho antes.

—Lo sé —responde.

—¿Y atarte? —le pregunto. Las palabras me salen estranguladas, pero resultan más liberadoras de lo que pensaba.

—Sí.

—¿Y... que tenga yo el control? —Respiro para relajarme. Tengo los músculos tan tensos que creo que hasta podría atravesar un muro hecho de ladrillos—. ¿Si quiero controlar cuándo te corres? ¿Hacerte esperar hasta que...?

—Sí —responde, aunque ahora lo hace casi jadeando. Se sonroja, le sube y baja el pecho con pesadez y el jersey de hombros descubiertos le resbala un poco más por uno de los brazos, siguiéndole la línea de la clavícula—. Por favor.

—Empecemos así, pues. Si quieres que hagamos...

—Sí —me corta—. Por favor, Bennett. Te...

—Shhh —le digo con firmeza—. Quítate el jersey y túmbate para mí.

Me he imaginado esto en un sinfín de ocasiones.

He investigado profusamente a lo largo de los años.

Incluso hablé del tema con mi psicóloga cuando me preocupaba que me pasara algo raro por querer lo que quería, pero ahora sé que todo esto es lo correcto.

Los nervios que suelo sentir resultan abrumadores, pero, cuando la veo a ella debajo de mí, todo cambia.

Paloma Blake está desnuda de cintura para arriba, tumbada sobre sus sábanas blancas como si de agua se tratase. Tiene el pelo despeinado, la coleta medio deshecha, y su generoso pecho se mueve con cada respiración mientras ella tiembla.

Alargo el brazo despacio y le paso los nudillos por la barriga y entre los pechos.

—Eres perfecta de los pies a la cabeza, ¿lo sabías? —susurro con reverencia antes de bajar el tono y añadir—: Apriétate las tetas, P.

Se le escapa un gemido mientras roza los muslos entre sí, desesperada por notar esa presión. Se los separo y le coloco la rodilla entre las piernas sin llegar a tocarla.

—¿Confías en mí para que te mime?

Asiente con los ojos centelleantes.

—Dímelo.

—Confío en ti.

—Bien, amor. Eres buena conmigo, ¿a que sí? —La beso en la frente—. Me cuidas sin intentarlo siquiera. ¿Ese día en la habitación del hotel? ¿Cuando me ayudaste con la lesión? Me cuidaste tan bien... Y me pusiste tan cachondo... Solo me pasa contigo.

—Mmm —coincide ella, exhalando—. Bennett, por favor...

—Ábrete para mí, P.

Me bajo los pantalones y el bóxer antes de quitarme la camiseta y gatear hasta volver a colocarme en ese espacio entre sus piernas, estudiando las curvas de su cuerpo mientras me toco con calma.

Es tan guapa... Caderas anchas, muslos gruesos, una cintura bien marcada, y esas grandes tetas que se está apretando, acatando mis órdenes como si nada.

Paloma siempre ha estado tan buena que parece que no sea ni de este mundo, y no solo lo pienso yo. Siempre me ha enfurecido ver cómo hablan los demás de ella. Pero es que Paloma Blake es la mujer más sexi que he visto en la vida; eso es una verdad como un templo.

Ha sido la protagonista de todas mis fantasías. E incluso ahora siento la necesidad de tocarla, de asegurarme de que sea real.

Separa sus carnosos y aterciopelados labios en cuanto le meto la polla en la boca, centímetro a centímetro. No puedo contener el gruñido que se me escapa a medida que se la hundo más aún.

—Eso es, amor. ¿Puedes metértela más?

Paloma asiente y me mira. Se la meto un par de centímetros más antes de que ella eche la cabeza hacia delante, como si quisiera intentar hundírsela toda. Le entran arcadas y se le humedecen esos ojos de cervatillo.

Se la quito, alejándosela de los labios mientras la sujeto con cuidado por la mandíbula y el cuello.

—No voy a hacerte daño ni a hacerte sentir mal, P. —le recuerdo con un tono bajo y con una pizca de enfado en la voz—. Decido yo cuánto te la meto, ¿entendido?

Asiente.

—Lo siento —responde.

Me agacho y le doy un beso casi reverente en la frente, secándole cualquier atisbo de lágrimas con cuidado.

—Buena chica, P. Qué bien te portas conmigo. ¿Ves?

Vuelve a asentir.

—Abre. Deja que te la meta.

Obedece de maravilla; dulce, tierna y dócil bajo mis manos. Lo que me vuelve loco es que confíe en mí, que se sienta a salvo conmigo.

En cuanto le toco el labio inferior con la punta, exhala con pesadez y pregunta con falsa bravuconería:

—¿Piensas follarme la boca?

Niego con la cabeza.

—Hoy no. Hoy, te aguantarás estas bonitas tetas bien juntas para mí y dejarás que te las folle.

—Sigue con la boca abierta y se le escapa un gemido bajo y ahogado y perfecto—.

Pero, primero, me la vas a dejar húmeda y lista para ti, cariño.

Aquí, tumbada, relajada, y siendo todo cuanto necesito, amor.

Al oír mis palabras, se le escapa un sonido que queda a medio camino entre un grito y un gemido y arquea un poco la espalda.

«Mía, mía, mía», canturrea una voz en mi cabeza.