40. Paloma
Paloma
PRESENTE
—Me gustaría hablar de cómo afrontas las relaciones íntimas.
No aparto la vista de ese punto doblado de la alfombra, cuyos hilos se han ido levantando con el vaivén de la silla giratoria del despacho de la doctora Sutton. Arrugo la frente y me muerdo el labio.
—¿El sexo, quiere decir? —suelto.
—Justo.
Me encojo de hombros y jugueteo con las puntas de mi chapucera trenza.
—Sin más. Puede llamarlo «sexo» a secas; me da igual.
Estudio cuidadosamente su expresión y no puedo evitar sentirme como si estuviese mostrándole todas mis cartas, aunque no fuese esa mi idea.
—¿A qué te refieres? ¿Disfrutas del sexo? —pregunta sin pelos en la lengua.
Me viene a la mente un flash de ojos azules como el océano y su rasposa voz pidiéndome que lo mire. La sensación de notar sus manos en el pelo.
—A veces. —Sacudo la cabeza en un intento por no decir de más—. Es que... En serio, no le doy importancia. Es solo sexo.
«Con Bennett no». Aplasto ese pensamiento antes de que se me refleje en el rostro.
—Ya... —asiente ella.
—Llevo haciéndolo desde que tengo catorce años, o sea, que tampoco le doy mucha importancia, ¿vale? —digo. Siento que voy poniéndome cada vez más a la defensiva, pero no puedo evitarlo—. De hecho, no hace falta ni que hablemos del tema.
«Miente más, venga».
—¿Te sentiste preparada, a los catorce?
«No». Me encojo de hombros.
—Supongo.
La doctora Sutton asiente.
—Y cuando perdiste la virginidad, ¿fue porque querías? ¿Con algún chico que te gustaba?
Niego despacio con la cabeza y clavo la vista en mis uñas. Me las estoy rascando sin parar.
—No —confieso.
Por un segundo, la doctora Sutton no me pregunta nada y yo pongo los ojos en blanco.
—El sexo está bien. A veces, lo he disfrutado; otras no. ¿Basta con esto? —Separo muy poco los labios y exhalo con fuerza—. ¿Podemos hablar de otra cosa?
—Podemos hablar de otra cosa —afirma ella con tono calmado—. ¿Hay algo que consideres más importante que esto?
Cada vez estoy más y más molesta con ella.
—¿Quiere saberlo todo? De acuerdo. Perdí la virginidad a los catorce con un hombre de treinta y ocho.
Estuve con él casi tres años. Y luego...
—exhalo entrecortadamente. Cierro los ojos e intento recopilar mis caóticos pensamientos—.
Y luego tuve novio. Uno de mi edad. Fue la primera persona que me hizo sentir.
.. Yo qué sé. ¿Bien? Pero eso también me lo cargué.
Y desde entonces... —Me encojo de hombros, alzo las manos y esbozo una extraña y falsa sonrisa—.
El sexo solo ha sido... sexo. No lo disfruto.
Me duele casi siempre. No sé qué quiere que le diga.
Cuando me pasa una caja de pañuelos, me doy cuenta de que estoy llorando.
—Paremos un poco —sugiere la doctora Sutton con un tono de voz dulce y calmado mientras yo respiro de forma brusca y entrecortada. Me lo tomo con calma e inhalo profundamente, despacio—. No pasa nada. Este es un espacio seguro.
Quiero poner los ojos en blanco, pero no puedo. Porque las palabras sí que están consiguiendo hacerme sentir a salvo y relajada. Despacio, pero lo van logrando.
—¿Por qué crees que eliges mantener relaciones sexuales cuando te duele o no lo disfrutas?
Se me remueven las tripas. Intento encogerme de hombros de nuevo.
—No lo sé.
La doctora Sutton asiente.
—Prueba a darle un par de vueltas. Nadie conoce tu cuerpo mejor que tú. Piensa en esos momentos. Piensa en las veces en las que sí que lo disfrutaste, con tu novio. ¿Dónde está la diferencia?
—En que no sentía que él estuviese arrancándome nada.
—¿Quién?
—Bennett.
Se me escapa el nombre sin que pueda remediarlo. La miro con cautela, pero ella no lo escribe, solo se queda mirándome, atravesando con firmeza la agitación que siento por dentro.
—¿Y con los demás? ¿Cuando decides mantener relaciones ahora?
Siento que se me vuelven a anegar los ojos y agacho la cabeza.
—Es... No sé cómo explicarlo. Cuando lo hago, aunque lo odie, siento algo positivo. Es como si... Como si me aliviase por algo.
—¿Y qué crees que es ese «algo»?
Suelto la respuesta antes de que me dé tiempo a reprimirla:
—Culpa.
Me da un vuelco el corazón.
A decir verdad, me siento como si estuviese cumpliendo algún tipo de condena.
Como si autocastigarme me hiciese sentir mejor que permitirme hundirme en los brazos de Bennett, a pesar de que me dé ese gusto más a menudo de lo que debería.
Aun así, me cuesta confesar algo semejante en voz alta. Todavía no estoy preparada para esto.
—Paloma —me llama ella con un tono de voz más firme y serio del que ha usado desde que ha comenzado la sesión—. El sexo es importante. Y, para ti, complicado.
Niego con la cabeza.
—No me agredieron. Ni tampoco me...
—Tenías catorce años, Paloma —me corta con ese mismo firme tono de voz. No lo dice ni con severidad ni con brusquedad, pero no por eso sus palabras dejan de clavárseme como si de dagas se trataran—. Él era adulto. La elección no fue tuya.
—No es tan sencillo —respondo sacudiendo la cabeza—. Me ayudó. Estábamos juntos. Tampoco es que me obligara a hacer nada. Estuvo bien, aunque yo no siempre lo disfrutara. A veces, las relaciones son así y ya.
—Bueno, y con Bennett, ¿teníais relaciones aunque tú no quisieras? ¿Te obligaba?
Sus palabras me hacen estremecer, desesperada por defender a Bennett, para separar esas dos experiencias en mi mente.
—No, no. Bennett no...
—No deberías sufrir en las relaciones. El sexo tendría que ser una elección. Es tu cuerpo, Paloma.
Sacudo la cabeza.
—Ya lo sé.
—Tú no querías todo eso, Paloma —prosigue. Lo dice seria. No queda ni rastro de esa ternura; ahora habla con voz firme y clara—. Tenías catorce años. Eras una niña. Tú no lo escogiste. No tuviste elección. Has de entenderlo.
La niña que sigue viviendo en mí asoma la cabeza por la esquina en la que está escondida y me mira. Aunque no pueda confiar en las palabras de la doctora Sutton, una parte de mí quiere hacerlo. Desesperadamente.
—¿Qué es la intimidad?
Arrugo la frente.
—¿Qué quiere decir?
—¿Qué es para ti la intimidad, Paloma?
Me entran ganas de poner los ojos en blanco y encogerme, pero su pregunta me parece muy importante.
Sé cuál es la respuesta. Sé lo que es para mí la intimidad. La siento como si fueran olas acariciándome los pies en la playa donde he pasado todos mis cumpleaños. Como la lluvia que cae en cascada de la ducha en la que más a salvo me siento.
Son sus manos en mi pelo; unas manos que me relajan y que nunca me hacen daño.
Es la comida casera y el sabor a aire salado en mis labios.
Son sus manos en mi cintura justo después de preguntarme: «¿Bien, así?
». Es el contacto visual con Bennett Reiner desde la otra punta de un bar atiborrado de gente. Es él.
Él .