39. Bennet
Bennet
PRESENTE
—¿Seguro que no quieres venir?
Rhys gira la cara para mirarme por encima del hombro mientras yo acabo de limpiar la guarda izquierda.
Ahora que se ha terminado el entreno y ya casi se ha marchado todo el mundo, Rhys y Freddy esperan en la entrada.
En la pista solo quedan Toren y Holden, a quienes LaBlanc ha vuelto a ordenar que se queden entrenando un rato más.
Freddy, apoyado en el hombro de Rhys y con una gran sonrisa en los labios, dice:
—Venga, Reiny. ¿Tan poco cariño me tienes?
Sacudo la cabeza, sonriendo, y respondo:
—Les tengo más cariño a mis oídos.
Freddy tuerce el gesto, resopla y contesta:
—Ni que cantara tan mal... Además, es un karaoke. Se supone que no hay que hacerlo bien. Ahí está la gracia.
—Yo no diría tanto... —apunta Rhys, a pesar de que le dedica una sonrisa a nuestro ala izquierdo.
Desde el semestre pasado, su amistad se ha fortalecido aún más. No quiero especular sobre si me están dejando de lado, porque, de ser el caso, yo tendría la culpa. La verdad es que para Rhys y Freddy es algo natural, porque Sadie y Ro son como uña y carne.
Sigo teniendo que recordármelo de vez en cuando.
Me gusta verlos juntos. Desde que conocí a Freddy, nunca lo había visto tan feliz, y Rhys parece que se ha recompuesto y ha vuelto a ser el chico indestructible que había sido siempre en mi mente.
—Estará guay, Ben —insiste Rhys—. Aparte, Freddy me ha hecho apostar que cantaríamos juntos si él metía el último gol del partido. Así que podrás presenciar mi humillación pública. Ven, anda.
Ganas no me faltan. Sería muchísimo más fácil decirle que sí, por más que luego cambiase de opinión al llegar a casa. Seguramente, lo pasaría bien; un poco, al menos. Pero es que no puedo.
—Ya veré —respondo—. No sé. Estoy bastante cansado. Vosotros id tirando.
Ambos intentan sonreírme y asienten con la cabeza mientras se marchan juntos, pero me da a mí que los he decepcionado.
Cuando llego al coche, las ansias que siento por mirar el móvil son cada vez mayores, aunque he intentado evitar pensar en ello cuanto he podido.
En esta ocasión, consigo controlarme hasta que aparco en mi oscurecido garaje.
Al ver distintas notificaciones de Sadie Brown en la pantalla, me sorprendo.
No sé si esto te ayudará a cambiar de opinión, pero, si quieres venir, todavía hay hueco
Ha adjuntado una foto donde se aprecia la iluminación ambarina de un bar que conozco bien y varios letreros de neón que le dan un toque rojizo a esos tonos amarillentos y anaranjados.
Están sentados en una de las mesas altas y en medio veo a Paloma Blake mirando por encima del hombro.
Está guapa de narices. Su rubia melena le cae por encima de la camiseta de manga larga azul que lleva puesta mientras mira algo que está detrás de Sadie.
Quiero ser ese algo; eso en lo que ha fijado sus marrones ojos de cierva.
A la mierda.
Salto del coche, subo, le doy de comer a Siete y vuelvo a ducharme antes de ponerme una camiseta y una camisa de franela.
Pillo mi gastada gorra amarilla de Waterfell, me la coloco del revés para cubrir mis enmarañados rizos y me miro en el espejo una última vez.
Llevo la barba un poco más larga de lo habitual (que suele ser algo muy incipiente todo el año). No tengo tiempo de afeitarme.
Solo pensar que voy a ver a Paloma siento un alborotado caleidoscopio de mariposas en el estómago. Y me avergüenza un poco reconocerlo, pero eso hace que vaya al centro de Waterfell, donde está ella, a toda prisa.
El Patio es lo más semejante a un bar de country que se puede encontrar en Waterfell, lo cual literalmente significa que ponen una canción de Brooks la embriaguez del sex appeal involuntario de Paloma Blake me envuelve con todas sus fuerzas. Me acerco más a ella.
—Me he enterado de que Freddy va a obligar a Rhys a cantar con él —susurro—. No podía perdérmelo.
Como si acabara de invocarlos, los llaman por el nombre.
Freddy envuelve a Rhys (que está más rojo que un tomate) con el brazo y se van hacia el escenario que hay en la esquina.
No es que el local esté hasta arriba de gente, pero no está mal.
Mi mejor amigo tiene pinta de querer que se lo trague la tierra, mientras que Freddy ya se ha desabotonado la camisa del cuello casi hasta el ombligo y le lanza un beso a su novia.
—Deberíamos ir hacia allí —sugiere Ro, cuya mirada desprende amor e ilusión. Comparado con cuando la conocí, es como si hubiese salido por completo de su caparazón; con Freddy a su lado, parece que haya ganado mucha más confianza—. Para apoyarlos.
Las chicas echan a andar mientras que yo opto por quedarme en la mesa para no obstaculizarle la vista de nadie con mi estatura.
Sin embargo, tras atravesar ese montón de personas y colocarse delante del escenario, lo suficientemente cerca como para poder tocar a los chicos con solo alargar el brazo, alguien se aproxima a Paloma.
No me sorprende. Es preciosa, perfecta; todo el mundo lo sabe. Una parte de mí quiere intervenir. Llevo años viendo este tipo de cosas. ¿Debería ser distinto ahora que somos amigos?
«Ahora sois solo amigos. Déjala en paz».
Sin embargo, ella desvía sus ojos marrones hacia mí con la mirada cargada de una evidente súplica y voy hacia ella enseguida, abriéndome paso entre el gentío como si nada. En cuanto me posiciono detrás de Paloma, ese mindundi de fraternidad me mira, empalidece, agacha la cabeza y se aleja.
Aguardo detrás de Paloma cual centinela, cubriéndola fácilmente con mi cuerpo e intentando esconder la sonrisa que amenaza con dibujárseme en los labios.
—¡Esta va para nuestras novias! —grita Freddy con el micro pegado a los labios.
El aparato chirría y algunos de los presentes se estremecen, incluida Paloma, que se echa atrás hasta pegarse a mí. No obstante, se yergue enseguida y vuelve a quedarse cerca.
Empieza a sonar «All of You», de Sister Hazel.
Freddy y Rhys empiezan a cantar animados.
Rhys va lo suficientemente contento como para dar un buen espectáculo, aunque quien se lleva la palma es Freddy, por no variar.
La lían bastante con los versos, pero consiguen que los estribillos les salgan bien.
A quien más se oye es a Freddy, pero el que tiene una voz decente es Rhys.
Freddy acaba la actuación de rodillas, con el brazo estirado para cogerle la cara a Rosalie y besarla apasionadamente delante de todo el mundo. Sadie sacude la cabeza con una pletórica sonrisa en los labios (algo poco típico en ella) mientras mira a Rhys, que se sonroja y sigue cantando.
Cuando baja del escenario, la patinadora echa a correr hacia él y se lanza a sus brazos para darle un beso digno de película, anclándole las piernas en la cintura mientras él la sujeta.
—¿No te sientes como si fueras el sujetavelas? —me pregunta Paloma echando la cabeza hacia atrás.
Como me he arremangado la camisa de franela, su melena me roza la piel de los antebrazos.
Bajo la vista hacia ella y me fijo en que, entre el alcohol y el calor corporal de los aquí presentes, se ha sonrojado. Y en su relajada expresión veo una clara señal de lo muy a salvo que se siente conmigo.
—No —respondo en voz baja—. En absoluto.
Suena «With or Without You», de U2, antes de la siguiente actuación de karaoke. La reconozco porque estoy casi seguro de que ya la escuché en este mismo bar hace tres años; un recuerdo doloroso me viene a la mente.
Pero, esta vez, no dejo que me afecte.
Paloma se gira hacia mí y me mira con sus tiernos ojos marrones. Sigue sujetando el botellín con una mano, con firmeza. Al estar de pie delante de ella, la bloqueo casi completamente del resto del mundo y el corazón me late al ritmo.
«Suyo. Suyo. Suyo».
Paloma puede decir que somos amigos, pero yo siempre seré suyo.
Se aparta la mano del torso, donde se estaba abrazando de forma protectora, y, con destreza, me pasa los dedos por la trabilla del pantalón. No tira. A duras penas se mueve. Simplemente, se menea un poco.
Como si estuviéramos bailando, despacio, sin llegar a tocarnos siquiera.
No paro de desearla cada vez más, estemos alejados el uno de la otra o esté ella durmiendo a salvo en mi cama, entre mis brazos. Una sensación que nunca desaparece. No puedo deshacerme de estos sentimientos, ni quiero.
Jamás la presionaré para que pase nada, pero siempre la desearé.
Querré hundir los dedos en su suave y húmedo pelo, tocar su mojada piel con las manos y tener a Paloma Blake relajada y vulnerable bajo mi cuerpo, confiando en mí.
Bañados por la luz de la luna y el sonido de las olas.
Con su mochila azul y ese conejo de peluche.
Con pastel de coco y envueltos por el aire salado.
Con su húmeda y cálida piel pegada a la mía.
Con mi boca pegada a la suya mientras recito todas esas palabras como si pudiese inyectarle poesía en los pulmones.
—P... —susurro.
No nos estamos tocando, pero me siento como si estuviese enterrado en ella. La sensación es igual de apabullante e intensa.
Consigo oír su respiración por encima de la música en un patrón que reconozco de otros momentos, a altas horas de la noche o a primera hora de la mañana, y en cualquier otra ocasión en la que me ha dejado disfrutar de ella.
Me acerco a ella. Pero algo le atraviesa la mirada y nuestra burbuja explota. Noto que se aleja antes de que llegue a separarse. Vuelve a sentarse en la mesa con Sadie, Rhys, Freddy y Ro, y sonríe educadamente mientras Rosalie le pregunta no sé qué.
La sigo, como siempre. Me quedo de pie al lado de Rhys, en un lateral de la mesa, y le doy una palmada en el hombro a mi amigo.
—Bonito espectáculo —digo.
Él sacude la cabeza y se coloca unos cuantos mechones de su enmarañado pelo castaño detrás de la oreja.
—Cállate —responde.
Me río. Rhys sonríe y comenta:
—Me alegro de que hayas venido, Ben.
Desvío la vista hacia Paloma y el contacto visual que compartimos es igual de intenso que todo lo que tiene que ver con ella. Le dedico una amplia y cálida sonrisa. Si ser amigos significa tenerla aquí, con las personas que se han convertido en mi familia, firmo.
Rhys continúa sonriéndome y, con los ojos centelleantes y uno de sus hoyuelos presentes, me mira a mí, que sigo con la vista puesta en Paloma.
Mi amigo le da un trago a la cerveza. Lo veo cambiado; distinto en comparación con cuando estábamos en primero de carrera y con el semestre pasado.
Pero cambiado en el buen sentido. Los dos hemos cambiado.
—Yo también. —Sonrío y le doy un apretón en el brazo.