Unbound (The Undone 3) 38. Paloma #2
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38. Paloma #2

—Quiero intentarlo —dice casi gimiendo y con una pizca de dolor en la voz, a la vez que echa la cabeza hacia delante hasta apoyar la frente en la mía.

Me levanto y me siento a horcajadas encima de él. Le ha agobiado que fuera a hacerle una mamada, pero a lo mejor será más fácil empezar por esto.

—¿Es absurdo que me asuste? —me pregunta con rudeza y una dolorosa vulnerabilidad.

—No —contesto sin dudar. Le cojo la barbilla y añado—: No. El sexo es aterrador. Incluso para mí.

No tenía pensado reconocérselo, pero se me ha escapado. Sin embargo, me apresuro a seguir hablando para que Bennett no le dé demasiadas vueltas a lo que acabo de decir.

—Podemos ir despacio —le aseguro empujándolo despacio contra el colchón—. Y, si algo no te gusta, me lo dices y paro, ¿de acuerdo?

Bennett traga saliva con fuerza y levanta la vista hacia mí.

—Es que no... No quiero liarla —murmura con la voz cargada de vulnerabilidad.

—No lo harás —le prometo—. No hay forma de hacerlo bien o mal. Solo se trata de sentir.

Me froto con todo su miembro.

Se le escapa un gemido casi inesperado que parece sorprenderlo.

—¿Te gusta? —quiero saber.

—Lo que quiero es que te guste a ti —exhala.

Tiene las manos puestas en el sitio correcto (mi cintura), aunque de forma tentativa. Sigo moviéndome sobre él, agachando la cabeza para besarle los labios, la mandíbula e ir bajándole por el cuello.

Bennett aprieta las manos y me mueve con algo más de fuerza por su gran miembro. Se me escapa un largo y grave gemido, y le rozo la piel con el aliento.

—¿Te gusta? —me pregunta, y se toma un segundo para darme un beso en el cuello antes de susurrar—: Por favor... Quiero que vuelvas a gemir así. Enséñame.

Sacudo la cabeza.

—Me gusta porque es contigo —digo un poco falta de aliento y con cierta vulnerabilidad en la voz—. Todo lo que haces me gusta. Cuando me tocas el pelo o la cintura... Me gusta todo.

En cuanto me separo y clavo los ojos en los suyos, Bennett parece casi frustrado. Y ahora ya lo conozco lo suficiente como para saber que esas palabras no lo han reconfortado.

—Necesito que me enseñes —vuelve a suplicarme—. No sé... No siempre sé leer el lenguaje corporal de la gente. Y no quiero hacer algo que no te guste. Nunca.

Siento un nudo en la garganta.

—Tienes que explicármelo. Enséñame, por favor... —Sus palabras se funden para pasar de ser una súplica a una áspera orden.

—Trae.

Se me entrecorta la respiración cuando noto el roce de su mano, entrelazada con la mía, en mi clítoris, por encima de los shorts .

—¿Así? —pregunta, pasándome los dedos por esa zona como si fuese un pianista calentando.

Asiento y se me escapa un gemido ante ese tacto, casi provocador.

—Sí... —jadeo—. ¿Es demasiado? —me intereso sin dejar de frotarme con él porque sigo desesperada—. Podemos parar si...

—No —gruñe—. No pares. Esto... Me encanta cómo te mueves.

Lo dice todo en un tono grave; al oír el evidente sonido de su propio placer siento que estoy a punto de estallar.

—¿A ti también te gusta? —me pregunta, y ralentiza un segundo el movimiento.

Atisbo vulnerabilidad e incerteza en su pregunta, y levanto la mano para colocársela en la mejilla, como si así pudiese calmarlo.

—Sí —respondo.

Bennett me va subiendo la mano por la espalda, enredándola bajo mis mechones sueltos de color rubio ceniza. En un momento de ansiedad, suelto:

—No me tires del pelo.

Bennett se queda helado un segundo antes de acariciarme las puntas con los dedos, con cuidado, y el cosquilleo que noto en el cuero cabelludo me hace gemir.

—Nunca te haría daño —insiste con la boca pegada a mi oreja mientras me pasa uno de sus fuertes brazos por la cintura para acercarme más.

Acelera el ritmo de sus embestidas, que cada vez son más rápidas, más insistentes.

Me baja la mano que tenía en el pelo por la mandíbula, con cuidado, y me sujeta la cara por el lateral para que lo mire a los ojos.

Tenemos las frentes prácticamente pegadas—. Dime que lo sabes. Dímelo.

—Lo sé —exhalo, respondiendo a su petición con una facilidad apabullante—. No pares, por favor.

—¿Vas a correrte?

Me lo pregunta de forma genuina. Asiento con la cara pegada a su cuello y le doy un beso en su suave piel mientras me suelto, gritando y gimiendo.

Bennett me coloca las manos en las caderas, marcando el ritmo y usando toda su fuerza para moverme hacia arriba y hacia abajo, recorriendo todo su miembro mientras él ruge de placer con un gruñido salvaje e incontrolable.

Al oír ese sonido, me corro con un grito agudo pegado a su cuello mientras Bennett sigue moviéndome hasta que lo detengo.

Abro los ojos y los desvío hacia él, despacio, mientras lo que siento por Bennett hace que me lata con fuerza el corazón, con una intensidad dolorosa.

No quiero que se mueva de aquí, quiero que siga con su cuerpo pegado al mío y lejos de todo lo que sé que puede hacernos daño.

Quiero contárselo todo, hablarle de mis peores momentos y ver cómo los abraza con el mismo cuidado que ha mostrado siempre conmigo.

Quiero hacerlo. Pero no puedo.

Así que, en lugar de eso, vuelvo a besarlo en los labios, despacio y con ternura.

—¿Bien? —me pregunta sin aliento y jadeante.

Me dejo caer contra su cuerpo, laxa entre sus firmes manos.

—Bien —susurro, aunque eso se queda muy pero que muy corto.

Bennett me acaricia la espalda, el pelo, y me ayuda a relajarme poco a poco. Nunca nadie me había mimado tanto.

Sigo con la cara pegada entre su cuerpo y la almohada para esconder las lágrimas que acompañan esta sensación.