38. Paloma
Paloma
PASADO: PRIMERO DE CARRERA
NOVIEMbrE
El padre de Bennett se le parece un montón; tanto que resulta casi inquietante. Ambos son altísimos y de constitución grande; la barba y las finas arrugas que le envuelven los ojos y la boca son los únicos rasgos que diferencian a este hombre y su impecable traje de su hijo.
—Tengo que ir a por unas cosas en mi habitación. ¿Te importa esperarme aquí? —me pregunta Bennett.
Asiento, a pesar del nudo de miedo en la garganta.
«No empieces con las chiquilladas, Polly».
Bennett me da un beso en la frente y pasa por mi lado antes de desaparecer por el pasillo.
El silencio me resulta incómodo e inquietante, y se mezcla con la ansiedad.
Adam Reiner entra para coger algo que hay en la encimera, a mi lado, aunque no se me acerca demasiado.
— Hey. —Es una voz sensual. Masculina. Indistinguible—. ¿Necesitas ayuda?
Me coloca las manos en la cintura y me sujeta con firmeza. A modo de castigo .
— Eres igual que tu madre .
Se me revuelve el estómago y las náuseas amenazan con entrar en escena.
Pego un salto, me estremezco al retroceder y alejarme de él; me doy un fuerte golpe en la cadera contra uno de los elegantes pomos de los cajones.
Siseo a causa del dolor y me arde tanto la piel que parece que esté envuelta en llamas.
Siete gime y pasa corriendo por el lado de Adam Reiner para llegar hasta mí.
—¿Estás bien? —me pregunta el hombre.
No me lo dice por la cadera. Para muestra: la cara de preocupación que se le ha quedado, la forma en la que ha fruncido el ceño, cómo ha agachado la cabeza y cómo se ha encogido en general.
Es la misma táctica que le he visto utilizar a Bennett en otras ocasiones en un intento por hacerse más pequeño, a pesar de su gigantesca figura.
—Sí... Me...
Diosss... ¿Estoy a punto de llorar? Me noto la voz tensa y rasposa. Es como si me hubiese tragado esquirlas de cristal.
Adam vuelve a mirarme. Me estudia... Y ve demasiado. Con demasiada facilidad.
—¿Lista? —me pregunta Bennett, que regresa con unos cuantos abrigos de invierno más gruesos echados por encima del hombro, perchas incluidas. Asiento y casi echo a correr hacia él.
Cuando me pasa un brazo por la cintura y me deja un beso en el pelo, por fin vuelvo a sentirme a salvo del todo.
Regresamos tarde a su casa y Siete nos sigue mientras nos adentramos por el salón, completamente a oscuras. Yo ya me he relajado y tanto la adrenalina como la vergüenza que sentía se han disipado. En este lugar se respira una calma que solo me aporta la firme presencia de Bennett.
Y de Siete.
—Mis compañeros han salido porque no tenemos ningún partido hasta el domingo por la tarde. Por si quieres quedarte...
Nunca he conocido a sus compañeros de piso ni a sus amigos. Ni siquiera sé cómo se llaman; jamás hablamos de ellos. A veces pienso que es porque Bennett se ha dado cuenta de que yo no tengo amigos.
A diferencia de lo que podría ocurrirles a otros, a mí no me resulta extraño. Estoy acostumbrada a ser el secreto de los demás, y yo también sé guardarlos. Sobre todo, cuando tienen que ver con algo que quiero para mí.
Y a Bennett Reiner lo quiero para mí.
A través del equipo de música que tiene en su habitación suena «You’re the Only Good Thing in My Life», de Cigarettes After Sex.
Una vez usé las letras de este grupo a modo de poema en una de las cartas que nos intercambiamos con Bennett.
El ritmo es tranquilo, sensual. Igual que él.
Con su gran y cálido cuerpo, robusto e inquebrantable. Así es Bennet conmigo.
Me importa muchísimo... Creo que me estoy enamorando de él, y él casi no puede ni aceptar que le gusto. El ruido de mis inseguros pensamientos crece y crece.
Alargo el brazo hacia él. La ansiedad y la ilusión me inundan todos los sentidos y noto lo rápido que me late el corazón en los oídos. Me arrodillo entre sus enormes muslos, sutilmente separados, me coloco el pelo detrás de los hombros y tiro de sus pantalones de chándal.
—¿Qué...?
—Quiero hacer algo por ti —exhalo con la piel sonrojada y ardiente bajo su intensa mirada—. Por favor...
Traga saliva con fuerza y veo cómo se le mueve la nuez, pero asiente.
Cuando se la agarro por encima de los pantalones, veo que la tiene dura y proporcional al tamaño de su cuerpo.
Los nervios y la preocupación me agitan el estómago, pero prosigo y se la voy masajeando mientras le bajo un poco los pantalones y los calzoncillos; lo justo para dejarle esa parte expuesta.
La tiene grande y pesada, y la noto cálida bajo el tacto de mi mano.
Bennett ha dejado los brazos a mis costados y está agarrándose con tanta fuerza a la cama que tiene los nudillos blancos. Me humedezco los labios y le cubro la punta con la boca.
Se le escapa un gemido y me ejerce presión en el hombro con una mano. Para... ¿Que pare? Me echo hacia atrás, a pesar de seguir con la boca pegada a él y lo miro.
Casi parece que Bennett esté... pasándolo mal. No parece para nada relajado ni tampoco que lo esté disfrutando en absoluto. Me da un vuelco el estómago y se me hiela la sangre mientras me levanto y me separo de él; con las prisas, me caigo de culo al suelo.
—¿Es...? ¿Es demasiado? —pregunto con un hilo de voz—. ¿Es por mí?
No responde de inmediato.
Debo de haberme quedado más pálida que la cera, pero Bennett está más rojo que un tomate, aunque no parece que sea por una cuestión de vergüenza, sino más bien por presión acumulada.
Es como si estuviese sintiendo demasiado, como si todo esto lo abrumara y no tuviera adónde ir.
No me mira. Tiene la vista clavada en el suelo, en el espacio que nos separa; tras subirse apresuradamente los pantalones, se ha apoyado las manos en el regazo. Es como si estuviese resguardándose.
—Creo... creo que es demasiado —reconoce con un tono de voz monocorde y cerrando los ojos con fuerza.
Siento una punzada en el pecho; el rechazo, que atraviesa mi delicado escudo con facilidad. Guardo silencio, me hundo en el suelo y me llevo las rodillas al pecho para abrazarme.
El silencio que se abre paso entre nosotros es tan fuerte que me resulta casi insoportable.
Sin embargo, mis pensamientos son caóticos y dolorosos; en parte, me recuerdan al pasado y no me dejan avanzar.
Al sentirme así, con el dolor de sus palabras y ese movimiento tan reciente, soy incapaz de tranquilizarlo.
Oigo unas oscuras, provocadoras y amenazantes voces en mi cabeza.
Al final, Bennett exhala con fuerza, se endereza un poco y mueve las manos para agarrarse los muslos con fuerza.
—No es por ti —dice con la voz áspera, un poco a la defensiva—. Eres perfecta. Es... Es que... no puedo.
Al oír sus palabras, me siento como si estuviesen clavándome dagas en la piel. Me estremezco y asiento.
—No lo he hecho nunca —confiesa con rudeza, como si acabase de decirlo en contra de su voluntad.
Me relajo. Me había planteado la posibilidad de que Bennett tal vez no tuviese experiencia, pero me había deshecho de tales pensamientos; sobre todo, porque es un jugador de hockey universitario.
Cometí la estupidez de dar algo por sentado, ignorando las evidentes señales que tenía delante.
Así pues, su confesión no me sorprende. En todo caso, me tranquiliza.
Bennett se frota la nuca con una mano y se encoge de hombros como hace a veces cuando está nervioso. Se sonroja aún más, si es que era posible.
—O sea... Nada de esto —añade hablando un poco atropelladamente, como si quisiera arrancar la tirita de un tirón—.
No sé cómo explicarlo bien, pero... Nunca había querido hacerlo con nadie.
Y no sé por qué. No sé qué tengo de raro, pero.
.. —Se le entrecorta la voz, guarda silencio y aprieta la mandíbula tan fuerte que tiene que dolerle, seguro.
—No tienes nada de raro —susurro.
Me muero de ganas de abrazarlo, pero no pienso arriesgarme hasta que me mire y vea mis intenciones.
—Pues a mí me da la sensación de que sí —admite con un tono casi burlesco—. Me da la impresión de que tengo algo raro. Y... nunca me había importado. —Asiente y vuelve a cerrar los ojos con fuerza. Le da otro tirón y se agarra los muslos aún con más fuerza—. Pero contigo es... distinto.
—No pasa nada —digo con un hilo de voz.
—Sí que pasa. —Ahora, habla con más dureza, pero todo ese enfado va dirigido hacia él mismo—. Y ahora tú estás aquí, atada a un tío de dieciocho años que es virgen, que no sabe lo que se hace. Y...
Deja sus afiladas y cohibidas palabras colgando en el aire. Bennett irradia vergüenza. Al igual que he hecho ya durante las conversaciones que hemos mantenido en el vestuario o mientras paseamos a Siete, guardo silencio y le doy espacio para que se explique.
Solo así puedo demostrarle cuán desesperada estoy por saberlo todo de él. Todo. Lo más íntimo.
—Y no es justo para ti, Paloma. Quiero hacerte disfrutar y no sé ni cómo ni por dónde empezar. ¿Y ahora, cuando me has tocado? Me he sentido tan bien que me ha aterrado y te he parado los pies. Si es que es patético de nari...
—Para —lo corto con fiereza, protectora.
Le agarro las muñecas con fuerza sin levantarme del suelo, donde estoy arrodillada delante de él. Bennett por fin me mira. Tiene sus preciosos ojos azules como el océano enrojecidos y llenos de autodesprecio. Casi me mareo.
Todo esto le aterra.
—No pasa nada —susurro. Él hace una mueca y empieza a moverse para zafarse de mi agarre—. Eso no te hace diferente del resto en ningún aspecto, ¿vale?
Separa los labios, pero no dice nada. Se me queda mirando fijamente. Al final, relaja las manos. Sus nudillos recuperan algo de color y él levanta un brazo para pasarme los dedos por el pelo. Sé que esto le relaja.
—¿No estás...? —Susurra tan bajo que su pregunta pasa casi desapercibida—. ¿No te molesta?
—Nunca —respondo con un nudo en la garganta. Le suelto las muñecas y le apoyo las manos en los muslos—. No hace falta que hagamos nada, Bennett. Pero si alguna vez quieres intentarlo...