37. Bennet
Bennet
PASADO: PRIMERO DE CARRERA
NOVIEMbrE
Al cabo de una media hora, nos encontramos en el exterior de ese edificio de piedra rojiza de Beacon Hill.
Siempre me ha encantado la casa de mi padre; por la calidez de su exterior de ladrillos rojos y la vivacidad de su interior, todo de muy buen gusto. Es una casa histórica que heredó de la familia paterna; una de las muchas propiedades familiares de los Reiner.
La historia familiar se remonta a décadas de inversión, propietarios de equipos deportivos gigantescos y un importante fabricante privado, aunque empezó alrededor de la década de 1880 con un éxito colosal en negocios mineros.
Y los Reiner siempre han tenido hijos. Jonathan Reiner, mi abuelo, tuvo tres: Jacob, Jonathan y Adam, mi padre.
Técnicamente, llegados a este punto, a nadie de la familia le hacía falta trabajar para poder vivir.
Sin embargo, mi tío Jacob se metió en el negocio familiar de la banca de inversión.
Mi padre jugó un año en la NHL; cuando se lesionó, siguió estudiando Derecho y enseguida abrió su prestigioso bufete de abogados.
El único que se rebeló contra las normas de la familia Reiner y dejó de aparecer en todas las fotos familiares fue Jacob.
Gran parte de mi familia es, por lo general, fría y distante. Menos mi padre; él nunca lo ha sido.
—Te... —Paloma deja la frase a medias y se aclara la voz—. ¿Esta es tu casa?
—La de mi padre. —Asiento y me froto la nuca, un poco cohibido—. Es... Viene de una familia adinerada, de varias generaciones.
—No, si ya. —Suelta, colocándose a mi lado y estudiando el exterior de ladrillos cubiertos de hiedra—. No hace falta que lo jures.
Busco las llaves. Sin embargo, antes de que pueda meterlas en el cerrojo, la puerta se abre.
Mi padre aparece en el umbral. Todavía va con el traje puesto, aunque no lleva la americana y tiene la camisa arremangada.
—¿Bennett?
Al oír su tono de voz, casi me atraganto con mi propia saliva.
—Perdona. No he llamado. Es que pensaba que...
—No, no. No pasa nada. Me alegro de verte.
Me abraza con firmeza, se separa y desvía la vista hacia Paloma, que sigue en la entrada, con Siete sentado a sus pies. Quien ha sugerido que lo trajésemos ha sido ella.
—Te presento a Paloma. Hemos... Le voy a preparar algo para cenar, si no te importa.
A mi padre se le ilumina la mirada; los nervios que había entrevisto en su rostro desaparecen para dar paso a una sonrisa.
—Claro, por supuesto. Tú enséñale la casa. Si me necesitas, estaré en el despacho, ¿de acuerdo? —Sonríe educadamente a mi cita y, al alejarse de la puerta, añade—: Encantado de conocerte, Paloma.
En el caso de que ella le responda algo, no lo oigo. Estoy demasiado ocupado pensando en si primero debería enseñarle la casa o prepararle algo de comer.
No obstante, como soy consciente de que no podré concentrarme en nada hasta que Paloma haya comido, la guío hacia la cocina.
Ella me sigue por el largo pasillo y solo se detiene un segundo al ver el mismísimo jersey de la NHL de mi padre enmarcado en el salón.
—¿Siete? —pregunta.
Se me forma un nudo en la garganta y me acaloro.
—Sí... —respondo.
Adam Reiner, el siete, el número de la suerte... Mi héroe cuando era pequeño. Mi héroe incluso hoy y el motivo por el cual le puse Siete a mi perro. Paloma es la primera en pillarlo.
Se sienta en la encimera mientras yo empiezo a preparar la cena. Ternera estofada, pasta con mantequilla y ajo, y verduras asadas.
—¿Quieres beber algo? —le pregunto cuando lo tengo todo en el fuego mientras me limpio las manos con el trapo que me he colocado en el hombro—. Tenemos algunas cosas aquí arriba, pero abajo hay toda una bodega.
Se sonroja como la que más y detiene el movimiento de sus manos por completo en el mismo punto en el que estaba repiqueteando las uñas contra el mármol.
—Es que no bebo...
—Yo tampoco —respondo, y siento que otra extraña ola de alivio se apodera de mí—. ¿Qué te parece un poco de zumo de uva espumoso?
Me siento estúpido nada más sugerirlo. Es la bebida que se toman los niños en Fin de Año, pero a Paloma se le ilumina la expresión.
—Nunca lo he probado, pero suena bien.
Le sirvo una copa; el sutil tono rosado del líquido se ve perfectamente bajo el prístino cristal. Se la paso por el tallo. Mientras la carne se va cociendo, me ofrezco para enseñarle la casa.
Caminamos despacio por el edificio de tres plantas.
Dejo que Paloma se detenga y acaricie los infinitos montones de fotos de bebé que hay en las paredes y en las estanterías.
Antes de que lleguemos a la planta principal, la llevo hacia el terreno que tenemos en la parte trasera, donde mi padre cuida de mi huerto.
Me enseñó Anna. Se pasó una semana entera viniendo a diario, vestida aún con la ropa del trabajo y hundiendo los brazos hasta los codos, ensuciándose de tierra, para ayudarme a prepararlo todo y que yo pudiese plantar mis propias especias y hortalizas para cocinar.
Cuando me marché a Berkshire, eché mucho de menos el huerto, pero mi padre siguió ocupándose de él como si fuese su segundo hijo.
Como por la noche hace demasiado fresco para sentarnos fuera, vuelvo a guiar a Paloma hacia la cocina para comprobar cómo va la comida antes de subir al segundo salón, la biblioteca y luego...
—Mi cuarto —digo, y las palabras se me atascan sutilmente en la garganta.
Paloma empuja la puerta para abrirla un poco más y observar una de las dos habitaciones de mi infancia.
Esta es más «yo» que la que tengo en casa de mi madre.
La cama está bien hecha, con la colcha de franela gris bien metida debajo del colchón y con esa sábana blanca doblada justo por encima.
Dos o tres trofeos hacen las veces de sujetalibros para los montones de obras de crítica literaria (tanto de narrativa como de poesía) que tengo en las estanterías.
—Tienes... una buena colección —bromea Paloma, paseando los dedos por los lomos de los libros con cuidado, antes de girar la cara por encima del hombro y preguntarme—: ¿Siempre te ha apasionado la poesía?
Asiento con las manos en los bolsillos para no estirar los brazos hacia ella.
Ver a Paloma en mi habitación, bajo el centelleo dorado de la luz que le acaricia la piel y tocando mis libros con sus manos, hace que una fuerte sensación se despierte en mi interior.
Una que roza lo salvaje. Y me aterra tanto que siento que necesito más espacio para respirar sin que su aroma me inunde las fosas nasales.
—Tú espérame —le digo como si nada—. Voy a por la comida y podemos cenar aquí.
A juzgar por cómo se relaja y se deja caer al borde de mi cama, debo de haber acertado con la decisión. Quiero que se tumbe entera; me muero de ganas de besarla con fervor, con más fervor que de costumbre. De explorar más partes de ella. De suplicarle que me enseñe cómo puedo complacerla.
En lugar de eso, trastabillo al salir al pasillo y me pego semejante golpe con el hombro contra el marco de la puerta que casi arranco las bisagras.
Cuando regreso a mi cuarto con los platos, me encuentro a Paloma tumbada contra los cojines que tengo apoyados en el cabezal y con uno de mis libros en las manos, leyéndolo.
Ya me imagino llegando a casa y encontrándome esta misma imagen durante años. Este pensamiento resulta emocionante y aterrador a partes iguales.
—¿Cuál has cogido?
— Dog Songs , de Mary Oliver. —Se ríe—. Estoy leyéndole a Siete.
Mi perro está dormido sobre el regazo de Paloma y ella le está acariciando la cabeza con una mano. Me siento en el suelo y dejo su plato en la mesita de noche y el mío a mi lado.
—Léeme a mí.
Lo hace. Me lee «Rapsodia nocturna de un cachorro», en voz baja y dulce.
—«“Di que me quieres”, pide. “Dilo otra vez”». —Recita el poema a un ritmo impecable y el corazón me late aún más desbocado; tanto que incluso lo noto en los oídos—. «“¿Puede haber acuerdo más dulce?”, me pregunta una y otra vez. ¿Qué puedo hacer yo sino responder?».
Lo que siento por ella llena la habitación hasta que casi no queda espacio para respirar. Cenamos y dejo que ella me dé su opinión de todos los poemas a medida que los va leyendo. Escucho más que hablo.
A excepción de Paloma, nadie podría hacerme sentir así después de haber entrado en bucle; nadie podría conseguir que esto siguiese siendo tan romántico e íntimo.
Paloma es la única persona capaz de hacer justamente esto conmigo; la única capaz de conseguir que estar sentado en el suelo de la habitación en la que crecí, con un libro de poesía y música de hace años de fondo, se convierta en algo especial.
Solo ella.
Horas más tarde, llevamos los platos a la cocina y me ayuda a fregarlos. Vamos rozándonos los brazos periódicamente y se me pone la piel de gallina bajo la camisa de franela. Quiero volver a besarla. Casi lo hago cuando...
Mi padre entra antes de que pueda armarme de valor para hacerlo y la magia del momento se evapora.