Unbound (The Undone 3) 36. Bennet
43%

36. Bennet

Bennet

PASADO: PRIMERO DE CARRERA

NOVIEMbrE

El fin de semana, me quedo a dormir en la resi de Paloma. Cuando Freddy y Rhys me invitan a la fiesta de Halloween, les miento y les digo que me encuentro mal, para luego escabullirme con Siete.

Meterlo en la resi sin que nadie se entere ya es harina de otro costal. Sin embargo, ver a mi perro acurrucado en la cama con ella, mientras yo traigo la comida que he calentado en la suerte de cocina que tiene, vale la pena.

Siete siempre se sienta entre nosotros dos o se medio apoya en la pierna o en el brazo de Paloma; reposa parte de su peso en ella, al igual que hace conmigo cuando me puede la ansiedad.

Pero Paloma está sonriendo, feliz, de modo que supongo que Siete estará así con ella porque le cae bien y no porque se me esté pasando algo por alto.

De todos modos, la preocupación y la ansiedad que siento por ella continúa echando raíces en mi interior.

—Qué rico —dice Paloma casi gimiendo mientras se come el chili que preparé ayer.

También les di a Rhys y Freddy, pero les mentí y les dije que no había preparado tanto como de costumbre para evitar que se pusieran las botas. Y reservé el resto para Paloma.

—Me alegro de que te guste —respondo.

Ella trata todas y cada una de las cenas que le preparo como si fueran platos de algún restaurante con estrella Michelin. Verla comiendo y disfrutando de algo que he cocinado yo me llena de una calidez que consigue disipar la preocupación que me invade cada vez que abro su nevera, tan vacía.

—Quédate lo que queda en el táper. —Dejo mi bol en el escritorio que Paloma usa a modo de mesita de noche—. Debería aguantar hasta el martes, o sea, que si no te importa comer lo mismo durante varios días...

—No me importa. Aunque a lo mejor mañana ya me lo he zampado todo.

Me da un vuelco el estómago.

—Puedo traerte más...

—Era broma —me corta con ternura, apoyándome una mano en el muslo, con firmeza—. Hay suficiente para alimentar a tres chicas como yo durante días.

El silencio se abre paso entre nosotros mientras se termina la comida y deja el bol sobre el mío. Luego levanta la vista hacia mí y me mira a través de las pestañas.

—Siempre me das de comer.

—Porque me gusta.

Es mejor respuesta que decir: «Me obsesiona pensar que pasas hambre. Creo que ha ocurrido en algún momento de tu vida. Y me preocupa que siga siendo el caso. A veces, me preocupo tanto que no puedo dormir».

En lugar de decir nada de eso, le sonrío, alargo el brazo para tocarle el pelo con ternura y me envuelvo un mechón alrededor del dedo antes de colocárselo detrás de la oreja. Tiene el pelo suave y sedoso, y mi obsesión por su melena no hace sino aumentar.

—¿Es tu color natural?

Se sonroja y me aparta la mirada. Creo que la he cagado.

—¿No debería habértelo preguntado? Lo sien...

—No, no. No pasa nada —responde, a pesar de que yo estoy casi convencido de que sí pasa—. Es... muy parecido. Soy rubia; este tono es solo un poco más oscuro.

Asiento. Parece sorprendida de que no le haga más preguntas.

—¿Te gusta? —quiere saber.

La pregunta en sí me resulta sorprendente porque Paloma es apabullantemente hermosa. Al principio, me abrumaba.

Nunca me había atraído nadie hasta entonces. A partir de los estándares típicos y las conversaciones que se daban en los vestuarios, era capaz de reconocer, de forma objetiva, quién era guapo y quién no.

También soy consciente de que hay chicas que me encuentran atractivo a mí, ya sea por mi altura, ya sea porque estoy en el equipo de hockey.

Sin embargo, no tengo la misma constitución que mis compañeros de equipo; nunca la he tenido.

Siempre he sido más ancho y menos fibrado que ellos. No me importaba.

No obstante, al ver cómo suelen mirar los demás a Paloma, siendo consciente de que literalmente todo el mundo la encuentra atractiva como la que más.

.., algo parecido a una nauseabunda mezcla de miedo y ansiedad se abre paso en mi interior.

Soy incapaz de distinguir los celos de mi actitud protectora.

Sé que, si Paloma pasara algo de tiempo de verdad con el equipo, en lugar de ponerse a hacer la colada en una sala distinta e ir llevando el material a los trasteros, la cosa sería distinta.

Porque, desde un punto de vista físico, ella es exactamente la chica por la que babearían la mayoría de los tíos.

Quiero que siga siendo mía y solo mía. Al menos, un poquito más.

—Me... me encanta —digo, siendo un poco más atrevido—. Me encanta tu pelo, Paloma.

«¿Puedo lavártelo? ¿Y cepillártelo? ¿Puedo hacerte una trenza y cuidártelo y no dejar que nadie más te lo toque?».

Me callo todos estos pensamientos obsesivos que me invaden. Ni siquiera he sido capaz de reconocerlos ante mi psicóloga.

Paloma me sonríe y se impulsa sobre mis muslos para darme un beso en los labios.

Me deja jugar con su pelo toda la noche mientras, poco a poco, se queda dormida en mi pecho.

Hoy, la piscina está relativamente llena; todo el mundo ha decidido ponerse en modo activo un sábado por la mañana. Sin embargo, encuentro a Paloma enseguida. Ya ha terminado de nadar y se ha envuelto el cuerpo con una toalla, cual columna. Me acerco mientras ella se escurre el pelo.

—Hey. —Me sonríe. Al verme, le centellea la mirada, ilusionada. Eso tiene un efecto embriagador en mí—. ¿Qué haces tú aquí?

Carraspeo y me llevo las manos a la espalda.

—Quería saber si te apetecería tener otra cita conmigo. Esta tarde. —Clavo la vista en mis pies—. Nada de café.

—¿Para cenar? —me pregunta, y espera, paciente, mientras trago saliva y asiento—. Genial. ¿A qué hora quieres que quedemos?

—Te... A las seis y media. Así nos da tiempo a llegar al restaurante a las siete.

Sonríe con sus carnosos labios enrojecidos, como si acabase de mordérselos. A veces, cuando la beso con más ganas (que es como prefiero hacerlo, aunque sea un secreto), se le quedan justo así.

—Perfecto, Bennett.

Eso mismo pienso yo. Hasta esta misma tarde a las seis cuarenta y cinco, cuando estoy metido en mi coche; la ansiedad es tal que soy incapaz de arrancar.

Hambriento y preso del pánico, vuelvo a mirar la hora y me paralizo todavía más, si es que era posible, porque llego tarde a recogerla y no estoy siguiendo el estructurado plan que había trazado.

—Puedes cancelar la cita —me susurro con aspereza a mí mismo, pegando un manotazo contra el volante—. Paloma no se enfadará.

Es lo más fácil. Volveré a intentarlo cuando no me sienta tan aterrado.

Pero es que... No quiero cancelar la cita. Estoy desesperado por verla.

Me suena el móvil. El sonido irrumpe con fuerza contra el silencio que me envuelve en el coche. Se me revuelve el estómago, dejo que el aparato siga sonando y respondo justo antes de que salte el buzón.

—Hey, ¿Bennett? —pregunta ella con un tono dulce y calmado.

Tengo la garganta tan seca que no puedo ni hablar. Ya ni siquiera soy consciente de cuánto tiempo llevo aquí sentado.

—Soy Paloma —prosigue.

Está un poco dolida; se lo noto en la voz. Veo mi ansiedad en ella, que adopta un tono más callado al ver que no contesto.

—Ho-hola —consigo decir—. L-lo siento...

—¿Estás bien? —pregunta sin titubear lo más mínimo.

Las lágrimas se me amontonan en los ojos y me siento estúpido y tan absurdo que incluso me duele.

—No.

—¿Dónde estás? —Oigo algo de ruido y, acto seguido, un portazo—. ¿En tu casa?

—Sí —respondo—. En el coche.

Cada una de las palabras que consigo decir me suenan medio estranguladas.

—Vale. No te muevas de ahí.

Paloma cuelga, pero yo no me aparto el teléfono de la oreja. Como si, en el caso de prestar más atención, fuese a oír su respiración. El suave roce de su pelo contra el altavoz. Cualquier cosa que me fuera a devolverme a la realidad.

«Céntrate. Piensa en la lista:

»1. Ve a su resi, camina hacia su puerta y llama.

»2. Dile que está muy guapa.

»3. Cógele la mano y ábrele la puerta del coche».

Pego otro manotazo al volante y un extraño dolor me come por dentro. Ni siquiera he podido llevar a cabo el primer paso porque algo en mi rutina ha salido mal; ahora se irá toda la noche al traste.

Tengo que volver a llamarla. He de cancelar la cita y decirle que podemos posponerla hasta el próximo fin de semana, que será mejor porque...

Oigo que llaman a mi ventanilla. Me sobresalto y se me cae el móvil al suelo.

Ya ha oscurecido, pero las distintas farolas de la calle iluminan a Paloma, que está al lado de mi coche. A falta de luz, su largo y ondulado pelo parece más oscuro. Se ha maquillado (creo que nunca la había visto maquillada) y está deslumbrante.

Tanto que casi la tiro al intentar abrir la puerta sin reparar en cómo llevo la ropa ni en que sigo con los ojos húmedos.

—Hey —exhalo, inclinándome hacia ella sin acabar de salir del todo del coche.

Paloma lleva una falda larga de color blanco con un estampado floral y un cárdigan azul marino. Lo ha combinado todo con unas botas de tacón que sobresalen un poco por debajo del dobladillo de la falda.

—Estás guapísima —le digo atropelladamente.

Frunce el ceño y a mí me da un vuelco el corazón. «¿Por qué nada me sale bien?».

Trato de imaginarme lo que debe de estar viendo ella: mi ropa, arrugada y empapada en sudor; los ojos rojos y llenos de lágrimas y la tez pálida.

No es precisamente la imagen que quiero que tenga de mí.

Cierro los ojos con fuerza, desesperado por hacer que pare todo esto, por volver atrás en el tiempo y ser solo lo bastante normal por una maldita noche.

—Bennett... —me dice, en lo que suena más bien como una súplica—. ¿Qué ha pasado? ¿Cuánto...? ¿Cuánto tiempo llevas aquí fuera?

—No mucho. —Sacudo la cabeza—. ¿Qué hora es?

Sus ojos son como dos enormes y tristes pozos color caoba.

—Casi las ocho.

La cabeza me da vueltas y me paso las manos por los rizos. Antes iba bien peinado, pero ahora seguro que parece que me haya anidado un pájaro encima.

—Lo siento —suelto, negando sin cesar con la cabeza—. No debería de haber...

—Hey —susurra ella, que, de repente, está más cerca de mí.

Su aroma me inunda las fosas nasales y la boca, acallando las disculpas que tenía en la punta de la lengua. Levanta los brazos, me envuelve los hombros, se empotra contra mí con fuerza y cuela un pie entre mis piernas para apoyarse en la cabina del coche.

—¿Puedo...?

No le da tiempo a terminar la pregunta porque la acerco y la abrazo con fuerza. Lo necesito. Sigo temblando. Me debato entre darle una explicación y simplemente dejar que Paloma me reconforte, lo cual no hace sino agobiarme todavía más.

Ella me susurra al oído, agarrándome con fuerza, en lugar de intentar acariciarme con ternura. Y es que ahora ya me conoce. Paloma se ha tomado el tiempo de entender qué necesito, qué es lo que me calma.

—¿Qué ha pasado? —pregunta.

Su voz suena amortiguada porque tiene la cara pegada al cuello de mi camisa de franela.

—No lo sé —miento, aunque empiezo a balbucear enseguida—: Es.

.. Tenía el plan perfecto. Pero me ha pasado algo con Siete.

Ha... Hoy ha llovido y al entrar lo ha manchado todo de barro y no me he dado cuenta hasta más tarde.

Y cuando he terminado de fregarlo todo ya iba tarde y he tenido que apresurarme y tal y luego he. ..

—¿Entrado en bucle?

Asiento.

—Vale. —Se separa de mí y noto esa pérdida de contacto casi de inmediato—. Pensemos en otro plan.

Frunzo el ceño y empiezo a negar con la cabeza.

—Es... Todavía podemos ir a...

—¿Y si probamos algo más tranquilo?

—No quiero decepcionarte —le digo.

Esas palabras, tan crudas y vulnerables, me duelen.

A Paloma se le relaja la expresión y estira el brazo para cogerme la mano.

—Nunca podrías decepcionarme. Confía en mí, Bennett, por favor. Solo quiero pasar tiempo contigo.