Unbound (The Undone 3) 35. Paloma
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35. Paloma

Paloma

PRESENTE

Estar sentada en la encimera me parece surrealista, aunque no más que volver a ver a Bennett Reiner preparándome algo de comer.

Se mueve por la cocina como si fuese una muestra de expresión artística.

Una vez le pregunté si quería ser chef, pero me dijo que no. Con la ansiedad que tiene, me contó, le resultaría imposible aguantar el ambiente que se respira en la mayoría de las cocinas, pero que cocinar era una forma de expresar nuestro amor por los demás sin necesidad de palabras.

—Me... me han echado de la resi.

Detiene el rítmico y relajante sonido de su cuchillo contra la tabla de madera y levanta sus centellantes ojos azules hacia mí.

—¿Ha pasado algo? —se interesa, y acto seguido añade—: ¿Por qué no me llamaste?

Odio que lo primero que le pase por la cabeza sea que solo lo llamaría si me pasara algo malo o si me hiciese daño.

Pero quien hizo que nuestra relación tomase este rumbo fui yo.

Bennett se pasó seis meses estudiándome, abriéndose conmigo, suplicándome que confiara en él de la misma forma en la que él confiaba en mí, queriéndome. .. Y yo lo eché todo a perder.

Y ahora sigo sintiéndome mal. Por estar aquí. Porque no merezco su amor incondicional.

Lo veo incluso ahora. Bennett me quiere. No ha escondido lo que siente por mí en ningún momento. Sin embargo, continúa pareciéndome algo muy lejano; como si ya nunca pudiese volver a tenerlo.

—No ha pasado nada —lo tranquilizo—. Mi compañera de piso era... horrible. —Exhalo—. De hecho, llamé a Sadie —le digo, hundiendo una fresa en el sirope—. Es que fue... demasiado.

Asiente, pero veo cómo disimula la mueca que casi se le dibuja en el rostro por cómo frunce el ceño. Sigue cortando, pero esta vez lo hace de forma más indecisa e inconsistente.

—¿Bennett? —Me mira—. Sé que te preocupas por mí y... Y sé que habrías venido a ayudarme si te lo hubiese pedido. Si te hubiese llamado. Pero necesitaba hacer esto sin ti.

Se detiene en el acto, baja las manos, las apoya en la encimera y agacha la cabeza hasta dejarla por debajo de sus anchos hombros.

—No lo hagas, P. —me suplica en un susurro prácticamente inaudible. Le tiemblan los hombros—. Quiero estar ahí para ti. Me... Necesito poder...

—Ya lo sé —le corto, y me apresuro a cerrar los ojos, pero oír su dolor, por sutil que sea, hace que me sienta como si me aplastara un peso enorme—. Bennett, no te pido que... No digo que no estés ahí para mí. Lo estás. Siempre estás.

—Entonces, ¿por qué no me llamaste? —pregunta girándose hacia mí.

Irradia dolor.

Inhalo despacio y, con voz firme, respondo:

—Porque me he pasado los últimos tres años utilizándote —aclaro enfatizando la última palabra—. Y sé... sé que a ti eso no te molesta, pero debería.

—Paloma, te... —deja la frase a medias y aprieta los puños a los lados.

Oigo las palabras que está callando. «Te quiero. Te quiero».

No hace falta que lo diga; lo sé perfectamente. Bennett no ha dejado que dudara ni un segundo de sus sentimientos; nunca se ha callado esas palabras conmigo. A diferencia de mí, que sí se las he escondido a él.

—Ya lo sé —repito—. Pero algo sí querría pedirte.

Se relaja muy discretamente y se cruza de brazos. Asiente para que yo continúe.

—No sé cómo pedírtelo y no hace falta que me respondas ahora mismo, en serio. Pero... me gustaría que pudiéramos empezar de cero. Como amigos.

Lo he pillado desprevenido, lo veo. Bennett abre los ojos como platos, con una expresión inusualmente enérgica.

—¿Amigos?

Cuando él la pronuncia, esa palabra suena extraña. Parece incrédulo y entrecierra los ojos, como si estuviese acordándose de lo del fin de semana pasado en su habitación de hotel.

«No. Me encantaría poder meterte en la ducha conmigo y suplicarte que me laves el pelo para así poder pedirte perdón y explicarte por qué nos he hecho daño a ambos: para no hacerte pasar por algo que estaba convencida que sería peor.

Algo que, cuando teníamos dieciocho años, me aterraba; aunque ahora creo que podría enfrentarme a ello».

«Siento no haber sido más valiente por ti».

«Te quiero. Nunca he dejado de quererte».

He aquí lo que quiero decirle.

Pero, en lugar de eso, asiento y contesto:

—Sí. Amigos. Estoy haciendo... borrón y cuenta nueva. —Noto a Alessia Baudelaire poniendo los ojos en blanco desde aquí y yo hago lo mismo internamente, porque acabo de soltar un cliché descomunal—. Quiero un cambio. Sobre todo, entre nosotros.

Bennett se limita a asentir con la vista puesta en mí y una dócil y tranquilizadora sonrisa en los labios. Como si no las tuviera todas consigo, pero estuviese orgulloso de mí.

—De acuerdo, Paloma. Amigos.