34. Bennet
Bennet
PRESENTE
La luz se cuela a través de las persianas, sutilmente abiertas.
Y no oigo a Siete.
Me levanto y alzo una mano para frotarme la cabeza. Es como si me la estuviesen aporreando.
Me yergo y salgo de la cama, resistiéndome a la apremiante necesidad de ducharme ya.
Primero tengo que ver dónde narices se ha metido Siete; estoy demasiado inquieto por él como para preocuparme por si apesto.
.. A pesar de que tengo el pantalón del pijama empapadísimo de sudor y, a juzgar por cómo se me pega, diría que me están clavando dagas en la piel.
—¿Siete? —lo llamo, bajando los últimos peldaños con dificultad.
Oigo el caminar de sus patas y unos pasos humanos. Me giro y...
Aquí está.
Paloma.
Atraviesa la puerta como el agua que le empapa el cuerpo le atraviesa la ropa.
Lleva el bañador y unos pantalones de chándal que le cubren de cintura para abajo, aunque también están empapados y se le pegan a todas las curvas del cuerpo.
Su oscura melena rubia gotea sobre el suelo de la cocina y le envuelve la cara, sin maquillaje, y los labios, que no para de morderse.
La chica a la que he querido desde el primer momento en que abrió la boca (por más que en ese instante todavía no me diese cuenta) está en mi casa.
—Has vuelto a nadar.
Es todo cuanto se me ocurre decir, por más que me fustigue por ello de inmediato. «Una observación no cuenta como saludo».
—Me... Pues... Sí. —Asiente y se menea un poco para sacudirse el agua tal y como lo hace Siete después de que lo bañe. Mi perro, que está igual de empapado que Paloma, la imita—. Eso mismo me dijiste ayer.
Al pronunciar esas palabras, se le dibuja una sutil sonrisa a la que yo quiero aferrarme con ambas manos.
—Ya... —Me froto mi incipiente barba y me doy cuenta de lo mucho que hace que no me afeito—. Estaba un poco...
—¿Desubicado? —bromea—. ¿Colocado a base de medicinas?
—Sí —asiento ruborizado.
—¿Te encuentras mejor?
—Sí.
Otro incómodo silencio vuelve a abrirse paso entre nosotros hasta que me aturullo un poco con solo pensar en qué decir a continuación.
—Perdona —suelta ella—. No debería haberme quedado contigo toda la noche.
—Al oírla decir eso, se me encoge el pecho.
«¿Se ha quedado toda la noche conmigo? ¿En mi habitación?
»—. Es que... No vino nadie. No sabía si habías sacado a Siete a pasear o si le habías dado de comer, y tampoco quise dejarte solo estando enfermo. Solo me...
Parece agotada.
El millón de preguntas que tengo en la punta de la lengua sufren una muerte súbita. Me aterra decir algo que haga que Paloma vuelva a salir por patas, asustada y nerviosa.
—¿Cuándo volviste a nadar?
No es lo que ella espera que diga y puede que tampoco sea la pregunta que yo tenía previsto hacerle, pero, por algún motivo, me parece que es la más importante de todas.
—Pues... Este semestre.
Quiero hacerle más preguntas, enterarme de todo lo que me he perdido. Nos hemos pasado el semestre esquivándonos mutuamente, y ella no me ha pedido ayuda ni una sola vez; no me ha llamado para que «la acompañara a casa».
Pero ha vuelto a nadar. Y eso es... Lo es todo.
Para Paloma, el agua tiene algo de curativo.
Es la razón por la cual me tomaba el tiempo de prepararle bañeras; la razón por la cual instalé esta ducha con efecto lluvia absurdamente cara; la razón por la cual me quedaba sentado en una piscina vacía a altas horas de la noche, vulnerando varias normas universitarias; la razón por la cual apechugué con lo mucho que me molestaba que se me pegaran los calcetines y la ropa mojados, porque ver la piel de Paloma bajo la lluvia es como estar delante de algo celestial.
Ella nació para estar en el agua o, al menos, cerca de ella. Ver cómo se privaba a sí misma de ello me partía el corazón. Sin embargo, ¿saber que ahora ha vuelto a nadar? ¿Que se está curando?
No puedo contenerme. Sonrío.
Siete echa a andar de nuevo y frota su mojada cabeza contra los pantalones de chándal de Paloma, que están igual de empapados, a la altura del muslo. Y levanta la vista hacia ella, como si hubiese colgado la Luna en el cielo.
Supongo que yo la miro igual.
—¿Has bañado a mi perro?
Paloma se sonroja y baja la vista hacia Siete, mojado, a sus pies.
—Sí. Eh... Siete ha vomitado. No sé por qué, pero se ha vomitado encima.
He fregado y lo he bañado. —Se tira de un mechón de pelo rubio y levanta la vista hacia mí para mirarme a través de las pestañas—.
Solo quería ayudar. Como no te encontrabas bien.
.. Además, sabía que todo este desastre te. .. molestaría.
Esa última palabra queda colgando en el aire que nos separa, vulnerable y apacible.
—¿Puedo prepararte algo? —Cierro los ojos con fuerza y sacudo la cabeza—. O sea... ¿Tienes hambre?
—Muchísima.
Paloma titubea un segundo; yo también. La necesidad que siento de guiarla como de costumbre se enfrenta a la incertidumbre del momento. ¿Qué somos? ¿Cómo hemos de comportarnos, a plena luz del día, viviendo algo que nunca he tenido pero siempre he querido tener con ella?
Me arriesgo.
—¿Por qué no subes y te duchas?
Paloma se sonroja aún más. Intento no darle demasiadas vueltas a qué estará pensando.
—No he traído nada para cambiarme. Ni siquiera tengo mi...
—No pasa nada, P. —la corto con delicadeza—. Ya te presto yo algo.
Intento darle el tiempo suficiente para que se meta en la ducha antes de subir, entrar en mi habitación y pillar una sudadera con la manga mordida y unos pantalones de chándal que Paloma ya ha usado en otras ocasiones.
Justo cuando decido dejarlo todo sobre la cama, en lugar de invadir su espacio y dejárselo en el lavamanos, abre la puerta.
Al verla, envuelta con una toalla, con los hombros al descubierto y la piel mojada y sonrojada por el calor de la ducha, me da un vuelco el corazón. Me doy con la pata de metal de la cama en la espinilla y casi me caigo mientras aparto la mirada.
—Perdona —farfullo—. Lo siento... No quería...
—No pasa nada, Bennett —responde—. No es nada que no hayas visto antes.
Está bromeando para disipar un poco de tensión. Sin embargo, a mí me sienta como una puñaladita en el corazón porque, para mí, no es ninguna broma. Da igual que ya la haya visto desnuda antes; su cuerpo es suyo.
«¿Por qué le cuesta tanto entenderlo?».
Me aterra reconocer que ya sé la respuesta. Aun así, me mantengo de espaldas a ella.
—Voy a prepararte el desayuno. Tortitas y una tortilla. Con fruta y patatas.
—No hace falta que prepares tanta cosa, Bennett —responde en un susurro—. Pero gracias.
Como decirle «Te prepararé todo lo que pueda porque vivo con el miedo constante de que no comas suficiente» me parece demasiado, guardo silencio. Aunque le he metido unas cuantas barritas proteicas y algunos de los yogures infantiles que le gustan en la mochila. Por si acaso.
—Te espero en la cocina —digo al salir.
Cierro la puerta antes de que le dé tiempo a contestar nada.