33. Paloma
Paloma
PRESENTE
Sigo con la vista clavada en la nota de papel doblada que se me ha caído de la mochila por un nuevo agujero que tendré que remendar pronto. Me da otro vuelco el corazón al darme cuenta de lo fácil que habría sido no darme cuenta de que se había salido de su refugio habitual.
Ahora, el papel en cuestión parece mirarme desde el asiento del copiloto, provocándome con esa esquina doblada a través de la cual puedo atisbar el principio de «En algún lugar al que nunca he viajado», atormentándome y burlándose de mí en igual medida.
Me reacomodo en el asiento e intento sacarme esa ridícula y absurda idea de la cabeza. Sin embargo, las ganas que tengo de verlo son tales que me resulta imposible ignorarlas.
No hemos hablado desde esa noche en su habitación de hotel.
Cuando vi a Bennett subirse al bus, tenía demasiado miedo de mirarlo a los ojos y me quedé sentada al lado del entrenador Harris, tomando notas.
Pero sí noté cómo me miraba él. Y, desde entonces, no lo he visto ni de pasada ni en los entrenos, porque me he pasado la semana entera con el equipo de patinaje en pareja.
Hasta hoy, cuando la ansiedad que me provoca el receloso sentimiento de no verlo ha amenazado con comerme viva.
No quitarme el bañador mojado ha sido una estupidez. Por más que vaya con manga larga y pantalones de chándal, el viento de febrero amenaza con helarme mientras salto del coche. Pero es que no me gusta ducharme en público.
Como tampoco me gustan los recuerdos que me traen los vestuarios de la piscina. Mi bañador mojado, pegado a las curvas de mi cuerpo, y yo abierta de piernas por encima de su amplio muslo, aunque él siguiera con los pantalones de chándal.
— Muévete como te movías en el agua —me susurra con la boca pegada a mi cuello. Me clava los dientes en el hombro y un grave gruñido retumba por los azulejos—. Necesito que sigas por mí. Necesito ver cómo te corres .
» Necesito tenerte así, conmigo. ¿Confías en mí?
» Deja que te abrace. Justo así, amor. Qué buena eres conmigo ...
Sacudo la cabeza para deshacerme de esa cálida y profunda voz que empieza a avivarme el cuerpo. Me pongo la capucha de la chaqueta, que llevo desabrochada.
Intento llamar; primero, dubitativa y, luego, tras juntar un poco de valentía, con insistencia. Tras un largo silencio, tan largo que incluso me alejo, dispuesta a marcharme, oigo el ladrido de un perro, se abre la puerta y me encuentro con Bennett Reiner medio apoyado contra el marco.
Ancho y musculoso, pero con una complexión suave y acogedora que los demás chicos del equipo no tienen.
Bennett es altísimo, tiene el torso y los pectorales grandes, como los brazos.
Noto sus castaños rizos más rebeldes que de costumbre; le caen por encima de la cara mientras me estudia con expresión soñolienta.
Es tan guapo que duele.
—Has vuelto a nadar —comenta, desviando la vista hacia mi mojada trenza y la oscura marca del bañador, húmedo, que se atisba debajo de mi camiseta.
Al oír sus palabras, los pedazos de mi corazón que cosí como buenamente pude vuelven a romperse.
—Me... Pues... Sí. —Asiento—. Me ha venido bien.
El silencio que se abre paso entre nosotros no es relajante, sino tenso. Sobre todo, para mí. Empiezo a retroceder. «Esto ha sido una mala idea».
Bennett alarga el brazo de golpe y me agarra por la cintura para acercarme a él. Siete, sentado en lo alto de las escaleras, alza la vista; a continuación, se levanta más ilusionado y viene corriendo torpemente hacia mí.
—Hey —sonrío. Mientras le acaricio el pelaje, le digo en voz baja y dulce—: Yo también te echaba de menos, S.
—¿Qué...? —Bennett tose con fuerza y se sube el cuello de la camiseta hasta la boca. Carraspea, pero le noto la voz áspera y gastada—. ¿Cómo es que has venido?
Se inclina hacia mí, levanta la mano (como si se hallase envuelto por una neblina) y me estudia como si yo fuera fruto de su imaginación.
—Ah, eh... —Trago saliva como si fuera a servirme de algo—. He venido a verte a ti, pero... —Se me escapa una extraña sonrisa de los labios y me arde la cara—. Lo... lo siento.
—No. Espera. —Se aclara la voz, algo ronca, y da un paso hacia atrás, separándose de mí.
Vuelvo a estudiarlo con la mirada. Está empapado en sudor, sus ojos azul océano están entrecerrados, la piel de alrededor enrojecida y tiene una postura encorvada.
—Ay, Dios. Bennett, ¿estás enfermo? —le pregunto acercándome de nuevo a él por puro instinto.
Él intenta retroceder, como si tuviera la peste y le aterrase contagiarme.
—Sí... —dice, cerrando los ojos y exhalando con fuerza con su amplio pecho—. Igual deberías irte. Me he tomado algo y creo que estoy sufriendo alucinaciones.
Parece que esté a punto de quedarse frito aquí mismo, medio apoyado contra la pared de la entrada. Me muerdo el labio para contener la sonrisa que amenaza con dibujárseme. Parece un niño.
—¿Puedo ayudarte a subir a la habitación? Tienes que dormir.
—Tú siempre estás en mi habitación, P. —dice casi farfullando.
Me acerco a él y le paso una mano por su ancha cintura. No deja caer todo su peso en mí ni siquiera en este estado, medio delirante por lo que se ha tomado para el resfriado. Es como si, incluso estando así, Bennett fuera consciente de su tamaño y su estatura.
Lo ayudo y subimos las escaleras hacia el cuarto.
Como si de una pared se tratara, me doy de bruces con ese olor; el aroma me asalta los sentidos. Bergamota, pino y algo un poco más delicado, como unas sábanas cálidas y recién lavadas. Huele a hogar.
Con cuidado, aparto la colcha, que tiene metida por ambos lados de la cama. Bennett me estudia con los ojos aún entrecerrados, pero con los hombros algo más relajados. No está tan tenso como lo estaría al dejar que otra persona llevase a cabo uno de sus rituales por él.
—Métete dentro, amor.
Esa palabra tan familiar se me escapa de la boca.
Sonríe, soñoliento y saciado, y yo soy incapaz de preocuparme por haber cruzado ese límite.
Al pasar, me roza las caderas con los dedos, antes de tumbarse y cubrirse con las sábanas y el edredón.
Se quita la camiseta, empapada en sudor, y deja a la vista la cálida y sonrosada piel de su torso.
Ocupa gran parte de la cama al reposar su pesado y exhausto cuerpo antes de que me dé tiempo a apagar la lámpara de la mesita de noche.
—Quédate, P. —me pide en un susurro casi inaudible. Tiene las persianas totalmente bajadas, de modo que una placentera oscuridad envuelve la habitación—. Por favor.
Me siento como si alguien estuviese tirando de mi corazón. Y como si este estuviese intentando salirme disparado del pecho e ir directo hacia él, a quien siempre ha pertenecido.
Ver a Bennett así es extraño; este fuerte pilar que suele ser debilitado por una enfermedad. Y, conociéndolo, estoy segura de que esto le está dando un montón de ansiedad, porque no puede seguir con sus rutinas y rituales como de costumbre.
Quiero cuidarlo. Deseo hacer por él lo que él haría por mí, a pesar de que no me lo haya pedido en ningún momento.
—Cuando despiertes, aquí estaré.