Unbound (The Undone 3) 32. Paloma
38%

32. Paloma

Paloma

PASADO: PRIMERO DE CARRERA

OCTUbrE

Todo vuelve a la normalidad y ninguno de los dos saca el tema de mi desesperada confesión.

Seguimos intercambiando pedacitos de papel, como de costumbre.

Él me manda sonetos, romances, villanescas y odas conocidas.

Yo respondo con versos libres y poemas líricos; a veces, con letras de canciones a las que añado las claras instrucciones de que primero las trate como un poema y luego las escuche.

Me paso más tiempo buscando los mejores poemas para pasarle a Bennett que haciendo los deberes de la uni.

Halloween cae entre semana, de modo que posponen casi todas las fiestas hasta el finde. He invitado a Bennett con mucha antelación, asegurándome de que se sintiera cómodo pasando esa noche en mi apartamento.

—¿Solo nosotros? —me preguntó mordiéndose el labio, de pie delante de la puerta de nuestra sala de estudio.

—Solo nosotros.

—¿Cuenta como otra cita?

Me reí y asentí. Para mí, cada minuto con él es una cita.

Y, a las seis en punto de la tarde, llama a mi puerta. Mi compañera de habitación se ha marchado antes sin decirme cuándo volvería, cosa que me alegra. No quiero compartir a Bennett con nadie. Quiero tenerlo solo para mí; al menos, por ahora. Aunque esto solo ocurra en mi cabeza.

—Hola, Paloma.

—Hola, Bennett.

Guapísimo, como siempre. Le pedí que se vistiera con ropa cómoda y ha obedecido diligentemente.

Lleva una fina camiseta negra de manga larga que se le tensa alrededor de sus anchos hombros con las palabras «Waterfell Hockey» estampadas a la altura del pecho en color azul cielo; al ver los pantalones de chándal grises que se ha puesto, se me hace un poco la boca agua.

Parece ir más calentito y cómodo de lo que lo he visto jamás.

Quiero construir un fuerte de almohadas a su alrededor y abrazarnos al lado de una chimenea.

Bennett me estudia despacio con sus claros ojos azules. Voy con una camiseta oversized donde pone «H de Halloween» y unos cómodos leggins negros.

Abrirle la puerta de mi habitación me resulta aterrador.

Este lugar es mi santuario; el único sitio donde me siento completamente a salvo, con sus paredes azules cubiertas con este tapiz floral y las estrellas fluorescentes que hay en el techo.

Una tabla de surf con dibujos multicolores de flores de hibisco cuelga precariamente en una de las paredes, justo encima del escritorio.

Pillé unas flores de la floristería de Waterfell cuando ya se estaban marchitando, las colgué bocabajo para que se secaran y ahora forman parte de la decoración de mi pared.

A su lado hay láminas de todos los tamaños, colores y estilos habidos y por haber; algunas las saqué de restaurantes o cafeterías donde las regalaban, y otras las compré en tiendas de segunda mano junto con todo lo demás que tengo en el cuarto, todo cuidadosamente combinado.

Me pasé un poco con la decoración, pero esto fue lo primero que tuve que fuese completamente mío.

De pequeña iba por el camping para caravanas a pedir dulces con los otros niños.

Llevé siempre el mismo disfraz, hasta que las mangas del vestido de princesa se me quedaron tan cortas y me apretaban tanto que me dejaron marcas en los brazos.

Por más que se lo pidiera, mi madre nunca decoraba la casa para ninguna celebración.

Aunque, muchas veces, mamá no sabía ni qué día era.

—He comprado una vela de Halloween —suelto—. Y, eh..., un cojín en forma de fantasma. Quería encontrar una manta, pero...

Dejo la frase a medias y pongo los ojos en blanco más por mí que por él, porque ¿qué diablos le estoy diciendo? ¿«No podía permitírmelo porque ya me he pasado del presupuesto mensual comprando el resto de la decoración»?

Sé que Bennett tiene muchísimo más dinero que yo. Vale, puede que no sepa cuánto más, pero él no tiene que andarse con tanto cuidado en ese sentido.

—Bueno, es... En fin. —Me encojo de hombros y me giro en un círculo cerrado para quedar de cara a él, que sigue de pie al lado de la puerta—. Esta es mi habitación.

Bennett lo estudia absolutamente todo mientras entra en ella. Es como si estuviese viendo una parte de mi alma, adentrándose más de lo que jamás le permití a nadie.

—Me gusta —dice, y sonríe.

—¿Sí?

—Es muy tú —comenta con ternura, afecto—. Deberíamos venir más a menudo.

—Podemos estudiar aquí —respondo un poco demasiado ilusionada—. Si quieres.

Cojo el animal de peluche que tengo en la cama y me planteo tirarlo justo debajo o esconderlo en el armario, pero, para no variar, Bennett ya ha fijado su vista en mí.

—Es, eh...

Intento pensar en una forma más delicada de contarle lo que significa este conejo de peluche para mí.

Que era algo que encontré en mi antigua habitación.

Que pensé que a lo mejor era un regalo que me había dejado mi padre cuando sabía que no estaría ahí para mí, para que tuviese una parte de él conmigo.

Lo más probable era que mi madre lo hubiese encontrado o que se lo hubiese robado a algún otro niño sin querer, pensando que era mío.

Pero me costaba deshacerme de esa fantasía.

Al igual que también me cuesta guardar esto, algo que tanto significado tiene para mí, en algún sitio donde quede escondido. Se parece demasiado a cómo he conseguido no perderlo todo estos años.

—El Conejo de Terciopelo —termina de decir Bennett por mí.

Y asiente. Como si verme abrazando un conejo de peluche con todas mis fuerzas por miedo a que fuese a robármelo fuera lo más normal del mundo.

—Ah. Sí, justo. Vaya, eso creo... Lo tengo desde hace muchísimo tiempo.

—Es especial para ti.

Se me pega la lengua al paladar. Me quedo mirando a Bennett mientras se me acerca y coge el peluche, asintiendo en silencio. Deja el conejo al lado del cojín en forma de fantasma que he comprado y luego me tiende la mano.

Acepto el gesto con el corazón en un puño y los ojos húmedos.

—Podemos sentarnos los dos en mi cama, si no te importa.

—Está bien.

Me sigue, deja que me siente primero y luego él hace lo propio. Cuando abro el ordenador para poner pelis de Halloween (nada de miedo), Bennett me mira. Tengo las luces apagadas y solo se aprecia el sutil brillo de mi lámpara y de las estrellas que hay en el techo.

—Me gustaría abrazarte —dice, y los dos nos sonrojamos por igual casi de inmediato—. Si te parece bien.

Asiento.

Nunca nadie me había preguntado si podía tocarme. Simplemente..., lo hacían.

Se le dibuja una sonrisa de oreja a oreja antes de abrazarme y apoyarme del todo contra él. Es la vez que más contacto físico ha habido entre nosotros desde hace bastante tiempo y noto en la espalda el calor que emana de su suave pecho. Me hace pensar en esa noche en el hotel.

Nos acomodamos en mi cama, envueltos con mi manta de color azul, y apoyo la cabeza en su bíceps como si de una almohada se tratara. Vemos Hocus Pocus y Prácticamente magia del tirón.

—Dos de mis favoritas —le cuento en voz baja.

Cuando vamos por la mitad de la segunda película, ya casi no puedo soportarlo.

Tiro un poco más de su brazo y me acurruco aún más en él.

Bennett me ha ido dejando algún que otro beso en el pelo e incluso se ha atrevido a tocarme la frente.

Sin embargo, estoy empezando a desesperarme porque quiero más.

Estoy superinquieta.

—¿Bennett?

—Dime.

Trago saliva con fuerza y me giro para mirarlo, apoyando el cuello en su ancho bíceps. Él se yergue un poco para mirarme a los ojos.

—¿Me besas? —Me toco los labios con los dedos, distraídamente—. ¿Aquí?

Se le escapa un pesado suspiro y noto su aliento, fresco y mentolado.

—Desde ese día en la piscina, solo puedo pensar en eso, P.

A duras penas me da tiempo a exhalar de alivio, porque enseguida noto sus labios sobre los míos, casi con demasiada rudeza pero con suma perfección. Le devuelvo el beso enseguida, agarrándome a las sábanas para no cogerlo por el pelo.

Respiro casi demasiado fuerte en comparación con «Crystal», la canción de Stevie Nicks que suena a través de los altavoces de mi ordenador.

A pesar de que sigue a mi lado, tengo los labios de Bennett sobre los míos y a él cernido un poco encima de mí.

Quiero pedirle que ejerza presión con todo su cuerpo contra el mío, que deje que me sienta totalmente resguardada y absorbida por él.

Como si pudiese esconderme en sus brazos e impregnarme de su relajante calidez para siempre.

Aquí estoy a salvo. No quiero marcharme nunca.

Sus besos son medidos, cuidadosos. Con una lentitud que nunca dominaré, alarga la mano y me la coloca en la nuca para levantarme el cuello hacia él. Me sujeta con ambas manos, envolviéndome con la otra para abrazarme por detrás de la espalda y acercarme más.

Cuando nos separamos para tomar aire, Bennett descansa su boca en mi cuello y cierra los puños sin soltarme. Ahora, quien respira con pesadez es él, con una aspereza que me lleva a encoger los dedos de los pies antes de que se separe y me dé un beso en la mejilla.

—¿Ha estado bien?

Me muerdo el labio y asiento efusivamente. Bennett sonríe, saciado y satisfecho; no sé si con él mismo o conmigo. Qué importa.

Cuando intento volver a la misma posición de antes, se mueve para tumbarme por completo contra él, apoyándome la cabeza en su pecho y pasándose una de mis piernas por encima de los muslos. Me acaricia el pelo con la mano, masajeándome la nuca cada pocos minutos antes de recorrerme la espalda.

Me quedo dormida mucho antes de lo que habría querido.

Al cabo de unas horas me despierta el sutil y silencioso sonido de la puerta al cerrarse.

A mi lado encuentro el trozo de papel de una libreta y, en este, un poema: «En algún lugar al que nunca he viajado», de E. E. Cummings; uno de mis favoritos. Sé que Bennett lo sabe. Sé que ha escogido este poema con la misma cuidadosa intencionalidad con la que lo hace todo.

Por no hablar de que lo ha escrito a mano, de memoria, y ha añadido anotaciones.

Al final, ha subrayado toda la última estrofa y ha escrito la expresión «en ti» con su perfecta caligrafía.

Y, al final de todo, un simple comentario:

Hablar nunca ha sido mi fuerte,

pero me importas muchísimo.

Bennett

Una parte de mí quiere guardar esta nota en la delicada y gastada caja de zapatos donde conservo cada poema y nota que me ha regalado. Pero no soporto no verla, así que la dejo en la mesita de noche y pongo mi nueva vela justo encima, para alisar los bordes doblados.

Y vuelvo a quedarme dormida con solo mirarla.