Unbound (The Undone 3) 31. Paloma
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31. Paloma

Paloma

PASADO: PRIMERO DE CARRERA

OCTUbrE

Pegado de nuevo en la parte interior de la tapa del táper encuentro un poema.

No es la primera vez que lo hace: dejarme comida con una carta escondida que siempre resulta ser un poema o una canción.

Sin embargo, este me hace sentir distinta.

No solo porque es uno que he leído varias veces («Gansos salvajes», de Mary Oliver), sino porque Bennett ha añadido anotaciones, marcando el esquema rítmico y las metáforas, tal y como solemos hacer en clase.

Bajo la última estrofa, ha escrito a mano y meticulosamente:

Me ha recordado a ti.

No me preguntes por qué.

Bennett

Es una nota sencilla, ni demasiado cargada ni demasiado profunda. Aun así, se me clava cual daga en el corazón.

Lavo el recipiente con cuidado antes de que volvamos a vernos y le dejo otra nota dentro, siguiendo el mismo patrón que él. No puedo contener la pícara sonrisa que se me dibuja en el rostro mientras se lo devuelvo, agradecida por que no lo abra antes de que nos separemos.

Normalmente, cuando acabamos, Bennett tiende a esperar a que yo salga primero de la sala de estudio antes de seguirme. Hoy, en cambio, doy un paso al frente y casi invado su espacio personal mientras me muerdo el labio y agarro el asa de mi mochila con fuerza con la mano derecha.

—Oye, nunca me pediste una segunda cita. —No le doy tiempo a que diga nada, pues los nervios me llevan a insistir con un—: ¿No fue bien, la primera?

Bennett abre los ojos como platos.

—No. No, quería hacerlo, pero no he... —Deja la frase a medias y exhala, irritado—. No encontraba la mejor forma de pedírtelo.

Lo dice en serio. Me lo imagino sentado en su habitación, acariciándole el pelaje a Siete mientras piensa en «la mejor forma» de pedirme salir con él otra vez. Al imaginármelo, siento un aleteo en el estómago.

—Vale. Bueno. Pues ya te lo pido yo.

—¿Sí? —Bennett dibuja una discreta sonrisa, sin que se le vean los dientes.

Yo hago lo propio.

—Sí. ¿Tomamos otro café? ¿En el mismo sitio?

Duda un segundo, dejando que su mente vaya a mil por hora detrás de esos ojos azules como el océano.

—No. Deberíamos... Debería ser mejor que solo un café.

Alargo el brazo para cogerle la mano y él me coge las dos a mí. El gesto resulta extraño y tenso, como si fuésemos una pareja que no las tiene todas en el altar.

—Bennett, tomar un café está bien, y estaremos cómodos. Además, queda cerca de donde voy a nadar. —Sigue con una mueca en el rostro y con el ceño fruncido—. Me gusta ir ahí contigo. ¿Podemos repetir?

—Si estás segura...

Asiento.

—Estoy segura.

—Vale. —Me aprieta las manos, sin soltármelas—. Pero, a la próxima, iremos a algún sitio mejor.

—De acuerdo —accedo.

Quedamos a la misma hora en la misma cafetería y nos sentamos en el mismo reservado.

He vuelto a ir a nadar, pero esta vez me he tomado el tiempo de secarme el pelo y vestirme un poco mejor que en la última cita.

Bennett, para no variar, va mucho más arreglado que yo.

Lo estudio atentamente: sus anchos hombros cubiertos con esa camisa de franela, sus rizos marrones bañados por la luz del sol, sus ojos azules como el océano y sus labios fruncidos.

Es tan atractivo que se me encoge el pecho.

—Buenos días —lo saludo a la vez que él se levanta del reservado.

Estudia mi bonito cárdigan de segunda mano y el pelo, que llevo recogido con una goma de las gruesas. Tomo la iniciativa y me inclino para darle un beso en la mejilla, pero él se gira justo a tiempo para besarme en la boca.

Exhalo y me sonrojo muchísimo al notar el calor de sus labios.

—Buenos días, P.

La voz le suena grave y rasposa, como cuando acabas de despertarte y aún no has hablado. Se me aviva el cuerpo, lo suficiente como para que me separe de él e intente recuperarme de mi tambaleo y de la neblina que me ha cubierto la vista.

Bennett es más embriagador de lo que me imagino que podría serlo cualquier droga o bebida. Y, como es tan sorprendente, resulta aún más cautivador.

En parte, tengo ganas de preguntar: «¿Somos novios?

». Pero la ansiedad se adueña de mi boca.

Nunca he hecho esto antes. La única experiencia que tengo con relaciones de tipo romántico es.

.. No es normal. Y he visto a mi madre aferrarse a cualquier drogadicto que le mostrara el más mínimo interés. O dinero. O drogas.

La extasiada y perdidamente enamorada versión de mi madre era más agradable. De modo que, desde un punto de vista egoísta, no me importaba.

Hasta que ellos centraban su atención en mí.

Sacudo la cabeza para ahuyentar esos peligrosos pensamientos.

Hay una chica trabajando, la misma chica morena con el ceño fruncido, pero parece que también está haciéndole de canguro a dos niños pequeños que están pintando en unas hojas esparcidas por la mesa del reservado que más cerca queda de la entrada.

Esperamos a que la chica regrese a la barra para pedir algo para beber y comer; dejo que Bennett se ocupe de ello.

Yo me limito a quedarme a su lado, agarrándole la mano y sonriendo.

Es como una de esas fantasías sobre el príncipe azul, solo que esto es real. Es tal y como me imaginaba que sería tener novio.

Todavía no nos hemos llamado «novio» o «novia».

Estamos solo en nuestra segunda cita. Sea como sea, creo que, si se lo pidiese, me diría que sí.

En mi cabeza, es lo más simple del mundo.

Bennett me cogería la mano y me pediría si puede besarme antes de hacerlo.

Me abriría la puerta y me acompañaría a casa sin preguntarme si puede entrar o si vamos a acostarnos.

Me cuidaría sin pedirme nada a cambio. Jugaría con mi pelo y me acariciaría la espalda. Y sería mío, solo mío.

Creo que ya lo es.

Volvemos a sentarnos. Bennett alarga el brazo por encima de la mesa para dibujarme círculos en la piel con el pulgar. Sonrío tantísimo que hasta creo que se me podrían partir los labios.

—Me gustó el poema de ayer —me dice—. Bueno, la canción, supongo.

—¿Leíste solo la letra? ¿O también la escuchaste?

La letra impresa de «Roslyn», de Bon Iver y St. Vincent.

Sobre todo, porque me encanta la canción y porque lo que dice es muy fácil de interpretar.

Pero también porque la música de Bon Iver se ha convertido en mi playlist para dormir desde esa noche en la habitación del hotel.

Entre la calma de la música y el recuerdo de los cálidos y firmes brazos de Bennett a mi alrededor, me cuesta menos dormir.

—Las dos cosas. Primero lo traté solo como un poema, leyendo lo que habías anotado y...

—¿Revisando mi trabajo? —bromeo, y sonríe—. ¿Qué tal lo he hecho, profesor?

Bennett se sonroja, baja un poco la barbilla y sacude la cabeza ante mis tonterías.

—Eres brillante, Paloma. No me hacía falta revisar nada para saberlo.

Lo dice sin más, como si estuviese hablando del tiempo o recitando estadísticas de hockey. ¿Sabe que me siento igual que si me estuviese besando la piel?

—Como poema, queda bien, pero la música le da un mayor nivel de complejidad emocional.

Le aporta una sensación misteriosa y evocadora que, sin la música, se pierde.

Incluso la repetición cambia por completo cuando le añades el sonido.

Eso me lleva a pensar que categorizas muchísimas canciones como poesía.

Cierro los ojos mientras asiento, completamente de acuerdo con lo que acaba de decir. Me entusiasma ver que ha tratado mi elección para seguir con el juego que nos llevamos con la misma intensidad que una oda de John Keats.

—Lo cual significa... —prosigue dibujando una sonrisa cada vez mayor a la vez que me tira de la mano, ilusionado— que te gusta la poesía.

Se me escapa la risa antes de que pueda contenerme, pero me trago el sonido con una deslumbrante sonrisa y sacudo la cabeza.

—Puede —respondo.

Bennett ladea la cabeza y me da un beso en la mano antes de soltármela.

—Me sirve.

—Me gustas mucho.

El comentario se me escapa de los labios y la vergüenza enseguida se adueña de mí; me cambia la expresión y noto que me arden cuello y mejillas. La frase me resulta totalmente infantil y siento que no le hace para nada justicia a todo lo que he empezado a sentir por Bennett.

Algo aún peor se despierta dentro de mí y se aferra a todas y cada una de mis inseguridades.

« Penoso. ¿Y ahora qué? ¿Le suplicarás para gustarle? Eso sí que se te da bien, Polly ».

Se me revuelve el estómago y el ardor que notaba en el cuello y las mejillas se vuelve pegajoso tan deprisa que incluso me mareo.

—Te... ¿En serio? —Bennett tartamudea al hablar y me pongo todavía más nerviosa.

— Me gustas —susurro—. Mucho .

— ¿Ah, sí? —dice Ethan, sonriendo socarrón, mientras tira muy sutilmente de la sábana con la que me estoy cubriendo—. ¿Te gusto? Venga, Polly, que no soy tu crush de instituto.

Me sonrojo y la vergüenza me lleva a bajar la mirada mientras él se impulsa para saltar de la cama .

— Teniendo en cuenta lo que acabas de hacer por mí, yo diría que no solo te gusto .

Ríe y me tira un poco bruscamente del pelo antes de agacharse y volver a ponerse los pantalones.

Trago saliva para deshacerme de la confusión y, aun así, en cuanto me hace señas para que me acerque antes de marcharse, alargo el brazo para acariciarlo.

Desesperada por el tacto. Por el afecto. Aunque sea una burla .

—¿Paloma?

Sacudo la cabeza, me separo y me doy con la cabeza contra la pared de madera del reservado.

Bennett me mira. El miedo y la preocupación le han ganado el pulso a la ansiedad que inundaba su rostro hace solo unos minutos.

—Perdona. Me he perdido en mis propios pensamientos un segundo.

Río y sacudo la cabeza para deshacerme de algunos de los fantasmas que todavía me acompañan. Trato de sacar otro poema a colación, algo de lo que hablar en un intento por desviar su atención de mi extraño comportamiento.

Bennett se pasa casi el resto de la cita callado, con el rostro marcado por la preocupación. No tardamos demasiado en acabarnos el café, y yo, que prácticamente era la única que estaba hablando, dominada por la ansiedad, me pierdo en un tenso silencio.

Bennett me acompaña a la resi, como ya viene siendo costumbre, pero esta vez se detiene delante de las escaleras.

—¿Paloma? No soy el mejor para hablar de... esto. Pero... me... —vuelve a tartamudear; está nervioso.

Sacudo la cabeza.

—Ha sido una tontería. No sé por qué lo he dicho. —Me muerdo el labio mientras la ansiedad me come por dentro—. ¿Podemos olvidarlo y ya?

Él frunce el ceño y sacude la cabeza en una firme negación.

—Por favor —se me escapa antes de que pueda remediarlo.

—Paloma, ¿qué...?

«Lárgate. Tienes que largarte de aquí», me digo a mí misma.

Retrocedo un poco.

—Nos vemos mañana, Bennett.

Hoy me resulta más fácil dejarlo aquí, en las escaleras de la resi. No le doy un beso en la mejilla y aparto la vista de su confundida expresión ante este cambio en nuestra rutina por mi parte. Estoy demasiado centrada en toda la vergüenza que siento y que hace que me sienta incómoda y mugrienta.

Me ducho. Pero, por más que lo haga con agua fría, no consigo dejar de sentirme sucia.