Unbound (The Undone 3) 30. Paloma
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30. Paloma

Paloma

PRESENTE

No paro de caminar de una punta a la otra por esta horrenda alfombra estampada que hay delante de la puerta de su habitación de hotel.

Durante el partido, sentada en las gradas con Lily, cerca del metacrilato, he ido tomando notas para el entrenador Harris.

Ya estaba molesta por todo lo que estaban gritándole a Bennett en la pista, pero, cuando ese jugador lo ha derrumbado y ha desplazado la portería con todo el peso de sus cuerpos, me he asustado un montón.

He levantado la mano, dispuesta a llamar, en más de una ocasión. Pero todavía no he logrado hacerlo.

La verdad es que no debería estar aquí. Sin embargo, no puedo quitarme de la cabeza la imagen de Bennett espatarrado en el suelo, la de Rhys llamándolo aterrado, y la de Bennett cabizbajo mientras Rhys y uno de los preparadores físicos lo ayudaban a salir de la pista.

Es como una pesadilla de la que no consigo despertar.

«¿Y si se ha...?».

Sacudo la cabeza para evitar que este pensamiento vaya a más.

—No seas tonta... —musito para mis adentros antes de girarme hacia la puerta y llamar.

Aunque no me da tiempo a hacerlo porque la puerta se abre y aparece Bennett Reiner, llenando todo el marco.

Cuando lo veo descamisado y con sus oscuros rizos empapados y pegados a la frente, me quedo sin aliento. Se recuesta en la entrada, sujetándose con una mano apoyada casi en el techo y con la otra en la pared.

«Dios, qué guapo es».

—¿Paloma? —pregunta mientras intenta erguirse al verme. Aun así, hace una mueca, relaja el cuerpo de nuevo y vuelve a adoptar la misma posición que antes—. ¿Estás bien?

—¿Yo? —digo, cruzándome de brazos y cubriendo el nombre de nuestra universidad, estampado en mayúsculas en la sudadera de media cremallera que llevo puesta—. Te has lesionado. Estaba preocupada de cojones. Solo quería...

—Hey —me corta, acercándose—. Estoy bien.

Cierro los ojos e inhalo para serenarme, porque estoy empezando a entrar en pánico.

—Estoy bien —repite mirándome intensamente, como si pudiese ver todo lo que escondo bajo la piel.

—Vale. —Asiento y luego sacudo la cabeza—. Bien. De acuerdo. Bueno, debería...

Me coge por el bíceps, con su fuerte y cálida mano. Me agarra con firmeza, como siempre hace conmigo.

—Quédate.

Casi se me traga entera con sus ojos azules, devorando la ansiedad y la desesperación que siento por alejarme casi al instante. Me resulta imposible no sentirme más segura cuando Bennett Reiner me agarra.

—No. No pue...

—Por favor, P. —susurra, acercándome más; tanto que casi puedo notar el ardiente calor que desprende su pecho al desnudo acariciándome la piel—. Por favor. Deja que...

—Oye, Ben. He... —nos interrumpe alguien—. Uy, perdón.

Rhys Koteskiy está a unos treinta centímetros de nosotros; su aparición es como un jarro de agua fría encima de nuestro acalorado momento y me devuelve a la realidad.

—Lo siento. No quería interrumpir.

—No pasa nada —intento decir.

Sin embargo, Bennett me acerca más a él, despacio, para seguir abrazándome.

—Freddy tiene una cama extra —dice Bennett con voz rasposa y un tono profundo—. ¿Te importa dormir con él?

Rhys abre un poco los ojos, pero asiente.

—Nope. Ya... Nos vemos mañana, Ben.

Y se va. No me da tiempo ni a pensar un segundo antes de que Bennett me meta en su habitación y cierre la puerta.

Estar sola en un hotel con él me parece peligroso. Mi cuerpo entero reacciona a su cercanía; me arde la piel y se me acelera el corazón. En cuanto se le tensan y se le mueven los músculos bajo su mullida capa de piel, noto algo en el estómago.

—Estoy bien —insiste, sentándose en la esquina de la cama con las piernas bien separadas y cruzándose de brazos sobre su desnudo pecho mientras vuelve a mirarme—. Solo ha sido una distensión inguinal.

El cuerpo se me aviva tan deprisa que resulta incluso bochornoso.

—Vaya. —Asiento. Ahora soy como un muñeco de esos que van moviendo la cabeza porque no se me ocurre qué más decir, literalmente—. ¿Y estás...? ¿Nada más?

Bennett sonríe de forma inesperada.

—Duele que flipas, P. Yo diría que ya es mucho.

—Sí. —Sacudo la cabeza y cierro los ojos con fuerza—. Perdona...

—Te estoy vacilando. —Se pasa la mano por la cara interna del muslo distraídamente y la zona enrojecida cede bajo la presión—. Solo tengo que estirar y descansar. Ya me he puesto hielo después de que me diese el tirón.

—No te ha dado un tirón. —Pongo los ojos en blanco y me relajo mientras sigo adentrándome en su habitación—. Te has lesionado. No es lo mismo.

Bennett continúa masajeándose el muslo y dibuja una mueca de vez en cuando; le tiemblan sutilmente los músculos del brazo.

Y puede que sea eso. O las hipnóticas motas grises que veo en sus ojos azules como el océano.

A lo mejor es el recuerdo de la última vez que estuvimos juntos en una habitación de hotel, así de cerca.

O a lo mejor es solo mi perpetua desesperación, esa que siento en el pecho y que me dice que me acerque más a él... Puede que sea eso lo que se adueña de mí y me lleva a decir:

—Deja que lo haga yo.

Abre la boca antes de volver a cerrarla, despacio, como si supiera que debería rechazar mi oferta. ¿Qué he hecho yo, aparte de infligirle dolor y sufrimiento una y otra vez? ¿Por qué debería merecer tocarlo de manera tan vulnerable?

Bennett asiente.

Continúo andando, lentamente, y él se echa hacia atrás para sentarse mejor en la cama, con los brazos en la espalda para apoyarse.

Me siento a su lado encima de ese blando colchón y me acomodo sobre las rodillas, a la izquierda de sus despatarradas piernas.

Esta posición resulta casi demasiado íntima.

—¿Puedo...?

Dejo la pregunta a medias, suspendida en el aire.

—Puedes hacerme lo que quieras, P.

Tengo que contener el sonido que intenta escapárseme de los labios y reúno toda mi valentía para colocarle las manos a lo largo del sólido músculo de su muslo. Ejerzo presión y desvío la mirada del bulto de su entrepierna, visible bajo los shorts deportivos que lleva puestos.

Bennett hace una mueca y yo aparto las manos mientras me disculpo.

—No pasa nada —dice con una sonrisa perezosa—. No me importa sufrir un poco si el dolor me lo provocas tú.

El peso de sus palabras me lleva a hacer una mueca. Debería ser puro tonteo, pero el sentimiento que conlleva esta frase resulta más intenso.

Aun así, Bennett vuelve a cogerme las manos y separa más las piernas hasta dejar el muslo que se ha lesionado pegado al mío.

Vuelve a posar nuestras manos en la parte alta de su muslo y se sube los pantalones de forma casi obscena para seguir.

Nos envuelve el silencio y lo único que se oye es la sutil música ya familiar de su playlist sonando a través del teléfono.

Ben Howard y Bon Iver, con el rasgueo de las guitarras, le dan un toque romántico y doloroso a partes iguales a esta situación.

En cuanto Bennett se hunde un poco más en el colchón, se me escapa un gemido. Me sonrojo, pero continúo y uso más mi cuerpo para seguir ejerciéndole presión.

Mientras exhalamos, me doy cuenta de que estoy medio montándolo, cernida sobre él; se me ha soltado casi toda la coleta y el pelo me cae por todas partes mientras miro a Bennett.

Él también me está mirando. Alarga la mano para colocarme unos cuantos mechones detrás de la oreja y la deja ahí.

Sé que quiere volver a tocarlo, que siempre ha tenido cierta obsesión con mi pelo.

Debería apartarme. Tendría que quitarle las manos de encima y excusarme para darme una ducha bien fría e irme a la cama, aunque no consiga descansar.

En lugar de eso, en vez de apoyarme en la cama, apoyo una mano en su pecho y levanto el otro brazo. Mi mano choca con su bulto, ese que tenemos entre los dos y que ambos estamos ignorando.

—P. —exhala con los ojos entrecerrados y un tono dulce en la voz—. Por favor...

El corazón me late desbocado y se me acelera hasta adoptar un ritmo que sé que no puedo permitirme, por más que me muera de ganas.

Antes de que me dé tiempo a pensarlo dos veces, se la agarro por encima de los pantalones. Bennett respira hondo, de golpe, se le tensan los músculos del abdomen y cierra los ojos con fuerza.

—¿Te parece... bien? —pregunto en un susurro, con miedo de arruinar el momento.

Bennett asiente con la cara medio hundida en el lateral de mi cuello mientras me acerco más y más a su cuerpo.

Le hundo la mano despacio por debajo de los shorts deportivos y me encuentro con que no lleva ropa interior que me impida agarrarle su grueso y pesado miembro con los dedos.

Tiene la piel suave y cálida, pero su pene es como de acero cuando se lo agarro con más fuerza, prestando suma atención a cada una de sus inhalaciones.

Aunque seguramente conozca mejor su cuerpo que el mío. Desde siempre.

Me pasa las manos por la cintura y me envuelve cual escudo protector.

—Te necesito —exhala, y su aliento me roza la piel. Me da un delicado beso debajo de la oreja y se oye un gemido más largo—. Por favor, por favor... Necesito tenerte entre mis brazos.

—Ya me tienes —respondo en lo que parece casi un gemido mientras aprieto los muslos con fuerza y me meneo un poco, como si así pudiese aliviar la presión.

Bennett se baja los pantalones, tensándolos sobre la enorme envergadura de sus muslos. Veo la zona enrojecida donde se ha puesto hielo y que yo le he masajeado.

Se humedece la mano antes de agarrar parte de su propio miembro y parte de mi mano, moviendo tanto su palma como la mía por su húmeda y venosa piel. Le paso el muslo por encima de la cadera y me froto un poco con su cuerpo a la vez que pongo los ojos en blanco.

—¿Lo sientes, amor? —me susurra—. Dime que me necesitas otra vez, P.

Esta embriagadora mezcla de vulnerabilidad y dominio es demasiado; al asentir, le doy con la frente en la sien.

—Por favor —le pido.

—Ven aquí —dice Bennett, colocándome del todo encima de él para que quede sentada sobre su muslo izquierdo mientras él sigue tocándose, guiando mi mano con la suya—. Úsame, Paloma.

Su orden es simple, una que ya ha pronunciado en otras ocasiones, justo igual que ahora, dejando que mi cuerpo se mueva de la misma forma en que lo hace cuando estoy bajo el agua, meciéndome y meneándome con deleite contra los sólidos músculos de su pierna.

Cuando algo tiene que ver con Bennett Reiner, tengo la sensibilidad a flor de piel.

Estoy a punto de correrme incluso antes de que pueda inhalar su cálido y limpio aroma a madera.

Le hundo la cara en el cuello mientras suelto un gemido desgarrado. A él se le escapa algo parecido a un gruñido y empieza a mover más las piernas, de modo que a mí se me mece aún más el cuerpo con cada movimiento.

—Mira —dice Bennett entre dientes a la vez que levanta la mano y me agarra por la coleta.

Me coge el pelo sin tirar de él, solo agarrándome para mantener esa sensación de control sobre mí.

Clavo la vista en el ápice de sus muslos y gimo al ver y oír su orgasmo, que incita al mío, y los dos gritamos casi demasiado fuerte.

Al terminar, siento el bochornoso escozor de las lágrimas mientras regreso al presente. Me cede el cuerpo. Intento contenerme. Pero no lo consigo porque Bennett me pasa una mano por el pelo para tranquilizarme en silencio y acercarme más a él, si es que es posible.

—Shhh. No pasa nada, Paloma. Estoy aquí.

Las lágrimas empiezan a brotarme enseguida, pero logro contener los sollozos que amenazan con escapárseme entre los labios y noto que me duelen los dedos mientras me abrazo a él con más fuerza.

Bennett me lleva en brazos a la ducha, me lava el pelo y me lo cepilla como ha hecho ya miles de veces antes. Mis lágrimas parecen no tener fin, pero él no dice nada y yo a duras penas puedo mirarlo.

Me deja una sudadera suya muy gastada para que me la ponga; tiene la manga mordidísima, cortesía de mis labios, lo sé. La prenda en cuestión huele a él y me cubre entera.

Y luego volvemos a tumbarnos sobre las sábanas de esta cama de hotel. Bennett me besa los dedos y susurra:

—«Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene unas manos tan pequeñas». —Me envuelve con sus brazos, tumbándome sobre su pecho mientras recita sus versos favoritos, E. E. Cummings y Pablo Neruda, contra mi acalorada piel—. «Tu boca, tu voz, tu pelo».

Siento una punzada en el pecho mientras lo miro en silencio.

—Deberías quedarte —me dice pasándome las manos por mi húmedo pelo—. Solo esta noche. Ya te irás por la mañana.

—Bennett... —empiezo a decir, titubeante, aunque con un tono que, en cierto modo, suena demasiado alto en esta silenciosa habitación.

Ríe por la nariz y, acto seguido, añade:

—No pasa nada, P. No cambiará nada, ya lo sé.

Espero a que se haya quedado dormido antes de marcharme de su habitación y me siento peor que de costumbre al abandonarlo sin decir nada.