29. Bennet
Bennet
PRESENTE
No me entusiasma volar, aunque hacerlo con el equipo no está tan mal. Tal vez porque ya está todo organizado; solo tengo que presentarme y, en cuanto me siento, teniéndolo todo bien ordenado tanto en mi asiento como alrededor, la ansiedad que me generan otras cosas se disipa.
Sin embargo, hoy estoy más tranquilo que de costumbre. Y todo se reduce a la chica rubia que camina por el pasillo hacia mí.
Se me dibuja una inevitable sonrisa, por más que ella tenga su bonito ceño fruncido.
Me quito los cascos para dejármelos alrededor del cuello y me atrevo a alargar la mano para tocarle el brazo y llamar su atención. Paloma no se sobresalta; simplemente, inhala con fuerza. ¿Sabe que está inclinándose hacia mí, como si quisiera estar más cerca?
«No le des más importancia de la que tiene».
Cuando algo tiene que ver con Paloma Blake, me resulta imposible no albergar esperanzas. Así que dejo de intentarlo.
—Hola, P.
Sus ojos marrones parecen un poco más claros bajo las luces fluorescentes del avión. Lleva una sudadera puesta y la mochila colgándole de un hombro.
—Hey, Bennett —me saluda en voz baja y con un tono dulce.
Me muerdo el labio y miro a mi alrededor.
—¿Ya tienes dónde sentarte?
A tomar por culo mi rutina habitual. Me da igual perder si Paloma se sienta conmigo.
Se le relaja la expresión y esboza una sutil sonrisa.
—Sí. Me siento con Lily.
Señala detrás de ella con la cabeza, donde Lily camina a trompicones por el pasillo con el entrenador LaBlanc pisándole los talones.
Se abre un pesado silencio entre nosotros.
—Bueno, pues... Me voy a... —Señala hacia delante con la cabeza, hacia el final del avión—. Nos vemos en el partido, Bennett.
—Claro. Nos vemos, P.
Vuelvo a ponerme los cascos justo a tiempo para medio ahogar el ruido de mis compañeros, que van lanzándole piropos y tonteando con ella mientras Paloma sigue andando hasta encontrar un asiento.
—¡Reiner! ¡Reiner!
Cierro los ojos y me preparo para lo inevitable, que es que sigan insultándome con sus espantosos gritos.
—¡Eres malísimo! ¡Siempre la cagas! ¡Siempre la cagas! ¡Siempre la cagas!
Pero ya he jugado contra este equipo de Míchigan antes, en esta misma pista. Estoy acostumbrado. Estoy habituado a este tipo de insultos en general. No me molestan ni me distraen. Aunque veo, incluso desde aquí, que Paloma está de los nervios y furiosa. Sonrío.
La tensión ha sido palpable durante todo el partido porque el marcador estaba equilibrado. Rhys, Freddy y Toren han conseguido marcar, pero yo he dejado que me metieran dos goles; así que, ahora que ya estamos casi al final del segundo tiempo, el resultado sigue demasiado igualado.
Los delanteros de los Mt. Hart vienen a toda pastilla hacia mi portería, y Toren y Holden están haciéndolo lo mejor que pueden mientras Rhys intenta robar el puck : uno de sus muchos talentos.
Consigue pescarlo de entre las piernas de uno de los delanteros y se lo pasa a Holden, que está en una esquina.
Atento como el que más, me mantengo firme al lado del poste izquierdo de la portería y con la pierna estirada hacia la derecha, por si tengo que deslizarme hacia el otro lado.
Holden falla al pasar el puck ; lo roba otro altísimo jugador de los Mt.
Hart que acaba de aparecer a toda leche tras el cambio.
Avanza demasiado rápido. Intenta tirar a portería y yo trato de detener su disparo; me pongo en posición de mariposa, antes de caerme hacia atrás porque el jugador en cuestión choca de lleno contra mí.
Se me escapa un quejido sordo de los labios ante la desgarradora sensación que noto en la parte interna del muslo. «Mierda, mierda, mierda».
La portería ha acabado estampada contra las vallas y yo estoy en el suelo. Levanto las manos para cubrirme la cabeza, porque me ha saltado el casco.
Primero, solo oigo gritos (de Rhys, seguro), antes de que mi mejor amigo aparezca a mi lado y se suba la rejilla del casco de inmediato. Parece aterrado.
—Hostia, Ben. ¿Todo en orden?
Asiento, pero suelto un gruñido.
—Joder... Creo que me he desgarrado algo. O igual es una distensión inguinal. No lo sé.
Al menos, tengo la misma voz de siempre. Rhys asiente, se gira y llama a alguien.
Levanto la cabeza y miro hacia donde se encuentran Holden y Toren, que están peleándose con los del otro equipo.
Kane está arremetiendo contra el tío que se ha estampado contra mí; ha tirado los guantes al suelo, tiene la mitad del pelo empapado y la otra mitad le cubre la cara, y sigue con una mueca en el rostro.
Por un segundo, me resulta extraño. He presenciado la violencia de Toren Kane de cerca, de primera mano; he revivido mentalmente miles de veces la pesadilla que fue verlo arremeter contra Rhys.
Pero nunca lo había visto así, defendiéndome a mí.
Holden va soltando insultos mientras se enfrenta a otro jugador de Mt. Hart. Se han quitado los cascos y están agarrándose el jersey mutuamente. Los árbitros intentan separarlos a todos, pero es un caos. Sé que a continuación vendrán faltas y expulsiones, aunque a lo mejor será para ambas partes.
—Eh, Ben —me llama Rhys—. Han llamado a los asistentes médicos para que te vean. ¿Te ayudo a salir?
Asiento y dejo que me ayuden a levantarme para aliviar un poco la presión que noto en la ingle con solo encontrar el equilibrio.
Rhys me pasa una mano por la espalda y me agarra por la protección pectoral por si resbalo; acto seguido, patinamos todos juntos, despacio, para salir.
La pista entera me aplaude con ganas, tal y como suele suceder cuando se lesiona algún jugador.
Cruzo la pista como puedo, a pesar del dolor, respirando con pesadez y con la cabeza gacha.
—Joder, vamos a sacarte de aquí —dice el entrenador Harris cuando llego al banquillo antes de darle una palmada en la espalda a Connor Mercer y enviarlo a la portería para que vaya calentando—. Que te echen un vistazo. Y luego vuelve al hotel y haz el puto favor de descansar, Reiner. ¿Entendido?
Sonrío ante esa muestra de afecto tan poco habitual en él.
—Entendido, señor.