Unbound (The Undone 3) 28. Bennet
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28. Bennet

Bennet

PASADO: PRIMERO DE CARRERA

OCTUbrE

Paloma ha dormido toda la noche cogida de mi mano.

Al día siguiente, juego mejor que nunca.

He dejado la portería a cero. No soy tan naíf como para no saber que estas dos cosas van de la mano.

Como también soy consciente de que Paloma ha visto el partido desde las gradas medio vacías y con mi sudadera puesta.

Nadie se ha enterado. Nadie ha reparado en ella siquiera.

Menos yo. Su dulce sonrisa a modo de aprobación y las ganas con las que me animaba deberían bastarme para toda la vida.

Podría vivir solo de la absoluta paz que me da esta chica.

Mi mejor amigo ha conseguido marcarse un triplete incluso en la segunda línea, aunque hoy el entrenador Harris lo ha dejado jugar más que de costumbre. Rhys siempre ha sido una de las estrellas del equipo y yo siempre he podido verlo brillar de cerca.

Así que me resulta fácil sonreír cuando estamos al final de la fila y choca el casco con el mío mientras grita, por encima de los alegres alaridos de nuestros compañeros:

—¡Lo hemos conseguido, Ben! ¡Vamos, hostia!

Cuando me abraza, le doy una palmada en la espalda y unos golpecitos en el muslo con el stick y respondo:

—Lo has hecho todo tú, Rhys.

La celebración continúa en los vestuarios, donde el entrenador Harris le da a Rhys nuestro codiciado trofeo: un nudo hecho con cuerdas de las porterías de los partidos que hemos ganado.

Cuando da su jovial discurso, también me menciona a mí.

Veo que incluso los chicos mayores que hay a su alrededor sonríen y lo miran como si ya fuese su capitán.

El brillo que emana de la bondad, el talento y el corazón de Rhys inunda el vestuario.

Me alegro un montón de que hayamos ganado, pero, sobre todo, me alivia que no hayamos perdido por mi culpa. Lo que siento no es tanto ilusión, sino que por fin desaparece el peso que cargaba a mis espaldas.

Una parte de mí siempre amará el hockey. Soy bueno. Se me da bien y la necesidad que tengo por mantener unas rutinas encaja con la estructura de este deporte. Lo único que pasa es que carezco de la motivación y el deseo del resto. El hockey no es mi pasión.

Pero sí es la de Rhys. Y quiero muchísimo a mi mejor amigo.

El entrenador Harris me coge por el hombro mientras me subo al bus.

—Rhys me ha contado lo de tus rutinas y... lo siento, Reiner —me dice.

No me sorprende. Rhys siempre me ha defendido y entendido. Anna se lo contó por mí cuando éramos pequeños y él nunca me ha fallado. Siempre puedo confiar en Rhys.

—Me aseguraré de que la próxima vez compartas habitación con Koteskiy. —Exhala un poco antes de bajar la voz y añadir—: Cualquier cosa que necesites, pídemelo, ¿de acuerdo? Quiero verte brillar. Y, siempre que esté en mis manos, haré lo que sea con tal de ayudarte a conseguirlo. Lo sabes, ¿verdad?

—Sí —respondo.

Trago saliva para deshacerme del nudo que noto en la garganta. Suena casi igual que mi padre. Tanto que, en cuanto me siento en el bus, le mando un mensaje.

Comemos mañana?

Va todo bien? Quieres que te llame?

Todo bien. No. Solo quiero hablar

Tras un largo minuto, aparecen unos puntitos que indican que mi padre está escribiendo. Luego para. Después vuelve a escribir. Así una y otra vez. Hasta que, al final, envía:

De acuerdo. Mañana en casa. Puedes cocinar tú

Se me dibuja una sonrisa. Acepto enseguida antes de intentar dormir lo que queda de trayecto hasta llegar a casa.

El pelo de Paloma centellea tanto que adopta casi un fuerte color dorado bajo las luces del aparcamiento que hay en la entrada trasera del complejo deportivo de Waterfell.

Está llevando varias bolsas de equipación con el chico con el que suele trabajar; no recuerdo cómo se llama, pero sé que a ella no le cae bien.

Y este debe de ser el motivo por el cual los sigo con mi propia bolsa, en lugar de llevármela a casa a escondidas y lavarlo todo por mi cuenta.

Lo hacen todo los dos solos y trabajan en silencio hasta que el tío ese con pintas de ligón repasa a Paloma con la mirada, justo cuando ella se agacha encima de una de las bolsas.

—Por Dios, Blake. —Se ríe, se cruza de brazos y se acerca demasiado a ella—. Te juro que nunca he visto a nadie que tenga mejor...

Carraspeo, entro y, al pasar, empujo al chaval con el cuerpo para alejarlo de ella. Despacio, apoyo la mano en la lumbar de Paloma, pero ella se sobresalta por igual.

—Soy yo, P. —le digo para intentar tranquilizarla.

Paloma se yergue, gira la cara y clava los ojos en los míos mientras se acomoda despacio contra mi cuerpo. Vuelvo a mirar al tipo en cuestión mientras la abrazo; sigue tensa, pero no se separa de mí.

—Hola, Bennett —susurra.

—Me quedo contigo hasta que termines, ¿vale?

Abre los ojos, que le centellean un poco y se llenan de ilusión mientras asiente.

—Sí. Eh... Jeremy, oye —le dice al otro chico—, si quieres irte, ya termino con Bennett.

—Pero se supone que tengo que...

—Yo me ocupo —respondo en un tono al más puro estilo Adam Reiner, sin dejar lugar a discusiones.

Al oírme, el chico se queja un poco por lo bajo, pero se marcha.

Paloma se separa de mí en el acto y mi cuerpo se lamenta ante la pérdida. Ella se echa el pelo detrás de los hombros y clava la vista en el suelo con el ceño fruncido.

—No tenías por qué hacer eso.

Se me cierra la garganta, pero me mantengo firme y contesto:

—Ya lo sé.

—En serio. —Se cruza de brazos—. No necesito que... —Paloma hace un gesto con la mano—. Que me salves a todas horas. Puedo cuidarme yo solita.

—Ya sé que puedes.

Es verdad. Pero la sensación que sentí anoche cuando se relajó, dócil, en mis brazos, todavía me persigue. Y me da fuerzas. Noto que la obsesión se va abriendo paso en mi interior sin que pueda hacer nada por detenerla o mitigarla.

Sin decir una palabra, Paloma se aleja de mí y sigue trabajando. Por mi parte, recojo mi bolsa y empiezo a limpiar mi equipación.

—¿Por qué te...? —empieza a decir Paloma antes de morderse el labio y apartarme la mirada—. No te juzgo. Es solo curiosidad. ¿Por qué te gusta limpiar la equipación y ordenarlo todo de una forma tan específica?

Sé que no me está juzgando, porque nunca me había preguntado el porqué. Siempre lo ha hecho tal y como yo le pedí que lo hiciera, porque sabe que así me siento mejor, más cómodo.

—Es... Necesito que esté así, y ya. Es...

—Como... ¿TOC? —pregunta con la vista puesta al frente.

Se me cierra la garganta y noto que me suda la nuca. No me sorprende que lo haya pillado. Últimamente, la gente tacha cualquier cosa de TOC.

—Sí. —Tras una larga pausa, añado—: Pero no en plan... No es como la gente piensa.

Ahora, Paloma sí me mira.

—No estaba pensando nada, Bennett. ¿Quieres hablarme del tema?

No. No quiero. Pero está mirándome con los ojos tan abiertos y una postura tan relajada que me llama, y es algo imposible de ignorar.

—No es por una cuestión de pulcritud. No me lavo las manos ocho veces ni me pongo a abrir y cerrar la puerta con llave constantemente. Es... es por una cuestión de orden. Necesito tenerlo todo de cierta forma.

—¿Como te pasa con la equipación?

Asiento.

—¿Y... lo del tacto? —Se muerde el labio, aparta la mirada y se abraza a sí misma—. Si estoy siendo invasiva, lo siento. Es solo que... Después de lo de anoche... No quiero presionarte ni complicar las cosas.

Siento que el corazón me da un vuelco.

—No. Es... Me... Eso es distinto. —Sacudo la cabeza y clavo la vista en la pared, apartándosela a propósito—. Soy autista. A ver, cuando me diagnosticaron, todavía lo llamaban Asperger, pero... En fin... Yo no... Tampoco es para tanto y no es como si fuese... que sea distinto o algo así.

Me he frustrado y me he puesto a la defensiva. Y lo odio.

Agacho la cabeza y empiezo a respirar con pesadez.

—Bueno, a ver, sí lo soy. Pero esto tú ya lo sabías.

— Tengo algo raro .

— No —dice mi padre, agachándose. Se arrodilla en el suelo y apoya las manos en los reposabrazos de mi silla, como si fuesen paredes—. No tienes nada raro, Bennett .

— Mamá se ha molestado .

Intento mirar detrás de mi padre, hacia donde está ella. Todavía la oigo llorar tan discretamente como puede. Me siento como si alguien me estuviese rajando la piel a cuchillazos. Levanto las manos y vuelvo a taparme los oídos .

Papá levanta poco a poco los brazos para cogérmelas y apartármelas .

— Céntrate en mí. Esto es importante. —Me agarra las palmas con fuerza y habla un poco más alto—. Eres perfecto. No tienes nada raro. Solo necesitas hacer las cosas de otra manera, ¿sí? Y vamos a encontrar la forma de hacerlo; tú y yo juntos. ¿Vale?

— Vale .

Carraspeo sin desviar la vista hacia Paloma. La vergüenza y la humillación se apoderan de mí y me carcomen por dentro.

—Vaya, que... a veces puede que me cuesten las cosas. Se supone que Siete está para ayudarme a relajarme... y todo eso.

—¿Y te ayuda? —se interesa ella, preguntándolo lo bastante alto como para que sepa que me está mirando, a pesar de que yo tenga la vista puesta en otra parte.

—A veces.

—Y... ¿puedo hacer algo yo? ¿Para ayudar?

Es una pregunta tierna que me sienta como una caricia. Igual que cuando pasé los dedos por su suave y húmedo pelo. El nudo que noto en la garganta no es como los que había notado hasta ahora. Es como si me hubiese tragado una piedra y no pudiese hablar; ni respirar, siquiera.

Me giro hacia ella.

Paloma continúa mirándome. Ya me he acostumbrado a notar su vista puesta en mí, y me sorprende el confort y la calidez que me aporta su mirada. Aun así, sigo sin estar preparado para el impacto que me supone ver sus cálidos ojos marrones repletos de preocupación y cuidado hacia mí.

—Lo haces casi todo bien.

Parece que mi respuesta la irrita.

—¿No puedes decírmelo y ya? ¿Cómo quieres que sepa que estoy haciendo algo mal si no me lo dices?

—Me gusta saber cuándo piensas tocarme —le digo. Ya hemos hablado de esto, pero creo que es más seguro empezar por aquí—. Y no... A veces me cuesta descifrar tu expresión. Puede que tengas que decirme cómo te sientes, porque no siempre sabré adivinarlo.

—Vale. Eso puedo hacerlo. ¿Qué más?

—Las aglomeraciones. Los ruidos fuertes.

—Pero en hockey...

—Eso no me molesta. A lo mejor porque crecí en este ambiente y ya estoy acostumbrado. O a lo mejor porque tengo algo más en lo que centrar mi atención mientras juego.

Asiente como si tuviese todo el sentido del mundo para ella.

—A ver... El sarcasmo también puede costarme.

La poesía me resulta algo fácil. Reconozco las expresiones, el lenguaje figurado, todo lo que no es literal.

Ahora bien: hablar con gente y entablar conversaciones ya me cuesta más.

No siempre sé seguirlas; sobre todo, si la conversación en cuestión va demasiado deprisa.

Hablar en los vestuarios, la jerga del hockey.

.. Todo eso tuve que practicarlo meticulosamente para poder entenderlo.

E incluso ahora, que ya lo entiendo, nunca participo. Solo escucho.

—¿Algo más?

Me viene una imagen a la cabeza de cuando tenía dieciséis años y sufrí una crisis en la cocina de mis padres.

Abrí los ojos como platos y noté que me dolía todo el cuerpo, y ahí me di cuenta de que me había desmayado.

Mi madre tenía la cara empapada en lágrimas y su lenguaje corporal era distante.

Mi padre estaba abrazándome con fuerza, contra su pecho; sus ojos, azules, enrojecidos.

No recuerdo por qué sucedió, pero sí que me acuerdo de lo que conllevó.

Sin embargo, el simple hecho de imaginarme contándole a Paloma que puede que me dé una crisis a saber por qué y hablarle de cómo cuido mis emociones para evitarlo hace que esa sensación extremadamente incómoda e incandescente vuelva a adueñarse de mí.

—No —respondo con tono monocorde.

Me callo.

Ella asiente antes de seguir con la colada. Como si aquí no hubiese pasado nada. Como si todo fuera normal.

Con ella, tal vez podría serlo.