27. Paloma
Paloma
PASADO: PRIMERO DE CARRERA
OCTUbrE
La embriaguez que supone estar en los brazos de Bennett Reiner al despertarme de una pesadilla es tal que no oigo lo que me acaba de decir.
—¿Qué? —le pregunto con la voz rasposa, aunque esta vez se debe más al sueño que a los gritos.
—Tengo una idea. —Sonríe a pesar de haber tenido que repetirlo, pero creo que lo hace más para tranquilizarme que porque esté realmente feliz—. Quiero llevarte a un sitio. ¿Has traído bañador?
Asiento mientras trato de sofocar mi repentina desesperación. Siempre tengo un bañador a mano; lo guardo en la mochila, por si acaso. Bennett coge una toalla y deja que me cambie en el baño.
Cuando ya me he puesto la ajustada prenda de color teja, me muerdo el labio, me miro en el espejo y me recojo el pelo en una trenza.
Por lo general, no suelo mirarme demasiado en el espejo; prefiero no centrarme en esos rasgos que tan parecidos siguen siendo a los de mi madre, por más que haya intentado cambiarlos.
Me teñí el pelo, cosa que ayudó bastante, pero es imposible deshacerme de ella; está en la anchura de mis caderas o en mis altos y redondos pómulos.
Es imposible separar mis grandes ojos marrones de gacela de los suyos o la forma en la que arrugo mis carnosos labios.
Me resulta imposible deshacerme de la generosidad de mis pechos, por más que me haya pasado años intentando esconderlos.
« ¿Con estas pintas? ¿Qué esperabas, Polly? ».
Me siento un poco incómoda y me encojo, como si así pudiese disimular los evidentes y abundantes rasgos de mi propio cuerpo, que he acabado odiando. Cuando puedo, me visto como me visto para camuflarlos.
A los doce años, aterrada, me di cuenta de que quienes cuchicheaban a mis espaldas no eran solo mis compañeros de clase. Oí ciertos comentarios de adultos, tanto condescendientes como compasivos. O terriblemente inapropiados. Así que aprendí a esconderme.
Temo dejar mi cuerpo a la vista con el bañador de natación puesto y me siento estúpida por ello. Confío todo lo que puedo en Bennett, más que en cualquier otra persona, pero esto me resulta intimidante.
Tomo unas cuantas bocanadas de aire y vuelvo a ponerme mi camiseta oversized antes de salir del baño.
Le cojo la mano y, a pesar de que Bennett no me la haya tendido primero, me la agarra con fuerza.
La piscina está cerrada, definitivamente. Aun así, Bennett nos cuela sin problema, con una confianza que nada tiene que ver con mi sutil incerteza.
—¿Te meterás... conmigo?
Niega con la cabeza y deja la toalla en uno de los asientos del banco.
—No, pero me quedaré aquí sentado, a tu lado. He pensado que tal vez esto te ayudaría a relajarte. A lo mejor así consigues dormir mejor.
Sé que lleva razón, así que asiento. Acto seguido, me doy la vuelta, me alejo de él, me quito la camiseta y me siento en el borde antes de hundirme en el agua, que está templada.
Vuelvo a salir a la superficie de inmediato; miro a Bennett y me muevo un poco por el espacio. Él se quita las chanclas y encuentra un sitio donde sentarse en medio de la piscina antes de meter los pies. Se agarra al borde con la sudadera de Waterfell un poco arremangada.
Nado y él me mira.
Mis pesadillas siempre han sido de lo peor.
Y los sueños no es que sean mucho mejores.
Son extremadamente viscerales e incluso me persiguen al cabo de horas de haberme despertado.
Pero esto me aporta una sensación distinta.
El hecho de saber que Bennett estaba vigilándome me da cierta paz; una que no suelo experimentar y, mucho menos, reconocer.
Y lo que es más: toda esta odisea no parece haberlo asustado.
El agua alivia mi acalorada piel y distorsiona un poco lo que hay fuera, pero Bennett sigue siendo guapísimo. El corazón me late desbocado, como si quisiera llegar a él.
Sigo esa llamada al igual que un marinero seguiría la de una sirena y nado por las plácidas aguas de la piscina hasta que saco la cabeza para coger aire justo al lado de sus piernas.
Me está observando, como siempre, con el confort que me aporta la fija mirada de sus ojos azules mientras sigue todos y cada uno de los movimientos de mis brazos.
Me coloco al lado de sus manos y me doy impulso para levantarme más y más hacia él.
De mi bañador caen unas gotas de agua que le manchan los pantalones cortos y la sudadera, como si de lluvia se tratase.
Respiro agitadamente antes de plantar los labios sobre los de Bennett, sujetándome con fuerza con los brazos.
Él agacha la cabeza para poder besarme y noto la suavidad de sus labios, que tiemblan al compás de mi acelerado corazón.
Bennett no deja de sujetarse al borde de la piscina en ningún momento.
No me atrevo a ir a por más y, a la que me ceden los brazos, me aparto y vuelvo a hundirme en el agua, a sus pies.
Bennett permanece con los ojos cerrados y la cabeza gacha un segundo, como si continuara saboreando el beso. Uno con sabor a cloro, a bálsamo labial de melocotón y a mí. Cuando vuelve a abrirlos, clava ese intenso azul en mí, pero ahora atisbo algo nuevo en su mirada.
«¿Me ves? ¿A mí, tal y como soy?».
Nunca nadie me ha visto de verdad.
Me viene una imagen a la cabeza. De Bennett, envolviéndome y abrazándome contra su pecho mientras me despertaba de la pesadilla. Desenredándome el pelo sin parar con unos sutiles movimientos que denotaban preocupación.
Quizá Bennett estaría bien. Quizá sería bueno conmigo. Quizá con él estaría a salvo.
—Ya puedo salir.
—Vale —responde.
Se lleva los dedos a los labios un segundo y titubea un poco antes de levantarse, volver a ponerse las chanclas y extender la toalla a su lado mientras yo me impulso y salgo de la piscina.
Bennett me envuelve con la toalla y me abraza más fuerte de lo que tal vez lo habría hecho antes. El gesto es posesivo y reconfortante.
Quiero quedarme así.
Cierro los ojos y me acurruco un poco contra él antes de que me suelte.
Alargo la mano para coger la suya. Bennett acepta.
Volvemos andando a los ascensores en silencio.
Se me pone la piel de gallina, pero no porque sienta frío.
Más bien siento... de todo menos eso. Siento alegría, miedo, ilusión y tanta plenitud que parezco una burbujeante botella de champán a punto de estallar.
Solo para que me invada de nuevo la más absoluta ansiedad en cuanto llegamos a mi habitación, tan oscura. Las expectativas y el miedo del pasado se mezclan con la magia y la ilusión de este momento. Incertidumbres que empiezan por «¿Querrá...?» mezcladas con las de «¿Me obligará a...?».
— No seas tonta —dice mi madre con desdén y con los ojos húmedos—. Los hombres solo nos quieren para una cosa .
— Yo no soy como tú —espeto .
Mi madre se ríe y responde :
— Dios, pero si podrías ser mi hermana gemela .
Bennett me suelta la mano. Me quedo de pie en la entrada mientras él se quita los zapatos y los deja al lado de la puerta.
—Voy a ducharme —suelto, y tropiezo de camino al baño, donde cierro de un portazo.
Lavarme el pelo me relaja, al igual que el agua caliente. Me lo tomo con calma y luego me pongo unos finos pantalones de pijama y otra camiseta oversized .
Salgo con timidez y clavando la vista en el punto de la cama donde se ha sentado Bennett, que tiene la espalda apoyada en el cabezal. Ya está sonrojado, y la forma en la que mueve las manos enseguida consigue calmar la ansiedad de la que no he podido deshacerme.
—¿Puedo cepillarte el pelo? —me pregunta.
No es lo que esperaba oír, pero asiento antes de darle demasiadas vueltas.
Las lágrimas se me amontonan en los ojos de inmediato. Vuelvo al baño y rebusco en el neceser hasta encontrar mi querido cepillo de cerdas de jabalí. Su ofrecimiento me resulta tan tierno... Nadie, ni siquiera mi madre cuando tenía un buen día, me había sugerido algo parecido.
Consigo tragármelo todo y contener la desesperación que siento por que alguien me cuide de ese modo. Cabizbaja y con los ojos llenos de lágrimas, camino hacia Bennett.
Él pone en el móvil «Beach Baby», de Bon Iver, y me espera. Gateo por encima de las sábanas de esta cama de hotel, me siento entre sus piernas medio abiertas y le paso el cepillo.
—Nunca nadie... —dejo la frase a medias. Confesarle esto me resulta demasiado íntimo—. Es... Los tirones no me duelen. No hace falta que vayas con cuidado.
—Lo haré con delicadeza, P.
Al oír sus palabras, me entra un escalofrío.
Su voz es profunda y su presencia se me antoja como un sólido muro a mis espaldas.
Me cepilla el pelo despacio, con cuidado de no pegarme ningún tirón.
Canturrea en voz baja y con ternura al son de la música.
Esta combinación en sí me lleva a cerrar los ojos y me hundo un poquito entre sus cálidos brazos.
Sé cómo manejar a un Bennett nervioso y tímido. Sé cómo manejarlo cuando soy yo quien lo cuida a él. Pero este Bennett... Es sobrecogedor. Es tierno, cuidadoso y dominante. Y me mima.
Consigue acallar mi ruido mental, cosa que agradezco. Pero también hace que me sienta pequeña y vulnerable, y eso ya me cuesta más.
Pierdo la noción del tiempo y de lo único que me doy cuenta es de que ha dejado el cepillo y ha comenzado a pasarme los dedos por el pelo para masajearme el cuero cabelludo y recogerme la melena en una trenza suelta.
—¿Te quedarás conmigo? —le pregunto con los ojos cerrados.
Me da un firme beso en el pelo y exhala enseguida, como si no hubiese querido hacerlo.
—Siempre —responde.
Me quedo profundamente dormida. No sueño con nada y, cuando me despierto, veo que me está cogiendo la mano.