26. Bennet #2
—Sí. —Se sonroja y se tumba de lado para mirarme con una mano escondida bajo la almohada.
Tiene el pelo largo y enmarañado, y le atisbo un brillo más claro que su habitual tono marrón, algo más oscuro.
Por un segundo, me pregunto si se lo habrá teñido—.
Es un deporte muy rápido y vibrante. Siempre me ha gustado.
—¿Jugabas?
Niega con la cabeza.
—En realidad, nunca he patinado, pero me gusta verlo. Quiero... —Guarda silencio, traga saliva y cierra los ojos—. Quiero trabajar en un equipo. No ocupándome de la equipación, sino como asistente del entrenador o algo así. Es una estupidez, pero...
—Para nada. —Me llevo la mano al pelo, enredándome un poco los rizos antes de desenredármelos de nuevo con los dedos—. Creo que es genial, P. Lo harías de maravilla.
Se le dibuja una sutil sonrisa de medio lado y asiente.
—¿Y la natación? —le pregunto, desesperado en muchos sentidos por saber más de ella.
—Es... Sí. Es importante para mí. —Me estudia con la mirada con esa expresión tan suya que me reconforta más que me altera—. ¿Y a ti? ¿El hockey es tu pasión?
—Oh... —Guardo silencio. Nadie me lo había preguntado nunca.
Seguramente porque soy el hijo de Adam Reiner y llevo toda la vida jugando al hockey—.
Pues... A ver, mi padre jugó en la NHL hasta que se lesionó.
Su mejor amigo también. Y luego me metió a clases de patinaje; cuando tuve la edad suficiente, me apuntó a hockey. De niño, yo era grandullón y...
—No —dice escondiendo las manos bajo la cara y con los ojos soñolientos pero centelleantes—. ¿Tú? ¿Grande?
Me sonrojo y ella me pasea la mirada por todo el cuerpo con picardía.
Sé que no tengo el mismo aspecto que Rhys, Freddy o la mayoría de los chicos con quienes he jugado.
Siempre he sido el más alto, sí, pero también el más grande.
Musculado, por supuesto, porque hago trabajo físico con el equipo.
Estoy muy bien preparado y entrenado. Sin embargo, estoy menos fibrado que la mayoría de alas o centros, que están más esculpidos.
Puede que, en algún momento de mi vida, me hubiese sentido avergonzado. Sin embargo, Paloma me mira como si fuese imposible no enorgullecerse de esto.
—Sí. Aunque, a diferencia de los demás niños, yo no era muy agresivo con el puck . Pero me gustaba hacer de portero. Así que me quedé en esa posición.
—Una respuesta un poco evasiva... —musita, y se le van cerrando los ojos.
Lo que yo siento por el hockey es distinto a lo que sienten Rhys o mi padre; es algo que he sabido siempre. Seguí jugando porque me resultaba fácil. Se me da bien. Pero no es mi pasión. No quiero dedicarme a esto toda la vida.
Pero es que no sé cómo decírselo a nadie.
Aunque...
—No es mi pasión —reconozco envuelto por el silencio de la habitación y girando la cara hacia Paloma—. Solo juego porque se me da bien. Porque sí es la pasión de mi padre y, cuando juego, me siento más unido a él y a mis amigos. Pero para mí no...
—No es lo mismo que la poesía —termina por mí—. Esa es tu pasión.
Por un segundo, vuelvo a tener doce años y me da vergüenza pedirle a mi madre que me compre más libros de poesía porque ya me he terminado todos los que me compró papá la semana pasada.
Sé que la expresión del rostro de mi madre significa algo importante, pero soy incapaz de descifrar de qué se trata.
—Sí —digo en un suspiro, y el peso que llevo cargando desde casi siempre se disipa—. La poesía sí.
Me preocupaba que Paloma pensara que el poema que le di en la cita era demasiado intenso. En realidad, a Petrarca se lo conoce por dos cosas: por el estilo de sus sonetos y por haber escrito trescientos de ellos centrados en su deseo por una misma mujer.
«Ahora ya tiene un poco más de sentido», pienso mientras admiro el perfil de Paloma a la vez que ella se tumba bocarriba.
El ángulo de su mandíbula y el grosor de sus carnosos y aterciopelados labios.
Unos brillantes mechones dorados se asoman entre su castaña melena como nubes por un cielo despejado.
Tiene los ojos del mismo color oscuro que el chocolate o que la tierra fresca bajo un jardín florido.
—¿Me lees alguno?
—¿Ahora? —digo alargando la palabra—. Eh... Vale. Espera que encuentre...
—¿Te sabes alguno de memoria?
Me sé muchísimos de memoria. Pero esto parece importante. Preferiría tener horas para poder escoger mejor el poema más adecuado para ella y para este espacio que nos separa, pero los versos empiezan a brotarme solos de la boca.
Recito «Estrella brillante», de John Keats, como si nada, pronunciando cada palabra con fluidez, como si se tratara de una canción de cuna solo para Paloma.
Se va quedando dormida, comienza a respirar más profundamente y los movimientos de su pecho son cada vez más espaciados. No le quito los ojos de encima. No duermo.
Al cabo de una hora o dos, empieza a gemir un poco y a fruncir muchísimo el ceño. Aguardo con la esperanza de que tal vez se le pase y pueda seguir durmiendo.
Pero entonces grita con fuerza y aparta la almohada de un tirón.
Con el corazón en un puño y un nudo en la garganta, cruzo la habitación e intento despertarla.
La llamo en voz baja, tratando de no tocarla directamente.
Al principio, no reacciona; solo continúa gritando en silencio, suplicando con una angustia desconocida.
Me agarra los antebrazos y me clava las uñas en la piel.
—Paloma —la llamo un poco más fuerte de lo que pretendía, sacudiéndole el torso mientras me inclino sobre ella en un intento por evitar que se mueva con tanta fiereza porque se caerá de la cama.
Se despierta y abre los ojos como platos antes de soltar otro de esos sonidos aterrados; procurar alejarse de mí de inmediato. Con las prisas, se golpea la cabeza contra el cabezal.
—Mierda —suelto.
Retrocedo un poco y toco la mesita de noche que hay en medio de las camas para encender la lámpara. Dejo la mano suspendida en el aire y se me encoge el corazón al ver a Paloma debajo de mí, haciéndose una bola mientras unas pesadas lágrimas resbalan por sus sonrojadas mejillas.
—¿Bennett?
—Hey... —le digo con ternura y la voz relajada—. Soy yo. Estoy aquí. ¿Estás...?
Alargo el brazo hacia ella, pero Paloma retrocede, se aleja de mí y sale escopeteada hacia el baño antes de cerrar de un portazo.
Casi me entran ganas de vomitar.
Me levanto sin pensarlo dos veces y me acerco a la puerta del baño, como si fuera a llamar. Oigo el sonido amortiguado de unos sollozos ahogados al otro lado. El grifo permanece abierto un buen rato. Y, luego, silencio.
Paloma sale despacio y con la vista puesta en el suelo.
Me siento mal al estar frente a Paloma con mi imponente figura, viéndola a ella tan vulnerable. Quiero abrazarla, pero no sé cómo.
Tiene la cara empapada de lágrimas y agua que se habrá salpicado, y se le está mojando el cuello de la camiseta.
Está claramente consternada, aunque ahora parece más bien avergonzada.
Se le ha enredado la trenza y Paloma intenta deshacérsela agarrándosela y tirando con tanta fuerza que vuelven a brotarle más lágrimas.
—Ya lo pruebo yo —intento decirle con delicadeza.
Al igual que un niño al que acaban de echarle la bronca, hace pucheros y viene hacia mí.
Le enredo las manos en el pelo y le tiro con cuidado de la trenza para ir soltándole los mechones. Tiene el pelo suave y huele a ella: a enebro y a ropa recién lavada.
Le rozo la nuca con la yema del pulgar; apenas puede contener un escalofrío. Se recuesta todavía más en mí. Deja caer el cuerpo con más fuerza mientras yo, con un roce suave como el de una pluma, le paso las manos por los hombros y su esbelto cuello hasta llegarle a la nuca.
Paloma se relaja casi de inmediato y desaparece todo menos el hipo que acompañaba sus sollozos mientras ella vuelve a abrir los ojos, despacio.
—Lo sien...
—No —murmuro abrazándola con más fuerza. Como si así pudiese detener las olas de autodesprecio que prácticamente noto cómo la azotan—. No te disculpes. Está todo bien, Paloma. Tú solo respira.
Obedece como si nada, como si mis palabras hubieran bastado para tranquilizarla.