Unbound (The Undone 3) 26. Bennet
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26. Bennet

Bennet

PASADO: PRIMERO DE CARRERA

OCTUbrE

Disputamos los primeros partidos fuera de casa de la temporada, a unas cuatro horas en bus y haciendo noche en otra ciudad. Y yo me siento fatal.

Vamos a enfrentarnos dos veces seguidas a Vermont, cosa que solo ocurre cuando tenemos que jugar lejos de casa. Aun así, tengo una sensación extraña mientras meto mis cosas en el bus.

—¿Seguro que estás bien? —me pregunta Rhys, tirando su bolsa al lado de la mía desde la cola—. Te veo... más tenso de lo habitual. Puedes contármelo. Lo sabes, ¿no?

—Sí. —Trago saliva con fuerza—. Lo sé.

Rhys nunca me daría la espalda. Jamás haría nada para hacerme daño. Sin embargo, al pensar en su rechazo, me invade semejante miedo que no consigo encontrar una salida.

Mi mejor amigo me da un golpe en el hombro, sonriendo con ganas, hoyuelos incluidos.

—De acuerdo, Ben.

Por un segundo, me planteo abrirme con él; decirle que la ansiedad que siento responde a algo totalmente nuevo para mí: una chica. A lo mejor, podría ayudarme. Pero, entonces, el miedo que siento es distinto.

«Tanto él como ella son demasiado buenos para ti».

Ese pensamiento me impacta tanto que reafirmo la promesa que me he hecho a mí mismo: mantener a Rhys y a Paloma tan alejados el uno del otro como me sea posible.

Aunque, en caso de que Paloma haya decidido alejarse de mí por completo, igual no hará falta. No he hablado con ella desde ese día en el despacho del doctor Britton. No ha respondido a mis mensajes. Y, si pienso en eso demasiado, me pongo más nervioso y entro en un bucle de pensamientos negativos.

Subo dos de los peldaños del bus, me detengo y agradezco que Rhys esté lo suficientemente lejos de mí como para no oír el fuerte suspiro que se me escapa al verla.

Paloma Blake, con su melena castaña clara recogida en un alto moño deshecho y con algunos mechones sueltos que le envuelven la cara.

No para de enroscarse uno con el dedo. Tiene la vista clavada en el móvil, la punta de la lengua entre los labios y el ceño fruncido.

Ya le he visto esta expresión en otras ocasiones; está leyendo algo.

Un libro, seguramente. Aunque la idea de que tal vez esté leyendo un poema, estimulada por el que dejé en el táper, hace que se me encoja el corazón.

Está espectacularmente guapa, ahí sentada en la última fila. Al fondo también hay más personas sentadas y hablando, aunque no veo a ningún jugador. Y, aun así, parece que nadie haya reparado en ella. Se le da bien pasar desapercibida, pero es evidente que no lo hace intencionadamente.

Nadie repara en Paloma. No viene a los entrenos ni tampoco se pasa por los vestuarios, a excepción de cuando estamos los dos. Sin embargo, aquí, en el bus, es como si lo hubiese hecho a propósito. No te fijarás en Paloma a no ser que ella misma quiera.

Por un instante, me planteo acercarme y sentarme junto a ella.

Pero siempre me siento con Rhys. Es mi rutina, lo que me relaja cuando estamos hablando de hockey.

La miro un segundo más, memorizando la suave curva de su barbilla y ese profundo pozo de tristeza que esconden sus ojos marrones y que hace que se me encoja aún más el pecho. Me giro y tomo asiento al lado de mi mejor amigo.

Tengo la sensación de que mi mundo se está viniendo abajo. No duermo con Rhys porque el asistente del entrenador la ha pifiado al montar las habitaciones. Nunca había jugado tan mal hasta ahora: me han metido cinco goles, mientras que el otro portero ha conseguido dejar la portería a cero.

Paloma no ha aparecido en el vestuario para nuestra rutina pospartido, lo cual no debería de haberme importado, pero sí que me importa.

Tengo la ansiedad por las nubes. Me da la impresión de que se está yendo todo al traste; motivo por el cual, seguramente, ahora me encuentro en el hotel, plantado delante de la habitación de Paloma, con el pelo empapado y goteándome por la camiseta.

«No debería estar aquí. Estoy invadiendo su privacidad».

Por no hablar de que he hecho algo terrible y obsesivo al robar la hoja con la lista del reparto de habitaciones. Aun así, levanto la mano y llamo a la puerta.

Tarda un rato, pero al final abre muy sutilmente. Paloma asoma la cabeza, dubitativa, y abre los ojos como platos al verme.

—¿Bennett?

Lleva una camiseta holgada, pero va sin pantalones.

Tras echarle una ojeada rápida a sus largas y musculadas piernas, vuelvo a mirarla a los ojos.

Nunca le había visto tanta piel al descubierto.

Intento estudiarle el rostro para evitar que se me suban aún más los colores.

Parece un poco sonrojada y están empezando a formársele unas bolsas negras bajo los ojos.

—¿Estás bien? —suelto—. Pareces cansada.

Hace una mueca y me aparta la vista para clavarla en el suelo.

—A la gente no hay que decirle estas cosas... —comenta, aunque no lo hace con tono recriminatorio. La voz le suena cansada, lo cual no hace sino darme la razón—. Pero... Sí. Ya sé que tengo unas pintas terribles. Estoy cansada. He... he vuelto a tener pesadillas. O sea, que no duermo.

Parece que lo haya dicho casi por equivocación; sacude la cabeza, frotándose los ojos y dejándose caer contra el marco de la puerta.

Siento una punzada en el corazón. Es tan guapa y está tan triste... Quiero arreglar cualquier problema que pueda tener; aunque, desde un punto de vista lógico, sé que no puedo. «¿Será así cómo se siente mi padre conmigo?».

—¿Qué haces aquí, Bennett?

Ignoro el tono reticente de su voz y cambio el peso de un pie al otro.

—He jugado fatal —confieso—. Hemos perdido. Me... Por mi culpa. La he cagado pero bien y ahora... Qué sé yo.

—Eres el portero —susurra—. No me sorprende que asumas toda la responsabilidad. Pero estoy bastante convencida de que no tienes la culpa. ¿Cuánto habéis quedado?

—Cinco a cero.

Paloma sacude la cabeza.

—Es un trabajo de equipo, Bennett. No solo es cosa tuya.

Dejo que sus palabras me abracen y alivien un poco el peso de la culpa. Una parte de mí quiere confesarle que esta es una de las razones por las cuales nunca me ha apasionado el hockey como al resto; porque, cuando juego, siento una presión constante.

—No estabas.

Me aparta la vista, la baja de golpe y se agarra a la puerta con más fuerza. Por un segundo, me pregunto si me la cerrará en los morros.

—Ya, eh... Es que... No estaba muy bien —dice.

—Vaya... —Al ver que no añade nada, sigo hablando por impulso—. ¿He hecho algo mal? Es que... —Se me escapa un suspiro cargado de frustración—. No siempre sé ver lo que te pasa con solo mirarte. No sé si estás enfadada o molesta conmigo. Si he hecho algo mal o te he molestado, tienes que decírmelo.

—No has hecho nada mal, Bennett —responde con honestidad—. Te lo prometo. Es solo que... Como vuelvo a tener pesadillas, duermo mucho durante el día para compensar las horas de sueño que pierdo por las noches y necesito algo de tiempo para mí.

Asiento y me muerdo el labio para no seguir insistiendo.

—¿Qué te iría bien?

—¿Qué?

—Pues... ¿Puedo hacer algo para ayudarte? ¿Para que duermas?

Es invasivo, pero soy incapaz de contenerme. El núcleo obsesivo de mi ansiedad ha cambiado y ahora solo pienso única y exclusivamente en ella.

—Ah... —Vuelve a clavar la vista en el suelo y se muerde el labio—. No lo sé. Me... Mi...

—¿Y si me quedo despierto contigo? —suelto de golpe, porque me resulta imposible mantener el pico cerrado cuando estoy con ella—. O, si te vas a dormir, tal vez pueda quedarme yo despierto y despertarte si tienes alguna pesadilla.

Duda un segundo, irguiéndose un poco más (no sin esfuerzo) y cruzándose de brazos como si quisiera abrazarse a sí misma. Considera mi oferta durante unos instantes.

—Puedes confiar en mí —le prometo, clavando mis ojos azules en los suyos, marrones, en una atípica muestra de contacto visual directo. Pero es que quiero que vea que soy sincero, que mis palabras son la pura verdad: «No te haré daño. Por favor, confía en mí. Deja que te ayude».

—Vale.

Tengo a Paloma deambulando justo delante, en silencio, mirándome y apartando la vista de mí nuevamente.

Sin parar. Puede que, en otras circunstancias, este movimiento me generase ansiedad; no obstante, como estoy aquí con ella y veo que está bien, me siento más relajado.

Si pudiese usar esta serenidad cual superpoder, bañaría a Paloma en ella.

Al final, se detiene y se muerde los labios antes de decir:

—Será... será mejor que te lo explique. Mis pesadillas son de las feas. Los sueños me parecen reales, pero las pesadillas también.

Frunzo el ceño.

—Vaaale...

—Es que no quiero asustarte. No he... Vaya, que, cuando he tenido pesadillas, nunca he dormido acompañada ni he tenido a nadie cerca. —Se le llenan los ojos de lágrimas, pero las reprime—. Me preocupa que vaya a hacerte daño.

La miro.

Paloma debe de medir un metro setenta (centímetro arriba, centímetro abajo), mientras que yo llego a los dos metros. Si alguien pudiese hacerle daño al otro, sería yo. Sin embargo, algo me lleva a morderme la lengua y no mencionar nada al respecto.

Así pues, respondo:

—No pasa nada. Estaré bien. Te despertaré antes de que puedas hacerme nada.

No parece muy convencida, pero al final se acomoda en la cama que queda más cerca de la ventana y se cubre con las sábanas, ya arrugadas.

Yo me siento en la otra cama (la que está más cerca de la puerta), me recuesto contra los cojines y el cabezal, e intento centrarme en el primer partido de la temporada de la NHL que dan por la tele y al que le he quitado el sonido.

No obstante, noto que Paloma me mira de vez en cuando. Su precavida agitación emocional se palpa en el ambiente. Ha dicho que intentaría confiar en mí, pero no lo está haciendo. Y por eso le está costando dormir.

—¿Te gusta el hockey? —le pregunto, forzándome a pronunciar las palabras, a pesar de que tengo la garganta medio cerrada.

Espero que, al desviar su atención hacia otro tema, pueda dejarse llevar por el cansancio. Es lo que hacía mi padre conmigo cuando era pequeño.