Unbound (The Undone 3) 25. Bennet
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25. Bennet

Bennet

PASADO: PRIMERO DE CARRERA

OCTUbrE

Cuando llegan los parciales, Paloma y yo ya nos hemos acostumbrado a una nueva rutina que consiste en trabajar juntos en el proyecto de poesía y en pasear a Siete. Siempre la cojo de la mano. Y ella siempre sonríe y me habla incluso cuando a mí me cuesta decir algo.

Aunque, con ella, me resulta más fácil.

Hoy hemos quedado con el doctor Britton para contarle cómo estamos avanzando con el trabajo.

Yo llego con quince minutos de antelación a su despacho y, pasados cinco más, veo llegar a Paloma.

Va con unos finos pantalones anchos y con una camiseta oversized gastada de color naranja donde se lee «Carlitos y la gran calabaza».

Lleva la mochila colgando del hombro, como siempre. Casi nunca la veo sin ella.

—Mola, la camiseta —le digo sonriendo.

Paloma se sonroja y se detiene justo a mi lado. Me coge la mano y se pone de puntillas, atrevida, para darme un beso en la mejilla.

—Gracias —contesta—. Buenos días, Bennett.

Debería pedirle una segunda cita. He intentado hablarlo con la psicóloga, pero ella ha insistido en que puedo apañármelas solo.

No paro de pensar en el tema y desconecto de lo que nos dice el profesor. Esta vez, quien la coja de la mano y le haga un cumplido seré yo. Y luego le daré un beso en la mejilla, como hace ella conmigo tan a menudo. O... «¿Y en la frente?», pienso.

—¿De acuerdo, Bennett?

Me sonrojo y levanto la vista. Sigo con las manos sobre el regazo, dibujando letras en el aire, antes de obligarme a apoyarlas en los muslos.

—Ah, sí. Perdón.

—Todo claro, doctor Britton —me cubre Paloma, sonriéndome con ternura mientras el profesor se levanta y rodea el escritorio para devolvernos nuestras respectivas carpetas—. Si los poemas que hemos escogido le parecen bien...

—Creo que es una elección estupenda. Me muero de ganas de ver qué se les ocurre a ustedes dos —dice cogiéndole el hombro a Paloma.

Y entonces todo pasa demasiado deprisa.

Paloma se echa hacia delante del tirón, como si acabase de electrocutarse, y casi se cae de la silla mientras se aleja tanto del profesor como de mí.

Suena un móvil, pero yo lo oigo de lejos, como si estuviese sumergido bajo el agua.

Me levanto. No sé si lo hago para ir hacia ella, para separarme o para marcharme.

Sin embargo, de pronto, me quedo inmóvil viendo a Paloma exhalando despacio mientras nos da la espalda, con la vista puesta en la puerta del despacho.

—¿Se encuentra bien? —pregunta el doctor Britton preocupado—. Señorita Blake...

—No pasa nada. Todo en orden. Estoy bien. —Parece que se lo esté repitiendo a sí misma.

Paloma recoge las cosas sin mirarme y se cuelga su mochila color azul océano en el hombro. Me entran ganas de alargar el brazo, cogerle la bolsa y marcharnos juntos de aquí.

Debería hacerle la misma pregunta que acaba de hacerle nuestro profesor. Tendría que seguirla y asegurarme de que está bien, ofrecerme para acompañarla caminando, llevarle la mochila... Tengo tantas ganas de hacer todo esto que hasta me duelen las muelas.

Sin embargo, me quedo petrificado al lado de la mesa y con todo lo que no he llegado a preguntar en la punta de la lengua.

Esa noche, Paloma no se presenta al entreno. Ni a nuestra sesión de poesía habitual, que cancela con un mensaje. Se me revuelven las tripas; cuando me pongo a pasear a Siete solo, las náuseas no hacen sino aumentar; como ella no ha venido, no estoy acostumbrado a tener tanto espacio a mi lado.

—Hey, ¿Bennett?

Al darme cuenta de que estoy quieto de pie en la entrada de nuestra casa, desvío la vista hacia Rhys, que sale y cierra la puerta.

—¿Sí?

—¿Todo bien?

Me muerdo el labio y miro la hierba de la acera. Está demasiado alta.

—Hay que cortar el césped.

—Ya... —coincide Rhys, como si nada, bajando la mano para darle unos golpecitos a Siete en la cabeza. Y ahí me fijo en que mi perro está apoyando todo su peso en mis piernas—. Llevas un rato aquí fuera. Sé que te estresa, pero puedo llamar a alguien y ver si pueden venir a arreglarlo.

—Da igual —respondo, e intento ignorar la forma en la que trato de enderezarle el collar a Siete cuatro veces hasta que consigo levantarlo de encima de mis pies—. ¿Has comido?

Rhys sacude la cabeza, sonriendo y dejando sus hoyuelos a la vista.

—Te estaba esperando.

—Prepararé ternera Strogonoff.

—Mi plato favorito —contesta mi mejor amigo.

No es su plato favorito. Eso ya lo sé. Pero también sé que ahora respondería lo mismo a cualquier cosa que me salga de la boca.

Llevo yendo a terapia desde los ocho años, tiempo suficiente como para saber cuándo mis pensamientos van a peor. Como tengo la ansiedad disparada, he de meterme en la cocina para distraerme y poder controlar algo. Necesito algo en lo que centrar mi atención.

Cuando Rhys se inclina sobre nuestra pequeña encimera, vuelvo a mirarlo e insisto:

—Estoy bien. No hace falta que me vigiles.

Rhys pasa olímpicamente de mí. Mis palabras no han surtido efecto alguno, porque él sigue con los hombros cuadrados y con su intensa mirada puesta en mí.

—Claro. Vas a cocinar algo supercomplicado en la cocina de nuestro piso universitario después de haberte pasado casi una hora de pie frente a la puerta con los ojos clavados en el jardín.

—No espera a que descifre su sarcasmo o a que muestre reacción alguna; simplemente sigue—: A ti te pasa algo.

Sé que ahora las cosas han cambiado y que no son como cuando estábamos en Berkshire, pero sabes que sigues pudiendo contar conmigo.

Se me encoge el corazón y abro la boca como si fuera a ser capaz de decirle cómo me siento. De hablarle de Paloma.

«Rhys es todo lo que tú no has sido nunca. Te completa».

La ansiedad crece en mi pecho. Intento centrarme en los hechos, en aquello que sé que es cierto, pero no me sirve de nada.

«1. Rhys y Paloma son las mejores personas que conozco.

»2. A Rhys le van detrás más chicas ahora mismo de las que me han ido detrás a mí en toda la vida.

»3. Paloma es la chica más guapa que he visto jamás».

Si le presentara a Rhys, ¿vería Paloma cómo llena mi amigo mis vacíos? ¿Vería que él es todo lo que yo no soy, en más de un sentido? ¿Que, a estas alturas, él ya le habría organizado más de una cita y seguramente ya la habría besado?

Vuelve a darme un vuelco el estómago y me centro en la sartén de hierro colado que tengo en los fogones. Aparto la imagen de Paloma de mi mente; ese secreto que, de momento, no voy a compartir con él. «Es solo mía».

En lugar de obsesionarme con Paloma, me paso la tarde riendo y jugando a los videojuegos con mi mejor amigo. La firme presencia de Rhys cura algo en mí, como siempre.

«Todo irá bien».