24. Paloma
Paloma
PRESENTE
—¿Qué tal con la psicóloga?
—Bien. —Pongo los ojos en blanco—. La última vez que hablamos ya te dije que iba bien y todavía no he ido a la tercera sesión. ¿Puedes relajarte?
—¿Cuando algo tiene que ver contigo? —pregunta Alessia—. Eh... No.
Estoy sentada en la encimera de la cocina, cenando un bol de cereales de nubes cargadísimos de azúcar mientras hablo por teléfono con Alessia. Tengo que adaptarme, pero me siento... más tranquila. Más contenta conmigo misma. Llevaba años ahuyentando esta sensación.
—¿Y lo de volver a nadar? —se interesa.
—Ah... No, no he ido —confieso removiendo la leche con la cuchara.
—Igual deberías. —Tras un largo silencio, vuelve a suspirar y añade—: Háblalo con la doctora Sutton, ¿vale?
—Ya lo hice —musito—. Me dijo que debería hacerlo.
—Entonces, deberías, Paloma. —Suspira otra vez—. No puedes seguir privándote tanto de algo que te hace feliz. Es una de las normas.
—Yo diría que acabas de inventártela...
—Puede —comenta—. Solo quiero cuidarte. Ahora que me dejas.
Sonrío, aunque ella no pueda verlo. Alessia es la única persona en este mundo que lo sabe absolutamente todo.
Lo bueno, lo malo, lo complicado... Y lo profundos que son mi autodesprecio, mi enfado y mi miedo.
Me vio con diecisiete años, perdida, asustada y con la mirada vacía. Y nunca me soltó la mano.
Fui yo quien la apartó.
—A lo mejor podríamos cenar juntas o algo la semana que viene —sugiero, avergonzada e ilusionada a partes iguales.
—¿Sí? —Está sonriendo, se lo noto en la voz—. Me encantaría.
Colgamos al cabo de poco. Me acomodo en la mesa, abro el ordenador y hago los deberes para mañana.
La puerta de entrada se abre y rebota con fuerza contra la pared.
—¡Tú a mí no me mandas!
Al oír a mi compañera de piso enfadada, gritando y pegando semejante portazo, me sobresalto y aparto la vista del libro que estoy leyendo en la encimera de la cocina.
—¿Nos apostamos algo, joder?
Juro que conozco esta voz. Echo un vistazo desde la esquina y me quedo petrificada al ver a Toren Kane en mi piso, echando humo y acorralando a mi compañera en el salón. Camino hacia ellos, pero ninguno de los dos parece tener la intención de apartarse lo mínimo de su acalorada disputa.
—Aparta —suelto.
Toren, que sigue delante de ella y que es increíblemente alto, cierra los puños a los costados. Lleva un montón de anillos en los dedos.
Sin embargo, cuando lo empujo para alejarlo de Lily, la chica le agarra la muñeca con ambas manos. Para que no se mueva de ahí, casi sobre ella.
—No te metas, Blake —me suelta Toren sin dejar de mirarla. Mi compañera de piso no tiene miedo; respira igual de iracunda que él—. Esto es entre Lily y yo.
—No puedes decirme qué tengo que hacer —escupe ella.
Toren le baja la vista por el cuerpo antes de volver a subirla.
Va vestido como de costumbre: con unos vaqueros y una camiseta de manga corta negros y con los tatuajes a la vista.
A sus pies veo un casco de moto negro con una pegatina gastada de espirales azules y amarillas detrás; es como si acabase de dejarlo ahí, en el suelo.
Lily, en cambio, lleva unos leggins y una apretada sudadera con cremallera, y se ha recogido su pelirroja melena en una coleta que ya se le está cayendo.
Todavía tiene las mejillas sonrojadas del frío (o tal vez del esfuerzo); estaba haciendo deporte, seguro.
—Y una mierda que no. Vas por ahí, por una ciudad bulliciosa de cojones, con los cascos puestos a todo volumen —dice Toren, con un tono calmado.
Si bien Lily está gritando, él no levanta la voz en ningún momento.
—¿Y? —digo yo, cruzándome de brazos y colocándome un poco entre los dos, a pesar de que ninguno quiera mirarme.
—¿Y? —Toren se ríe sin humor alguno en la voz. Ahora sí que se gira hacia mí—. Lily no oye del oído derecho y no lleva los malditos audífonos.
—¿Qué? —pregunto atónita.
Lily se gira hacia mí, furiosa y avergonzada; da un golpe en el suelo con el pie, como si fuese un conejito.
—¡Esta información es privada!
—Cuando vas corriendo por ahí con los cascos puestos, no —gruñe Toren. Se zafa de la mano de Lily y flexiona los brazos, como si quisiera coger a la chica y echársela por encima del hombro. Lily seguramente saldría volando por el salón—. ¿Te apetece correr sola? Pues ponte los putos audífonos.
—No pasa nada —intervengo un poco a regañadientes por tener que meterme. No es que los tema, sino que la tensión que se respira entre ellos es hasta palpable—. Siempre se los pone.
Estoy mintiendo que da gusto. Ni siquiera sabía que tenía problemas de audición.
Toren me mira, pone los ojos en blanco y le atisbo un moratón en el ojo y una tirita de una mariposa justo en el corte que tiene debajo. Un corte que no tenía en el entreno.
—Sí, seguro. Y yo soy un puto santo —contesta antes de pillar el casco y largarse cabreado. Ya en la puerta, le chasquea los dedos a Lily y gira la cabeza para decirle—: Póntelos.
Lily está enfadada. Furiosa más que dolida por cualquier cosa que haya hecho esa torre con forma de defensa. Sin embargo, se lo queda mirando con los labios apretados mientras el chico se marcha, como si quisiera hacerle un millón de preguntas y suplicarle que se quedase, todo a la vez.
—Lily, ¿estás bien? —le pregunto, acercándome a ella.
Parece que mis palabras la sacan del trance en el que había entrado en presencia de Toren Kane. Asiente.
—Todo bien.
Va hacia el sofá y se sienta. Se lleva la mano a la oreja derecha y se suelta el pelo para esconderla.
Se me encoge el corazón.
—¿Por qué no me lo habías contado? —le pregunto, colocándome en su lado izquierdo.
—Me da vergüenza.
—Pues no tiene por qué. —Me acomodo un poco más—. ¿No oyes de uno de los oídos?
Lily asiente.
—Desde que era pequeña. —Vuelve a darse un golpecito en la oreja derecha.
Quiero preguntarle cómo es que Toren conoce un detalle tan íntimo de ella, pero mejor no digo nada.
Decido ser más sutil:
—O sea, que os conocéis bien, ¿eh?
Mi compañera de piso se muerde el labio, reflexiona un rato y, al final, asiente.
Entre la extrañamente ferviente reacción de Toren cuando la ha visto durante los cinco minutos que nos hemos atrevido a entrar en la pista mientras entrenaban y ahora esto.
.. No sé qué se llevan entre manos, pero tiene pinta de ser intenso.
—Por eso hablo tan alto —dice de repente—. A veces, al menos. La gente dice que grito, pero yo no soy consciente. Y si te pido que me repitas algo una y otra vez es porque... Bueno. En fin, que lo siento. Debería habértelo contado, seguramente.
Se siente avergonzada y está más pálida que sonrojada, como si esto fuese una especie de detalle íntimo que hubiese preferido guardar en secreto para siempre.
—Me alegro de que me lo hayas contado —respondo, a pesar de que no haya sido el caso. No del todo. A Lily se le relajan los hombros—. ¿Y Toren lo sabe porque...?
—Somos amigos —suelta, y frunce el ceño—. O, bueno... Lo éramos. Es complicado, creo.
Si alguien está familiarizada con el adjetivo «complicado», esa soy yo.
—Te entiendo. ¿Te cuento una cosa? Nadie lo sabe, pero.
.. ¿Bennett? ¿Ese portero tan grande? Solíamos quedar.
En primero. —Se lo cuento a modo de ofrenda; al principio, me cuesta pronunciar las palabras en voz alta.
Nunca había tenido una «charla de chicas» hasta ahora.
Pero algo me dice que Lily tampoco—. Me enamoré de él.
Y él de mí. Pero... —Carraspeo—. Pasaron muchas cosas, aunque la culpa fue sobre todo mía. Le hice mucho daño.
Al oírme decir esto, Lily asiente.
—Así que tuviste que alejarte —dice como si nada, como si fuera evidente, como si mi comportamiento tuviese todo el sentido del mundo.
—Sí...
—Seguro que tú tampoco lo pasaste bien.
El dolor que siento en el pecho parece que es para siempre. Es como si tuviese una daga clavada ahí mismo y se negase a salir.
—Pues no...
Lily asiente despacio, con el ceño fruncido, y se muerde el labio con fuerza.
—Yo también tuve que hacerlo una vez. Lo pasé fatal... —Se lleva una mano al pecho, distraídamente, y se lo frota con cuidado—. Y todavía me duele... —confiesa en un susurro casi inaudible.
Asiento.
—Creo que, en esa época, no estaba preparada para estar con él —reconozco—. Pero... ahora ya sí. Al menos, eso intento.
La tomo de la mano desde el otro lado del sofá y le pido:
—Pero no se lo digas a nadie. Eres la única que lo sabe.
Lily abre los ojos como platos.
—¿Un secreto? ¿Acabas de contarme un secreto? Y solo lo sé yo...
—Sí.
Me río y ella tira de mí al cogerme la mano con las suyas; me enderezo.
—Porque somos amigas, ¿verdad? —me pregunta con los ojos centelleantes.
Le veo una pizca de frenesí en la mirada. Aunque, debajo de esa sensación, puedo ver miedo.
Un miedo que conozco bien porque yo también he sido como ella. Una chica que estaba tan desesperada por hacer amigos que se habría rebajado a lo que fuera con tal de conseguirlo.
De modo que me apresuro a asentir y le aprieto un poco más la mano.
—Claro que somos amigas, Lily. —Me muerdo el labio un segundo y añado—: Se me acaba de ocurrir una locura. ¿Tienes bañador?
Al cabo de una hora, nos encontramos sentadas en el borde de la piscina, que está vacía. Las instalaciones cierran dentro de media hora, pero nos sobra tiempo.
Con su elegante bañador de una pieza, cuyo precio no me atrevo ni a preguntar, y su perfecta melena pelirroja recogida en una coleta alta, Lily tiene una pinta adorable y absurda a partes iguales.
No para de morderse el labio y mirar por el borde de la piscina, como si fuera a aparecer el monstruo del lago Ness y arrastrarla bajo el agua en el momento menos pensado.
—¿Seguro que has nadado antes?
—Ajá —dice, sin levantar la vista—. Pero igual podríamos empezar por la parte menos honda.
Sonrío.
—Ya... ¿Lily? Esta es la parte menos honda. ¿Cuánto mides, metro cincuenta?
Hace una mueca y responde:
—Más o menos.
—No harás pie. Así que, si no sabes nadar, tú solo dímelo y...
—¿Puedo quedarme aquí sentada y mirarte un rato? —Se sienta sobre la parte menos honda; el agua está fría y, al plantar el culo en uno de los travesaños de la escalera, le entra un escalofrío—. Solo quiero pasar el rato contigo. Olvidémonos de las clases de natación.
Suelto una carcajada y enseguida me siento más ligera. Me enrosco las colitas de trenzas que me he hecho y me coloco el gorro.
—De acuerdo. ¿Por qué no coges mi móvil y me cronometras? —Señalo detrás de ella con la cabeza, sobre el desordenado montón de cosas donde he dejado la sudadera y, encima de esta, el aparato en cuestión—. Tú solo vigila que no se te caiga al agua.
Lily decide sentarse con los pies en el agua y se muerde el labio mientras le canto la contraseña y abre la aplicación del cronómetro.
—¿Preparada? —me pregunta.
—Preparada.