23. Bennet
Bennet
PRESENTE
—¡Otra vez! —oigo que dice el entrenador LaBlanc con desdén.
Toren, que está tumbado sobre el hielo porque uno de segundo acaba de tirarlo al suelo mientras se acercaba a la portería, suelta un taco. He parado el puck , pero ha sido una jugada caótica por ambas partes y, aun así, la bronca se la llevan Kane y Dougherty.
—Koteskiy, te toca. Tu línea.
Rhys da un paso al frente, con Freddy a la izquierda, y Hathaway, nuestro ala derecho de primera línea, al otro lado.
Llevo casi toda la vida viendo a Rhys desde la portería y sigue siendo buenísimo.
A veces me pregunto si es consciente de que patina como si fuera una versión más sofisticada de su padre.
Es rápido y va centrado, pero Rhys Koteskiy es siempre constante.
Para mí, Toren y Holden forman el tándem ideal.
Sin embargo, parece que estén librando una feroz competición en su propia línea.
Mantengo la vista puesta en el puck que está guiando Freddy con el stick y desvío la vista un segundo hacia los demás jugadores de la línea ofensiva para tratar de adivinar qué jugada intentarán hacer, así puedo verla venir más deprisa, antes de que les dé tiempo a llevarla a cabo.
Atisbo un sutil movimiento por parte de Hathaway y me inclino hacia él mientras Freddy le pasa la pastilla. Holden casi la intercepta. Rhys y Toren colisionan y se oye un fuerte ruido.
Todo el mundo se detiene en seco.
—Cuidado —suelta Toren.
Tiende a saltar más deprisa, pero hoy parece agitado. Holden se detiene al lado de ambos y levanta la mano que le queda libre por si tiene que intervenir. Yo también voy hacia ellos, atento a lo que pueda pasar. La tensión se cierne sobre el grupo y permea el aire hasta volverlo sofocante.
Rhys tuerce el gesto, pero no muerde el anzuelo. Simplemente, echa a patinar; al pasar al lado de Toren, le da un golpe en el hombro con el suyo.
Después de que se engancharan y casi se pelearan el semestre pasado, el entrenador no quiere enfrentarlos en la pista durante los entrenos.
No me sorprende que Harris haga sonar el silbato y pida un cambio de línea antes de hacerme señas para indicarme que puedo cambiarme con Mercer, el portero suplente.
Al hacerlo, chocamos los guantes.
Veo a Paloma detrás de las vallas y se me corta la respiración.
No la había vuelto a ver desde la fiesta en la Hockey-resi, cuando me vio con otra chica de mi clase.
Al ver la cara que puso, me acojoné demasiado como para hacer suposición alguna o esperanzarme pensando que tal vez estuviera celosa.
¿Tan terrible era que esperase que lo estuviera aun siendo plenamente consciente de que Paloma no tenía razón alguna para estarlo?
Da igual. Fui incapaz de resistirme a ella. Como siempre.
No hemos vuelto a hablar desde entonces. Al cabo de poco de que se fuera, yo me marché a casa, solo, y me perdí en mi ritual de ir viendo sus fotos y sus historias.
Y, para no variar, no sirvió de nada.
Como tampoco sirvió de nada que me advirtiera de que vendría a los entrenos, porque verla aquí ahora me ha sentado como una patada en el estómago, como siempre.
Es tan perfecta y está tan guapa, con su centelleante rubia melena recogida para apartársela de su inmaculada cara.
.. Se muerde el labio superior, arrastrando su grueso arco de Cupido con los dientes, y luego se muerde el labio inferior.
Ese gesto me distrae igual que siempre. Aunque ahora no solo la veo yo, como cuando nos quedábamos solos en los vestuarios después de que los demás ya se hubieran ido.
Ahora, Paloma está aquí, delante de todo el equipo.
Ante muchos de mis compañeros que han hablado abiertamente sobre ella, han tonteado con ella y han compartido historias que me han llenado de envidia y rabia.
E incluso a estas alturas tengo que contener la apremiante necesidad que siento de rajarle la cara con la cuchilla del patín a los chicos que suelen caerme bien porque la están mirando desde la valla.
A su lado hay una chica pelirroja, la misma con la que fue al supermercado, aunque yo no estaba prestando demasiada atención y no recuerdo cómo se llama.
Y, a pesar de que Paloma va vestida para su sesión de entrenamiento en la pista (leggins y una sudadera de media cremallera con el logo de Waterfell), la otra chica no lleva ropa similar, sino que se ha puesto una falda con medias de nailon, un blazer de cuadros y unas botas de tacón. Parece totalmente fuera de lugar.
—Hostia puta —suelta uno de los de primero, con la vista fija en las chicas mientras se acercan a los bancos—. ¿Quién coño es la...?
—¿Quién es quién? —pregunta Toren, agarrando al tío por el cuello del jersey y dándole una sacudida—. Da igual a quién te refieras. Los ojos, cerrados.
—Pe-perdona —musita el chico, separándose de Toren.
Puede que los de primero no respeten a Kane porque saben qué opinamos el resto del equipo de ese chaval, pero sí le tienen miedo.
Kane me mira a los ojos y asiente.
Me siento un tanto incómodo. Si a mí Toren no me irrita tanto como al resto, es por algo. Y, por más que me gustaría decir que es por cómo ayudó a Ro el semestre pasado o por lo buen defensa que es, en realidad, es más bien por Paloma.
Al principio, casi estallo por culpa de unos celos que jamás dejé entrever, pero entonces los vi en una fiesta: Toren la vigiló como lo haría un hermano protector, ayudándola.
La situación se repitió en varias celebraciones más y mis celos dieron paso al alivio.
Porque sabía que había otra persona en esta maldita ciudad que se preocupaba lo suficiente por Paloma Blake como para defenderla.
Para estar ahí para ella cuando no me dejaba estar a mí.
Las chicas desaparecen antes de salir del túnel y acercarse al banco de los entrenadores, cerca de donde estoy yo, al otro lado de LaBlanc y Harris. No obstante, la pelirroja se queda bastante rato con los ojos puestos en el nuevo entrenador.
Exhalo y me subo el casco.
—Buenas, P. —la saludo cuando se acerca un poco más.
—Hola, Bennett —responde—. ¿Te acuerdas de Lily, mi compañera de piso?
La saludo con un gesto de cabeza, a pesar de que la chica en cuestión a duras penas me mira antes de ir hacia la valla y murmurar un «Hey».
Toren la mira por encima del hombro y pone los ojos en blanco.
—Dime, muñeca —le dice con un tono sarcástico y lo bastante cortante como para que yo me enderece al oírle tanto veneno en la voz.
—Cuidado —le suelta Paloma—. ¿Tú no tienes un puck que perseguir o algo así?
Toren sonríe de forma casi siniestra y yo me coloco un poco delante de Paloma, molesto con mi compañero de equipo por haberla mirado siquiera. Toren se modera sutilmente, pero, antes de que le dé tiempo a decir nada, Holden se estampa contra su costado.
—¿Un puck ? ¿O una pucktilla ? A mí tienes que dejarme las cosas claras, Paloma.
Me da un vuelco el corazón y dejo la botella de agua en su sitio, de mala gana, antes de volver a cerrarme la reja del casco de golpe.
Sé que Holden lleva tres años tonteando con Paloma y puede que ya haya llegado a mi límite.
O puede que tocarla de nuevo haya vuelto a despertar a la desesperada y posesiva bestia que habita en mí.
Lily parece que esté a punto de llorar, como si ese par de defensas idiotas hubiesen dicho algo que la haya ofendido personalmente. Sin embargo, cuando LaBlanc se une a nuestro círculo, a la chica le cambia la expresión.
—Distracciones en el entreno, y tú en todo el meollo, Kane —resopla el hombre—. Ojalá pudiera decir que me sorprende. Venga. Reiner, vuelve a la portería.
Nos separamos. Paloma coge a Lily de la mano y la saca de allí de inmediato.
Sigo un poco confundido, porque, para empezar, no entiendo por qué ha traído a su compañera de piso al entreno.
Sin embargo, bajo mi confusión se esconde un sentimiento más tierno; uno que me tranquiliza porque, por primera vez desde que conozco a Paloma, sé que no está completamente sola.
Y puede que, de momento, baste con eso.
Deberían haberse ido todos, pero, mientras continúo con mi habitual rutina posentrenamiento, oigo unos pasos y a gente hablando en voz baja y grave. Acto seguido, el entrenador LaBlanc entra en el vestuario, poniéndose bien la corbata.
Me mira un segundo antes de sonreír brevemente y asentir.
—Estupendo trabajo hoy en la portería, Reiner. Cumpliendo como siempre.
Dicho esto, desaparece. Aunque no se hace el silencio. Continúo oyendo el molesto sonido de alguien al escupir y, luego, el agua del grifo.
Cuando casi he acabado y ya me he vestido, pego esquinazo y me encuentro a Toren Kane sin las protecciones, pero con los pantalones aún puestos y los patines tirados en el suelo, como si se los hubiese quitado a toda prisa.
Escupe sangre y también le sangra el pómulo, justo debajo del ojo, como si le hubiesen pegado un cuchillazo o le hubiesen estampado un puck en la cara.
—Joder, Kane —musito, y me acerco a él con el ceño fruncido—. ¿Estás bien?
Levanta sus dorados ojos para mirarme a través del espejo; veo que se le ponen de un tono más oscuro.
—Deja de mirarme con esta puta cara de pena, Reiner.
Escupe otra vez y forma un cuenco con la mano para salpicarse la cara con agua.
—Y lárgate de aquí, coño.