Unbound (The Undone 3) 22. Paloma
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22. Paloma

Paloma

PRESENTE

—¿Qué hay de...?

—No podemos coger dos de lo mismo. —Negárselo hace que me sienta como una mala madre, pero es que las dos cajas de cereales de nubes y de colores chillones que tiene en las manos son idénticas; la única diferencia es que una es de marca blanca.

Señalo una de las dos—. Pilla esos, están más buenos.

Venga, céntrate: tenemos que pensar en la comida. En la comida de verdad.

Lily hace una mueca, pero asiente y viene hacia mí, al lado del carrito.

Damos un poco el cante, seguro. Ella va con su modelito habitual al completo. Es como si acabase de recogerla de alguna academia de esas repipis. El repicar de sus tacones es opuesto al silencioso sonido de mis zuecos.

—¿Qué sabes cocinar? —me pregunta.

Observa en el pasillo de las gominolas con cierto interés, aunque yo me alejo enseguida. Llevamos el carrito lleno de azúcar, poca cosa más.

—No mucho. No soy la mejor cocinera del mundo.

—Yo nunca he cocinado nada. Salvo macarrones con queso; eso sí sé hacerlo.

Suelto una risa por lo bajo y sacudo la cabeza.

—Yo igual —respondo.

Doblamos una esquina y la parte delantera de nuestro carrito choca con alguien.

—Ay, perdón...

—¿Estabas intentando atropellarme, Blake? —pregunta Sadie Brown, desviando sus ojos de gata hacia mis leggins y mi sudadera oversized —. ¿Es porque te he robado el modelito?

—Vete a la mierda, Brown —le suelto, moviendo el carro por su lado; me detengo en cuanto casi choco con otra persona.

Se me hunde el estómago.

Rhys Koteskiy y Bennett Reiner.

Me quedo boquiabierta al verlo con esos bonitos pantalones de vestir azul marino, un blazer y una camisa blanca bien planchada, sin corbata. Rhys viste parecido; por un segundo, me planteo si no tendrán partido hoy y se me ha olvidado. Aunque, si fuera el caso, a esta hora seguirían jugando.

—Paloma —me saluda Rhys, bajando la vista hacia las manos de Sadie, que está sujetando el carrito con fuerza.

No le quito los ojos de encima a Bennett, ni siquiera cuando oigo a Rhys presentándose a mi nueva y modesta compañera de piso.

Estamos a varios centímetros de distancia, pero, incluso bajo la luz de estos terribles fluorescentes, es tremendamente atractivo.

Unos gruesos rizos castaños y de color ámbar le caen cuidadosamente alrededor de la cara.

Se ha afeitado hace poco, pues tiene la mandíbula más suave que de normal.

Ha clavado sus penetrantes ojos en los míos.

—Soy Lily —dice mi compañera de piso—. Vivo con Paloma.

Al oír eso, aparto los ojos de Bennett. Sadie sonríe y me mira.

Alguien intenta pasar por nuestro lado y nos obliga a movernos y a estar más cerca los unos de los otros. Bennett acaba justo a mi lado; el calor de su cuerpo me abrasa el hombro derecho.

Tengo los brazos caídos y aprieto los puños una y otra vez. Hasta que noto un dedo rozándome la palma.

No me atrevo a bajar la vista hasta el punto en el que Bennett apoya el dorso de la mano contra la mía, con cuidado. Con tal delicadeza que incluso diría que son imaginaciones mías.

Pero no lo son.

Me da tal vuelco el corazón que es como si Bennett acabase de besarme. Así de íntimo es ese roce.

—P. —susurra mirando al frente—. ¿Estás bien?

Asiento con un nudo en la garganta y los ojos repentinamente llenos de unas lágrimas que me niego a derramar. Me acaricia el meñique y lo entrelaza con el suyo con tanta ternura que dicha sensación me invade el cuerpo entero. Es como si me corriera un pedazo de su alma por las venas.

Está en todas partes a la vez y, sin embargo...

—Por si os interesa —acaba de decir Rhys, que no sé qué estaba explicando—. Estáis las dos invitadísimas.

—¿Paloma? —interviene Sadie. El hecho de que me llame por mi nombre de pila me desconcierta tanto que me aleja del espejismo en el que casi se ha convertido Bennett. Me inclino hacia delante y planto las manos en el carrito—. Fiesta en la Hockey-resi, ¿vale? Venid. Estará guay.

Puede que sea una de las cosas más genuinas y para nada sarcásticas que me haya dicho nunca.

Esbozo una sonrisa forzada, asiento y respondo:

—Gracias por la invitación.

Cojo a Lily de la mano para tirar de ella, que se me queda mirando como si acabase de pegársele un extraterrestre en la palma. Pero es que yo tengo el corazón desbocadísimo y necesito desesperadamente largarme de aquí.

Nos escondemos en la sección de frutería hasta que ellos se han marchado con el alcohol a cuestas y una sonrisa en los labios. Incluso oigo que Bennett ríe, lo cual me trae unos cuantos recuerdos. Noto un escalofrío en la nuca.

Es extraño sentir que estás tan arraigada en la vida de alguien y tan increíblemente alejada de esa persona a la vez.

Hace un frío que pela y la fiesta entera se concentra en esta casa que parece más bien un apartamento y conocida como «la Hockey-resi».

Están todos sudando y bailando al son de un desenfrenado mix musical.

Lily no ha querido venir; he visto clarísimo que era por una cuestión de ansiedad, por más que ella haya mentido y me haya dicho que se encontraba mal de repente.

No he insistido, pero tampoco he podido ignorarlo (aunque debería haberlo pensado mejor).

De modo que aquí estoy: sola, sobria y moviéndome rápido entre la gente con una única misión.

«No debería haber venido». Pero es que no puedo mantenerme alejada de él. En realidad, nunca he podido. Por más que ese fuera mi único objetivo.

El aire gélido de mediados de enero se cuela por la puerta trasera.

Está abierta y ahí justo encuentro a Bennett, de pie.

Sigue igual de elegante que antes, aunque ahora, a pesar de que haga frío, se ha quitado la americana y se ha arremangado su impecable camisa blanca.

Está hablando en voz baja con una chica preciosa, con delicadeza y con esa expresión tan intensa que pone cuando está escuchando a alguien y que yo tan bien conozco.

Me siento como si estuviesen clavándome puñales, pero sonrío para esconder el dolor que me genera verlos.

Parece feliz. Así que lo observo en silencio.

En mi interior habita una pequeña versión de mí que no para de lamentarse e intenta salir. Y solo calla cuando Bennett está cerca.

—Paloma.

Desvío la vista hacia un lado, hacia la bajita chica morena que lleva un vestido de seda, botas, una gruesa chaqueta de cuero y dos vasos en la mano.

—Sadie. —La saludo con la cabeza y acepto la bebida que me ofrece—. ¿Qué es?

—Vodka con granadina —responde sonriendo pícaramente; lleva los labios pintados de rojo.

Choca su vaso con el mío en lo que resulta un brindis casi sarcástico antes de que ambas le demos un sorbo.

—¿Sabes una cosa? Cuando Rhys me dijo que estuvisteis quedando, me sorprendí. —Se me escapa una risa irónica—. Supongo que tú te quedaste igual de sorprendida cuando te enteraste de que yo estaba saliendo con él. Está bastante fuera del alcance de chicas como nosotras... —añade Sadie.

Al pensar en Rhys, en la época en la que estuve quedando con él y en esa fatídica noche, me entran ganas de vomitar. Así que sacudo la cabeza y me separo.

—¿Quieres hablar del rollo que tuvimos tu novio y yo? —Me río bajito—. ¿En serio?

—Ojito —suelta Sadie, cuyos ojos grises parecen llenos de fuego. Por un segundo, me pregunto si intentará arrancarme la piel con sus garras, pero, en lugar de eso, toma una profunda bocanada de aire para serenarse y se yergue—. Estoy intentando decirte algo.

—Ahórratelo —respondo con desdén—. Tú y yo somos dos personas distintas. Déjate de tonterías, Sadie. No somos amigas.

Ella se encoge de hombros, como si le importase un bledo todo lo que le acabo de decir. Vuelve a desviar la vista hacia donde llevo mirando yo toda la noche.

—Nunca fue por él, ¿verdad? ¿La noche esa, en la fiesta? —Le da un sorbo a la bebida—. Me atrevería a decir que nunca has puesto un pie en esta casa por Rhys o Holden o cualquiera de los chicos que se amputarían una pierna con tal de poder acostarse contigo.

Ahora quien se encoge y le da un sorbo a la bebida igual que ha hecho ella soy yo. Vuelvo a desviar la vista hacia Bennett, que tiene los hombros tensos y sonríe alegre y un poco contentillo.

—¿Le quieres?

—No tengo ni idea de qué coño estás hablando —respondo tranquila y serena—. Será mejor que vuelvas con tu novio, Brown.

—Sí —resopla—. Disfruta autoflagelándote, P.

Dicho esto, se larga y yo me quedo sola, mirando hacia la terraza trasera y haciendo de tripas corazón para no llorar.

La respiración se me entrecorta. Al cabo de pocos minutos, aunque bien podrían ser horas de lo mucho que me he perdido en mis propias cavilaciones, se me acerca en la terraza. Solo.

—No me iré con ella —me dice Bennett.

Lo tengo tan cerca que me pega su bíceps al brazo y su calor corporal me atraviesa la ropa. No le miro.

—No pasa nada —respondo, e intento, con todas mis fuerzas, no sonar resentida—. De verdad. Quiero que seas feliz.

De reojo veo que niega con la cabeza.

—Paloma...

—No pasa nada, Bennett.

—No me iré con ella si tú no quieres. —Sacude la cabeza. Se me acerca más y su calor corporal lo envuelve todo mientras él me cubre la espalda. Agacha la cabeza y me deja la boca a apenas milímetros del oído para susurrar—: Solo tienes que decírmelo, P. Te lo daré todo.

No digo nada. Esta vez, me obligo a ser lo suficientemente fuerte como para dejarlo en paz. Bennett no necesita esto; no me necesita a mí. Se merece a alguien muchísimo mejor de lo que yo jamás podría ser para él.

Me voy a casa, a mi silenciosa habitación. Tengo la mochila azul y el conejito en la cama, pero todo lo demás sigue en la bolsa. Evitar echar raíces es mi especialidad.

E, igual que hago cada vez que no puedo dormir o que me inunda la ansiedad de una pesadilla recurrente, pienso en Bennett y en algo más tierno.

En aquellas cuidadosas manos en mi enmarañado pelo, de un rubio más oscuro.

En nuestros tímidos dedos al buscarnos el uno a la otra. En esos tranquilizadores ojos azules.

Casi puedo tocar la calma que me aportan sus manos mientras finjo que está aquí, a mi lado.