21. Bennet
Bennet
PRESENTE
Rhys no ha llegado; por lo visto, va tarde. Así pues, me encuentro aquí, solo y sutilmente atormentado al ver a sus padres y al mío sentados alrededor de esta amplia mesa redonda de roble, bajo la tenue luz de esta esquina en el fondo de un elegante asador.
A pesar de que solemos quedar en Boston, hoy mi padre ha venido a Waterfell. Desde que los hermanos de Sadie empezaron a vivir con los Koteskiy, a los padres de Rhys les gusta estar más cerca.
Al verme, Anna se levanta y se me acerca con la mirada centelleante y los brazos abiertos. Cuando me abraza, siento cierta calidez en mi pecho, tan vacío.
—Es como si llevase siglos sin verte —dice, separándose y acariciándome la mejilla.
Su marido y mi padre se acercan enseguida, colocándose uno a cada lado de la mujer. Se me revuelven aún más las tripas.
Aun así, me obligo a sonreír.
—Solo hace unas cuantas semanas —respondo.
—Demasiado —dice ella, negando con la cabeza—. Ven, siéntate. ¿Quieres beber algo?
Su marido le separa la silla a Anna y la acomoda apoyándole una mano en la nuca. Niego educadamente con la cabeza y me siento en la silla que queda más cerca de mi padre.
Max se pone a hablar de la uni y se interesa por cómo me van las clases y los entrenos, dejando que mi padre y Anna intervengan con alguna que otra pregunta o comentario.
—¿Y... el hockey? ¿Sabes qué equipos están interesados en ti?
Hago una mueca y levanto el vaso de agua en un intento por disimularla. Es inevitable; en una mesa con Maximillian Koteskiy y Adam Reiner, no hablar de hockey sería toda una proeza. Sin embargo, como Rhys aún no ha llegado, tengo más bien poco que ofrecerles.
—Pues... no estoy seguro. —Me encojo de hombros—. Todavía no he hablado con el entrenador Harris.
Max parece sobresaltarse al oír mis palabras. Abre la boca, pero mi padre lo corta antes de que su amigo pueda decir nada.
—¿Qué tal los preparativos para la función?
Se ponen a hablar de la gala para la obra benéfica anual de los Koteskiy en lo que resulta ser una mezcla entre charlar con un amigo e informar a su principal mecenas: Adam Reiner.
No presto demasiada atención, sino que voy dibujando palabras sueltas con los dedos en la servilleta que me he colocado sobre los pantalones de traje.
En algún momento, mi padre alarga el brazo para rellenarle la copa de vino a Anna con la botella que han pedido para la ocasión.
Ella sigue hablando, le sonríe y, con el pulgar, le acaricia la mejilla, cubierta de barba.
La informal cercanía de su amistad y la sonrisa que le dedica mi padre, con un aire casi nostálgico, hacen que sienta una punzada en el corazón.
Espero a que Max diga algo, a que se levante o se pelee con ellos o haga algo, lo que sea. Pero se queda mirando a su mujer con los labios prietos y una delicada sonrisa.
Cuando ya estoy a punto de disculparme, carraspeo. No puedo quedarme aquí sentado viendo esto.
El año pasado, cuando atisbé por primera vez las miradas de adoración que le dedicaba mi padre a la esposa de su mejor amigo, casi imprimo una copia del poema «El que más ama», de W. H. Auden, como si así pudiera hacerle saber que lo entendía.
Y entonces... Entonces, esa noche fui a una cita doble que lo cambió todo.
No era una de esas hermosas historias de amor.
Era deprimente y triste, y la idea de que mi padre amara a la mujer de su mejor amigo y se pasara la vida sentado delante de ella hacía que sintiese tanta rabia hacia mi propio padre que casi me entraban ganas de vomitar.
Hasta que ya no pude seguir estando cerca de él mientras fingía sentirse extrañamente feliz cuando me tenía delante, para luego irse a casa, solo para siempre, como si estuviese maldito.
—Debería...
—Siento llegar tarde —dice Rhys, sonriendo y dejando a la vista sus hoyuelos mientras se sienta a nuestro lado y se alisa el abrigo.
—¿Qué tal todos? —se interesa Anna, a quien se le endulza la mirada al ver a su hijo—. ¿Oliver? ¿Liam? ¿Sadie?
—Todos bien —responde Rhys, inclinándose contra el respaldo de la silla para pedir una Coca-Cola—. Te lo prometo. Liam y Oliver están jugando a los videojuegos y Sadie les ha preparado tortitas para cenar.
Anna sonríe abiertamente.
—Te juro que como tu chica intente fregarme la cocina otra vez...
—¿Y qué tal mi hijo? —pregunta Max mirando a Rhys.
Mi amigo asiente y mira serio a su padre.
—Todo bien. De verdad.
Me alegro de oírselo decir, porque, cuando me enorgullecía de saber ver siempre lo que le ocurría a Rhys, de conocer a mi mejor amigo como la palma de mi mano, le volví a fallar.
« Lo entiendo. Si nos lo hubieras contado, si me lo hubieras contado, te habríamos ayudado. La cosa no habría ido así ».
Eso fue lo que le dije con lágrimas en los ojos la mañana después de que pillara una buena cogorza y se encerrara en el baño hasta que Sadie vino a recogerlo.
No me atreví a añadir nada más, porque, en parte, no quería que Rhys supiera hasta qué punto lo entendía; no solo por una cuestión de empatía, sino por una que justificaba cómo me sentía yo a todas horas.
Triste, enfadado y asustado; todo a la vez.
Era como si llevase años gritando bajo el agua y nadie pudiera oírme.
De todas formas, a mí me cuesta pillar a la gente. Y más si intentan esconderme algo.
Me ocurrió lo mismo con Paloma. No conseguí ver lo que le pasaba y, por culpa de eso, la perdí.
En muchos sentidos, siento que también he perdido a Rhys.
—Hablamos de la función con Sadie y los chicos —comenta Anna con los ojos brillantes como las estrellas—. De hecho, quienes eligieron el tema de la obra benéfica fueron ellos. Así que será todo un acontecimiento familiar.
—Para nosotros también —musita mi padre, que le da un buen trago al vino. Me sonríe como si quisiera disculparse y añade—: También vendrá Helen. Con Ethan.
Max frunce el ceño y señala:
—Pensaba que se habían divorciado.
—Así es —responde mi padre—. Por lo visto, han vuelto a estrechar lazos. Qué sé yo. Helen solo quería informarme de que vendría y de que iría acompañada.
A mi padre nunca le ha caído bien Ethan, aunque a mí el hombre siempre me ha dado más bien igual. Tras discutirnos por esto en varias ocasiones, cuando Ethan seguía casado con mi madre, decidimos dejar de hablar del tema.
—Bueno, pues... ¿Tenemos que buscarte a una chica guapa para que te acompañe, Adam? —pregunta Anna, sonriendo socarronamente.
—¿Te estás ofreciendo, lianta? —bromea él.
Max ríe y sacude la cabeza.
—No sé cómo tenías previsto seducir a mi mujer —tercia este último—, pero no te va a funcionar. Además, puede que seas atractivo y tengas pasta, pero mi superpoder es mejor.
El padre de Rhys se inclina hacia su mujer y baja la voz para susurrarle algo en ruso, aunque no lo suficiente bajo como para evitar que lo oigamos los demás.
—Pfff, venga ya. Al final me darán ganas de vomitar —comenta mi mejor amigo—. Yo paso de pedir nada, he perdido el apetito.
Está bromeando, pero a mí me entran ganas de estrangularle para recordarle lo afortunado que es de tener a dos padres que se quieran tanto y de esta forma. Para enseñarle la expresión de anhelo con la que mi padre mira cómo se abrazan sus mejores amigos.
Sin embargo, en lugar de eso, estudio la carta e intento dar con algo que pueda comer y que no vaya a hacer que se me revuelvan aún más las tripas durante lo que queda de cena.
La comida siempre me ha aportado cierto sosiego, pero creo que tal vez también esté perdiendo esto.
Igual que todo lo que tengo en esta vida y que es importante para mí.