20. Paloma
Paloma
PASADO: PRIMERO DE CARRERA
OCTUbrE
Bennett llega tarde.
Parece mentira, porque Bennett Reiner nunca llega tarde, pero habíamos quedado hace cinco minutos y yo sigo esperando sola en esta sala de estudio privada.
Oigo el crujido de la puerta al abrirse, dejo el móvil en la mesa y sonrío mientras Bennett entra con toda su altura y corpulento cuerpo, y con la gorra tan baja que le cubre los ojos.
Hoy se ha puesto la camiseta del equipo de hockey de Waterfell, la mochila le cuelga de un hombro y lleva una especie de recipiente en los brazos.
—Buenos dí...
—Te he traído algo —me corta, colocándome ese táper azul en las manos antes de frotarse la nuca y reajustarse la gorra.
Se pone rojo como un tomate, pero yo lo miro con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Qué es? ¿Puedo abrirlo ya?
—Sí. —Asiente—. Ah, y... Buenos días, Paloma.
—Buenos días, Bennett.
Levanto la tapa y se me hace la boca agua nada más oler a azúcar.
—¿Galletas? —Abro los ojos como platos—. ¿Las has hecho tú?
—Son de pepitas de chocolate. Pero, eh... Sí. He llegado tarde porque han tardado un poco más en cocinarse, pero deberías comerte una. Ahora que están recién hechas.
Noto que se está conteniendo para no obligarme a que me coma una galleta de pepitas de chocolate recién hecha y calentita. Sin titubear siquiera, cojo una y le pego un mordisco. Está caliente, es suave y perfectamente dulce, con un toque de sal que me aviva las papilas gustativas.
—Dios, Bennett —murmuro, y casi se me nubla la mirada en cuanto el chocolate se me derrite en la lengua—. Está riquísima.
Se sonroja, pero se le dibuja una amplia, pletórica y maravillosa sonrisa. Bennett es muy atractivo y la amplitud de sus rasgos encaja con su enorme figura. Se parece a Tom Welling de joven: alto, cuadrado, con unos penetrantes ojos azules y esos rizos marrones con un corte de pelo un tanto pueril.
Separa los labios, normalmente fruncidos o serios, y deja a la vista su blanca y recta dentadura. Ahora que estoy tan cerca, veo que tiene un colmillo un poco roto. A mí se me dibuja una sonrisa de forma natural.
—Muchas gracias. No hacía falta que...
—¿Sabes eso que dijiste sobre la natación? —me interrumpe—. ¿Que te relaja? A mí me pasa con la cocina.
—¿Ah, sí? Bueno, pues puedes prepararme algo siempre que quieras. —Me río y me apresuro a sacudir la cabeza, separándome y sentándome de nuevo—. Tiendo a olvidarme de comer...
Y también soy... prudente. El dinero de la beca está genial, pero la pequeña dieta que incluye puede ser un problema. Así que ahorro tanto como puedo.
No me cuesta. Estoy acostumbrada a apañármelas y a subsistir con lo que sea. De pequeña, mi madre no siempre atendía a mis necesidades y aprendí a ir al súper y a valerme por mí misma antes de que me bajara la regla. A cuidarme lo mejor que pude.
Algo de lo que he dicho ha incomodado a Bennett, que agarra el asa de la mochila con fuerza antes de volver a abrir el puño, acomodarse en la silla que me queda delante y sacar el ordenador y las libretas.
Cojo otra galleta y le pego un bocado. Al notar el sabor, se me escapa un gemido.
Bennett tose y se sonroja mientras vuelve a centrarse en la pantalla de su ordenador.
—Son una pasada, Bennett.
—Gracias —musita antes de coger un boli negro de la mochila.
El trabajo de poesía es bastante flexible: tenemos que elegir un poema cada uno e intercambiarlos, analizarlos y luego escribir un poema reinventado siguiendo el estilo que nos plazca. El doctor Britton nos dijo que teníamos que «dejar atrás lo convencional y ser creativos».
Hoy vamos a centrarnos en escoger los poemas.
Antes de que nos dé tiempo a empezar, Bennett me pasa un paquete de bolis. Arrugo la frente y clavo la vista en la mesa que nos separa antes de desviarla hacia el bolígrafo que tengo en la mano. Al final, lo miro a los ojos.
Veo su ansiedad reflejada en el rostro. Bennett se reajusta la gorra antes de bajar la vista hacia los bolis.
En la última sesión, escribí sobre sus notas con mi boli azul, sin darle demasiadas vueltas. Sin embargo, lo vi nervioso hasta que terminamos y, en la pausa, me di cuenta de que tiraba la hoja entera y volvía a reescribirlo todo con su propio boli, de color negro.
—Yo uso estos. Así que te he comprado unos. Es... —Deja la frase a medias, sacude la cabeza y traga saliva con fuerza—. Qué vergüenza... Lo siento. Pero es que...
No le digo que lo entiendo, porque la verdad es que no lo entiendo. Pero, si así está más cómodo, a mí no me importa.
—Nada de vergüenza, Bennett. No pasa nada.
Cojo el paquete y lo abro. Guardo mi boli azul en el bolsillo delantero de la mochila, pillo uno de los suyos y hago un garabato al final de mi libreta.
—Qué sofisticados —bromeo para intentar borrar la mueca que sigo atisbándole en la cara—. Gracias por comprármelos.
Bennett asiente, pero no dice nada. Simplemente, se apoya bien la libreta en el regazo y yo dejo el tema.
Se pone a trabajar en silencio y yo hago lo propio. Sin embargo, nos miramos de vez en cuando. Y me siento sobre mis manos para evitar tocarlo.
Al cabo de una hora, Bennett se yergue en la silla de repente y coge el móvil para mirar la hora. Suelta un taco por lo bajo; una palabra que nunca le había oído pronunciar. Lo guarda todo en la mochila rápidamente, se levanta y me mira un poco aterrado.
—Tengo que pasear a Siete —me dice—. Mi perro.
Asiento.
—Me acuerdo.
Da media vuelta y se marcha antes de que pueda decir nada. Aun así, como yo también he empezado a recoger, no tardo demasiado en alcanzarlo, a pesar de sus largas zancadas.
—¿Bennett? —lo llamo, andando a su lado sin detenerlo—. ¿Puedo acompañarte?
Frunce el ceño, juguetea con las manos y ralentiza muy sutilmente el ritmo.
—¿Quieres acompañarme a pasear a mi perro?
—Sí —contesto alegre, encogiéndome de hombros—. Puede ser divertido.
Una tierna sonrisa reemplaza su sutil preocupación.
Salimos de la biblioteca y caminamos hacia la otra punta del campus, donde se encuentran las resis más grandes y caras. No debería de sorprenderme que Bennett se detenga delante de una de las casas adosadas.
—Siete es un perro... tranquilo.
No me dice nada más, pero veo que empieza a dibujarse sobre su muslo una suerte de patrón con los dedos. Es un tic nervioso que ya le conozco.
—Si crees que voy a ponerlo nerviosa —«o a ti», pienso—, puedo volver otro día.
—No. Hoy va genial. Espera aquí —me dice alejándose, antes de girarse de nuevo—. Puedo... guardarte la mochila. Mientras paseamos.
Me aferro a ella con algo más de fuerza y respondo:
—No, tranquilo. Ya la llevo yo.
—¿Estás segura? Puedo...
—No quiero —le suelto—. Es que... me gusta llevarla conmigo.
Me ruborizo de la vergüenza, pero Bennett no lo ve y se gira con la brusquedad suficiente como para que yo me sienta un poco mal por haber reaccionado de esta forma. Tras varios minutos, la puerta vuelve a abrirse y aparece Bennett con un perro negro de esos grandes caminando a su lado, despacio.
—Te presento a Siete —dice con voz calmada.
Su perro, un bonito labrador negro de grandes ojos marrones, se detiene al lado de su dueño y ladea un poco la cabeza para mirarme con curiosidad.
—¿Preparada? —me pregunta Bennett.
—Preparada.
Siete se me acerca antes que Bennett y aproxima el hocico a la palma de la mano que le he abierto.
—¿Puedo acariciarlo? —le pregunto.
Bennett asiente y nos estudia de cerca mientras me agacho y hundo los dedos en el pelaje negro del animal, que me mira con ojos sentimentales, en los que noto un aire casi tristón.
Es increíble lo mucho que me recuerda a Bennett; es como ese viejo dicho que dice que las mascotas y los propietarios acaban pareciéndose entre sí.
Echamos a andar por la acera y nos alejamos del campus para dirigirnos hacia la zona donde están las tiendas y Brew Haven.
—Bueno, ¿qué te llevó a querer tener un perro?
—Pues, eh... En realidad, no fue cosa mía. Fue una sorpresa de mi padre. —Bennett guarda silencio durante unos cuantos instantes; es como si estuviese peleándose internamente con sus pensamientos—. Es un perro de terapia. Para mi... —Carraspea—. Para mí.
Se queda callado un buen rato y veo que le centellea la mirada, como si estuviese esperando a que yo hiciera o dijera algo.
—¿Para ti? —intento ayudarlo.
—Ajá.
Guardo silencio para dejar que se explaye.
Sin embargo, en lugar de entrar en detalles, Bennett sigue caminando lo suficientemente rápido como para que yo tenga que dar zancadas más grandes con tal de poder seguirle el ritmo.
Alargo el brazo hacia él y le rozo con la mano, pero Bennett se aparta de golpe; es como si acabase de pegarle una bofetada. Se separa un poco.
Siete choca con las piernas de Bennett, que ha frenado en seco.
—Perdona —le digo levantando las manos.
Él exhala.
Reanudo el paso y él me sigue. Espero que el movimiento lo ayude a calmar la ansiedad, que claramente va en aumento.
—No te gusta el contacto físico, ¿verdad? Tal vez debería evitar tocarte. No sé por qué he...
—No. No me... —Exhala casi molesto—. Cuando me tocas tú, sí que me gusta.
Ante la sinceridad y la vulnerabilidad de sus palabras, que acaba de pronunciar un poco demasiado alto, Bennett se sonroja.
Giro la cara para que no me vea sonreír.
—Es solo que prefiero saber cuándo pasará. Y no me gustan los roces suaves.
Vuelve a detenerse; por lo visto, tanto física como mentalmente. Aguardo. Siete me da unos golpecitos con el hocico. El animal se coloca a mi lado y parece empujarme en el muslo para que me acerque a Bennett.
—¿Así? —le pregunto estirando la mano hacia la suya, pero dejándola en el aire hasta que es él quien me la coge con la suya, cálida y firme.
Durante un buen minuto, Bennett clava los ojos en nuestras manos, entrelazadas, hasta que al final se le dibuja una muy delicada sonrisa en los labios.
Me invade cierto orgullo, tanto por él como por la conversación, y siento la necesidad de ser vulnerable a su lado, de abrirle mi propio corazón y hablarle de mis inseguridades, esas que arrastro como si fuesen una parte intrínseca de mí.
Sin embargo, a diferencia de Bennett, parece que yo carezco de valentía.
Como el miedo me paraliza, no le digo nada de eso.