19. Paloma
Paloma
PASADO: PRIMERO DE CARRERA
OCTUbrE
Como en ocasiones soy una idiota de manual y como es probable que a veces pierda la noción del tiempo cuando estoy en el agua, voy tarde.
Echo a correr (literalmente) por el campus, aporreando el suelo con los zuecos. Atravieso la puerta del Brew Haven a toda prisa a las 7:05 clavadas.
Bennett ya está aquí (cosa que ya sabía). Al verme, se levanta; se me revuelve el estómago.
Se ha puesto unos pantalones preciosos de color verde aceituna y una camisa blanca arremangada hasta los codos.
Sus suaves rizos color caoba le caen cuidadosamente alrededor de los ángulos de la cara.
Lleva un elegante reloj en la muñeca; uno caro, pues el oro resplandece en contraste con su piel, sutilmente bronceada.
Reparo en cómo voy vestida y me entran un poco de náuseas. Llevo una camiseta gris muy gastada y un mono que compré en una tienda de segunda mano. Sigo con el pelo mojado y recogido en una trenza suelta que huele muchísimo al acondicionador caro de mi compañera de piso, que he usado esta mañana.
La vergüenza inunda mi cuerpo y me siento tentada de empezar a disculparme por haber venido tan mal vestida.
Sin embargo, Bennett está sonriendo y sus ojos azules como el océano casi centellean mientras me saluda con la mano para llamar mi atención. Como si yo hubiese reposado la vista en cualquier otra cosa que no fuera él.
—Perdona... —suelto igualmente, cubriéndome mis sonrojadas mejillas con las manos—. ¿Me cambio?
Él frunce el ceño con fuerza mientras me mira, puede que por primera vez.
—¿Por qué? —A juzgar por su tono de voz, parece confundido—. Estás muy guapa.
—Ay... —Suelto una risa y me sonrojo aún más mientras me acomodo en el reservado. Bennett espera a que me haya sentado antes de volver a sentarse delante de mí—. Gracias.
Se encoge de hombros.
—Siempre lo estás.
Lo dice como si fuese lo menos interesante de mí. Se me encoge el corazón.
—Gracias...
—¿Cómo es que llevas el pelo mojado? —pregunta de sopetón.
Me sonrojo y Bennett parece más pálido.
Bennett Reiner es una persona cuidadosamente controlada.
Lo he visto en suficientes situaciones distintas como para saber que es meticuloso al hablar y que medita muy bien sus palabras.
Pero, conmigo, parece que le ocurra esto a menudo: suelta lo que piensa y lo que siente sin filtros, sin ese cuidadoso control.
Eso es un alivio y un tanto egoísta por mi parte, porque siento que, para él, no soy una persona cualquiera.
Que, en cierto modo, soy más que el resto.
Sacude la cabeza como respuesta a su propia pregunta y hace una mueca, como si no hubiese querido preguntármelo y estuviese dispuesto a lo que fuera con tal de retractarse. Va flexionando las manos en un rápido patrón mientras intenta disculparse:
—Lo sien...
—Qué va, no pasa nada. He, hm... —Me tiro de la trenza y me muerdo el labio—. He ido a nadar por la mañana, así que me he duchado muy rápido antes de venir y no se me ha acabado de secar el pelo. Y lo llevo un poco enmarañado.
—¿Nadas? ¿Para el equipo de la uni, digo?
Frunce el ceño y ladea la cabeza. Parece casi consternado ante la posibilidad de que se le haya pasado este detalle sobre mí.
—Uy, no. Me gusta, pero nada más. Me siento bien cuando nado, y me ayuda a desestresarme. O sea que... lo hago solo para divertirme, supongo. Me relaja.
Al oír mis palabras, asiente, comprensivo.
—¿Tú nadas? —me intereso.
—En la piscina, por placer. Pero no en plan... —Juguetea con sus rizos con una mano y se repiquetea la pierna con la otra—. No sé nada de técnica.
—Puedo enseñarte, si algún día quieres aprender. Igual te viene bien.
Tuerce un pelín el gesto, pero carraspea e intenta decantarse por otra pregunta.
—Y... ¿cuánto tiempo llevas nadando?
—Desde que era pequeña. Me... me caí en una piscina y pensé que debería aprender a nadar para no ahogarme.
—Río, esbozo una sonrisa y me echo unos cuantos mechones de pelo hacia atrás—.
Pero, bueno, nunca lo dejé. Y luego se convirtió en algo que me aportaba paz, que me hacía sentir completamente relajada y a salvo.
Es raro, teniendo en cuenta que la primera vez casi me ahogo.
Se me vuelve a escapar la risa, pero Bennett se limita a escucharme con una concentración absoluta.
Se hace el silencio entre los dos. No es incómodo, pero sí lo bastante largo como para que Bennett parezca más nervioso.
—Gracias per haberme invitado. Me... —Desvío la mirada hacia la barra, donde veo a una chica de melena castaña con pose caída, ya sea por el aburrimiento, ya sea porque tiene sueño; juguetea con las puntas del pelo, que lleva recogido en una coleta—. ¿Pedimos?
—Claro. Café —responde Bennett casi para sus adentros, como si estuviese recordándoselo a sí mismo—. Si me dices qué quieres, puedo pedir yo.
No tomo café; solo probé unos cuantos sorbos de esas tazas negras y amargas en una cocina de la que preferiría no acordarme jamás. Mi madre no preparaba un café para despertarse, ni siquiera tenía cafetera; prefería echar mano de un bote naranja de pastillas o de una botella de whisky.
— ¿Mamá?
Un destello de melena rubia, despeinada y enmarañada. Una niña pequeña con el cepillo en la mano, medio escondida detrás de ese sofá manchado para pedirle a su madre que la ayude .
Se me revuelven las tripas mientras me deshago de esos indeseados recuerdos.
—¿Qué sueles pedir tú?
—Café solo con hielo y con tres cucharadas de leche de almendras —anuncia como si estuviese leyendo un manual de instrucciones. Se frota la nuca con la mano y me mira—. Pero no deberías pedir eso. O sea, es que no sé si te va a gustar. No es dulce, si es lo que prefieres.
Las bebidas dulces sí que me gustan. Normalmente, pediría una Dr. Pepper y arreando, pero quiero que este momento marque un punto de inflexión. Hacia algo distinto, mejor.
—Elige tú por mí. Sorpréndeme —le digo sonriendo de oreja a oreja para animarlo.
Bennett parece aprensivo y se muerde el labio inferior un segundo a la vez que gira la cara para mirar por encima del hombro y estudiar la carta.
—Vale. De acuerdo.
—Pidas lo que pidas, me gustará. Te lo prometo.
Bajito, en los altavoces de la cafetería, suena «Big Black Car», de Gregory Alan Isakov.
Bennett se apoya en la encimera y encorva un poco sus anchísimos hombros para hablarle a la camarera en voz baja.
Mantienen una breve conversación, pero nunca establece contacto visual con la chica y regresa con un cartelito con un número.
—También te he pedido algo de comer. Como has ido a nadar, he pensado que debes de tener hambre.
Siento un aleteo en el estómago.
«No te relajes demasiado, Polly. Acabarás pasándolo mal».
—Me muero de hambre —suelto, como si hablar en alto fuera a silenciar todo lo demás.
Al cabo de poco, aparecen el misterioso plato y la bebida ante mí: tiene una pinta más sofisticada que el bocadillo que esperaba que fuesen a traerme.
Cuando Bennett envuelve el café con su gran mano, su bebida parece pequeñísima. Le da un sorbo antes de estudiarme con cautela; me doy cuenta de que me he quedado empanada mirando el plato que tengo delante.
—Es, hm... Uno de sus platos estrella. Huevos a la plancha, aguacate, crujiente de beicon, tomates y feta sobre patatas hash brown .
Y por encima le echan una reducción balsámica.
De hecho, diría que es lo que le da un toque al plato, así que he pedido que te pusieran extra.
Y, para beber, pumpkin spice : es dulce, pero hacen el sirope ellos mismos, así que creo que te gustará. Aunque... si ves que lo odias...
—Huele de maravilla y tiene una pinta riquísima. Creo que me va a encantar. —Corto la comida y me como un buen bocado antes de levantarle los pulgares a Bennett.
Una inmediata explosión de sabores en la lengua: delicioso, salado y dulce, todo a la vez.
Suelto un gemido mientras cojo un poco más y me cubro la boca, pegando saltitos en la silla, ilusionada, mientras vuelvo a disfrutar de esta exquisita experiencia gastronómica por segunda vez.
Cojo la taza, le doy un sorbo al café y dejo que la nuez moscada y la canela me acaricien la lengua.
—¿Te gusta? —me pregunta, con cierta impaciencia en la voz.
Asiento con sinceridad y consigo sonsacarle una pletórica sonrisa.
Las sonrisas de Bennett son escasas, pero preciosas.
Puedo contar con los dedos de una mano las veces que le he visto una.
Se le encorva un poco más la comisura derecha del labio mientras cierra la boca y se le achica la sonrisa.
Aun así, sigue con las mejillas bien marcadas y sus oscuras cejas relajadas, bajo las cuales descansan unos océanos tan azules y profundos que me entran ganas de nadar en ellos. Su felicidad resulta embriagadora.
Para Bennett, esto es importante: que esté comiendo algo que ha elegido para mí.
«Comida». Me guardo esta información en la carpeta mental que tengo sobre «Intereses de Bennett», junto con la poesía y el hockey.
—Bueno —digo, zampándome el desayuno en tiempo récord—, ¿cómo empezaste a interesarte por la poesía?
Al oír mi pregunta, hace una mueca y se toca el pelo antes de exhalar y responder:
—Me... ¿Estás segura de que quieres hablar de poesía?
—A ver... Siempre y cuando tú quieras.
Está claro que esto, sea lo que sea, le molesta. Vuelve a juguetear con las manos, inquieto, y se ha le han tensado los hombros bajo la tela blanca de la camisa.
—Vamos juntos a clase de poesía. Y el hockey es tu trabajo —dice. Frunzo el ceño: ¿adónde quiere ir a parar?—. Estamos en una cita. Se supone que debería preguntarte algo sobre ti.
Me siento aliviada; me doy un segundo para dejar los cubiertos sobre el plato, ya vacío. Si no fuera porque pienso que incomodaría a Bennett, creo que lo lamería. Pero el momento que estamos compartiendo parece grande, importante, así que me tomo algo de tiempo antes de hablar.
—Nunca había tenido una cita —confieso, acomodándome unos cuantos mechones de pelo detrás de la oreja—. Así que puede que no sepa cómo tiene que ir, pero creo que saber por qué te gusta la poesía es una forma de conocerte mejor. Y eso me gustaría.
Bennett vuelve a sonreír, pero ahora lo hace con más ganas, dejando entrever los dientes.
—Yo tampoco había tenido ninguna cita —reconoce.
El tiempo vuelve a detenerse a nuestro alrededor mientras nos quedamos mirando el uno al otro con una sonrisa en los labios.
—Te he traído algo —dice de repente, metiéndose la mano en el bolsillo y sacando un elegante sobre—. Ya lo abrirás luego.
Acato su clara orden y me guardo el sobre en el bolsillo del mono antes de dar una palmadita justo encima.
—De acuerdo —respondo.
No nos tocamos, pero lo siento. El delicado rasgueo de la guitarra de la música que suena en la cafetería es la banda sonora de lo que se siente al encontrar algo mejor, algo bueno, algo seguro.
Por la noche, abro el sobre acunada por la seguridad de mi cuarto y leo el «Soneto 227» bajo la tenue luz de las centelleantes estrellas que tengo en el techo y de la lámpara que hay al lado de la cama. Me río al ver que se trata de un poema de Petrarca, literalmente, y no solo por la estructura.
Sin embargo, la risa se me atasca en la garganta a medida que voy leyéndolo línea por línea, el corazón me late desbocado y se me enciende la piel. Hasta oigo el melodioso y suave tono de Bennett susurrándome cada palabra en la piel:
Dichoso aire, cuyos vivos rayos
permanecen. Y tú, clara corriente ,
¿por qué no podemos cambiar caminos?
El poema me envuelve como si de una manta se tratase, reconfortándome mientras me quedo dormida con la hoja bien pegada al pecho.