18. Bennet
Bennet
PASADO: PRIMERO DE CARRERA
OCTUbrE
Pasa una semana más en la que seguimos con la misma rutina de siempre y yo continúo sin lograr preguntárselo.
Estoy prácticamente convencido de que mi pasividad frustra tanto a mi padre como a mi psicóloga, pero ninguno de los dos me ha insistido para que hiciera nada. Y puede que sea aún peor.
Tal y como diría la doctora Anya: «Evitarlo solo te hace daño, Bennett».
Ahora, mientras salimos juntos de clase, al igual que hacemos siempre, Paloma sigue hablando. No ha dejado de hacerlo desde que hemos empezado a trabajar juntos. Y no podría sentirme más agradecido por ello.
Primero, sobre el trabajo de poesía. Luego, acerca de su compra más reciente en la tienda de segunda mano y que la tiene entusiasmadísima.
Mientras dejamos atrás los pasillos del Centro Haley y salimos donde nos recibe la centelleante luz del sol y el atiborrado camino del campus principal, voy dándome más y más cuenta de lo a menudo que se para la gente a mirarnos.
Al principio, estoy convencido de que es por mí.
Soy un tipo grande, como mi padre, y estoy acostumbrado a que los demás me miren de pasada o levanten las cejas, intimidados, cuando camino por su lado.
Pero esta vez es diferente. Los chicos, sobre todo, repasan a Paloma con la mirada mientras camina delante de mí, como si fuese alguna especie de obra de arte escénica dispuesta ahí para que la observen.
Esto tiene algo más... siniestro que las miradas a las que estoy acostumbrado.
Camino un poco más cerca de ella, como si fuera su corpulenta sombra, mientras nos acercamos al punto en el que solemos separarnos.
«Intenta cogerla de la mano».
Suena muchísimo más fácil de lo que es, físicamente hablando. Y puede que solo sea cosa mía, pero, al imaginarme cogiéndole la mano, se me seca la garganta.
—Perdona. Te estoy metiendo una chapa alucinante —dice, algo abatida.
Se pasa un dedo por una de sus despeinadas trenzas.
He prestado la suficiente atención como para saber que está hablando de los primeros partidos de hockey que tenemos este finde fuera de casa y de lo frustradísima que está porque no la hayan escogido a ella.
Irá Jeremy—. Tampoco sé si quería ir, la verdad, pero.
.. Supongo que es porque trabajo más que él.
Me esmero muchísimo más que él y a mí ni siquiera me preguntan si. ..
—¿Quieres tomar un café conmigo?
Las palabras me salen disparadas y tanto Paloma como yo nos detenemos en el acto. La brisa le mece unos cuantos mechones sueltos que acaban bailándole por la cara y se los aparta enseguida.
—Oh... —exhala abriendo sus ojos marrones como platos y fijándolos en mí—. ¿En plan amigos? ¿O en plan cita?
Se me revuelven las tripas ante esa inesperada y terrible pregunta. Me arden las mejillas, abro y cierro la boca dos veces y me dispongo a pensar en la mejor manera de cambiar de tema.
Pero, entonces, Paloma me sonríe. Con ternura y calidez.
—Si fuese una cita, tampoco me importaría... —dice con la mirada centelleante.
Eso que notaba en el estómago no solo no desaparece, sino que, en cierto modo, va a más. Es una sensación cálida y vibrante que me recorre el cuerpo entero. Se me pone la piel de gallina y yo culpo a la fresca brisa otoñal.
—En plan cita, pues. —Asiento—. Mañana. A las siete de la mañana.
Es absurdo que le proponga una cita de aquí a tan poco tiempo y tan temprano. Ni siquiera ha sido una pregunta..., pero, aun así...
—Hecho.
—¿Esos son... tu padre y tu madre?
Quien lo pregunta es Freddy, pero yo ya sé la respuesta. Anna y Max Koteskiy están en las gradas del entrenamiento; suele estar prohibido, pero no me sorprende su presencia.
Rhys asiente y se ríe al ver a Freddy tan confundido y resacoso.
Max es alto y emana autoridad incluso desde la distancia; sin embargo, cuando algo tiene que ver con su mujer y su hijo, es tierno como el que más. Ahora mismo, su expresión es seria y severa; tiene una mano apoyada en la nuca de su mujer. Un pilar de fuerza detrás de Anna.
—Es Maximillian Koteskiy —dice un estudiante de último curso, dándole un codazo a Freddy, que casi se cae. Me pregunto si, aparte de tener resaca, no se habrá presentado al entreno borracho—. Sigue siendo el hombre que más Copas Stanley ha ganado. El enforcer del siglo.
Rhys sonríe. Un hijo orgulloso que encaja a la perfección con un padre igualmente orgulloso.
—Sí, es mi padre. Me juró que no vendría por el hockey, así que estará aquí por mi madre.
Anna parece tierna, y lo es, pero también es ferozmente protectora.
Lleva el pelo recogido en una coleta, y se ha puesto un vestido largo con cuello vuelto.
Para no variar, parece muchísimo más joven de lo que es.
Eso significa que ya estoy acostumbrado a comentarios como los que sé que vendrán a continuación.
—Hossstia, Koteskiy —bromea uno por lo bajo—. ¿Esa es tu madre? Hay que joderse...
Agarro al tío antes de que siquiera pueda darme cuenta de quién es.
—Cuidado —le suelto, mirando a todos los jugadores a nuestro alrededor—. Te estás pasando de la puta raya.
Rhys me coge por el jersey y me aparta un poco, así que suelto al chico de último curso al que había agarrado.
El entrenador Harris hace sonar el silbato y nos acercamos a los bancos, donde aguardamos de pie o nos quedamos con una rodilla en el suelo mientras los padres de Rhys bajan.
—Hola, chicos —dice Anna, sonriendo con amabilidad y saludando a su hijo con la mano.
Rhys le devuelve el gesto igual de ilusionado; nunca siente ni pizca de vergüenza—.
No quiero robaros mucho tiempo, solo quería hablaros de la obra benéfica que estoy organizando.
Es en favor de una vivienda asequible y gratuita.
Y me encantaría poder contar con vuestra ayuda.
Habla con ternura, como siempre. Parece tan pequeña, de pie al lado del banco y rodeada por los sudorosos jugadores de hockey, que siento una punzada en el pecho.
Si cerrase los ojos, me bastaría con oír su tono de voz para que los recuerdos regresaran a mí.
Recuerdos de cuando tenía seis, siete, diez años, o incluso catorce o dieciséis, y hacíamos galletas o sirope de chocolate; o de cuando Anna probaba lo que quiera que yo hubiese preparado, por más malo que estuviera.
Acude otro recuerdo a la mente: el de un niño con lágrimas en los ojos y temblando como una hoja.
Y una silenciosa petición:
— ¿Crees que podría practicar? ¿Me ayudarás?
— Claro que sí, Ben .
Y, entonces, me abrazó. Me abrazó de una forma que, por primera vez en mi vida, ahuyentó el pánico .
Sacudo la cabeza casi con demasiada brusquedad, tanta que Rhys se sobresalta. Me calma sin apartar la vista de su padre, que es quien ha tomado la palabra; tiene la mano apoyada en el hombro de su mujer, que lo mira y le da un beso en los nudillos.
Los Koteskiy siempre han sido muy afectuosos. Es algo que nunca vi en mi casa, de pequeño, aunque me duela mucho aceptarlo.
«Mis padres se querían. De verdad...».
—¿Ben?
Es Rhys, que me está sacudiendo el hombro.
—Perdona. No sé dónde tengo la cabeza hoy...
Mi mejor amigo sonríe y echa a patinar hacia atrás por la pista, que se está vaciando en un abrir y cerrar de ojos.
—Voy a cenar con mis padres. Creo que el tuyo también estará. ¿Te apetece venir?
«¿Me apetece ver cómo mi padre se queda mirando a los tuyos, adorándose mutua y públicamente, mientras finge no estar triste para que no me afecte a mí?».
—Claro. Pero primero tengo que hacer mi rutina.
—Te mando la dirección.
Espero pacientemente a que todo el mundo se haya marchado antes de que Paloma venga a ayudar. No hablamos, pero su mera presencia me tranquiliza.
La acompaño al coche, como siempre, pero, esta vez, le abro la puerta y espero.
—Ya quiero que sea mañana —me dice.
Una ola cálida me recorre el cuerpo.
—¿Sí? —le pregunto.
Paloma asiente.
—Yo también —le digo.
Le acerco los dedos a la cara, atreviéndome a acomodarle un mechón de pelo suelto, y dejo que esa espléndida sensación cale en mi piel.
—Buenas noches, Bennett.
—Buenas noches, P. —susurro.
Antes de subirse al coche, Paloma se sonroja al escuchar el delicado susurro de su apodo.