Unbound (The Undone 3) 17. Bennet
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17. Bennet

Bennet

PASADO: PRIMERO DE CARRERA

SEPTIEMbrE

Estamos en la última semana de septiembre, que viene acompañada de un clima más fresco y la habitual ansiedad que siento al empezar la temporada de hockey, aunque la novedad de este año la multiplica por diez.

También estamos a martes, lo cual significa que ahora mismo estoy sentado en la parte delantera del coche de mi padre, con el asiento echado hacia atrás para poder estirar las piernas. Tengo la cabeza hundida entre mis temblorosas rodillas y voy exhalando en un mismo patrón.

Las sesiones de terapia no siempre son así; solo a veces.

—Podrías haber traído a Siete.

Lo dice con un tono amable, pero lo que yo oigo es lo que mi padre quería decir realmente: «Deberías haber traído a Siete». Y tiene razón.

—Me irá bien —respondo entre dientes.

Sacudo la cabeza y abro la puerta con brusquedad, como si de repente fuese a echar a correr alegremente hacia el edificio de oficinas de obra vista que tengo delante. En lugar de eso, en cuanto la puerta se cierra a mis espaldas, vuelvo a titubear.

«Entra y cuéntaselo todo».

Oigo una especie de chirrido en cuanto mi padre baja la ventanilla y, con voz calmada y tranquilizadora, me dice:

—Vuelvo dentro de una hora, y así vamos a cenar al sitio de siempre.

Asiento para que vea que lo he oído, pero no me doy la vuelta.

—Te quiero, Ben —añade.

Se va antes de que yo eche a andar, pero sus palabras me guían hasta los escalones de piedra y me acompañan hasta dentro.

Visito a esta psicóloga desde que me diagnosticaron de pequeño. Es una mujer afable, pero firme. La doctora Anya es la única que conoce mis rutinas tan bien como yo.

—¿Qué tal la semana, Bennett?

Mi psicóloga empieza todas las sesiones con esta misma pregunta, mientras coge el boli que tiene en la oreja sin que se le deshaga el moño de rizos que siempre lleva repeinado hacia atrás. Viste una impecable camisa blanca que contrasta muchísimo con el tono oscuro de su piel.

—Bien.

Y yo empiezo todas las sesiones con esta misma respuesta, a pesar de que nada tenga que ver con mis sentimientos.

Pero a la doctora jamás se le pasan por alto mis emociones.

Es lo que tiene que lleve tratándome desde que tenía ocho años.

Nos hemos pasado las últimas sesiones hablando del «cambio» que ha sufrido mi vida, de que me haya marchado del internado para ir a la universidad y de que evitase el tema de que mi mejor amigo esté alejándose poco a poco de mí.

En lugar de eso, hoy hablamos de hockey.

Sobre todo, de la nueva persona encargada de las equipaciones.

—¿Y qué tal la nueva rutina, en este sentido?

Sin duda, se refiere a Paloma. Ya hemos hablado de ella antes y he dejado clara la naturaleza de mis sentimientos, que no dejan de crecer. No puedo evitar sonrojarme.

—Bien. Lo hace todo bien. Tal vez no tenga que seguir supervisándola.

La doctora Anya aprieta los labios.

—¿Y te incomoda? ¿Que tenga que hacerlo sola, sin que tú la guíes?

No me incomoda soltar el control para dárselo a Paloma o confiar en ella; eso ya lo hago. Lo que me incomoda es saber que no estar con ella significará otro cambio más en esta nueva rutina; no me apetece en absoluto.

—Me gusta ese rato con ella —reconozco en voz baja.

Siento que acabo de quitarme un peso de encima. Uno de muchos. Decirlo en voz alta me alivia.

La doctora Anya asiente y repiquetea varias veces con el boli.

—¿Crees que te gustaría pasar más rato con ella? ¿Aparte de esos pocos minutos en el complejo deportivo?

—Va a la misma clase de poesía que yo.

—Fuera de las clases o de su trabajo, Bennett. ¿Te gustaría hacer alguna otra cosa con ella?

Frunzo el ceño, pero asiento.

—A lo mejor podrías preguntarle si quiere tomar un café contigo.

Enseguida me invade una especie de incomodidad que me lleva a negar con la cabeza. «Me retracto. No quiero pasar más tiempo con ella si solo puedo hacerlo así».

—No. Pero a lo mejor me lo pide ella.

Siempre ha sido así. Rhys me pidió que patináramos juntos primero. Freddy se acopló directamente a nuestro grupo. Decir que sí me resulta más fácil. Empezar una conversación me agobia tanto que me cuesta incluso imaginármelo.

La doctora Anya se reacomoda en el asiento frente a mí.

—Me parece que es muy importante que tengas más amigos aparte de Rhys o de tus compañeros del equipo de hockey. ¿Por qué no practicamos cómo podría salir? Así puedes proponerle que vaya a tomar un café contigo en la próxima clase de poesía o... en el complejo. Lo que surja primero.

Quiero decir que no. Creo que preferiría hablar de Rhys y de mi omnipresente miedo antes que hacer esto. Dios, si quizá incluso preferiría hablar del tema favorito de la doctora Anya: el divorcio. Aunque...

— No es que sea una fanática de la poesía, y menos de esta. Es muy... Tiene muchas normas .

— Es... Deberías darle otra oportunidad .

Paloma sonríe, levanta los ojos hacia mí y veo que le brilla la mirada.

Se ha recogido su larga melena color castaño claro como buenamente ha podido en una trenza algo despeinada, pero se le han soltado unos cuantos mechones y ahora le caen alrededor de la suave y radiante piel de la cara.

Tengo la sensación de que me arde y me suda la nuca .

— Tal vez lo haga .

— Vale .

Dejo que pasen una semana y un día hasta que decido intentarlo.

Entre las palabras de ánimo de mi padre mientras lo volvíamos a practicar anoche a la hora de cenar y la disimulada decepción que atisbé en mi psicóloga cuando se enteró de que todavía no se lo había pedido, creo que no puedo sentirme más preparado.

Me paso toda la clase moviendo la rodilla casi al mismo ritmo al que me late el corazón, que me va tan desbocado que a duras penas oigo nada de lo que ha dicho el profesor hasta que repite:

—Por parejas.

Unos ojos marrones me encuentran enseguida, acompañados por una sonrisa socarrona escondida entre esos carnosos labios de color rosa, mientras Paloma viene hacia mí. Como si no existiera nadie más. Su primera elección, a pesar de que, en su día, fuimos los últimos dos en elegir compañero.

El doctor Britton nos mira con expresión interrogativa, pero yo casi no me doy cuenta ni oigo nada de lo que dice porque el pulso me late con fuerza. Tantísima que temo que Paloma también vaya a oírlo.

«Paso uno: hazle un cumplido sobre su mochila...».

—Hey —me dice.

Le devuelvo el saludo y me yergo un poco más en la silla.

—Eh, oye, me...

El profesor viene hacia nuestros escritorios y me interrumpe:

—No serán los más atentos de la clase, pero un poco videntes sí que son.

—Al ver lo confundidos que estamos, suspira—.

Estaba haciendo parejas para el trabajo, aunque parece que ustedes dos no han oído nada de lo que he dicho.

Pero da igual, porque... ¡Tachán! —Hace repiquetear su bastón tres veces—.

Iba a ponerlos juntos de todas formas: la chica de los versos libres y el chico de los sonetos bien estructurados.

Como un extraño y poético dúo de superhéroes.

A Paloma se le escapa una risita. Yo me río un poco, sonrío al profesor y asiento con la cabeza.

—¿Espera que vayamos a pelearnos sobre la muerte? ¿E. E. Cummings versus Petrarca?

Vuelvo a guardar silencio mientras nuestro profesor sonríe pletórico ante la sarcástica agudeza de Paloma.

—He escogido unas elegías específicas para ustedes dos. ¿O prefieren las odas?

Normalmente, me divertiría este tira y afloja verbal entre ellos dos, pero no puedo centrarme en nada que no sean las instrucciones que tengo guardadas en la cabeza y que repito sin parar para que no se me olviden.

«Paso uno: hazle un cumplido sobre su mochila.

»Paso dos: dale tiempo para que se acomode en el escritorio.

»Paso tres: establece contacto visual y pregúntale: “¿Te apetecería tomar un café conmigo?”».

La miro y repiqueteo con el boli mientras siento que el cuerpo se me ha convertido en un latido colosal.

Paloma le presta atención al profesor, que nos habla de todas las obras del trabajo.

Ella juguetea distraídamente con el pelo, deshaciéndose la trenza y volviéndosela a hacer. Aprieto los puños. Quiero peinarla.

«Céntrate. Paso uno...».

La vibración del temporizador que tiene el doctor Britton en el escritorio hace que, de pronto, se desate una especie de frenesí en la clase.

Puede que todo el mundo se esté moviendo despacio, pero a mí me da la sensación de que lo hacen a toda velocidad; tengo el pulso y la adrenalina por las nubes.

Paloma se levanta y yo la imito. Guarda las hojas en la carpeta con calma y coloca las mías con cuidado en el archivador que tengo abierto, aplanando bien las puntas hasta dejarlas impecables de nuevo.

—¿Has dicho que querías preguntarme algo? —me dice mirándome con expectación, pero dubitativa.

—No. —Niego con la cabeza y clavo la vista en el suelo—. Qué va.

Nos quedamos así un minuto más.

—Tu mochila mola —digo finalmente.

Me atrevo a mirarla otra vez y siento que me arde la cara.

Paloma sonríe de oreja a oreja y se sonroja. Parece un poco avergonzada.

—Gracias. De hecho, la, eh... La encontré en una tienda de segunda mano. Y estaba por estrenar, además. Hasta tenía la etiqueta y todo.

Se da la vuelta despacio, como si quisiera enseñarme la mochila de color azul océano a la que le cuelga una etiqueta de los Waterfell Wolves. Me aferro a la mía con algo más de fuerza y cojo el archivador que Paloma ha cerrado por mí.

—Nos vemos luego, Bennett.

«Di algo. Hazle un cumplido sobre la mochila. Pregúntale si quiere tomar café contigo».

«Di algo».

Cierro la boca, sonrío con los labios apretados y me despido de ella con un gesto de la mano idéntico al suyo, mientras Paloma sale del aula.