Unbound (The Undone 3) 16. Paloma
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16. Paloma

Paloma

PRESENTE

Hay mucho ruido.

Me acordaba de primero, a pesar de que ya había estado en los vestuarios y en la sala de equipación antes.

Ahora, estoy sentada en una silla fuera del despacho del entrenador Harris, esperando a que me apruebe el horario; el hecho de que pueda oír a todo el equipo desde aquí me deja claro lo ruidosos que son.

Alguien pega un portazo y veo que Toren Kane sale de uno de esos despachos cual alma que lleva el diablo (aunque el diablo en cuestión suela ser él).

Toren Kane, la nueva lapa pegada a mí. El siniestro jugador desterrado del equipo de hockey que, al parecer, no puedo quitarme de encima, a pesar de que mi vida sería muchísimo más fácil si ese chaval no estuviese siempre juzgando mis decisiones, adoptando tanto el papel de poli bueno como el de poli malo.

—No he acabado —suelta otra voz.

Desvío la atención hacia el hombre bien vestido que hay en la puerta del despacho de donde acaba de salir Toren.

Este gira sobre sí mismo y, al estirar los brazos, casi toca ambas paredes del pasillo.

—Como ya he dicho —suelta con desdén—, me la puto suda. Prohíbeme jugar, si quieres. Y decid adiós a la temporada del equipo.

Su voz es arrogante y segura, pero parece alterado. Cabizbajo y con ese pelo negro azabache enmarañado, pasa disparado por mi lado sin mirarme siquiera. Como si no me hubiese ni visto.

El otro hombre, que me resulta familiar y que lleva un traje azul marino, me mira un segundo y sacude la cabeza antes de volver a meterse en el despacho y cerrar de un portazo.

—O sea, ¿que todo el mundo te odia? —suelto, y consigo que Toren frene en seco.

Me estudia con sus ojos dorados y frunce el ceño un segundo antes de sonreír y dejar a la vista unos colmillos espeluznantemente afilados.

—Es mi especialidad. —Se cruza de brazos—. ¿Estás aquí porque quieres robarme el puesto? ¿O has venido solo a quedarte embobada mirando a Reiner hasta que te entren náuseas?

Me da un vuelco el corazón, resoplo y le aparto la mirada antes de que sus intensos e irritantes ojos vean más de lo que ya han visto desde el último semestre.

Aunque él me ha calado desde el primer momento.

— Se te está cayendo la baba .

Retrocedo un poco, alejándome de la voz que me ha pillado por sorpresa en una esquina en la fiesta de Halloween de la Hockey-resi. Me encuentro con un tipo alto con una máscara de Ghostface puesta y una camisa blanca con botones. Ríe y se quita la máscara .

— ¿Tú no tienes un campamento de verano al que aterrar? —le suelto, apartándome de él .

— Te equivocas de película —musita Toren, siguiéndome—. Y de dirección. Las Tortugas Ninja de las que estás tan enamorada están ahí de ...

— Para —suelto, a la vez que me giro para ir hacia él, aunque me arrepiento de inmediato al ver al altísimo chico de verde que hay en la cocina, a pocos metros de distancia .

Está de espaldas a mí, con sus anchos hombros meticulosamente cubiertos con pintura corporal verde y el nudo de ese antifaz azul escondido bajo unos despeinados rizos marrones. Es tan guapo que duele, incluso ahora .

Normalmente, intento evitar salir de fiesta en la Hockey-resi.

Ver a Bennett relajado o medio borracho y con una sutil sonrisa en esos labios que tiende a fruncir siempre aviva una punzada de dolor que me lleva hasta él.

Que me llena de una falsa seguridad en mí misma cargada de un montón de « tal vez » y diversos « y sí ».

Bennett gira la cabeza por encima del hombro y sus ojos encuentran los míos por un momento; con ese antifaz, el azul de sus ojos resulta incluso más intenso. Se me enciende la mirada y me arden las mejillas, y ese persistente deseo se me arremolina con fuerza en el estómago .

Me giro antes de que pueda hacer o decir algo que vaya a empeorarlo todo, abro la puerta corredera y salgo a la terraza iluminada con farolillos. Toren me sigue de cerca y se guarda la máscara bajo la cintura de los pantalones .

— Pobrecita Blake —dice Toren con desdén, agarrándome por la muñeca y acercándome a él—. Se ha enamorado de un chico que también la quiere a ella, pero la chica no se permite estar con él. Ridículo .

— No lo entiendes. —Lo empujo con desánimo, a la vez que él me acorrala contra la primera pared que encuentra e impide que cualquiera que haya ahí fuera me vea .

— ¿No? —Agacha la cabeza y me susurra al oído—. El autodesprecio se lleva por dentro, Blake. Y el mío corre por todas las venas de mi maldito cuerpo. Yo sangro autodesprecio .

Lo empujo (ahora, con más fuerza), pero él me agarra por la muñeca para detenerme.

Mueve la mano y me acaricia los mechones de mi teñida melena pelirroja mientras me observa con esos ojos dorados; es como si acabase de entrar en trance ante el color rojizo de mi pelo, aunque recupera la compostura de golpe .

— ¿Hiedra Venenosa? —pregunta con una sonrisa socarrona y riendo por lo bajo mientras me estudia el disfraz con la mirada, pero como si nada—. Te pega .

— Que te follen .

Se le ilumina la mirada y responde :

— Ya te gustaría a ti hacerlo. Pero no puedes cruzar este límite porque sería pasarse, ¿no? No quieres hacerle daño a él; lo que quieres es hacértelo a ti misma .

Como si de dardos se tratasen, sus palabras encuentran la diana enseguida .

— No estoy enamorada de él. Lo que pasa es que tú eres un psicópata .

Le centellea algo en la mirada y se pega un puñetazo en el pecho, como si estuviese clavándose una daga en el corazón .

— ¿Ah, sí? —Ríe con los ojos húmedos—. Quien tiene lo que quiere a tiro de piedra y, aun así, sigue tratando al otro como el culo eres tú. Pero el psicópata soy yo, ¿no?

Toren musita algo por lo bajo, se hunde la mano en el bolsillo y saca un chupa-chup. Le quita el envoltorio y se lo mete entre los labios antes de dejarse caer contra la pared y quedarse ahí apoyado cual parca que observa la fiesta con la mirada cargada de odio .

Sigue siendo aterrador incluso así, sin la máscara de Ghostface y con un chupa-chup en la boca.

Casi todos los que están en la fiesta se mantienen alejados de él, pero no me pasan desapercibidas las chicas que se lo quedan mirando un pelín demasiado, como si quisieran ver qué puede ofrecerles exactamente este malote .

Yo me paso la noche evitando a Bennett Reiner .

Por más que lo odie por ello, Toren tiene razón. No quiero hacerle daño a Bennett .

Lo que quiero es hacérmelo a mí misma .

Sacudo la cabeza para deshacerme de ese recuerdo y abro la boca para contestar a Toren.

Pero ya se ha girado y se dirige hacia el vestuario, de donde procede un ruido espantoso. Cuando entra, oigo que el entusiasmo del equipo amaina un poco antes de volver a ganar fuerza, aunque de forma muchísimo más discreta.

—Señorita Blake —me llama alguien. Me doy la vuelta y me encuentro con el amable rostro del entrenador Harris. Me sonríe y me tiende la mano para darme un apretón—. Me alegro de volver a verte por aquí. Pasa, charlemos un poco.

Me conduce hacia su despacho y deja que me acomode en una de las sillas que tiene al otro lado de ese amplio escritorio.

Las estanterías están repletas de trofeos; a su lado, hay varias fotos en las que aparece él junto a jugadores de todas las edades.

Sin embargo, en la mayoría sale con una mujer de tez morena y alargados ojos marrones que lo mira sonriente.

Su esposa, supongo. Tiene el despacho atiborrado de fotos de la mujer en cuestión y de ellos dos a lo largo de los años.

—Mientras estés por aquí, te pediré que me acompañes —me dice. Frunzo aún más el ceño y abro la boca—. ¿Te parece bien?

—Sí. Es que pensaba que... pensaba que estaría con uno de los asistentes de entrenador.

—No. Estarás conmigo.

Me estudia atentamente durante un buen minuto y levanta la mano para colocarse bien la gorra.

—No sabía que estabas interesada en dirigir entrenamientos —comenta—. De haberlo sabido, te habría preguntado si querías trabajar con el equipo.

El hecho de que se acuerde de mí me resulta... extraño. Me siento halagada, pero también me genera cierta ansiedad.

«¿Que por qué se acuerda de ti? Pues a mí se me ocurren varios motivos, Polly».

Me cruzo de brazos.

—¿Tienes alguna pregunta?

Niego con la cabeza y clavo la vista en el suelo sin poder parar de mover los pies. El entrenador Harris se levanta, coge una bolsa de la esquina y me la pasa.

—Tu chaqueta térmica de la universidad. Te daré más merchandising .

Para los entrenamientos, puedes ponerte la ropa de deporte que quieras, pero asegúrate de tener alguna que otra chaqueta y pantalones de chándal del equipo.

—Vuelve a sentarse en el escritorio y firma el documento con los horarios antes de girar la hoja hacia mí y pasármela—.

Y, durante un mínimo de tres partidos, estarás en el banquillo conmigo.

—De acuerdo.

—Muy bien. —Asiente y sonríe—. Hoy toca un poco de fuerza y acondicionamiento antes de salir al hielo. Vamos con esa panda de idiotas a la que llamo «mi equipo».

Lo dice con sarcasmo, pero, cuando rodea el escritorio y abre la puerta para que pase yo primero, veo que los ojos le centellean con cierta picardía. Lo sigo hasta la sala de pesas.

Al ver con quién me encuentro al entrar, casi tropiezo y me caigo de bruces en medio de la sala.

Bennett, con una pierna estirada hacia el lado y la otra doblada hacia atrás de modo que el talón casi le llega al culo. Está inclinado sobre la que tiene alargada para estirarse, pero enseguida se endereza para cambiar de pierna.

El entrenador Harris garabatea algo en el portapapeles y habla en voz baja con uno de los entrenadores de fuerza.

Mantengo la vista fija en el culo de Bennett Reiner, muerta de vergüenza, mientras él se sienta en el suelo en lo que vendría a ser una postura parecida al espagat, pero con ambas rodillas flexionadas y los talones cerca de las nalgas.

Una posición de rana, con la ingle rozando el suelo y ambas manos apoyadas delante de él mientras se mece hacia delante y hacia atrás para estirar.

Se me seca la boca y me arde la cara.

—¿Ya han empezado las náuseas? —se burla alguien en voz baja, pegándome la boca al oído. Pestañeo y veo que Toren pasa por mi lado y pilla un rodillo del montón que hay a mi lado—. Tienes pinta de haber entrado en calor, Blake.

Se sienta cerca de Bennett y empieza a mover las caderas con dramatismo, casi de forma obscena, como si quisiera follarse el suelo.

—Kane —lo reprime el entrenador Harris, fulminándolo con la mirada—. Esto es un gimnasio, no un puticlub. Y tenemos a una señorita con nosotros. Compórtate.

El entrenador asistente que vi antes aparece con su traje azul marino, da un paso al frente y resopla antes de musitar por lo bajo:

—Toren Kane sería incapaz de comportarse ni que le fuera la vida en ello. Lo sacaré al hielo antes que al resto del equipo, si no te importa, Harris.

Este último observa durante un largo minuto a su jugador antes de asentir.

—Haz un milagro de los tuyos. Para algo te he contratado, LaBlanc.

—¡Kane! —llama de golpe el entrenador LaBlanc, gritando para que se lo oiga bien a pesar de la música, que está altísima—. Venga. Basta de numeritos.

Toren se queda con la misma cara que si acabaran de condenarlo a la pena de muerte y mira a sus reticentes compañeros. Holden se levanta y pregunta:

—¿Yo también?

Tiene sentido. Holden Dougherty es el compañero de línea de Toren Kane. Salen juntos a defender, así que también deberían entrenar juntos. Sin embargo, LaBlanc niega con la cabeza mientras se marcha de la sala detrás de Toren, que parece de mal humor.

—Os quiero en el hielo dentro de media hora —anuncia el entrenador Harris antes de girarse hacia mí—. Con un poco de suerte, te enseñarán algo impresionante de verdad.

No puedo evitar sonreír al sentir que ahora formo más parte de este equipo que nunca.

Cuando termina el entreno, espero hasta que estoy segura de que ya no habrá nadie en el vestuario y deambulo despacio por los pasillos del complejo antes de echar una rápida ojeada por la puerta.

Solo queda Bennett, que está limpiando su equipación lenta y metódicamente.

Una fuerte ola de anhelo se apodera de mí al recordar el montón de noches que pasábamos así: él y yo, limpiando sus guardas y siguiendo juntos su rutina.

Escondida detrás del marco de la puerta, vuelvo a pasear la vista por la sala un segundo más. Y veo nuestras versiones pasadas a mi alrededor. El lugar donde podría decirse que nos enamoramos.

Lo echo de menos...

Me marcho antes de que me vea.