Unbound (The Undone 3) 15. Bennet
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15. Bennet

Bennet

PRESENTE

Podemos hablar? Siento molestarte

Vuelvo a revisar el mensaje de P. discretamente y, como tengo las manos sudadas y me tiembla la rodilla, casi se me cae el móvil. Estoy a nada de salir escopeteado del aula justo cuando el profesor da la clase por terminada.

Paloma me ha escrito.

No hemos vuelto a hablar desde que nos encontramos de sopetón en la Hockey-morada y, cuando intenté pillarla otra vez esa noche al terminar el entreno, ya se había ido.

Jamás encontré indicio alguno que demostrara que Paloma había estado en casa.

Al final, casi me dio la sensación de que estaba más loco por ella que de costumbre y que todo había sido fruto de mi imaginación.

El profesor a duras penas ha acabado de hablar cuando me levanto del tirón con la mochila colgándome del hombro y salgo por la puerta en un movimiento torpe, algo poco habitual en mí. Me choco con alguien, pero no me molesto en disculparme; me doy con el hombro contra la pared.

Pero aquí está ella, apoyada al otro lado, donde las ventanas ensalzan el brillo de su dorada cabellera, que se ha recogido con un clip.

Ya vuelve a vestir a su manera, con unos vaqueros, una camiseta de manga larga blanca oversized y un chaleco marrón de forro polar.

Tiene los ojos puestos en mí y la calidez que siento al notar su mirada me llena el alma.

—Perdona, no quería agobiarte —suelta, apartándose de la pared con un empujón.

El tráfico estudiantil inunda el pasillo, de modo que yo vuelvo a acorralarla contra ese muro de cemento de color azul marino. Prácticamente veo cómo la ansiedad de Paloma se disuelve casi por completo en cuanto la cubro con todo mi cuerpo.

«No es tu chica», me recuerdo a mí mismo, separándome muy sutilmente. «Relájate. No la alejes».

—Hola, Paloma —digo, incapaz de contener la sonrisa que se me dibuja en los labios, por discreta que sea.

—Hola, Bennett —responde con voz dulce.

Me vienen un millón de recuerdos a la cabeza; van desde que teníamos dieciocho años hasta ahora. Casi cuatro años de recuerdos y su voz mutilándome el cerebro.

—¿Qué querías decirme?

Se muerde el labio inferior, despacio.

—Sé que estás a punto de ir al Wellness Center, pero he pensado que igual podíamos hablar.

Debería ponerme nervioso que Paloma quiera hablar conmigo con tanta urgencia. Sin embargo, mi mente se ha quedado atascada en el hecho de que se acuerde de mi rutina.

—Tengo la comida en la mochila.

No quería decir eso. No quería contarle que suelo prepararlo todo porque prefiero comer siempre lo mismo y a la misma hora. Aunque sé que ella ya lo sabe.

—Perfecto. Te acompaño, pues. Yo ya he comido.

No le digo que me cuesta creerlo o que eso no conseguirá sofocar la ansiedad que, tal vez, sí mitigaría si viera que se alimenta bien.

No le digo que me da igual que ya haya comido porque no por eso dejaré de querer darle los tentempiés infantiles que siempre meto en la mochila para ella, por si acaso (como un yogur, galletas saladas o snacks de fruta). Para que no me pille desprevenido.

Por si acaso.

—Quería hablarte de hockey —dice aclarándose la voz mientras abro la puerta del vestíbulo, despacio, y me pongo las gafas de sol al ver el reflejo de sus rayos contra el suelo, que sigue helado—.

Haré, eh... Haré prácticas con el Departamento de Deportes de Hielo el último semestre.

La mitad del tiempo estaré con los que hacen patinaje en pareja y, la otra mitad, con el entrenador Harris.

Solo estaré siguiendo los entrenos y los partidos, pero si crees que esto igual te incomoda o.

.. lo que sea, puedo buscar una alternativa.

Parece algo mareada.

—¿Te... parece mal?

«¿Que si me parece mal? ¿Pasarme horas y horas sabiendo dónde está? ¿Pudiendo verla? ¿Pudiendo ver de cerca cómo cumple su sueño?».

—En absoluto —respondo con los ojos brillantes. Al ver que nos acercamos al centro de deportistas universitarios, ralentizo el ritmo, desesperado por prolongar el contacto con la calidez que me da Paloma Blake—. Estoy muy orgulloso de ti, P.

—¿Sí? —Se ríe.

Cuando la elogié hace tres años, reaccionó igual.

—Sí.

Vuelvo a estudiarla con la mirada. Está agarrándose al asa de esa mochila azul que nunca pierde de vista. El delicado vaivén de su rubio flequillo le roza la sien y esos mechones platino brillan con fuerza bajo la luz del sol.

¿Cuántos años durará esta maldición? ¿Este desesperado anhelo que siento por ella? ¿Tan destinado estoy a parecerme a mi padre?

Paloma me sigue hasta el Wellness Center, pero se detiene justo en la entrada.

—Me he mudado de piso —suelta, y se sonroja—. Así que no estaré invadiendo tu espacio y molestándote en la Hockeymorada.

Intenta que suene a broma, pero yo sacudo la cabeza.

—Tú nunca podrías molestarme —confieso con un tono de voz más serio de lo que pretendía. Me agacho y le cojo la mano—. Jamás.

Se hace un largo silencio y el aire que nos separa se vuelve más denso.

La luz que se cuela a través de las ventanas de la pared le centellea en el pelo, en su bonita y delicada piel, y en sus magníficos labios.

Para separar a la chica que quiero de la chica a la que tantas ganas suelo tenerle.

En la que pienso a menudo y cuando estoy en la ducha.

Sin embargo, al mismo tiempo, también soy codicioso con ella; incluso estoy celoso de mí mismo. La quiero demasiado como para volver a perderme en el confort de su cuerpo, como para permitirle a ella que también lo haga.

No soy el mismo chico que era cuando nos conocimos.

Ahora sé lidiar mejor tanto conmigo mismo como con ella.

Y, en comparación con cuando tenía dieciocho años, ahora estoy aún más convencido de que, si Paloma me tendiera la mano una vez más, podríamos estar juntos.

Para que me deje abrazarla como ansío tan desesperadamente.

Para que me deje cuidarla.

«Poco a poco y con pasos firmes», me recuerdo. Aunque, con esta chica, con la mujer con la que llevo obsesionado desde los dieciocho años, me resulta prácticamente imposible. Es la única chica a la que he amado en mi vida, la única a la que he deseado jamás en cualquiera de los sentidos.

—¿Nos vemos por ahí, pues? —dice ella.

Asiento y le dejo un paquete de Goldfish en la mano mientras respondo en voz baja:

—Sí, P. No me voy a ir a ninguna parte.