Unbound (The Undone 3) 14. Bennet
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14. Bennet

Bennet

PRESENTE

—Buen trabajo, chicos —dice el entrenador Harris al entrar en el vestuario. Enseguida desvía la vista hacia el dúo formado por Holden y Toren, que están hablando—. Dougherty, Kane, el entrenador LaBlanc quiere otros veinte minutos más con vosotros dos. Parad un poco y volved al hielo.

No rechistan, pero veo que ambos ponen la misma cara y tuercen el gesto. Aun así, el nuevo entrenador debe de estar haciendo algo bien, porque nunca habían jugado tan estupendamente juntos.

—El resto, a descansar.

Empiezo a desvestirme, despacio; comienzo por quitarme las guardas. Rhys, que ya va medio desnudo y está empapado en sudor, se deja caer a mi lado.

—¿Todo bien? —le pregunto.

Si no lo veo sonreír al terminar el entrenamiento, me da un vuelco el corazón y me preocupo por si se me ha pasado algo por alto. Otra vez. Por si mi mejor amigo está hundiéndose de nuevo y yo no lo estoy cuidando.

—¿Qué? —pregunta medio distraído—. Ah, sí. Todo bien. —Me dedica una de esas sonrisas con hoyuelos incluidos y atisbo cierta calidez en sus ojos marrones—. ¿Vas a casa?

—¿Al salir de aquí? Sí.

—Creo que Ro y Sadie ya van tajas —comenta Freddy riendo por lo bajo y dándole una palmada en el hombro a Rhys—. De aquí que nuestro capitán esté perdiendo su relajado temperamento habitual.

—Estoy perdiendo mi «relajado temperamento habitual» —contesta Rhys, imitando el tono burlón de Freddy— porque hace semanas que no tengo ni un minuto a solas con mi novia.

Frunzo el ceño y pregunto:

—¿Por?

—Liam tiene pesadillas. —Habla con ternura del hermano pequeño de Sadie, aunque con expresión seria y un poco desanimada—. Es que... La cosa no va muy bien. Y Oliver está... adaptándose a estar en casa de mis padres. Es demasiado maduro para su edad.

Rhys vuelve a mirar el móvil, cierra los ojos y suelta un taco, levantando la cabeza hacia el techo. Sé que es de su novia porque musita:

—Otra maldita foto, Grisi...

Tira el aparato en la mochila; Freddy se ríe.

—¿Te unes, Reiner? —me pregunta este, que lleva solo los calzoncillos y echa a andar hacia las duchas sin esperar a que le responda siquiera.

Rhys me mira y responde:

—Estás más que invitado. Molaría estar todos juntos.

Por un segundo, me lo planteo y casi digo que sí, ni que sea por estar un poco más con ellos.

Sin embargo, sé lo mucho que me duele hacer de sujetavelas por partida doble.

Por más que me alegre de verlos felices y con alguien que los cuide, ya lo vivo en cada desayuno familiar. Y esto puede que sea demasiado.

—Id tranquilos —respondo—. Tengo que avanzar en un proyecto bastante tocho.

Como tardo el doble en llevar mi rutina a cabo, todavía no me he ni duchado cuando ellos se marchan, vestidos y listos para irse a los bares del centro de la ciudad. Ambos sonrientes. Los dos deslumbrantemente felices.

No puedo enfadarme. ¿Enfadarme porque son felices? No sería justo para ellos.

Pero no por eso desaparece el anhelo, esa aflicción que siento en el pecho, que me duele como si tuviese una herida, como si me lo hubiesen vaciado y desgarrado. Solo que esa herida sigue al rojo vivo y el más mínimo roce hace que dicha aflicción se convierta en un bucle de recuerdos.

Ya casi no queda nadie en el vestuario cuando acabo con mi ritual pospartido antes de ponerme a limpiar la equipación y las guardas, y a guardarlo todo con cuidado como siempre hago .

« No siempre » . El pensamiento aparece de la nada, sin comerlo ni beberlo. Y me lleva a coger la mochila, abrir la cremallera y sacar el móvil en una especie de mezcla entre memoria muscular y la ansiedad que me hace temblar mientras busco un mensaje que quiero y no quiero ver a la vez .

Nada .

Me lo tomo como una señal de que puedo ducharme con calma antes de vestirme y coger la mochila para irme al aparcamiento, prácticamente vacío, no sin primero golpear la puerta del entrenador Harris para que sepa que ya no queda nadie en el vestuario .

Cuando llego a la entrada de la Hockey-morada, se me ilumina la pantalla del teléfono desde el portavasos .

Un mensaje, que no una llamada, de P. No sé qué sería mejor .

Me acompañas a casa?

Llegados a este punto, estas palabras ya me resultan familiares. Tras oír su delicada voz susurrándomelas esa primera noche de hace meses, esta frase se ha convertido en nuestra forma de pedir ayuda. Y esto significa que me necesita .

Me resulta imposible no ceder ante su llamada. Como siempre. Por más que haya esperado de brazos cruzados a que volviese a pedirme ayuda, ahora estoy cabreado y punto .

¿Vale más saber que esta chica es la causante de mi aflicción o no saber si está viva siquiera?

No lo sé .

Aun así, pongo la marcha atrás y arranco para seguir su ubicación, que me aparece en el mapa y me guía hasta una casa asquerosamente atestada de gente y con una pancarta medio rota para felicitar al equipo de fútbol americano, que ha ganado otro partido.

Hay un sinfín de grupos riendo y gritando en el jardín delantero, pero, para mí, es todo ruido de fondo .

La encuentro enseguida, sentada más mal que bien en el saliente del porche y balanceando las piernas.

Su rizada y voluptuosa rubia melena le cae en cascada alrededor de la cara.

Tiene las mejillas sonrojadas. Lleva un corsé de color azul celeste y unos vaqueros, y le queda tanta piel al descubierto que seguro que se está congelando.

O eso, o va tan borracha que no nota ni el frío .

No hay nadie a su alrededor, pero esto no significa que haya pasado la noche sola .

Al verme, salta con cierta torpeza y casi cae de bruces. Ha estado tan a punto que pego un salto para salir del coche y corro por el césped a toda velocidad .

— Por Dios, P. —suspiro, y la cojo por la cintura para estabilizarla .

Ella me mira con esos ojos marrones de cervatillo y se relaja mientras deja que cargue con su peso y la guíe hacia el asiento de copiloto. Vuelvo a cogerla por la cintura para sentarla y le abrocho el cinturón antes de rodear el vehículo y colocarme detrás del volante .

Suena Bon Iver. El delicado sonido de la música contrasta tanto con el estrepitoso ruido que sale de la casa que se me acelera el corazón mientras arranco .

— ¿Tienes hambre? —le pregunto con ternura, a pesar de lo mucho que me duele estar tan cerca de ella .

— Quiero nuggets de pollo —confiesa en voz baja, y suspira a la vez que se hunde contra mi bíceps—. ¿Podemos?

Es imposible ignorar el centelleo que le veo en la mirada cuando levanta los ojos hacia mí. Sonríe con esos carnosos labios que casi siempre están serios. Me sonríe a mí .

Puede que, para el resto, Paloma Blake sea esa chica gruñona que saca las garras. Pero, para mí, es distinta .

Más dulce .

— Sí. Te los preparo mientras te duchas —le digo aparcando en nuestra ensombrecida entrada .

— ¿Con kétchup picante?

La despeino con ternura .

— Con kétchup picante .

Mis compañeros de piso están por ahí, ahogando las penas tras haber perdido el partido, así que no me cuesta demasiado colar a Paloma en casa.

Y menos cuando se me sube a la espalda sin rechistar siquiera.

Así me resulta más fácil entrar con ella y subirla al primer piso sin que la borrachera la lleve a tropezarse con todos los muebles .

Cierro la puerta de mi habitación y paso el pestillo antes de dejar que baje resbalando por mi espalda. Mientras se descalza, voy hacia el baño, abro el grifo de la ducha y espero a que el agua salga caliente .

Trastabillo un poco, me agarro al pomo de la puerta y levanto la vista al techo para evitar que la imagen que tengo ahora delante se me quede grabada en la mente. Paloma, con solo ese corsé azul que es, en realidad, un body .

— La ducha ya está lista .

La oigo caminar hacia la puerta. Se esconde entre mis brazos, me da un rápido beso en el centro del pecho e inhala con fuerza, como si quisiera dar con mi aroma .

Una vez me dijo que mi olor la reconfortaba. Que hacía que se sintiera a salvo. Ahora, cuando la pillo intentando olerme la ropa, me preocupa que se sienta en peligro por algo .

Después de colocarle algo de ropa al lado del lavamanos, dejo a Paloma en el baño y cierro la puerta .

En mi habitación suele hacer frío porque detesto sudar mientras duermo, lo cual significa que Paloma tendrá que ponerse la ropa más abrigada que tengo .

Sale vestida con los pantalones de chándal que le he prestado.

Le van enormes. También lleva mi sudadera, que ahora tiene un agujero en la manga derecha porque a Paloma le gusta morderla (porque la tranquiliza y, cada vez que la veo haciéndolo, me da un vuelco el corazón) y que le llega hasta medio muslo.

Aunque parece estar cómoda y calentita. La ducha le ha dejado la piel sonrojada, pero tiene los ojos vidriosos .

Con su cepillo en la mano, doy unas palmadas en la cama para que se siente. Tiene el pelo mojado y enmarañado, pero le desenredo todos los mechones con cuidado hasta que su suave melena le cae por la espalda y Paloma está casi dormida en mis brazos .

— Pensaba que querías nuggets de pollo —digo, a sabiendas de que no aguantará despierta el tiempo suficiente como para que pueda bajar a preparárselos y volver a subir .

— Goldfish, porfa —musita, hundiéndose aún más en mi pecho .

Río un poco y alargo la mano hacia la mesita de noche para coger una de las pequeñas bolsas de Goldfish que tengo .

Paloma deja que le vaya dando de comer, tumbada dócilmente contra mí y con los ojos delicadamente cerrados. Sigo metiéndole esas galletas saladas en forma de pez entre los labios hasta que se termina la bolsa .

— Te quiero, P. —susurro .

Le doy un beso en la frente antes de tumbarla de lado para que descanse y me la quedo mirando hasta que me duermo .

En la cocina, reina el silencio. Hace años, esto habría sido agradable; preferible, incluso. Sin embargo, ahora solo hace que me invada una sensación de pérdida.

Llevo viviendo con Rhys prácticamente desde que nací; al menos, en cierto modo.

De pequeño, cuando estaba con mi padre, nos pasábamos la mitad del tiempo en casa de los Koteskiy.

De adolescentes, fuimos juntos a Berkshire y convivimos juntos más de la mitad del año en un mismo dormitorio. Y, ahora, aquí estamos: en Waterfell.

Siete camina despacio detrás de mí. Cuando me detengo delante del horno antes de espabilarme y ponerme a preparar la comida, se deja caer contra mis pantorrillas.

Al abrir la nevera, la rabia me recorre de arriba abajo. Rhys y Freddy no han tocado lo que les preparé y encima del táper de Rhys hay una nota que debe de ser de ayer.

«Acabamos cenando con las chicas. Sentimos haber desperdiciado la comida».

Cojo los táperes, tiro el contenido y lavo los recipientes hasta que se me quedan las manos rojas del calor del agua y de los fuertes químicos del jabón. Los seco con calma antes de guardarlos de nuevo.

Cuando vuelvo a coger la sartén, me despisto un segundo al ver otra de color verde, distinta a mi meticulosa colección de acero inoxidable. Es la de Freddy. La única que le dejo utilizar.

Se me dibuja una sonrisa en los labios antes de que la reemplace otra punzada de dolor por culpa de la pérdida. Hace semanas que no la usa.

Me suena el móvil y respondo sin mirar quién es. Estoy demasiado distraído con los recuerdos de Rhys y de Freddy que inundan la cocina como para darme cuenta de quién me llama.

—¿Diga?

—Bennett —dice mi padre medio sorprendido desde el otro lado de la línea. Carraspea y pregunta—: ¿Qué tal?

La mayoría de la gente da por sentado que si he dejado de llevarme con mi padre ha sido, sobre todo, por culpa del divorcio y por su relación con mi madre. Sin embargo, nadie conoce el verdadero motivo, la razón por la cual erigí este muro entre los dos, por la cual perdí el respeto que le tenía.

—Bien.

Como hace meses que no respondo a sus llamadas, seguro que esperaba que le saltase el buzón de voz para poder hablar. Aun así, este estúpido error por mi parte nos ha llevado a que ahora estemos los dos en silencio y respirando uno a cada lado de la línea telefónica.

—Si me hablaras...

Ya empieza a darme vueltas la cabeza.

—Para —lo corto; el cabreo y la frustración inundan mi voz.

Mi padre obedece de inmediato.

—Perdona... Lo siento. —Vuelve a carraspear innecesariamente y, acto seguido, dice—: Max y Anna nos han invitado a cenar la semana que viene. El viernes. Rhys también estará. ¿Irás?

Ahora mismo, lo que menos me apetece es ir a esa casa. Sin embargo, nunca rechazo la oferta si Rhys también va.

—Vale. Iré.

Mi padre exhala con pesadez. Cuelgo antes de que le dé tiempo a decir una palabra más.

Me paso la noche con Siete durmiendo en mis muslos y con una competición de fondo mientras le miro las redes sociales a Paloma cual stalker . Me frustro al ver que no encuentro nada.

Sigo mirándole el perfil hasta que se me encoge tanto el corazón que no puedo respirar; entonces, a pesar de que sé que me hará daño, abro una carpeta de fotos sin título que guardo en el móvil.

Más que reconfortarme, las imágenes de una rubia melena sucia en mis manos y una chica preciosa apoyada en mi pecho, durmiendo, me causan aún más dolor.

« ¿No me tienes ganas? Puedo hacer que disfrutes mucho. Como en los viejos tiempos ...».

« A veces me cuesta creer que seas real. Que no seas fruto de mi imaginación ».

A duras penas consigo dormir. El deseo que siento por ella es tan intenso que estoy convencido de que incluso podría agarrarlo con las manos. Lo único que me ayuda es tener a Siete a mi lado.