13. Paloma
Paloma
PASADO: PRIMERO DE CARRERA
SEPTIEMbrE
Mi trabajo con el equipo de hockey no es lo que esperaba, pero tampoco está mal. Y no es difícil. Casi nunca veo al equipo porque me paso la mayor parte del tiempo en la lavandería, aguantando la respiración e ignorando a Jeremy (mi compañero) y sus estúpidos comentarios.
Aunque me he imaginado pegándole un puñetazo en la boca en más de una ocasión.
—En serio, Paloma... —dice desde su lado de la lavandería a la vez que tira uno de los jerséis de entrenamiento en el cubo equivocado. Lo pillo de inmediato y lo pongo en el montón que corresponde—. Es que distraes un poco.
Cuando nos conocimos el primer día que nos tocó trabajar juntos, me dio un apretón de manos y me dijo:
—No sabía que contrataban a chicas para los deportes masculinos.
Intenté reírme para disipar aquella tensión que se había generado de inmediato y le pregunté por qué.
—Ya sabes... —respondió con una sonrisa y dándome un codazo, como si ya fuéramos amigos y estuviésemos compartiendo alguna broma interna—. No creo que quieran tener que preocuparse por si los tíos se distraen tirándose a las chavalas o por posibles dramas.
Desde entonces, mi aversión hacia él ha ido en aumento. Y sigue.
—¿Que distraigo? —pregunto con un tono de voz más alto que de costumbre. Por lo general, asentiría y daría la conversación por terminada, pero en la última semana ya me ha soltado comentarios parecidos tres veces—. Llevo exactamente lo mismo que tú.
—Ya, pero, Dios, Paloma, seguro que sabes cómo te queda esto.
« Eres igual que tu madre ».
« ¿Con este cuerpo? ¿Qué esperas, Polly? ».
Las náuseas me revuelven el estómago mientras las palabras vuelven a abrir viejas heridas que me había esmerado muchísimo en cerrar.
Jeremy me pasa la vista por los pantalones de chándal y el polo que nos ha dado la uni (todo idéntico a la ropa que lleva él ahora mismo) y reposa la mirada en partes de mi cuerpo que desearía que no supiera ni que existen.
—A lo mejor deberías pedir una talla más.
—Ni siquiera trabajo con el equipo. Nos encargamos de la lavandería. Somos...
—Da lo mismo —me dice agitando la mano con desdén.
Se me encoge el cuerpo, como si quisiera esconder, instintivamente, lo que sea que esté viendo él. Me trago el veneno que quiero escupirle e inspiro varias veces para calmarme y deshacerme de las lágrimas que amenazan con salir por culpa de la frustración.
—Vale, Jeremy. —Le sonrío con amargura—. Oye, ¿por qué no termino de hacer yo lo que falta? Has dicho que tenías examen. Así puedes marcharte antes.
—No, no hace falta que...
—Insisto.
No tengo que presionarlo demasiado para que se vaya antes, entusiasmado. En lugar de darle la espalda, lo miro mientras me hace un saludo militar y cruza la puerta tan tranquilo.
Me tapo la boca con el cuello de la camiseta y grito, pero no sirve de nada.
Sin la ayuda de Jeremy, tardo el doble de tiempo en prepararlo todo, pero lo hago encantada...
Hasta que miro el reloj y me doy cuenta de que ya hace casi una hora que ha acabado el entreno.
—Mierda —suelto.
Echo a correr pasillo abajo antes de entrar apresuradamente en el vestuario, que intuyo que estará vacío. Supongo que ya se habrá marchado y no me habrá esperado.
Pero Bennett Reiner sigue aquí, rígido y de pie en el mismo sitio donde quedamos siempre después de su entrenamiento. Ante mi estridente aparición, desvía la vista hacia mí de inmediato y se endereza por completo hasta alcanzar su intimidante altura.
—Siento haber...
Cierra los puños un segundo; cuando sacude la cabeza, veo que tiene el cuello un poco tenso.
—No tiene importancia —dice.
Sí que la tiene, está claro, pero paso del tema y cojo su equipación, cuidadosamente amontonada. Ya he tenido que lidiar con una dosis suficiente de ego masculino por hoy; así que, como se moleste porque he llegado tarde cuando, técnicamente, mi trabajo ni siquiera consiste en esto...
—He adoptado un perro —suelta. Si me sorprendo es solo porque Bennett tiende a guardar silencio y se limita a observar cómo me desempeño con su rutina; aunque yo le sonría educadamente, nunca me devuelve el gesto—. Se llama Siete.
—Siete —repito sin levantar la vista de la tarea que tengo entre manos—. Qué nombre tan raro para un perro. Aunque me sorprende que no le hayas puesto Soneto o el nombre de algún vejestorio blanco que escribiese poemas perfectamente estructurados.
Sueno más borde de lo que pretendía, y ese dolor casi pueril que atraviesa la mirada de Bennett hace que me sienta todavía peor.
—Perdona. —Sacudo la cabeza y la bajo—. Me he pasado. Es que... he tenido un mal día.
—¿Por qué?
—Por nada —me apresuro a responder—. Da igual.
Bennett es consciente de lo grande que es en todo momento y nunca invade mi espacio personal ni me toca, ya sea de forma intencionada o no. No se me acerca; solo se me queda mirando, expectante.
—No me llevo demasiado bien con uno de los chicos con los que trabajo.
—¿Se porta mal contigo?
Le noto un tono más áspero en la voz; uno que no había percibido antes.
Me encojo de hombros.
—A veces. Creo que..., creo que se piensa que hace gracia.
«Bonita forma de decir que es un misógino de mierda».
Bennett asiente sin descruzar los brazos mientras termino de coger la última espinillera. Él me ayuda a guardarlas de nuevo en su cubículo antes de que nos separemos.
Su cuerpo emana calidez, y aún la siento en las partes que quedan lo bastante cerca de él. Su aroma es embriagador, como siempre: huele a sándalo y a bergamota, y a algo más que me recuerda al agua de mar.
Bennett siempre se ducha y se cambia antes de que nos veamos después de cada entreno, aunque sigue con el pelo empapado y la piel enrojecida. Una piel que también parece siempre suave, como si acabase de afeitarse.
—Si vuelve a molestarte, avísame.
Lo dice firme y seguro, con más confianza de la que debería tener un chico de dieciocho años. Su expresión es igual de seria que su tono. Creo que nunca lo había oído hablar con tanta severidad.
—Vale.
Como de costumbre, aguarda al lado de la puerta mientras cojo mis cosas y me va sujetando todas las puertas para que pase hasta que hemos salido del complejo deportivo. Una vez fuera, nos recibe el aire de septiembre, sutilmente fresco. Tras guardar silencio un segundo, dice:
—Buenas noches, Paloma.
Es la primera vez que me ha llamado por mi nombre.
—Buenas noches, Bennett.
Se detiene, se gira hacia mí y me llama bajo el tintineo de las luces del aparcamiento.
—Creo que te gustaría Sylvia Plath —comenta con un extraño brillo en la mirada.
Pero no sonríe. Como si el hecho de que fuera a verme reflejada en la autora no tuviera por qué ser algo positivo para él.
—¿Sí?
—Sí.
Más avanzada la noche, leo «La Luna y el tejo» y lloro en silencio. Bennett no lo sabe; no todo. Es imposible. Pero ve algo que no ha visto nadie más.
Y esto no sé si me reconforta o me asusta.