Unbound (The Undone 3) 12. Paloma
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12. Paloma

Paloma

PRESENTE

—Ni de puta coña —musito, ralentizando el coche al máximo.

—Es genial, ¿a que sí? —dice Alessia al otro lado del altavoz.

La calle es bonita, está llena de casas de familias encantadoras con un presupuesto muchísimo más elevado que el mío, y también hay varios edificios de ladrillos con una estructura idéntica pegados entre sí.

Hermosas casas de piedra rojiza que hacen que este lugar parezca una versión reducida de Beacon Hill, en lugar de un barrio cercano al centro de Waterfell.

No podría permitírmelo ni en sueños.

—¡Claro! Si mi nivel adquisitivo se multiplicara por quince.

—Dudo mucho que haya demasiada...

—Alessia —le suplico—. Sé realista.

—Lo estoy siendo, créeme. He hablado con la chica que lo alquila y es un sol. Deja de ser tan cabezota y de llevarme siempre la contraria. Ve a verlo y llámame cuando salgas, ¿vale? Venga. ¡Te quiero! —pronuncia las últimas palabras atropelladamente y cuelga antes de que pueda responderle nada.

Frustrada, pego un manotazo contra el volante y me dispongo a echar marcha atrás y largarme de aquí. Dormiré en el coche y ya me disculparé mañana con Alessia.

Antes de que pueda irme, alguien me grita:

—¡Espera!

De la casa adosada menos decorada de todas sale una chica vestida con botas altas de color negro, medias de nailon, una falda y un grueso abrigo gris combinado con una bufanda que le cubre casi hasta los ojos.

Se ha medio recogido su pelirroja melena con un clip, pero lo lleva torcido y se le está deshaciendo el peinado.

La reconozco de inmediato. Es la chica con la que me topé en el edificio donde se hacen las tutorías de la uni.

—¿Eres Paloma? —me pregunta trastabillando con el borde de la acera y sujetándose a la ventana de mi coche, que tengo bajada, con sus manos enguantadas.

Tiene los ojos azules, vivos. Sonríe mientras empuja la bufanda con la barbilla hasta descubrirse la boca.

—Me... —empiezo a decir, pero ella me corta de inmediato.

—Llevo esperándote toda la mañana. ¿Quieres entrar? ¿Puedo ayudarte a traer algo?

Debe de medir un metro y medio; casi no llega ni a la ventanilla de mi viejo todoterreno. Me da a mí que, como intente coger algo de más de veinte kilos, acabará aplastada.

—No hace falta. Este sitio es... —Sacudo la cabeza y vuelvo a pasear la vista a mi alrededor—. Dudo que pueda vivir aquí.

Lo digo más a la defensiva de lo que pretendía, pero intento suavizar el tono.

—Ah... —Exhala y se muerde el labio, evitándome la mirada a toda costa—. Pero no has visto el apartamento.

—Es...

—Es que... Necesito a una compañera de piso sí o sí. ¿Te importa entrar y verlo? Es muy bonito, te lo prometo.

«Ahí está el problema».

Esta chica tiene algo que hace que me detenga.

Quiero irme. Estoy un poco avergonzada. Aun así, asiento y le indico que se separe de la ventanilla para poder aparcar al lado de la acera.

Voy con calcetines. Vuelvo a poner los pies en los zuecos y salto sin molestarme en doblarme las perneras de los vaqueros que me he puesto y que me quedan excesivamente largos, aunque se arrastren por la fina capa de nieve que sigue cubriendo el suelo.

—Hace un frío que pela —digo como si nada.

Sin embargo, la chica no responde; simplemente, me mira por encima del hombro mientras me guía hacia las escaleras de la entrada. La puerta ya está abierta.

La sigo dentro y casi me choco con ella cuando se detiene en una desolada entrada. Espero a que continúe andando, a que me haga un tour por la casa, pero se me queda mirando, curiosa, con sus grandes ojos azules.

—¿Cómo te llamas? —le pregunto.

Frunce los labios y responde:

—Se me había olvidado presentarme. Soy Lily.

—Se muerde el labio un segundo. Señala hacia su espalda y dice—: La cocina y el salón están allí.

Y el despacho, pero ahí mejor no entres.

Es... un caos. —Creo que no quería describirlo así, pero asiente casi para sus adentros y luego vuelve a mirarme de forma aprensiva.

Asiento sin decir nada porque no sé qué decirle a la chica que está plantada en la entrada como si fuese ella la invitada.

—Bueno... ¿Puedo ver la habitación?

—Ay, sí, claro.

Empieza a subir las escaleras y se detiene arriba del todo para esperarme.

La sigo y me fijo en los elegantes y ornamentados apliques; sé que este lugar está muy por encima de mi presupuesto, pero le sigo el rollo. Aunque sigo maldiciendo a Alessia mentalmente.

Cuando pasamos por delante de la primera habitación, echo una ojeada por la puerta, que está abierta, y escaneo rápidamente el espacio. Hay maletas a medio deshacer y cosas tiradas por todas partes; las paredes están llenas de pósteres de cuadros famosos que estoy segura que ya he visto antes.

—Ese es mi cuarto. —Se coloca a mi lado y desvía su vista hacia ese caos; parece que haya pasado un tornado—. ¿Te gusta Van Gogh?

—¿Mmm?

—¿Van Gogh? Es un pintor. Hizo... Son casi todos suyos —comenta refiriéndose a los pósteres y jugueteando con el dobladillo de su falda—. También hay algunos de Monet, Cézanne y Gauguin, pero la mayoría son de Van Gogh.

Asiento sin tener muy claro de qué está hablando, pero la chica parece satisfecha. Me acompaña a la otra habitación, que es muchísimo más grande que cualquiera que haya tenido yo hasta la fecha. Está prácticamente vacía, aunque sí tiene una cama de matrimonio y una cómoda.

—Podemos sacar los muebles. Mi padre se los compró a los inquilinos que había antes y que solían alquilarlos. Pero creo que...

—Así está bien. —Me cruzo de brazos y estudio el espacio con cierto anhelo—. ¿Cuánto pides?

—¿Cuánto puedes pagar?

Frunzo el ceño.

—Aceptaré lo que puedas darme.

Suena tan desesperada que retrocedo un poco.

—¿Por qué necesitas una compañera de piso tan urgentemente? —pregunto—. O sea... Este sitio es una pasada. Estoy segura de que tienes a miles de...

—Mi padre me ha dicho que tengo que encontrar a alguien con quien compartir piso antes de finales de semana o no podré quedarme aquí.

Y... tengo cero ganas de volver a vivir con él.

—Lily está hablando un poco demasiado alto, pero no parece darse cuenta—.

Y tú eres la primera, eh..., la primera persona maja que se ha presentado.

Y la primera chica. —Al oírla llamándome «maja», casi me echo a reír, pero consigo contenerme.

Le cambia la expresión a una más molesta, pero inhala profundo y sentencia—: No quiero vivir con un chico, pero, si no me queda alternativa, lo haré.

«Ya... Ni de broma».

—Vale. De momento, cuenta conmigo.

—¿En serio? —Sus oscuros ojos azules se iluminan y se le ensancha mucho la sonrisa. Alarga el brazo y me coge la mano—. ¿Cuándo podrías entrar?

Suelto una risa y sacudo la cabeza. Reticencias aparte, mi peculiar y pequeña nueva compañera de piso ya está empezando a caerme bien. Tal vez este sea el cambio que tanto necesito.

—Ya te he dicho que no hacía falta que vinieses conmigo —murmuro dejándome caer en la silla.

Me siento más como una adolescente ansiosa que como una chica de veintiún años que está en último curso.

—¿Que qué? —pregunta Alessia, repiqueteándose la barbilla con los dedos—. No te he oído.

La belleza de Alessia Baudelaire es de otro mundo.

Va vestida como si estuviese de escapada de fin de semana en París, con una sensual sombra de ojos y los labios de color rojo sangre; no puedo evitarlo: me recuerda un poquito a Sadie Brown.

Tiene la figura de una cotizada modelo: es alta y de piernas largas, con una tez brillante y los ojos de un marrón tan oscuro que parecen negros y a los que su (casi omnipresente) ceño fruncido aportan más intensidad.

Puede que ahora la encuentre visualmente melodramática, pero, cuando tenía dieciocho años, su intensidad me resultaba reconfortante, protectora. Fue mi escudo; ese en el que tanto confiaba para resguardarme.

Y luego me castigué a mí misma por haberla apartado de mi vida.

—Puedo hacerlo sola. No hace falta que me sigas como si te preocupase que fuera a suicidarme.

—Mmm —musita, negándose a mirarme todavía—. Verás, he bloqueado toda capacidad para oír gilipolleces, así que...

Alguien abre la puerta y la mujer rubia de ojos amables que aparece al otro lado se nos queda mirando justo cuando yo estoy sacándole la lengua a Alessia. Esta me sonríe con picardía y murmura por lo bajo:

—Muy maduro por tu parte.

Nos levantamos a la vez. Ella, con elegancia. Yo, despegándome de la silla cual patoso gato doméstico.

—¿Señorita Blake? —pregunta la mujer, alternando la vista entre nosotras.

Alessia tiene treinta y largos, de modo que nadie la tomaría jamás por mi madre, cosa que agradezco. Dudo que yo pudiese soportar semejante metedura de pata.

—Soy la doctora Sutton. O Sam, como prefieras.

—Sí, hola. Encantada —digo.

Alessia me medio empuja hacia ella con cierta torpeza.

—Nos vemos cuando termines —dice, sonriéndome socarronamente antes de girarse sobre sus elegantes talones y largarse.

Sigo a la doctora Sutton a su despacho e intento, desesperadamente, recordarle a mi corazón que vamos a terapia, no a una prisión federal.

No sirve de mucho.

El interior del despacho de la doctora Sutton es acogedor. Las paredes son de madera y el lugar está limpio y bien aislado, a excepción de la oscura ventana que hay en la esquina, al otro lado de la cual se mezclan los invernales tonos marrones y azules.

—Si quieres, puedes pasearte por la sala y acomodarte mientras yo cojo la ficha de pacientes.

Asiento y voy despacio hacia la pared donde tiene varios diplomas enmarcados y expuestos públicamente.

Hay distintas fotos en las que aparece con una mujer pelirroja guapísima, incluida una foto de ambas vestidas de novia, sentadas contra una pared de ladrillo y riendo con los ojos puestos en la otra, en lugar de estar mirando a la cámara.

Desvío la vista hacia otra fotografía: una del equipo de natación y buceo de Yale; la de un campeonato. Metida en el marco más ornamentado de todos, una Polaroid donde salen tres chicas sonriendo pletóricas a la cámara y sujetando un trofeo.

—¿Nadas?

Me sobresalto y salgo del trance en el que parece que he entrado al ver la foto.

—Perdón —respondo.

La mujer sacude la cabeza con ternura y señala el sofá, el sillón de dos plazas y la butaca, para que elija dónde quiero sentarme.

—Estoy muy orgullosa de esa victoria.

Me siento en la esquina del sofá largo y de un rojo oscuro, e intento acomodarme, pero no puedo. No acabo de conseguirlo.

—¿Nadas? —vuelve a preguntarme.

—Ah, eh... Sí, pero así no.

Señalo el pequeño santuario que tiene al otro lado de la sala. La doctora Sutton afirma con la cabeza y se sienta en la silla que tengo delante antes de dejar un papel encima de la mesita que le queda más cerca.

—¿A qué te refieres?

—A que no nado para un equipo ni nada por el estilo. Simplemente, me gusta nadar.

Sonríe.

—¿Qué es, para ti, la natación?

No esperaba que me hiciese esta pregunta. De hecho, estaba más preparada para que empezara con un «Bueno, dime: ¿qué te pasa?» o un «Hablemos de tu traumática infancia».

—Supongo que me resulta terapéutico o algo por el estilo —respondo, y hago una mueca al oír mis propias palabras—. Que me tranquiliza, vaya. En realidad, me gusta estar en el agua, aunque no nade. Pero, cuando lo hago, me siento bien.

—¿Nadas mucho?

—Antes, sí —contesto, y siento que se me relajan sutilmente los hombros contra el acolchado asiento—. Ahora, ya no mucho.

Ella vuelve a asentir y me dedica una bonita sonrisa.

—¿Habías ido a terapia alguna vez?

—Sí, pero de pequeña. Y por petición de un juez.

A lo mejor es que quiero dejarla un poco aturdida, pero ella se limita a asentir nuevamente, con educación.

—¿Quieres que te explique cómo será la sesión de hoy?

Asiento.

—Solo te haré unas cuantas preguntas personales, muy generales. Si hoy no te apetece hablar del tema, tú solo tienes que decírmelo. Cuando estemos juntas, no tienes por qué hablar de nada. Quien guía la sesión eres tú; yo te sigo. —Me guiña un ojo—. Háblame de tu familia.

Entro irremediablemente en tensión y vuelvo a desviar la vista de golpe hacia las fotos que tiene detrás, como si aquella imagen del agua fuera a estabilizarme.

Antes de que pueda pensar en cómo decir nada sin gritar «¡No quiero hablar de mi madre!», ella ya ha cambiado de tema.

—Háblame un poco de Waterfell: dónde vives, qué estudias...

—Estudio Gestión Deportiva —le cuento, y soplo para apartarme los mechones de pelo que se me han soltado de la cola de caballo y que me han caído sobre la cara—. Y... hoy me mudo a otro apartamento.

—¡Anda!

Tengo los labios apretados, pero se me escapa un ruido extraño y me cruzo de brazos.

Le resumo rápidamente los problemas que he tenido a lo largo de los últimos tres años compartiendo piso con gente a quien no conocía.

Acto seguido, me ahorro, elocuentemente, mencionar que me agobié y entré en bucle, y paso a comentarle que quien me encontró este nuevo piso fue Alessia.

Eso deriva, de forma natural, en una conversación sobre ella.

Me estoy mostrando más bien poco vulnerable y estoy omitiendo bastantes detalles, pero por lo menos estoy hablando un poco del tema.

La sesión llega a su fin más deprisa de lo que había esperado y me dispongo a seguir a la doctora Sutton fuera. En cuanto pasamos por su escritorio, cerca de la puerta, se detiene para guardar el boli y los papeles.

—¿Por qué no has ido a nadar últimamente? —me pregunta, sin mirarme.

—No he tenido tiempo —miento, y me encojo de hombros antes de volver a cruzarme de brazos.

La mujer mete mi ficha en su carpeta y asiente antes de volver a erguirse.

—Si consigues sacar algo de tiempo, creo que esta semana deberías intentar ir a nadar otra vez.