Unbound (The Undone 3) 11. Bennet
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11. Bennet

Bennet

PASADO: PRIMERO DE CARRERA

AGOSTO

—¿Qué haces aquí?

No debería sorprenderme. De hecho, lo que más me sorprende es que haya conseguido esperar tanto tiempo antes de presentarse aquí sin avisar.

—¿Qué haces tú aquí? —me pregunta mi padre mientras le abro más la puerta. Sigue con el traje del trabajo, impecable como siempre, y con sus gruesos rizos peinados hacia atrás en un intento por domarlos lo mejor que pueda—. Es viernes por la noche. ¿No deberías haber salido?

A sus espaldas, aguardando en la puerta, hay un labrador negro bien grande con una pajarita alrededor del cuello.

—¿Y este perro?

Mi pregunta pasa desapercibida porque Rhys, que está sentado en la mesa de la cocina zampándose la lasaña que he preparado yo, se apresura a decir:

—¡Buenas, señor Reiner!

—Deberíais estar por ahí, de fiesta. ¿Y vuestros compañeros de piso?

—Los hemos invitado —le asegura Rhys a mi padre, frotándose la boca y viniendo hacia nosotros, en la entrada—. ¿Y este perro?

—Eso mismo he preguntado yo —musito, y vuelvo a buscar los ojos de mi padre con la mirada—. ¿Papá?

—Es tuyo.

Mi padre lo hace todo con buena fe, en serio. Suele hablar conmigo para ver cómo estoy, nunca cancela nuestros planes y jamás llega tarde. Me ha acompañado a terapia desde que tenía ocho años y estoy seguro de que quiere verme feliz.

Pero, a pesar de que le cueste aceptarlo, ahora las cosas han cambiado.

« Lo hago porque te quiero, Ben ». Sus palabras son la letra de una canción que siempre suena a dúo con el llanto de mi madre.

—No te he pedido ningún perro.

—Es un perro de terapia —responde mirándome a los ojos—. No es un cachorro, de modo que está entrenado. No te morderá las cosas ni hará sus necesidades en la alfombra. Está para ayudar.

Rhys le sonríe al enorme perro que tenemos sentado en silencio a nuestros pies.

—Aunque le mudará el pelo —comenta Rhys en voz baja, como si pensara que el animal va a entenderlo y a ofenderse—. ¿Te molestará?

Su pregunta me dice que Rhys ya ha aceptado, lo cual no me sorprende, porque mi mejor amigo siempre ha intentado facilitarme la vida. Yo, en cambio, no he hecho más que complicársela.

—No lo sé —respondo.

La pulcritud es un tema delicado. He intentado explicarlo hasta la saciedad, pero nunca lo consigo.

Ojalá pudiera. A lo mejor así no me habría pasado años llorando por cómo me servía la comida mi madre o por el malestar que sentía al intentar dormir en unas sábanas que no había lavado yo personalmente.

Tal vez mis padres se hubieran peleado menos.

A lo mejor no se habrían divorciado nunca.

— Esto no tiene nada que ver contigo, Ben —me dice mi padre, que está de pie al lado de la puerta—. Necesito que lo entiendas .

— Lo entiendo —respondo .

Pero no lo entiendo. No del todo. Además, odio los cambios. Y este parece especialmente importante .

— No puedo acercarme a casa hasta que se haya tramitado el acuerdo de la custodia. Pero si me necesitas ...

Sacudo la cabeza para volver a deshacerme del recuerdo y miro fijamente a los ojos de mi padre; el del presente, no el del pasado. En esa época, era incapaz de mirarlo a la cara. Ahora, sus ojos me tranquilizan.

—Vale.

Rhys me guiña un ojo y comenta:

—Bien dicho, Ben.

—Genial. —Mi padre me da un golpecito en el hombro y aparta la mano de inmediato—. Tengo los documentos en el coche. Incluso le he comprado una placa.

A mi padre se le va apagando la voz mientras yo bajo la vista hacia el perro.

Es enorme y tiene unos grandes ojos marrones que parecen más tristes e inseguros que los de la mayoría de los perros que haya visto jamás. Parece tranquilo, confundido, y todavía no se ha movido de la entrada.

—Pasa, colega.

—¿Cómo se llama? —se interesa Rhys, arrodillándose para acariciar y arrullar al perro mientras este entra con calma.

Mi padre cierra la puerta, hace una mueca y niega con la cabeza.

—Estaba en un hospital infantil y le pusieron Superperro. —Mi padre sonríe y el gesto le llega a los ojos—. Así que creo que os tocará ponerle otro nombre. ¿Alguna sugerencia?

Me cruzo de brazos con el ceño fruncido y sacudo la cabeza.

Rhys, que ahora ya se ha sentado en el suelo con el animal, ríe con discreción.

—Igual deberías llamarle Gretzky. O Crosby. —Se encoge de hombros—. Algo relacionado con el hockey; como vivirá con nosotros... Ponle el nombre de alguno de tus ídolos.

—Siete.

La palabra sale a toda prisa de mi boca y me sonrojo en el acto. Agacho la cabeza y me froto la nuca.

—¿Siete? —me cuestiona Rhys—. Creo que...

—Es un nombre fantástico. El número de la suerte —me tranquiliza mi padre, rozándome sutilmente de nuevo—. Bienvenido a casa, Siete.

Asiento como para darle la razón.

¿La verdad? Tengo un ídolo. Y, cuando jugaba, lo hacía con ese número.

A Rhys le suena el móvil a lo lejos. Se aleja de Siete con una expresión de disculpa en el rostro y coge el teléfono de la encimera de la cocina con una pesarosa sonrisa.

—¿Ya me echas de menos?

Como tiene el altavoz puesto, oigo la áspera voz de Max Koteskiy gritándole a mi padre:

—Podrías haberme dicho que te ibas a pasar por aquí.

Mi padre se limita a sonreír ante el tono enfadado de su mejor amigo y va hacia allí para hablar más cerca del teléfono de Rhys.

—Tenía que ver a Bennett —le cuenta.

—Y yo quería ver a mi hijo —responde Max, que suelta no sé qué en ruso, a lo que Rhys le responde en ese mismo idioma, sacudiendo la cabeza.

Siguen hablando, los tres, pero yo ya no oigo nada porque estoy demasiado distraído con el repentino calor que noto en la pierna.

Siete está sentado prácticamente encima de mis pies y con la cabeza apoyada en mi muslo. Parece ligeramente satisfecho; lo suficiente como para que yo no sepa quién reconforta a quién. Bajo la mano con cuidado y le acaricio el liso y suave pelo de la cabeza.

No tengo ni idea de cuánto tiempo nos pasamos así, mirándonos el uno al otro. Sin embargo, cuando terminan de hablar, mi padre regresa a mí. Siete se levanta al ver que ha llegado un intruso. Veo esa sutil capa de pelo negro en mis vaqueros y...

No me molesta. No siento la necesidad de quitármelos y lavarlos de inmediato. En todo caso, hasta sonrío un poco, porque sé que, en cierto modo, me está marcando. Con la calidez de su cuerpo en mi pierna, con todo su peso en mi pie... He sentido calma.

«Muy bien, Siete. A lo mejor esto funciona y todo».

Al cabo de un buen rato, tras cenar con nosotros y volver a preguntarme cómo me va con cierto autoritarismo, mi padre se marcha. Finjo que no veo cómo le pregunta a Rhys si estoy bien justo antes de pedirme que lo acompañe al coche. Empujándome acera abajo, casi.

—Prométeme que estás...

—Estoy bien —le dijo por enésima vez—. En serio. De hecho... Estoy genial.

Le centellean los ojos bajo el tintineo ámbar de las farolas. Es como si mi confesión le hubiese quitado años de encima.

—Sí. —Me paso la mano por mis despeinadas ondas y me acerco a él—. No se lo digas a nadie, pero... he conocido a una chica.

A mi padre se le ilumina más la mirada, si es que era posible, y dice:

—Háblame de ella.