Unbound (The Undone 3) 10. Paloma
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10. Paloma

Paloma

PASADO: PRIMERO DE CARRERA

AGOSTO

«Introducción a la poesía». Pongo los ojos en blanco mientras releo el horario.

Lo que tiene hacer tarde la inscripción a la uni (como me pasó a mí, que fui en el último minuto) es que te toca la sesión orientativa el último día y solo puedes elegir entre las asignaturas que siguen teniendo plazas vacantes.

Mi clase está en el rancio pabellón de Historia del Arte, en lugar de en el edificio amarillo de cemento de Humanidades, que huele siempre a café y libros viejos.

Y, aun así, alegre e ilusionadísima porque hoy es mi primer día de uni, echo a andar por estos pasillos con fluorescentes (claramente, aquí no cuentan con la misma financiación de la que parecen disfrutar en la otra punta del campus).

La clase empieza a las ocho, y son menos cinco. Llego más tarde de lo que me gustaría, porque prefiero estar allí con quince minutos de antelación. Sobre todo, para poder escoger dónde sentarme y hacerme una idea de lo que me espera.

Choco con el marco de la puerta al entrar y reculo un poco para echarle una ojeada a la clase.

Han colocado diez mesas en círculo y hay unas cuantas esparcidas por el resto del aula, casi empotradas contra las paredes.

La mitad ya están ocupadas, pero yo enseguida fijo la vista en una persona en particular.

Es el chico del otro día. Ese tan alto e imponente que está sentado en un escritorio demasiado pequeño para él.

Hemos reparado el uno en el otro, pero ninguno dice nada. Puede que la cosa fuera más normal si me sentase a su lado; el hecho de que conozca a una persona en esta diminuta clase debería ser motivo suficiente para que me esforzara. Por hacer amigos, por formar parte de un colectivo, algo.

— Bennett —se presenta con un tono de voz prácticamente desprovisto de emoción alguna, aunque le centellea la mirada .

Vuelvo a pestañear, cambio mi atenta expresión a una más neutra y camino con elegancia hacia el asiento que hay en el extremo opuesto de ese chico, el que está más cerca de la puerta.

No cabe duda de que está encogiéndose, como si quisiera hacerse más pequeño, pasar tan desapercibido como pueda, lo cual resulta imposible, porque, a juzgar por su fuerte y definida mandíbula y esa nariz, cualquiera diría que va a ser él quien imparta la clase.

Tiene los ojos de un nebuloso color turquesa, como una joya bajo una nube de tormenta. O un lejano y brumoso océano.

En cuanto nos miramos, él aparta la vista. Se sonroja y yo siento que me arden las mejillas.

—Buenos días —dice alguien.

Una sutil y áspera risa reverbera en esta pequeña aula de cemento.

El doctor Nick Britton, nuestro profesor de Introducción a la poesía, entra decidido con la ayuda de un pesado y curvado bastón de madera.

Es un hombre alto y delgado, de pelo canoso, rostro curtido y con gafas.

Si se vistiera de forma más pretenciosa, se parecería a John Keating en una nueva versión de El club de los poetas muertos .

Sin embargo, lleva unos vaqueros y una camisa de botones arrugada.

Mientras se sienta y empieza a repartir la guía docente, yo vuelvo a distraerme mirando a Bennett.

Es un chico meticuloso y gira la hoja grapada con cuidado para echarle una ojeada rápida a todo, como si estuviese buscando algo en concreto. Me puede la curiosidad y hago lo propio mientras intento descifrar qué estará leyendo con tanto interés.

En la segunda página, en negrita, pone «Lecturas obligatorias», en las que hay «varias» sin las mayúsculas pertinentes. Sin embargo, justo debajo encuentro lo que estoy segura que le ha llamado la atención a Bennett.

En la última página de la guía aparece «Al detenerme junto al bosque en una noche de nieve» de Robert Frost.

Debería estar escuchando al profesor, que está hablando de las normas y el código de conducta de la clase. Bennett también tendría que hacerlo. En lugar de eso, los dos seguimos leyendo.

—Bueno —dice el doctor Britton, dando una fuerte palmada con la que consigue captar mi atención—. Empecemos con el primer trabajo. Pónganse por parejas.

A juzgar por cómo me reacciona el cuerpo, es como si acabase de decirnos que lucháramos hasta morir.

Paseo la vista por la sala y espero mientras veo cómo otros alumnos más sociables se juntan con algún amigo (o hacen uno enseguida) para no quedarse rezagados.

Y, como somos ocho, no voy a poder esperar y pedir si puedo hacer el trabajo sola.

Encuentro a una chica que parece bastante maja, aunque poco accesible; sin embargo, cuando hago ademán de moverme, la pilla el chico que tiene a la derecha. La ansiedad me come por dentro, me da vueltas la cabeza y empieza a sudarme el cuello.

Aunque hay alguien más que no tiene pareja. Alguien que ni siquiera ha intentado hablar con otra persona. Y el único aquí a quien conozco, aunque sea remotamente.

Cojo la carpeta y la guía, voy hacia él con unas cortas y eficientes zancadas, y me siento en el escritorio que más cerca le queda de los que hay esparcidos por ahí. Mantengo la vista fija en el profesor, que se sienta sobre una mesa de metal grande en la cabeza del círculo.

Bennett continúa con los ojos puestos en mí.

Tiene una mirada abrasadora y noto su calor en el lateral de la cara, cual rayo de sol en pleno verano. Cuando por fin desvío la vista hacia él, veo que su mirada es tan intensa como me imaginaba.

Lo que quiera que tuviese en la punta de la lengua se evapora y me quedo con la boca seca y el cuello aún sudoroso.

—¿Qué te ha parecido? —me pregunta Bennett.

Tiene los hombros encogidos y la mirada gacha, como si quisiera fingir desinterés o disimular algo de vergüenza. No me ha preguntado si lo he leído. A lo mejor también me ha estado observando igual que yo a él.

—Es mágico —respondo—. Evasivo en cuanto al significado, pero claramente intencional y estructurado.

Levanta esos ojos azules igual de mágicos y evasivos, y los clava en mí antes de reposarlos muy sutilmente en mi nariz.

—Te... Sí. —Carraspea y clava la mirada en las hojas—. ¿Qué más?

O sea, que no me dará su opinión; es como si estuviese tanteando el terreno. De modo que me inclino hacia delante y me acerco un poco a su rígido cuerpo.

—Creo que habla de la muerte —señalo.

A él se le escapa una risa casi de inmediato.

—Qué va. En todo caso, habla de la vida —argumenta con un tono de voz mucho más alto y marcando bien la última palabra.

—¿Ah, sí? —digo en plan listilla y encorvando el labio, conteniendo muy bien la pizca de molestia que siento—. ¿Te lo ha dicho él personalmente?

Ojalá pudiera decir que estoy tonteando con él, pero es que lo que odio de la poesía es justo esto.

Mi profesora del instituto hacía exactamente lo mismo: si yo decía algo que contradecía la norma general, hacía añicos mi interpretación.

Mucho habla la gente de las distintas formas en las que podemos interpretar algo, pero, a mí, la experiencia me ha enseñado que siempre hay una respuesta correcta.

Bennett no dice nada, pero se le encienden las mejillas, ya sea porque se ha enfadado, ya sea porque está avergonzado. Ni lo sé ni me importa. En serio. No debería sentir tanta curiosidad por este chico.

—«Sueño» es inherentemente ambiguo. ¿El tono es de exasperación? ¿O de esperanza? Creo que podría defenderte ambos puntos de vista.

—Pareces mi padre —murmura, a pesar de que se sonroja aún más, como si no hubiese querido decirlo en voz alta.

—¿Ah, sí? —insisto igualmente—. Debe de ser un genio.

—Abogado.

Se me escapa la risa y los dos nos quedamos en shock . Ni siquiera me acuerdo de la última vez que me reí.

Por un segundo, me preocupa haber asustado a mi arisco compañero, pero entonces encorva la comisura del labio. Lo hace de forma casi imperceptible, pero ahí está. Un atisbo de sonrisa.

A lo mejor podríamos ser amigos.

—¿Qué les hace tanta gracia? —Enseguida, nuestro profesor nos llama la atención.

Aunque no lo hace a modo de reprimenda, sino más bien con una genuina curiosidad que veo reflejada en su centelleante mirada.

—Nada —me apresuro a responder, y sacudo la cabeza.

A pesar de que no me haya metido en ningún lío, tengo la sensación de que me están riñendo. El doctor Britton frunce el ceño sutilmente y afianza ambas manos con firmeza sobre su bastón.

—Muy bien. Entonces, háblenme del poema.

Al principio, ambos guardamos silencio, hasta que le pego un codazo a Bennett y enarco las cejas como diciendo: «Yo ya he hablado. Te toca».

No dice nada.

—Debería empezar Bennett. Sus reflexiones me han parecido muy... optimistas.

Cuando me oye, se sonroja, pero continúa sonriendo lo suficiente como para que a mí me entren ganas de celebrar la victoria meneándome un poco en la silla.

—¿En serio? Entonces, dígame, señor...

—Reiner —contesta Bennett, sentándose un poco más recto—. Solo estábamos hablando del tema general: la vida o la muerte. No estábamos de acuerdo con el significado.

—Ni ustedes ni cualquier otro crítico que haya leído la obra. ¿Les ha parecido estimulante o sobrecogedor? ¿O una mezcla de ambas cosas? Yo diría que este en concreto me ha evocado emociones distintas, contradictorias.

—¿No es de lo que se trata? —continúa Bennett—. ¿De utilizar el paisaje y las descripciones para crear una metáfora todavía más grande y no explicar de qué va la metáfora en cuestión?

—Si podemos comparar «Huevos verdes con jamón» con los esfuerzos del comunismo, yo creo que podemos ofrecer distintas interpretaciones de poemas intencionadamente oscuros siempre y cuando sepamos argumentarlo.

A Bennett le brillan los ojos y sonríe pletórico. Me da la impresión de que no es consciente de lo fascinado que parece por lo que le acaba de decir el profesor.

—¿Lo ve? —tercio alegre, sintiéndome más cómoda con esta versión de un Bennett más seguro de sí mismo—. Todo un erudito de la poesía.

A juzgar por cómo le cambia la expresión a Bennett, debo de haber metido la pata. Y toda la comodidad que sentía hacía un segundo se esfuma como el viento.

—Buen trabajo —musita el doctor Britton, dando la conversación por terminada y desviando su atención hacia el siguiente grupo.

Bennett empieza a recoger sus cosas, lo cual me lleva a fruncir el ceño aún más hasta que miro el reloj analógico que hay en la pared y me doy cuenta de que ya casi ha terminado la clase.

Vuelvo a mirar a Bennett más abiertamente que antes.

Es meticuloso, igual que con su equipación de hockey.

Alisa los pliegues de las hojas, las archiva en una carpeta negra y luego mete dicha carpeta en una más grande de color azul marino que, acto seguido, guarda en la mochila.

Una mochila lo suficientemente grande como para que le quepan los libros dentro, pero casi demasiado pequeña para lo ancha que tiene la espalda.

Al final de la clase, suena el timbre y él se levanta. Da tres pasos y vuelve a girarse hacia mí, inquieto, con la vista clavada en mis zapatillas de deporte y el ceño fruncido.

—¿Has leído algo más? ¿De Frost?

Me parece una pregunta extraña. A lo mejor no es lo que quería preguntarme.

—Sí, claro. —Me encojo de hombros, me cuelgo la tote bag en el hombro y echo a andar para caminar por delante de él—. No está mal, pero este poema es aburrido.

—¿Cuál te gusta, pues?

Me giro sobre mis talones y regreso hacia él con una amplia sonrisa socarrona en los labios.

—«Devoción».

Bennett arquea las cejas en el acto, como si le sorprendiera que no le hubiese dicho «El otro camino» o «Lo bueno no es eterno».

Me encojo de hombros y reanudo el paso. Él hace lo propio y me pilla enseguida, con sus largas zancadas.

—¿Qué otros poemas te gustan? —se interesa.

—No es que sea una fanática de la poesía, y menos de esta. Es muy... Tiene muchas normas.

Su esperanzado rostro se tiñe de decepción, como si acabase de darle la triste noticia de alguna trágica pérdida.

—Es... Deberías darle otra oportunidad.

Sonrío ante el hecho de que, por algún motivo que desconozco, Bennett quiere que me guste la poesía.

«¿Por qué?».

—Tal vez lo haga.

La sinceridad de mis palabras me persigue mucho después, cuando ya he regresado a la resi. Me quedo con la vista clavada en el techo y le doy mil vueltas a todo lo que he dicho.