9. Paloma
Paloma
PRESENTE
¡Sabía que tendría que haber esperado hasta que los hubiese oído salir a todos!
Quiero arrepentirme, pero... no puedo. Porque Bennett Reiner está delante de mí, con los ojos como platos y con el brazo estirado, como si fuese a tocarme.
Levanto la vista por encima de su marcado bíceps y me doy cuenta de que todavía nadie se ha percatado de que estamos aquí.
Bennett hace lo propio y gira la cabeza para mirar por encima del hombro antes de tirar de mí con delicadeza; me aleja de la cocina, atravesamos el pasillo y nos metemos en el garaje.
—¿Estás bien? —me pregunta sin que me dé tiempo a decirle nada.
Me estudia con la mirada otra vez antes de posar sus ojos en los míos, con demasiado brío y seriedad.
Me sujeta por la muñeca sin apretarme demasiado con su firme y cálida mano. Ese gesto me resulta casi familiar. Por la de veces que me ha sujetado ambas muñecas así, encima de la cabeza...
«Para».
Me sonrojo y desvío la mirada hacia el punto donde sigue tocándome.
Mientras espera a que le responda, continúa centrado en mí, mirándome con una ligera intensidad.
Aun así no se da cuenta de mi casi inapropiada reacción ante su cercanía, ante ese roce tan informal e íntimo que hacía meses que no notaba.
Lo estudio despacio. La anchura de sus hombros, la forma en la que frunce sus gruesas cejas, la preocupación que tiñe sus profundos ojos azules como el océano. El cuerpo me pide a gritos que me relaje bajo su tacto, que se lo cuente todo y deje que Bennett lo arregle. Pero sé que no puede.
Lo mío no tiene arreglo.
Y si esta es mi oportunidad para hacer borrón y cuenta nueva, no puedo utilizar a Bennett Reiner y apoyarme en él. Ya he demostrado, en repetidas ocasiones, que esto no funcionará, por más que mi corazón nunca me haga caso. Y, encima, ahora mi corazón me pide que vaya con él, que me acerque más.
—Sí —respondo con la voz temblorosa—. Estoy bien.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
No lo dice a malas. Conozco a Bennett lo bastante bien como para saber que su intensidad es más señal de preocupación que de exasperación o de cabreo.
Aunque no por eso dejo de tartamudear al disculparme.
—Lo siento... Debería haberte dicho algo, pero Sadie y Freddy dijeron que podía quedarme y...
—Eh, eh —me corta, dejando su taza de viaje y frotándome los brazos con las manos. Se me pone la piel de gallina—. No tienes que darme ninguna explicación. No pasa nada. Solo necesito saber que estás bien.
Siento que me ahogo en su mirada, como siempre que estoy frente a Bennett. Me relajo poco a poco y atrás queda la tensión que siento por estar siempre alerta.
Se oye una voz que grita no sé qué mientras los demás empiezan a subir las escaleras. Creo que es Freddy. Aun así, basta para que vuelva en mí y me separe de Bennett.
Permanece con las manos suspendidas, como si estuviese intentando agarrar el aire.
—Estoy bien... Te lo prometo —digo con un tono de voz un tanto más oscuro.
«Ponle fin a la conversación».
—¿Estás segura? —insiste él con un poco más de delicadeza mientras da un paso hacia mí; su preocupación casi se puede palpar.
Bennett es tan grande que bloquea todo lo demás, solo lo veo a él.
—Sí —respondo con una sonrisa socarrona, perdiéndome en lo único que sé que me protegerá: yo misma. Al menos, la versión que conocen la mayoría.
«Paloma Blake, la fiestera de turno. Una chica jodidamente guapa y con un polvazo descomunal».
—Yo, siempre, ¿no? —Sonrío de medio lado y arqueo una ceja en plan sugerente—. ¿Me has traído aquí para que nos divirtamos un rato?
A Bennett le cambia la expresión, como si acabasen de pegarle un puñetazo. Es incapaz de disimular el dolor en su mirada y en su voz cuando me suplica con un susurro:
—No lo hagas, P.
—¿Que no haga el qué? —pregunto, mordiéndome el labio y entrecerrando los ojos. Le apoyo las manos en los hombros, con delicadeza—. ¿No me tienes ganas? Puedo hacer que disfrutes mucho. Como en los viejos tiempos...
—Para —me corta, abrasándome con la mirada a la vez que me agarra las muñecas para detenerme. La forma en la que se está conteniendo no tiene nada que ver con la severidad que le noto en la voz; es como si estuviese a punto de derrumbarse—. Háblame. Por favor.
—Déjalo, Bennett —escupo.
Doy media vuelta, regreso dentro, subo las escaleras y me encierro en el baño de invitados. Cuando oigo que llaman a la puerta con sutileza, no abro ni digo nada, porque tengo clarísimo que es él. Porque, como me llame «P.» o «amor» una vez más, volveré a caer.
Y Bennett Reiner se merece algo muchísimo mejor que esto.