Unbound (The Undone 3) 8. Bennet
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8. Bennet

Bennet

PRESENTE

A la mañana siguiente, preparo el café y el desayuno. Es martes, lo cual significa que, cuando bajo, me encuentro a Ro despierta y vestida, trabajando con su ordenador en la encimera. Normalmente, nuestra única compañía es Oliver, pero hoy no está aquí porque tiene clase.

El silencio dura solo veinte minutos, hasta que Freddy aparece en calzoncillos, medio adormilado y buscando a su novia. Aprovecho la ocasión para ir arriba a cambiarme y coger mis cosas.

Cuando regreso a la cocina, Freddy sigue con el bóxer puesto, a pesar de que Rosalie le está rogando en voz baja que suba; no quiere llegar tarde. Él solo accede después de un beso que resulta inapropiado presenciar.

Sadie y Rhys no tardan demasiado en bajar, cambiados y hablando discretamente de algo que debe de molestar a Rhys, a juzgar por su cara.

Se me tensan los hombros. La necesidad que siento por ayudarlos resulta casi abrumadora; sin embargo, a la que Sadie detiene a Rhys y le acaricia la frente con los dedos antes de darle un cariñoso beso, esa sensación se reduce a la nada.

«Ya tiene a Sadie, que lo ha ayudado más de lo que lo ayudaste tú jamás. Rhys no te necesita...».

Cierro los ojos un segundo e inhalo repetidamente, despacio.

Estamos todos en la cocina; hay mucho ruido, pero es agradable. Suena «Turnover» a través de los altavoces que tenemos en una esquina, y casi todos pillan algo de la bandeja que he preparado para desayunar.

Cuando hay tanto ajetreo en casa, cuando el ambiente es cálido y animado, es cuando más pienso en ella.

La aflicción que siento al echarla de menos es aún mayor cuando estoy en la ducha, cuando el agua me resbala por la piel, pero ella no está ahí conmigo.

Sin embargo, cuando estoy con mis amigos, mi familia , comienzo a soñar despierto.

Paloma con mi sudadera, sentada sobre la encimera, con sus cálidos ojos marrones y la piel enrojecida tras una ducha matutina. Dándole de comer. Preparándole café. Escribiéndole un poema y metiéndoselo en la mochila antes de marcharnos. Juntos.

Como tenía que ser.

De todos modos, sonrío porque mis amigos son felices. Me alejo antes de que pueda cargármelo y alargo el brazo para coger el café mientras salgo de la cocina caminando hacia atrás, y me choco con alguien en el pasillo.

—Perdona —susurra una voz.

Una voz que conozco incluso mejor que la mía. Por un segundo, estoy convencido de que no es más que una alucinación.

Me giro tan deprisa que casi tropiezo y me encuentro cara a cara con un pedazo de mi alma.

El maldito amor de mi vida.

Paloma Blake.