Unbound (The Undone 3) 7. Paloma
8%

7. Paloma

Paloma

PRESENTE

—Buenos días, marmota.

Lo dice alto. Tan alto que, de no ser porque ya estaba despierta y con la vista clavada en el techo, me habría despertado.

Apoyo los codos en el colchón. Al ver las sábanas revueltas de la cama individual que hay al otro lado, siento una punzada en el corazón. Sadie ha pasado toda la noche aquí, conmigo.

—Buenos días —musito en voz baja, y me froto el puente de la nariz.

Ella se apoya contra el marco de la puerta. El color gris de la gigantesca camiseta que lleva puesta es prácticamente el mismo que el de sus ojos.

—Esta vez sí que empinaste bien el codo, ¿eh, Blake?

Tengo una respuesta sarcástica y mordaz en la punta de la lengua, pero las palabras que salen de mi boca son otras.

Sacudo la cabeza y hundo un poco la barbilla.

—No estoy en mi mejor momento ahora mismo, Brown.

Ella frunce el ceño y se muerde el labio inferior. Atisbo una pizca de comprensión en su impenetrable mirada.

—¿Quieres hablar del tema?

Levanto los hombros casi de forma imperceptible. Sadie se gira y cierra la puerta. Resulta casi imposible no ver las enormes letras que hay estampadas en la camiseta, a la altura de los hombros: « KOTESKIY ».

Una parte de mí siempre la envidiará; esa parte que ve su relación con Rhys y la genuina felicidad de Sadie como un logro que no se merece.

Y puede que sea cruel, pero saber que yo no puedo tener lo mismo, que lo intenté y, aun así, la pifié, me atormenta.

En su día, Sadie Brown era mi amiga. Y ahora va pavoneándose por ahí, disfrutando de todo lo que yo deseaba.

—Una mala racha —pruebo a decir con la vista baja mientras ella se sienta a los pies de la otra cama individual y se cruza de piernas.

Es la habitación extra que tienen los chicos, pero, entre la consola de videojuegos, los juguetes de Star Wars y las figuras de acción que hay por aquí tirados, está claro que se ha convertido en la casa temporal de los hermanos pequeños de Sadie—.

Mi compañera de piso me odia y me ha echado de la resi.

Sadie pone los ojos en blanco.

—¿Quieres que le pegue? —pregunta en un tono seco.

Esbozo una sonrisa.

—Igual sí. —Sacudo la cabeza—. Creo que solo estaba triste y quería olvidarme de eso un rato. Tengo la sensación de que se me está yendo todo al traste.

Sadie asiente y se muerde el labio inferior.

—Ya. Te entiendo.

Sé que es verdad, que lo entiende. Y puede que sea el único motivo por el cual estoy dispuesta a hablar de esto con ella.

—Puedes quedarte aquí el tiempo que necesites, pero ¿tienes a quién llamar? —me pregunta—. No quiero que pases por esto sola.

Por un segundo, me acuerdo de esos ojos azules y esa mandíbula cuadrada, de esos dedos hundidos en mi pelo, acariciándome.

« Hey, P. ¿Estás bien? ».

Me deshago de los recuerdos en un santiamén y suspiro profundamente a la vez que me ejerzo presión con los dedos en la sien y asiento a regañadientes.

—Sí. Una persona.

—No puede ser... —El cálido tono de voz de Alessia reverbera a través del altavoz del móvil, que he dejado justo a mi lado, en la cama—. Me estás vacilando, ¿no?

—Qué graciosa —respondo, sacudiendo la cabeza y echándola hacia atrás con los ojos cerrados—. Necesito que me eches un cable.

Silencio. Uno casi demasiado largo y que me deja con los pelos de punta.

—Me llamas como si tal cosa después de tres años ignorando mis llamadas, mis mensajes, todo, y ni siquiera empiezas con un «Hola, Alessia.

¿Cómo estás? Siento mucho haber pasado de ti y dejar que pensaras que me había muerto o algo peor».

—A cada frase que pronuncia, su voz adopta un tono más y más agudo—. ¿En serio? Dios, Paloma, si es que...

Deja la frase a medias para soltar un grito ahogado.

—Estoy bien. Todo en orden.

—Ya se nota —musito.

Al oír otro sonido a lo lejos, esbozo una mueca.

—Volvamos a empezar. Pero de forma distinta; a ver si así no me quedo sin trabajo —sugiere Alessia antes de carraspear y adoptar un tono de voz más alegre—. ¡Paloma! ¡Hola, cielo! ¿Qué puedo hacer por ti?

Pongo los ojos en blanco, pero me relajo.

Siento un nudo tan grande en la garganta que me cuesta tragar, y nunca sé si es debido al arrepentimiento o al autodesprecio. Aunque a lo mejor son las lágrimas que llevo conteniendo toda la vida. Esas que nunca me permitiré soltar.

Es como los restos de gasolina de un coche en el desguace. A veces, esa tensa presión es lo único que me recuerda que estoy viva.

Le cuento rápidamente y casi con frialdad lo ocurrido a lo largo de las últimas veinticuatro horas, aunque soy consciente de que Alessia preferiría saber qué ha sucedido a lo largo de los últimos tres años.

Sé que jamás me juzgaría, pero nunca la haría cargar con el peso de mis fantasmas de esta manera.

—Tengo que encontrar piso —concluyo—. Es... Me estoy quedando en casa de unos... amigos de Sadie. —Al pensar en la cercanía que tengo con la única fijación constante en mi (por lo general) turbulenta vida, me da unas cuantas vueltas la cabeza—. Puedo quedarme aquí esta noche, pero es que...

Se me va apagando la voz y me asalta el destello de unos ojos azules y el roce de una barba afilada en la piel al salir de la ducha.

—¿Tiene algo que ver con Ethan?

En cuanto oigo su nombre, siento que el pasado me persigue y se me encoge el pecho un segundo.

—No. Es... No puedo...

—Respira —me dice Alessia, anclándome en el presente con su voz—. No pasa nada. Yo me encargo, ¿vale? A ver, vayamos por partes. ¿Tienes dinero para la comida?

—Sí.

—¿Lo llevas todo contigo o necesitas que alguien te ayude con la mudanza?

—Lo tengo todo en el coche. Sigue en el aparcamiento.

—Vale. Eso déjamelo a mí, ¿de acuerdo? —Su voz suena calmada y relajante, al igual que cuando yo tenía diecisiete años y estaba asustada y llorando sentada en su despacho con todas mis pertenencias en una bolsa pequeña—. Yo me ocupo de todo. ¿Quieres que vaya a buscarte?

—Estoy bien.

Por más tortura que sea estar en la misma casa que él, saber que está aquí me hace sentir a salvo y que no me pasará nada malo.

—Vale, Paloma. —Exhala y yo escucho ese sonido como si de una delicada canción de cuna se tratase—. Cuídate, te llamo por la noche, ¿vale?

—De acuerdo.

Cuelgo antes de que Alessia pueda decir nada más. O antes de que me eche a llorar.

Permanezco sentada en el cuarto de invitados a sabiendas de que Sadie solo dirá que una amiga suya necesitaba un sitio donde pasar la noche y de que Freddy tampoco abrirá la boca. Les supliqué que no mencionaran mi nombre en ningún momento. Aunque ellos no tienen ni idea de por qué.

Abrazo el conejo de peluche que no he soltado desde que tenía seis años y, por primera vez desde hace años, hallo consuelo en su aterciopelada tela.

No me lo había permitido hasta ahora. Me rugen las tripas y rebusco en la mochila hasta dar con la barrita que sé que lleva bastante tiempo metida allí.

« ¿Nuggets de pollo? ¿En serio? » . Casi oigo su voz; casi lo veo haciendo una mueca. « Te he dicho que puedo prepararte cualquier cosa, ¿y tú quieres eso? ».

Recuerdo que me sonrojé y noté cómo el calor me inundaba las mejillas mientras asentía y reía, cohibida.

« Sí, porfa. Con kétchup picante ».

Él se rio con ganas, más abiertamente que de costumbre, mientras jugaba, con ternura, con algunos de mis mechones.

« Muy bien. Por ti, lo que sea, P .».

Sería tan fácil... Ni siquiera tendría que enviarle el típico: «Me acompañas a casa?

». Podría colarme en la habitación que hay en la otra punta del pasillo, esa que huele a sábanas limpias y a sándalo, y en la que hay una lamparita encendida para que yo pueda dormir.

Se ofrecería a llenarme la bañera, me haría una trenza, me daría de comer, me mimaría. ..

Si me rajara la piel, creo que encontraría su nombre tatuado en mis venas, grabado justo en el músculo de mi corazón. Y me desangraría por él una y otra vez con tal de mantenerlo alejado de mí, de la despreciable y horrenda chica en la que me he convertido.

Aun así, dejo que el Bennett Reiner de mi imaginación me tranquilice mientras me meto en este baño desconocido.