6. Bennet
Bennet
PRESENTE
—He dicho que hoy no puedo.
—Ben...
—Tengo que irme —le digo.
Cuelgo y tiro el móvil en la bolsa a la vez que Rhys sale de la ducha con la toalla alrededor de la cintura. Se detiene y me estudia la cara antes de sentarse a mi lado.
—¿Todo bien?
—Ajá.
—¿Tu padre? —se interesa, refiriéndose a la persona con quien estaba hablando.
Noto la reticencia en su voz. Rhys y yo ya no hablamos de Adam.
Él sigue cenando con Max y Anna, que son sus mejores amigos, aunque estoy convencido de que dicha relación va mucho más allá.
En ocasiones, yo también voy a cenar a casa de los Koteskiy, pero no siempre.
Sin embargo, la relación de Max Koteskiy con su hijo es distinta a la que tiene mi padre conmigo.
Es solo que... Ahora mismo, no confío en mi padre. Y, en parte, detesto que Rhys siga haciéndolo.
Intenté hablarlo con mi psicóloga, pero no sirvió de nada.
Y luego probé a hablarlo con mi padre, lo cual derivó en el estancamiento en el cual nos encontramos ahora.
Me duele sentirme tan distanciado de él.
Nunca nos había pasado. Adam Reiner siempre había sido como una relajante canción de cuna para mí.
Era quien me defendía y me protegía; la única persona que conseguía hacerme reír de pequeño, antes de que lo consiguiera Rhys, y la única en el mundo que me abrazaba como a mí me gusta.
Y, ahora... Ahora lo único que compartimos es todo este enfado y culpa y tristeza y frustración que nos oprime a ambos como si de placas de hierro se tratase. Hasta que la presión ya no me deja ni respirar.
— ¿Y tu padre?
— No quiero hablar del tema .
— ¿Por qué?
— Nunca quiso a mi madre. La abandonó. Igual que hace siempre con todo el mundo. —Un silencio y, después—: No quiero hablar del tema.
Dicho esto, mi psicóloga desvió la conversación. Sin embargo, yo sabía que no terminaría ahí. El problema era que no estaba preparado para hablar del asunto; ni con ella ni con él ni con nadie.
Hoy he tenido doble sesión de entrenamiento, así que cuando regreso a la camioneta, ya es tarde.
Vago por el aparcamiento mientras me tranquilizo.
Miro el teléfono. Vuelvo a hacerlo sin poder evitarlo, es un impulso. Al darme cuenta de que lo he pillado por tercera vez, aprieto los dientes. Se ha convertido en una obsesión tal que, el año pasado, la psicóloga decidió abordar el tema.
« Paloma conseguía calmar tu ansiedad y, ahora que se ha ido, tu cerebro está tratando de dar con otras vías de escape. ¿Qué más podemos hacer cuando te preocupas de esta manera? ».
Pongo música y el delicado rasgueo de la guitarra de Ben Howard me reconforta mientras cierro los ojos, me apoyo en el reposacabezas y me masajeo el puente de la nariz.
«Está bien».
«Está bien. Está bien».
«Pero... ¿Y si no lo está?».
Mis pensamientos empiezan a divagar. Intento serenarme, pero es una causa perdida.
—Céntrate en los hechos —musito por lo bajo, repiqueteándome en la rodilla y exhalando.
«1. Es un lunes por la noche. No hay ninguna fiesta y casi todos los bares de la Universidad de Waterfell están cerrados.
»2. Cuando ha necesitado ayuda, Paloma siempre me ha llamado».
—O sea, que está bien —repito entre dientes; me aferro al volante y doy marcha atrás, obligándome a regresar a casa.
A veces, cuando tengo la ansiedad por las nubes, me pongo a conducir por la calle de las fraternidades hasta llegar a la más céntrica, solo para asegurarme de que no está allí. Pasando frío. Esperándome.
A lo mejor le va bien. Tal vez ya no le haga falta recurrir a mí.
«Como Rhys. Como cualquier otra persona en tu vida, que sigue adelante sin ti y te deja de lado».
Sacudo la cabeza para deshacerme de ese pensamiento mientras salgo del garaje, subo las escaleras y voy hacia el cuarto de baño. Me tomo un minuto para respirar, abro el grifo y me meto bajo el agua cálida de la ducha.
Luego, cuando todo el mundo ya ha dado la noche por terminada y se ha ido a sus habitaciones, yo bajo a la silenciosa cocina.
Pongo música y preparo la comida de la semana.
Ya he limpiado y secado los táperes azules y verdes (de Rhys y de Freddy, respectivamente), para así poder marcarlos y llenárselos.
Seguir una rutina que ya conozco me ayuda.
Así que dejo que me relaje.
Cuando todo está listo, guardado, limpio y en su sitio, me voy a la cama y rezo para que esta silenciosa quietud me permita descansar.
Pongo algo de música tranquila y cojo una de mis libretas. Pero, para no variar, las palabras no acuden a mí. Soy incapaz de escribir nada. A duras penas soporto leer poesía ahora que...
Al oír la puerta delantera cerrándose, Siete levanta la cabeza. Salta de la cama y echa a andar hacia la puerta de mi habitación, gimiendo.
—Shhh. —Chasqueo la lengua y doy unos golpecitos al colchón, a mi lado—. No pasa nada. Deben de ser Sadie y Rhys, que habrán vuelto tarde o algo. Cálmate.
Pero no se tranquiliza. Empieza a rascar la puerta de madera con la pata y yo frunzo aún más el ceño.
No sé quién acaba de entrar en casa a estas horas, pero tampoco está haciendo tanto ruido; de hecho, más bien ha entrado muy sigilosamente.
Me levanto y acerco el oído a la puerta para escuchar con atención.
Solo oigo la voz de Freddy, pero está hablando tan bajito que no consigo oír lo que dice. Tiro del collar de Siete y lo llevo a la cama, conmigo.
—No pasa nada, S. Ven aquí.
El perro no sube a la cama y yo siento una punzada en el pecho. ¿Qué pasa?
«Estamos todos en casa, sanos y salvo. Estamos todos bien».
«Menos una persona», dice una amenazante voz en mi cabeza, intentando desviar mis pensamientos. «Está sola, en plena noche, hambrienta...».
«Para», respondo mentalmente. Apago la lamparita antes de que Siete empiece a quejarse aún más fuerte, pero vuelvo a encenderla y me doy la vuelta para intentar conciliar el sueño.
Siete no duerme demasiado; se queda hecho un ovillo al lado de la puerta y se niega a regresar a la cama. Yo tampoco es que duerma mucho.