5. Paloma
Paloma
PRESENTE
—Eres la única a quien todavía no le he asignado prácticas.
Me muerdo el labio y asiento.
—Lo sé —contesto.
En este viejo despacho revestido de madera de la Facultad de Empresariales hace calor.
El director de mi departamento suspira, como si estuviese igual de molesto conmigo que yo misma.
Llevo demasiado tiempo posponiéndolo, lo cual ha ido entorpeciendo tanto mi semestre de primavera que roza lo absurdo.
—Paloma, no puedo enchufarte en cualquier parte, así sin más. Ya ha escogido casi toda la clase, incluidos los de tercero. Voy a priorizar tu elección por encima de la del resto, pero tienes que hacerlo ya. Hoy mismo.
—¿Y el trabajo que tuve en primero como ayudante en el equipo de hockey no podría contar como experiencia?
—Te encargabas de la equipación.
Enarco una ceja y encojo los hombros.
—Vale. Entonces déjeme compensarlo con unas prácticas fuera del campus.
—Eso ya lo intentamos, ¿recuerdas? —me dice pasándose la mano por el pelo—. Y rechazaron tu solicitud.
«Después de que quedase claro en esa cena que no me abriría de piernas en el curro. Que es el único motivo por el cual me entrevistaron; eso, para empezar».
—Las de fútbol americano ya están cubiertas. Teniendo en cuenta que ya ha terminado la temporada, no han cogido a demasiada gente. Hay una vacante en el equipo de patinaje artístico, y los de hockey tienen a un júnior, así que si te interesa...
—Nada de hockey.
Vuelve a sacudir la cabeza:
—Tampoco es que tengas muchas opciones. Esperaba que fueras a aceptar la plaza con los de patinaje artístico.
Tendréis que dividiros los turnos. Hay un nuevo entrenador, así que solo te dejarán estar con uno.
Además, cuando solicitaste las prácticas, dejaste el apartado de deportes en blanco; sin embargo, con tu experiencia, me atrevería a decir que te encantarían las prácticas que se ofrecen en el equipo de hockey.
Decido obviar sus palabras y digo:
—¿Y en algún equipo de organización de eventos?
—Fuiste muy precisa y solicitaste especializarte en entrenos.
—Vale. ¿Natación?
Suspira profundamente y responde:
—Se ha acabado la temporada.
—No se termina hasta abril...
—No. Ya han cubierto la única vacante que les quedaba. Piensa en otra alternativa.
Se me revuelven las tripas.
—Paloma, he visto tu currículum. Has sacado muy buena nota en todas tus clases.
Te has pasado los veranos trabajando para equipos de hockey y también lo has hecho a tiempo parcial; el año pasado, incluso estuviste con los Providence Bruins.
Y todos hablan bien de ti. ¿Por qué estás tan empeñada en negarte a trabajar con el equipo de la universidad?
—Manteniendo siempre ese tono amable y agradable, baja un poco más la voz y me pregunta—: ¿Ha pasado algo? ¿Te...?
—Estoy bien —lo corto enseguida—. No ha pasado nada.
Él suspira, lo cual me confirma que se siente aliviado. Aun así, vuelve a estudiarme con la mirada, como si quisiera asegurarse de que estoy diciendo la verdad.
—De acuerdo. Lo haré —respondo, cabizbaja.
—Maravilloso. Harás las prácticas con los equipos de deportes de hielo e irás alternando.
Te tocará con... —Guarda silencio un minuto para ojear unos documentos que tiene delante, busca algo y prosigue—: La entrenadora Moreau para las clases de patinaje en pareja de los lunes y con el entrenador Harris para los entrenamientos de hockey de los jueves.
Puede que Harris te ponga a trabajar con un asistente de entrenador, pero tendrás que responder ante él, que es quien supervisará tus prácticas.
Con las manos sobre las rodillas y los puños apretados, asiento.
—¿Algo más? —pregunto.
Él suspira con pesadez y concluye:
—No. Eso es todo.
Me despido con un sarcástico saludo militar para disimular las náuseas, abro la puerta y me marcho pies para qué os quiero por un pasillo recargado y oscuro. Al salir, me choco con una chica que intentaba pasar escopeteada por mi lado.
La chica en cuestión trastabilla, pero no llega a caer.
Es bajita y tiene la piel pálida, aunque ahora le han subido tanto los colores que tiene la cara del mismo tono que su pelirroja melena.
Va vestida que parece recién salida de una película.
Lleva el típico uniforme escolar: medias de nailon, falda de pliegues azul marino y camisa con volantes; incluso se ha puesto una gruesa diadema que se recoloca de inmediato.
—¿Estás bien? —le pregunto porque parece casi aturdida.
—Ajá —dice, y se me queda mirando el escote con descaro.
Casi me río, pero logro contenerme. No tiene pinta de querer repasarme de arriba abajo, pero mantiene la vista fija ahí.
—De acuerdo —digo, y vuelvo a mirarla.
A la que hago ademán de apartarme, ella continúa con la vista clavada en el mismo punto donde estaba yo hace un segundo, a pesar de que ahora no hay más que la pared que me quedaba detrás.
A lo mejor no es ninguna pervertida, solo es un poco rarita.
Se ha quedado tan de piedra que me detengo y desvío la mirada hacia ella para asegurarme de que esté bien.
Un hombre con un impecable traje azul marino pasa por mi lado, con los brazos cruzados, y continúa hasta llegar delante de esa chica. Es mucho más bajita que yo, que mido metro sesenta y cinco.
—¿Ya has acabado? —la interroga.
Ella responde con el mismo murmullo que me ha dedicado antes a mí y sacude un poco la cabeza, como si acabase de salir de una ensoñación. El hombre suelta un agotado y frustrado suspiro.
—¿Y dónde está todo? ¿Tus horarios? ¿Los documentos? ¿No te ha dado nada?
—Ay...
La chica vuelve a cruzar a toda prisa la puerta por la que antes había salido escopeteada.
Doy media vuelta y me marcho. Me guardo los documentos en la mochila mientras avanzo por el pasillo, que está prácticamente vacío.
Mi primer día con el equipo de patinaje en pareja resulta relativamente fácil. La entrenadora Moreau es francesa, maja aunque mandona, y, por lo general, solo me pide que observe. Tomo nota cuando me hace algún comentario, pero me paso casi todo el tiempo mirando a Luc Laroux y a su nueva pareja.
Es la única persona a quien conozco del equipo de parejas, porque, cuando Sadie y yo éramos amigas, solíamos salir de fiesta con él.
El chaval se pulía una barbaridad de dinero en alcohol demasiado caro, se enrollaba con alguna chica y luego se encerraba en el baño a llorar o se disociaba en el taxi que compartíamos los tres de vuelta a la resi.
Nos llevábamos genial.
Al terminar, Luc patina directo hacia mí y me guiña un ojo.
—¿Desde cuándo tenemos una entrenadora nueva así de sexi? —me pregunta con la misma sonrisa socarrona e increíblemente atractiva.
La gente lo llama «el Rey del Hielo»; además, con su pelo negro azabache, la tez pálida y esos ojos de un azul glacial, el apodo le queda que ni pintado. Y más si tenemos en cuenta su molesto y arrogante ademán.
En cuanto abro la boca para responder, mis ojos reparan en algo distinto.
—Ah, sí, los enamorados —suspira Luc por lo bajo, y se sienta a mi lado en el banco.
Nos quedamos mirando a Rhys Koteskiy, vestido con ropa de entreno, pero sin los patines puestos; se agacha en el otro banco para besar a su novia, la patinadora, que es más bajita que él.
Sadie sonríe con ternura (algo que no le he visto hacer casi nunca) y deja que Rhys le aparte un mechón de la cara. Parecen como envueltos en una burbuja de felicidad, calidez e intimidad.
—Qué asco... —le digo con desdén a Luc.
Él se ríe y continúa colocándose los protectores de las cuchillas antes de despedirse de mí y volver al vestuario.
Sadie por fin se levanta del banco y viene hacia donde estoy yo para salir de la pista. Se detiene a mi lado, coge sus protectores negros con purpurina y la toalla, y se seca las cuchillas antes de cubrírselas.
—¿Tienes algo que decir? —suelta finalmente, enarcando una ceja.
—Yo diría que te va de perlas —respondo con un poco demasiado sarcasmo.
Sadie sonríe, como si acabase de decirle que la echaba de menos, en lugar de escupirle semejante pullita.
—Un placer, como siempre, Paloma. —Pone sus felinos ojos grises en blanco; entonces, me observa más detenidamente. Me da un vuelco el corazón—. ¿Cómo estás?
Es sincera, pero yo estoy a la que salto.
—Estaría mejor si no te metieras en mis asuntos.
Sadie sonríe socarrona y sacude la cabeza sin moverse de mi lado mientras yo permanezco sentada en el banco. He aquí su única oportunidad para ser más alta que yo.
—Entendido. Discúlpame por intentar ser maja contigo —espeta.
Siento un nudo en la garganta, cortesía del arrepentimiento, pero consigo recuperar mi enfado y mi insensibilidad, tan habituales.
—Tiene que ser una broma.
—Va en serio —dice la listilla de mi compañera de piso, que se cruza de brazos y se apoya contra el marco de la puerta de su lado del apartamento que compartimos en la resi.
Son los más pequeños del campus: una habitación para cada una, un baño compartido y un salón diminuto. He optado por una compañera de piso aleatoria cada año, y este ha sido peor que de costumbre.
Taylor mide más o menos lo mismo que yo, pero está delgada y es objetivamente guapa.
Participa en varias actividades del campus y es amable con todo el mundo.
Normalmente. Sin embargo, estando yo en el baño, el pesado de su novio ha entrado «por error» en más de una ocasión.
Tantas, de hecho, que ahora ya me ducho en un santiamén y siempre en horas distintas.
—Felicity...
La auxiliar de nuestra residencia levanta la mano y se muerde los labios mientras, evitándome la mirada, me tiende un papel donde se estipula, explícitamente, que ya no puedo seguir viviendo aquí.
Y basándose en unos motivos que ni siquiera tienen sentido y que, además, no son ciertos: salir de fiesta a todas horas, consumir alcohol y drogas.
.. Por lo visto, cualquier cosa que se le haya podido ocurrir a Taylor.
Ni siquiera intento defenderme, pues soy muy consciente de la estrecha relación que tiene con nuestra auxiliar.
—Estamos en enero —suelto—. Acaba de empezar el semestre. ¿Dónde esperáis que vaya?
—No es nuestro problema —tercia Taylor, entrometiéndose de nuevo.
Voy hacia mi cuarto antes de que cualquiera de las dos vea cómo me arde la mirada y se me tiñen los ojos de rojo. No tardo ni un segundo en meterlo todo en mi gran bolsa de lona.
Casi todas mis pertenencias caben en ella. Patético.
Aun así, me aseguro de guardar bien mi raído peluche del Conejo de Terciopelo, en la mochila azul gastado.
Cuando regreso al salón, la auxiliar trata de detenerme.
—Paloma, tienes hasta finales de semana para...
—No, me largo ya —gruño al pasar por su lado, decidida y empujándola con el hombro.
Es de bastante mala educación por mi parte, pero es que estoy furiosa.
Encontrar piso enseguida va a ser imposible.
Esta noche dormiré en el coche. Soy demasiado pobre como para pagarme un hotel, pero demasiado orgullosa como para quedarme en esta resi más de lo necesario.
Se me vuelven a llenar los ojos de unas lágrimas iracundas que amenazan con resbalarme por las mejillas, pero las reprimo antes de que sea demasiado tarde.
Hago ademán de coger el móvil. Siento una tentación inmensa de llamarlo, de llamar a la única persona que sé que vendrá a rescatarme. Pero me detengo de inmediato y apoyo la cabeza contra el volante mientras intento controlar la respiración ahora que me han inundado el miedo y el cabreo.
Tres pasos hacia delante y mil hacia atrás. Siempre igual, desde que tenía seis años.
—Con cuidado, Freddy.
—Tranquila, puedo...
Las voces que oigo van y vienen. Intento abrir los ojos, pero me pesan demasiado los párpados. La cabeza también. ¿La tengo apoyada en alguna parte?
—¿Estaba sola? —pregunta una chica en voz baja.
Reconozco esa voz.
Se me dibuja una sutil sonrisa en los labios. «La puñetera Sadie Brown». Debo de estar soñando.
—¿Ya habías estado aquí antes? —se interesa ella en voz baja mientras se me acerca.
—Sí. No fue mi mejor momento —responde bruscamente un chico; parece irritado.
No lo reconozco. «¿Y si es un recuerdo?», me pregunto. Pero no me suena; al menos, no lo ubico.
—Pero, eh, de nada —añade él.
—Uy, sí —responde Sadie con desdén.
Al final, abro los ojos. Y ahora sí que me río. Debo de estar soñando.
Tengo a Sadie Brown y a Matt Fredderic delante del taburete de la esquina en el que estoy sentada. Esto no puede ser real, ni de coña.
Vuelven a cerrárseme los ojos y noto que me cede el cuerpo antes de que alguien me sujete.
—Muuuy bien. Supongo que me va a tocar a mí llevarte —comenta Freddy, cogiéndome en brazos y llevándome cual novia.
—¿La ha molestado alguien? —pregunta Sadie. Debe de estar hablando con el camarero, pero sigo lo suficientemente cerca como para oírla—. ¿Y de dónde has sacado mi número?
—Me lo ha dado ella —responde el hombre, con la voz tranquila—. Cuando me he dado cuenta de que la chica no estaba bien, le he preguntado si podía llamar a alguien. No sé quién la ha atendido, pero está claro que le han dado más alcohol del que yo habría permitido.
—Y te ha pedido que me llamara... ¿a mí?
Pestañeo y abro los ojos. Sadie gira la cara y me mira por encima de su delicado hombro.
—Dios, Paloma, sí que tenías que estar desesperada...
Lo dice de broma, pero casi atisbo cierta preocupación en su mirada. Algo que no le había visto jamás. Sadie siempre guarda sus emociones bajo llave.
Se me vuelven a cerrar los ojos y me relajo al pensar que, aunque a regañadientes, confío en las dos personas que tengo a mi lado. Al menos, lo suficiente como para saber que no me harán daño.
Pierdo la noción del tiempo; de pronto, estamos en un coche, delante de la resi. Tengo la cara pegada a la ventanilla, que está fría y alivia mi piel, que parece estar ardiendo.
—Te bajo del coche y te ayudo a entrar, ¿vale? —se ofrece Sadie, girándose desde el asiento del copiloto para mirarme.
Quien conduce es Freddy.
—Me... me lo han prohibido —susurro, aunque me cuesta un mundo vocalizar; me noto la boca pesada—. Ya no vivo aquí. Me... —A pesar del alcohol que corre por mis venas, me siento tan avergonzada que se me cierra la garganta—. Iba a dormir en mi coche. No tengo adónde ir. Lo siento.
Sadie mira a Freddy y le dice algo en voz baja. Él asiente y arranca de nuevo, pero lo hace despacio, para no sobresaltarme. Con el vaivén del vehículo, no tardo en volver a quedarme dormida.