4. Bennet
Bennet
PASADO: PRIMERO DE CARRERA
AGOSTO
—Un poco pequeña, ¿no?
Max Koteskiy se ríe con las mismas ganas y alegría que revelan su sonrisa. No puedo evitar estremecerme ante ese repentino sonido, pero, en cuanto mi padre me apoya la mano en el hombro con fuerza, me recompongo.
—Claro que es pequeña. Esto es una residencia.
—Una residencia para deportistas, Max —lo corrige mi padre, con un tono calmado—. A mí me parece demasiado pequeña.
Para mí, quiere decir, porque yo necesito espacio. Ahora es cuando debería decirles que no pasa nada. «Es solo un año. Luego nos mudaremos a la otra casa». Pero es que sí que pasa. No puedo obligarme a pronunciar esas palabras, ni siquiera para echarle un cable a mi padre.
Rhys vuelve a abrir la puerta, cargado con cajas. Está sonriendo pletórico en lo que resulta un gesto idéntico al de su padre, hoyuelos incluidos. Me relajo muy sutilmente.
Rhys Koteskiy es mi mejor amigo desde que nacimos, literalmente.
Para muestra, la foto que tiene mi padre en su escritorio, donde aparecen Max y él en el hospital, con nosotros en brazos cuando éramos unos bebés, y con Anna Koteskiy de fondo, en una cama de hospital, levantando el pulgar y con una alegre y emotiva sonrisa en los labios.
Hemos sido inseparables desde entonces. Siempre he podido contar con Rhys, incluso en los momentos más duros, tanto míos como de mi familia.
Al igual que mi padre siempre ha podido contar con el suyo.
Puede que empezáramos a llevarnos bien por nuestros padres, pero la amistad que hemos forjado es nuestra y de nadie más. Si estábamos destinados a ir siempre juntos a todas partes, me alegro de poder decir que es mi mejor amigo.
—¿Bennett?
«Si no dices lo que te pasa, nadie podrá ayudarte».
Sacudo la cabeza.
—Es... por lo del baño. Perdona, Rhys.
Él se limita a sonreír y a negar con la cabeza.
—No pasa nada, Ben. Yo solo quiero que estés cómodo.
—Deja todas las cajas en el suelo, justo delante de él, y desvía la vista hacia mi padre—.
Técnicamente, las residencias tienen seis casas en el campus, o sea, que tampoco estaríamos rompiendo las normas del entrenador.
¿Crees que puedes mover unos cuantos hilos al más puro estilo Reiner?
Mi padre se ríe y asiente mientras se saca el móvil del bolsillo y me da un apretón en el hombro al salir de la habitación. El padre de Rhys se va detrás de él.
Enseguida aparece, a trompicones, nuestro nuevo compañero de habitación.
Es rubio y tiene el pelo empapado en sudor; entra jadeando antes de soltar lo que parecen literalmente todas sus pertenencias.
Mi ansiedad se dispara al máximo y me dan ganas de decirle que lo recoja todo y vuelva a dejarlo fuera, o que lo meta en el cuarto en el que sé que no vamos a quedarnos.
Hace poco que conozco a Matt Fredderic, pero está claro que los líos y el caos lo siguen allá donde va, cosa que a mí ya me costaría de por sí.
Sin embargo, tanto él como Rhys están haciendo buenas migas bastante deprisa.
«Ya sabías que acabaría pasando. A Rhys siempre se le ha dado bien hacer nuevos amigos; todo el mundo quiere tenerlo como amigo. Se cansará de ti».
Rhys sacude la cabeza ante el desordenado ala izquierdo, pero lo hace con una sonrisa en los labios.
—No te pongas demasiado cómodo. Nos vamos a un sitio mejor.
—¿Mejor? —pregunta Freddy, frunciendo el ceño.
Él quería que lo llamásemos «Matty», y yo lo haría sin problema. Sin embargo, Rhys se pasó el campamento de tecnificación del verano llamándolo «Freddy», igual que los veteranos. Y, ante la duda, es mejor seguir el ejemplo de Rhys.
—Sí. —Rhys le da una amistosa palmada en el hombro—. A veces viene bien apellidarse Koteskiy.
Y así, sin más, como siempre, mi mejor amigo desvía la atención hacia él para que yo deje de estar en el punto de mira.
—Hecho —anuncia mi padre, entrando de nuevo, con Max pisándole los talones. Son como dos firmes y constantes pilares—. ¿Listo, Ben?
—Sí —asiento.
Cojo la bolsa y dos cajas (ambas pesadas y llenas de libros hasta los topes), y lo sigo fuera para volver a bajar las escaleras con los hombros muy tensos.
Mi padre espera a que volvamos a estar en el coche antes de girarse hacia mí y decir:
—Si algo no va bien, tienes que contármelo.
La gente dice que nos parecemos; siempre nos lo han dicho.
Tenemos los mismos rizos finos y castaños, con algún que otro mechón más claro por aquí y por allá.
Los mismos ojos azules; la misma impactante altura y complexión, y las mismas cejas oscuras y fruncidas que hacen que, cuando estamos al lado de los Koteskiy, parezcamos menos accesibles.
Pero, dejando de lado el aspecto físico, somos muy distintos.
Por más que mi padre lo intente, no acaba de entenderme.
Se frota la boca con una mano y vuelve a ponerse las gafas de sol. Yo hago lo propio.
—Es que lo odio, joder —se queja—. Sé que no estás lejos. Que yo estoy en Boston y Max y Anna ahora están aquí. Pero es que..., Bennett, si me necesitas, tienes que llamarme.
Solo consigo asentir con la cabeza, pues noto que se me ha cerrado la garganta.
—Prométemelo —insiste.
—Te lo prometo.
—Y puedo llevarte a terapia cada martes a las cinco, y luego podemos ir a cenar.
—Vale.
Mi padre se adentra por el callejón sin salida que queda en una esquina opuesta al resto del campus y aparca delante de una hilera de casas. Son más viejas que el resto del vecindario y seguro que las habrán alquilado estudiantes que luego se las han dejado a amigos.
La casa en cuestión está pegada a la resi y también es de un estilo parecido al de las universidades de la Ivy League. Es bonita y de ladrillos rojos, que es parte del atractivo de la Universidad de Waterfell.
Por dentro es mucho más espaciosa y tiene un salón con techo abovedado; en el piso de arriba hay una segunda zona común, y el suelo de la primera planta está desprovisto de moqueta.
Lo primero que hago es inspeccionar la cocina: está limpia y tiene un horno bastante bueno y una nevera grande.
Rhys y su padre entran riendo y con una sonrisa en los labios.
Freddy los sigue por detrás, con una extraña y titubeante sonrisa de medio lado.
—¿Cuánto tendremos que pagar de más por vivir aquí, exactamente? —pregunta Freddy.
El señor Koteskiy niega con la cabeza y responde:
—Nada que tu beca no vaya a cubrir. No te preocupes.
Eso lo tranquiliza casi de inmediato. Siento una pizca de arrepentimiento por ser tan egoísta, pero no sé ni cómo disculparme ni qué decirle.
—Hay cuatro habitaciones, así que tendréis un compañero más. No os podemos garantizar que vaya a ser otro jugador del equipo de hockey —añade mi padre, cruzándose de brazos.
A no ser que estemos todos en el hielo, tanto Max como mi padre suelen ir vestidos de traje. Hoy, en cambio, han optado por bermudas y camisetas. Parecen más jóvenes. El padre de Rhys incluso se ha puesto una gorra del revés, como si fuese él quien se va a vivir a una residencia universitaria.
—Nos las apañaremos —interviene Rhys, tranquilizando a todo el mundo, yo incluido—. ¿Planta baja? Creo que el cuarto que queda a la derecha y el baño son los que más aislados están del ruido.
Sigo a Rhys, tal y como llevo haciendo desde el primer día.
Los primeros días (Dios, los primeros meses ) en unas instalaciones nuevas son complicados. En realidad, a mí, todo lo nuevo me resulta difícil.
Me he pasado los últimos cuatro años en Berkshire. Me adapté. Tenía mis rutinas, mis clases, mis amigos... Ahora, tener que volver a empezar, con todo el trabajo que me supone la «adaptación», es igual que ver cómo se forman las montañas a tiempo real.
De modo que, entre la inevitable interrupción de mis rutinas y la vergonzosa explicación de que, por más modernas que sean las instalaciones y por más bueno que sea el personal, no quiero que nadie toque mis cosas, noto la ansiedad por las nubes.
La primera semana, Rhys intervino por mí.
No tuve ni que preguntárselo; él simplemente le paraba los pies a quienquiera que me cogiese las guardas y le decía que prefería ocuparme yo personalmente.
Y lo hacía con una sonrisa que le había visto utilizar en un sinfín de ocasiones, tanto a Rhys como a su padre, para tranquilizar a quienes estuviesen a su alrededor.
Era como si tuvieran un maldito superpoder.
Cuando estoy solo, me cuesta más.
Hoy, entre que termino un ejercicio y hablo con el portero sénior, soy el último en salir del hielo.
El otro chico se va hacia las duchas y deja las guardas y la equipación de entrenamiento tiradas por el suelo.
Al pisarlas, hago una mueca de desdén, un tanto asqueado, y empiezo a quitármelo todo antes de apilar mis guardas cuidadosamente.
Me tomo un minuto para respirar, bajo la cabeza y la giro hacia un lado y hacia el otro tres veces. Muevo los hombros en círculos (primero el izquierdo, luego el derecho y luego los dos) tres veces más antes de que...
—Ay, perdona —oigo que dice el eco de una suave voz en este cavernoso vestuario—. Pensaba que no había nadie por aquí...
Levanto la vista y sigo respirando un poco agitado mientras intento tranquilizarme.
Justo en la entrada del vestuario hay una chica vestida con leggins y una camiseta de manga larga de la Universidad de Waterfell.
Su pelo castaño oscuro, recogido en una coleta alta, se balancea de un lado al otro y me mira con expresión de disculpa.
Me recorre de arriba abajo durante un segundo (voy sin camiseta y no llevo nada aparte de las mallas de deporte) y vuelve a alzar los ojos hasta los míos, mientras un tono rosado le tiñe las mejillas. A mí me ocurre lo mismo, sin querer, y también me sonrojo; tengo aún más calor que antes.
«Genial. Ahora el bochorno es mutuo».
Sería más fácil encararme con ella, que es lo que suele pasarme cuando alguien me interrumpe en plena rutina. Aun así, en lugar de reaccionar, me ahorro el asalto verbal y me quedo petrificado.
—Me... Solo tengo que coger las... —farfulla, y señala con un gesto amplio la ropa y las guardas que ha dejado el otro portero esparcidas por ahí.
Arrugo la frente mientras ella contiene la respiración, tira de una de las guardas y echa la ropa sucia por el conducto.
—¿Siempre se lo recoges tú? —le pregunto. Y, antes de que la chica pueda responder, añado—: Nunca te había visto por aquí.
—Ah... —Guarda silencio y se muerde su carnoso y rosado labio inferior—. Eh... Pues la verdad es que no. Soy nueva; acabo de empezar. O sea... Estoy en primero, pero me encargo de la equipación. En prácticas, de momento.
—Yo igual. —Asiento, y entonces me doy cuenta de lo absurdo que acabo de sonar. Sacudo la cabeza, sonrojándome más todavía por culpa de esa vergüenza ya familiar—. Que yo también estoy en primero, quiero decir. No soy encargado de la equipación ni nada.
—Ya lo veo. —Se ríe con un tono bajo y sensual; me quedo aún más paralizado—. Soy Paloma.
—Bennett —respondo haciendo un gesto con la cabeza, en lugar de tenderle la mano para darle un apretón.
—Encantada de conocerte. —Se queda un segundo en silencio, con la vista puesta en mi montaña de protecciones y ropa recién usada, y dice—: Puedo cogerlo y...
—No —escupo con demasiada dureza, a juzgar por la rapidez con la que se aleja de mí.
Casi tropieza con sus gruesas zapatillas de deporte antes de apresurarse a asentir
—Perdona —se disculpa.
Suspiro con pesadez y hundo la cara entre las manos. ¿Por qué algo tan simple me resulta siempre tan jodidamente complicado?
—No, perdona tú. Es que...
Dejo la frase a medias, me levanto y cojo todas mis protecciones, como si quisiera alejar mi sudada equipación de ella.
Debo de estar haciendo el ridículo, que es justo como me siento, así que permanezco de espaldas a Paloma mientras espero y rezo para que se marche en silencio y me deje hacer lo que tanto necesito hacer.
Junto las manos en el mismo orden de siempre, pero me tiemblan.
—¿Bennett? —me llama ella con un tono amable y relajante que choca con la apabullante ansiedad que siento y que no para de crecer.
Me giro y me doy cuenta de que ahora está aún más cerca.
Tan cerca que podría alargar el brazo y tocarla, pero lo suficientemente lejos como para no atosigarme.
Tiene los brazos cruzados, no en plan desafiante, sino que más bien.
.. parece cohibida. Se acaricia la delicada manga de la camiseta con la palma de la mano y yo empiezo a seguir ese patrón con la mirada.
—¿Prefieres hacerlo tú personalmente?
Suena sincera, tal vez curiosa. De modo que asiento.
—Sí. Aunque al entrenador no le gusta. Él preferiría que dejase mis cosas aquí, pero es que son... Es...
—Vale —responde Paloma, que no me presiona para que le dé explicaciones.
Nos quedamos lado a lado, estudiando mi ordenado montón de guardas y blockers . El stick y el guante ya los he guardado meticulosamente en mi cubículo.
Es de estatura media, pero, como casi todo el mundo, tiene que levantar la vista para mirarme porque yo soy muy alto.
Está morena y tiene las mejillas y la nariz sonrojadas, como si le hubiese dado un poco demasiado el sol durante el verano.
Aparte de un poco de rímel, no lleva ni gota de maquillaje (que se aprecie) y tiene la parte inferior de sus ojos marrones ligeramente manchada por la máscara de sus pestañas.
—¿Y si me enseñas a hacerlo bien? Para que quede limpio y ordenado, justo como lo haces tú.
Yo solo te miro. —Se muerde el labio inferior y aparta la vista, como si la mía fuese demasiado intensa y no pudiese soportar que la mirara fijamente a los ojos—.
Y luego puedes mirarme tú a mí para asegurarte de que lo hago correctamente.
Si no lo hago bien, no te volveré a molestar.
Pero... si me sale perfecto, ¿dejarás que me ocupe yo de tu equipación de ahora en adelante?
Guarda silencio y espera. Parece seria; no hay nada que insinúe que bromea o que está insinuándose. Nada de enfado, solo comprensión. Y... y una solución. Una que nadie me había ofrecido jamás.
Si puedo observarla, asegurarme de que lo limpia bien, entonces tal vez pueda confiar en ella para que lo haga sin mi supervisión. A lo mejor dejará que la controle las primeras veces, solo para quedarme tranquilo...
Mi incesante ansiedad y el bochorno parecen evaporarse y me dejan vacío y agotado, sin nada urgente en lo que centrarme. Así pues, me centro en ella.
—¿Solo tú? —La pregunta se me escapa sola.
—Solo yo —me promete, mirándome a los ojos y con una alegre sonrisa que parece brillar incluso bajo los fluorescentes del vestuario—. ¿Trato hecho?
Paloma me tiende la mano. Me la quedo mirando largo y tendido, pero no hago ademán de aceptar el gesto. Al final, la baja y yo siento que se me encoge el corazón.
—Trato hecho —respondo.