3. Paloma
Paloma
PASADO: PRIMERO DE CARRERA
AGOSTO
A la gente suele costarle dormir en un sitio nuevo.
A mí me cuesta dormir en esos sitios que me resultan familiares, como un colchón en la esquina de una habitación con temática de princesas, un sofá con diseños florales manchado o una cama de matrimonio atiborrada de gente.
Eso explicaría por qué he dormido tan plácidamente en mi nueva y vacía habitación de la resi.
Dispuesta a aprovechar al máximo el silencio que me ofrecía haberme mudado tan temprano a esta residencia de por sí vacía, ni siquiera me puse alarma.
La Universidad de Waterfell. Mi nuevo hogar.
Envié la solicitud a otras universidades que quedaban mucho más lejos de mi ciudad natal, pero esta era la única que me ofrecía una beca completa, alojamiento y manutención, así como una ayuda económica para comprar los libros que necesito.
De modo que, en realidad, era la única que podía permitirme.
También ayuda que ya me haya medio enamorado de la universidad.
Los frondosos árboles y el cuidado entorno del campus; los edificios de ladrillo rojo recubiertos de hiedra; el aire pintoresco de todo este sitio en sí, como si alguien hubiese metido una universidad enorme en mitad de un pueblecito.
.. Está a solo tres horas de donde me crie, pero, aun así, parece que haya aterrizado en un planeta completamente distinto.
Justo lo que yo quería.
«Puedo hacerlo».
La energía me corre renovada por las venas mientras me calzo, salgo fuera con mis pantalones cortos de pijama y esta camiseta oversized , y me dirijo al aparcamiento de la resi, que queda un poquito demasiado lejos.
El fuerte calor del sol me calienta la piel, a pesar de que aún sea temprano, mientras conduzco por el campus, vacío, con las ventanillas bajadas.
Me siento como si estuviese en una peli.
«Demasiado bueno para ser verdad, ¿eh, Polly?», amenaza mentalmente una voz más oscura.
Me entra un escalofrío, cierro los ojos y, tras haber aparcado delante del complejo deportivo de la universidad, me recojo el pelo en un moño despeinado.
Después de haberme inscrito y de haber escaneado mi tarjeta de estudiante de Waterfell (nuevecita), le sonrío a la alegre chica que me ha dado la bienvenida y voy hacia la piscina de entrenamiento. No hay casi nadie.
Siento mariposas en el estómago de lo contenta que estoy.
Estoy acostumbrada a escabullirme en mitad de la noche para ir a nadar bajo la luz de la luna. De pequeña no tenía dinero para hacerme socia de ninguna piscina local; además, fui a una deprimente escuela pública donde no había nada por el estilo.
Ya en el vestuario, me pongo el bañador con calma y me coloco mi apretado gorro azul de látex, asegurándome de que no me quede ningún mechón fuera porque hace nada que me teñí el pelo.
Lo hice yo solita en el lavamanos de un baño: no fue tarea fácil y no me ha quedado perfecto, pero estoy intentando que me dure tanto como sea posible.
Antes de saltar, saco una foto y se la envío a Alessia: la mujer a quien le debo todo esto. Se convirtió en mi salvavidas hace seis meses; en mi escapatoria para alejarme de la penumbra que aún intentaba perseguirme.
Empezamos con buen pie!
Espero a que me dé su ilusionada aprobación y, acto seguido, vuelvo a guardar el móvil en la bolsa antes de lanzarme a la piscina.
En contraste con mi acalorada piel, parece que el agua esté helada. Es estimulante y relajante a la vez.
Nadar siempre me ha relajado. Aprendí sola, por error, cuando unos niños mayores que yo me tiraron en una piscina de jardín.
Diría que fue durante una fiesta de cumpleaños; mi madre también estaba allí, pero demasiado borracha o drogada para vigilarme.
Supongo que casi todos los adultos se encontrarían en una situación parecida, pero tampoco es que me acuerde demasiado bien.
Tengo recuerdos borrosos. Pero sé que el agua no me mató.
Por eso me aseguré de ir encontrando nuevos sitios en los que colarme fácilmente.
Como las piscinas de algunas casas familiares en barrios más bonitos y que quedaban abandonadas en verano, cuando los dueños se iban de vacaciones.
O espacios públicos donde la gente daba por sentado que yo era la hija de los adultos al lado de quienes me colaba.
Daba igual. Me las apañaba. Necesitaba estar en el agua.
Ahora, nado hasta que me ceden las extremidades y me cuesta respirar, y jadeo entre tantas sonrisas que me duelen las mejillas.
«Es el comienzo de algo nuevo. De algo mejor». He aquí la misma promesa que me hice mientras metía mis pertenencias en el coche y me alejaba de la penumbra en la que me había criado.
Mi madre está de pie en el umbral de la puerta de mi habitación. Sus opacos ojos marrones están abatidos y llenos de lágrimas. De rabia o de pena, eso nunca lo sabré. Vuelve a estudiarme con la mirada .
— ¿Qué he hecho yo para merecer a una hija como tú? —suelta con desdén .
Casi le doy un giro distinto a sus palabras. Para fingir que las ha dicho en otro sentido. Para fingir, por un momento, que todavía tengo seis años y que mamá me está haciendo una trenza antes de ir al cole .
Pero eso nunca se repitió .
—Las cosas serán distintas. Seguro —me prometo, secándome con la toalla antes de vestirme.
La ropa se me pega al húmedo contorno del bañador; sin embargo, cuando salgo y me dirijo hacia el coche, el sol brilla con fuerza y noto cómo me calienta la piel. Levanto la vista hacia la brillante luz que se aprecia al otro lado de la ventana y pongo la música a todo volumen.
Inhalo profundamente.