2. Paloma
Paloma
PRESENTE
En lugar de aliviar mi ardiente piel, como esperaba que ocurriese, el frío aire de la noche me raspa las mejillas con fuerza.
—¿Está segura de que no quiere que la lleve?
«Antes preferiría arrancarme los ojos con mis zapatos de tacón bajo».
—No hace falta. Gracias —respondo mientras finjo buscar las llaves sin dejar de vigilar al hombre que tengo a escasos centímetros de mí.
Podría decir que tengo miedo, pero no sería cierto. Solo estoy siendo prudente. Precavida. He visto tanta maldad en hombres de a pie que ya no subestimo a nadie.
—Lo ha hecho muy bien, señorita Blake —me alaba.
Paso del comentario, como si me hubiese dicho: «No has gritado cuando te he puesto la mano en el muslo por debajo de la mesa».
En teoría, esto tenía que ser una entrevista de trabajo, no una oportunidad para que el tipo en cuestión se pasara una hora mirándome lascivamente—. Ya la llamaremos.
—Genial.
Espero no volver a verlo en la vida.
Frustrada y todavía un poco alterada, finjo escribir en el móvil y echo a andar hacia el tailandés que hay justo al lado. Sigue abierto y lo uso de excusa para alejarme de él y esperar el taxi que he pedido.
La tenue luz ambiental del local le da un toque cálido y agradable a ese moderno interior. Es tan tarde que no hay casi nadie, a excepción de las dos parejas que reconozco en un reservado del fondo.
Sadie Brown y Rhys Koteskiy sentados delante de Ro Shariff y Matt Fredderic.
«Tiene que ser una broma...».
No me doy tiempo a preguntarme si la noche podría ir peor (la respuesta es siempre «sí»). En lugar de eso, me agacho un poco absurdamente con la esperanza de que no me hayan visto y me escabullo para regresar fuera, donde me recibe un aire glacial.
Me rugen las tripas. A lo mejor porque no ha parado de darme vuelcos el estómago durante toda la entrevista, en la que solo he comido unas migas de pan, desesperada por largarme de ahí.
Se suponía que tenía que reunirme para cenar con varias personas del comité de contratación, pero no ha sido el caso.
Y ahora estoy helada y muerta de hambre.
Aunque es muy probable que me sienta así porque acabo de ver a dos parejas la mar de felices compartiendo comida caliente y riendo despreocupadamente.
«¿Y ella por qué puede pasar página? ¿Por qué yo no?».
Trato de deshacerme de esos ridículos pensamientos antes de que me carcoman o me raye y la controlada existencia que tanto me he esmerado en construir se quede en nada.
El año pasado, Sadie fue mi compañera de malas decisiones.
Ya la había visto antes, o en fiestas o de pasada: patinadora artística de día y chica con cierta reputación de noche.
Al igual que yo, tenía predilección por los deportistas, de modo que solíamos movernos por los mismos círculos de forma involuntaria.
Y, de forma voluntaria, acabamos estrechando lazos.
Así las dos estábamos menos solas.
Yo era consciente de los apodos que los demás nos ponían. «Rondapistas» o «cazacamisetas», «pucktillas»... Nos llamaban de todo, pero no dejábamos que eso nos afectara.
Aunque una vez sí que le pegué un puñetazo a alguien por llamarla «zorra».
En su día, estábamos unidas, como uña y carne, e íbamos de fiesta en fiesta de la mano. Nunca llegamos a ser amigas de verdad, pero Sadie me apoyaba.
Sin embargo, el semestre pasado conoció a Rhys Koteskiy. Pensé que la cosa no duraría; esa chica nunca pasaba de los ligues de una noche o de los follamigos. Pero... siguieron juntos... felices. Y, a pesar de sus habituales problemas amorosos, Sadie parece contenta.
Veo un destello. Uno de pelo mojado y enmarañado, y de unas manos callosas quitándome toda la arena de la piel con cuidado. Una sudadera grande y calentita, y un montón de galletas de queso pegadas a mis labios mientras me quedo dormida, despacio, sobre su suave pecho.
«Para». Sacudo la cabeza y vuelvo a centrarme en las parejas que hay al otro lado de la ventana.
Rhys envuelve a Sadie por los hombros para acercarla más a él y le da un delicado beso en la sien antes de cogerle la barbilla y levantarle la cara para que lo mire a los ojos.
Ella se ablanda con él y la cabreada patinadora a la que estoy acostumbrada desaparece bajo la atención del tan adorado jugador.
Los celos empiezan a revolverme por dentro igual que se sacudiría un pez fuera del agua.
«Sadie estaba estresada. Solo necesitaba que le echaran un cable. Lo tuyo es irremediable».
Aquel recordatorio se me clava entre las costillas, pero me mantengo firme y me obligo a caminar hacia el coche que me espera fuera, bajo el frío de la noche, sola.