Unbound (The Undone 3)
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1. Bennet
Bennet
PRESENTE: ÚLTIMO CURSO
ENERO
— A veces me cuesta creer que seas real —susurra acariciándome la barbilla. Su mirada es tan abrasadora que se me forma un nudo en la garganta—. Que no seas fruto de mi imaginación .
Acto seguido, vuelve a abrir la boca. Me pide algo, me lo suplica, pero sus palabras no son más que gritos silenciosos. Y, por más que implore yo, no la oigo .
En parte, tengo ganas de gritar. Tantas que levanto el brazo y me froto los ojos con la mano.
Agua, no lágrimas.
El fuerte chorro de la ducha duele. Me centro en la espuma que me resbala por el cuerpo y que cae por el desagüe; me deshago del recuerdo.
«No está aquí. Estoy solo. Otra vez», me repito, como un cruel pero necesario mantra.
«Estoy en la ducha. Paloma no está aquí».
«Estoy en la ducha y ella se ha ido. Acuérdate».
Apoyo las manos en los azulejos, con fuerza, y respiro pesadamente mientras intento centrarme. Vuelvo a contar los cuadraditos negros esparcidos entre las baldosas grises y me enjabono de nuevo. Tengo la piel irritada, llevo demasiado tiempo en la ducha, bajo el agua ardiente, pero no importa.
Solo así conseguiré deshacerme de su imagen.
Hoy tenemos partido, lo cual significa que debo retomar mi rutina antes de que vuelva a descentrarme por completo.
Me pongo unos pantalones de chándal grises y una camiseta de deporte de Waterfell.
Dejo que Siete vaya hacia la puerta mientras doblo las sábanas y dejo la bolsa de hockey al lado del escritorio con mi sudadera de la suerte perfectamente doblada justo encima, con el borde mordido de la manga escondido.
Cuando hago ademán de apagar la lámpara, siento una pequeña aunque amenazante ola de ansiedad, por lo que decido dejar la luz encendida.
«No seas idiota. Apágala. Nadie necesita que dejes la lamparita encendida. Paloma ya no la necesita, igual que tampoco te necesita a ti...».
Me marcho y dejo que el brillo de color ámbar de la lámpara tiña mi cuarto.
Vuelvo a caer en el impulso de mirar el móvil. No me ha llegado ninguna notificación más. No me sorprende, pero no por eso me duele menos. No he vuelto a saber nada de ella desde octubre; tampoco he vuelto a verla.
Al darse cuenta de que me he quedado petrificado, Siete me da unos golpecitos en la pierna. Solo quiere asegurarse de que esté bien.
Le toco la cabeza y voy hacia la cocina mientras trato de barrer los recuerdos de Paloma a un lado y encerrarlos en mi habitación, mientras finjo que a la mañana siguiente no me desperté en una cama vacía y con las sábanas frías.
Que no me pasé los siguientes meses tan preocupado por ella que empecé a conducir por el centro de Waterfell durante las vacaciones de Navidad para asegurarme de que estuviera bien, a salvo.
Entro en el chat de grupo que tenemos para ver si hay alguien despierto y le mando un mensaje a Holden para invitarlo a nuestro «desayuno familiar», tal y como ha empezado a llamarlo Freddy. Su respuesta me irrita:
Toren también puede venir?
Podría decirle que sí, a sabiendas de que el defensa de nuestro equipo, al que tanto odio, no se presentará. Sin embargo, hacerlo sería una especie de traición.
Durante el partido del Frozen Four del año pasado, Toren Kane cargó contra Rhys en el hielo, y ahí terminó la temporada de mi mejor amigo, a quien sacaron de la pista en una camilla. Mi mejor amigo, roto, sangrando y aterrado. Y yo no pude hacer nada por ayudarlo.
Luego, nuestro entrenador decidió fichar a Toren, a pesar de los precedentes con nuestro equipo y de la reputación que tenía en el hielo.
Cuando nos comunicaron que se uniría al equipo, yo estaba más que dispuesto a odiarlo, a acatar órdenes de mi capitán y mejor amigo, y a hacer lo que fuera necesario con tal de apartarlo de la línea de Rhys.
Pero, desde entonces, Toren ha empezado a facilitarme el trabajo. Es, tranquilamente y con diferencia, el mejor defensa con el que he jugado en toda mi vida. Fue complicado ignorarlo, pero lo hice porque siempre le seré fiel a Rhys.
Sin embargo, luego lo vi defender a Ro, la tutora de Freddy (que luego se convirtió en su novia) y mejor amiga de Sadie.
Toren no conocía a la chica y lo único que le importó fue pararle los pies a ese cabrón para que no le hiciese daño a una persona indefensa.
Después de eso, me costó más evitar que me cayera bien.
Pero se me da bien guardar secretos, a pesar de que yo no tenga muchos.
Aunque sí guardo uno bajo llave. El más importante de todos.
« Eres la única persona que me ha importado jamás. En toda mi vida. Y me ...».
Sacudo la cabeza para deshacerme del recuerdo de su voz, aunque suene muy amortiguado y esté perdido en un mar de dolorosos recuerdos, y comienzo a preparar nuestro desayuno prepartido al son de «World Spins Madly On», de The Weepies, que llega desde los altavoces de la cocina.
Vuelvo a leer el hilo de mensajes del grupo.
Como nadie ha respondido a la pregunta de Holden, yo tampoco digo nada.
Cuando algo tiene que ver con Toren Kane, me ciño a acatar las órdenes de Rhys.
Cojo huevos para las tortillas, mantequilla y la mezcla para las tortitas.
Mucha carne y carbohidratos para el partido que tenemos a última hora de la tarde.
Un menú completo para nuestra llenísima casa.
Una casa cálida y que rebosa amor, aunque no por eso dejo de sentir ese hueco en el corazón.
Es como tener una cicatriz que me recuerda que me falta algo.
Una risa aguda me indica que mi tranquilo ritual matutino ha llegado a su fin. Primero aparece Liam seguido de Rhys (que solo lleva puestos unos calzoncillos). Mi mejor amigo levanta al crío de siete años del suelo de madera y se lo coloca en el hombro.
—Buenos días, Bennett —me saluda con una sonrisa socarrona y hablando alto para que lo oiga a pesar de los chillidos del niño—. Siento el escándalo.
La novia de Rhys, Sadie, que es una patinadora de nuestra universidad, se escabulle justo después, más roja que un tomate.
El verano pasado, se hicieron amigos en secreto y acabaron enamorándose irremediablemente.
La chica fue muchísimo más capaz que yo de reparar las partes rotas de mi mejor amigo, y por eso siempre le seré fiel.
Tanto a ella como a sus hermanos pequeños, que a veces duermen aquí, con nosotros.
Suelen quedarse en casa de los padres de Rhys, Max y Anna Koteskiy; no obstante, cuando echan de menos a su hermana y la logística se lo permite, se instalan en la habitación que tenemos libre.
—No importa. Estoy preparando el desayuno. Para todos.
Rhys asiente.
—Voy a avisar a esos vagos —señala.
—Bájame...
—Ya te lo he dicho, Liam: basta de entrar en nuestro cuarto sin llamar a la puerta o al final tendré que pasar el pestillo —se queja Sadie con los ojos bien abiertos, pese a que se ha despertado una hora antes de lo habitual.
—Uy... ¿El pequeñajo este ha visto a mi capitán con menos ropa de la que debería? —pregunta Freddy.
Bosteza y se choca con el hombro contra el marco de la puerta al entrar a trompicones en la cocina. Él también va solo con calzoncillos.
—Ahora mismo está viéndote a ti con menos ropa de la que debería verte nunca nadie —espeta Sadie—. Tápate un poco, joder.
Liam se echa a reír con más ganas. Se está divirtiendo tantísimo que le cuesta respirar, tiene la cara rojísima.
—Has dicho una palabrota, tata —señala el niño.
—Eso, tata —bromea Freddy, dándole un golpecito con la cadera a la patinadora, que es mucho más bajita que él—. Además, ¡voy exactamente igual que tu novio!
—No es lo mismo —responde ella fingiendo arcadas y tapándose los ojos.
—Si Ro estuviese aquí, se pondría hecha una fiera con tu comentario.
Rosalie Shariff ha estado saliendo con Freddy, nuestro ala izquierdo, desde Dios sabe cuándo, aunque sospecho que llevan más tiempo juntos de lo que admitirán jamás.
Le hizo de tutora a Freddy el semestre pasado, vino a casi todos nuestros partidos como su «amiga» y, desde entonces, se han vuelto inseparables.
—A todo esto, ¿dónde está mi compi de piso? —se interesa Sadie.
Es raro, sí. Ro y yo solemos ser los primeros en despertarnos.
Freddy sonríe de oreja a oreja y hace ademán de abrir la boca, pero Rhys y yo gruñimos antes de que pueda decir nada.
—Digamos que, por suerte, nosotros sí cerramos la puerta con pestillo. Tu compi de piso es un peligro, Brown. Me ha tenido toda la noche en vela. Estoy reventado...
—Muuuy bien —lo corta Rhys, que ahora tiene a Liam apoyado en la cadera y con la camiseta del pijama de Star Wars tan tensada que casi se le sale del hombro.
Como si así pudiese librarse ni que fuera un poco del mal humor de su hermana, el niño apoya la cabeza en el hombro de Rhys; como los dos están despeinados, los revueltos mechones de pelo de uno se mezclan con los del otro—.
Todo el mundo a vestirse para el desayuno familiar.
Freddy: los calzoncillos no cuentan. Tienes que ponerte una camiseta. Y Liam...
—No cerréis la puerta con pestillo, porfi. ¿Cómo voy a entrar si tengo alguna pesadilla?
Liam le pone ojitos a Rhys en un gesto que tiene más que entrenado.
Sin embargo, cuando algo tiene que ver con la familia Brown, mi capitán es un blandengue.
Cuando hace falta, Sadie siempre se pone en modo madre con sus hermanos; lo que pasa es que Rhys no está acostumbrado a adoptar otro papel que no sea el de amigo atento.
—Pero tienes que llamar —le dice Rhys finalmente.
Aun así, le da un achuchón al crío antes de volver a colocárselo en el hombro.
—En buen momento los habrá pillado... —musita Freddy por lo bajo, yéndose hacia las escaleras y tocándome el hombro al pasar.
Rhys vuelve a sonrojarse al oírlo y a mí se me escapa la risa.
—¿Quiero saber lo que ha dicho? —pregunta Sadie en voz baja y de brazos cruzados, antes de levantar la vista hacia mí y sacudir la cabeza.
—Nope —respondo.
Se marchan todos para cambiarse y vestirse como es debido y yo me pongo a preparar las tortitas, los gofres, los huevos y todo lo que me han pedido para desayunar. Cuando ya están todos mis amigos en una mesa repleta de platos, empezamos a comer.
Ahora, en lugar de la calma que solía acompañar mis mañanas, es todo bullicio. Y no lo cambiaría por nada del mundo.
Aunque no por eso me cuesta menos. No cuesta nada ver dónde estoy sentado: en la cabecera de la mesa, solo.
Eso mientras Rhys mima a Sadie, que está sentada a su lado, y Ro mima a Freddy.
Mientras la persona a quien yo tanto quiero mimar no está aquí para dejar que lo haga. Y me preocupa que nunca vaya a estarlo.
Es tan fácil imaginar a Paloma aquí, sentada en una silla a mi lado.
Comiendo algo que le haya preparado yo, con sus cálidos pies escondidos bajo mi muslo, abrigada con una sudadera y con una trenza despeinada.
A lo mejor me dejaría que le diese de comer.
Tal vez hablaría con todo el mundo. Quizá sería como yo. Callada, observadora.
Pero no está aquí.
« A veces me cuesta creer que seas real. Que no seas fruto de mi imaginación ».
Sacudo la cabeza y me rasco la oreja con el hombro.
Todo el mundo ve a Paloma como una fiestera. De esas que siempre están pasándolo bien, divirtiéndose, emborrachándose y sonriendo. Creen que se lo pasa en grande bailando bajo los focos, en medio de un mar de personas.
Pero la conozco bien.
Sé que lo que más le gusta es la tranquilidad o las primeras horas de la mañana, cuando solo se oye el lejano piar de los pájaros.
Sé que se pone sonidos del mar para dormir y que, cuando está en el agua, se siente en paz.
Sé que preferiría quedarse sentada, en completo silencio, con mi ropa puesta y en mi habitación, antes que ir a otra fiesta.
Pero también sé que Paloma elegiría fustigarse a sí misma que permitirse disfrutar de todo eso.
La conozco de verdad. Puede que sea la única persona que la conoce tan bien.
Mi Paloma Blake es un secreto que guardaré siempre bajo llave. En mi corazón.